##221# De modo que algunos se preguntan, hoy d¡a, y la pregunta no resulta del todo extempor nea, si existi¢ en alguna epoca el Marqu‚s de Villa Rica. Llegamos hasta el extremo de dudar del testimonio de nuestra memoria, como si esa parcela del pasado, el Marqu‚s en su escenario, entre harapos y esplendores de una calidad sospechosa, no hubiera sido m s que un sue¤o, un sue¤o colectivo y contradictorio, que en alguno de sus episodios tomaba los caracteres de la pesadilla. Tropezamos, sin embargo, a cada paso, con vestigios de su ‚poca, como la persona que abre los ojos y encuentra al lado de su cama los objetos que ocupaban su sue¤o de hace pocos instantes, objetos anacr¢nicos, una m scara de raso negro y mango nacarado, un abanico, una peluca empolvada, mientras escucha los cascos de los caballos y los muelles del coche que se alejan por una callejuela de adoquines, elementos que le permitir¡an concluir que no so¤aba, o comprender, por el contrario, que el sue¤o contin£a, que vive sumergido en un sue¤o, sin posibilidad alguna de aferrarse a un fragmento de realidad s¢lida. Mucho antes de la fecha en que se supone que el Marqu‚s conoci¢ a Gertrudis Velasco, la crisis, que despu‚s se volver¡a end‚mica, ya se hab¡a manifestado a todo lo largo y lo ancho del pa¡s. Los cesantes dorm¡an en los bancos de las plazas, en los portales de las iglesias, debajo del puente, o en galpones miserables, de madera en bruto y lat¢n, que el gobierno hab¡a bautizado con el nombre pomposo de albergues populares, porque ya se manifestaba entonces la man¡a oficial de recubrir la desnudez con palabras altisonantes, y que los concesionarios, que hab¡an obtenido el cargo gracias al favor pol¡tico, exprim¡an como limones, poniendo agua en la sopa com£n o comprando partidas de porotos taladradas por el gusano. Los obreros de las minas hab¡an bajado con sus mujeres y sus ni¤os, dejando los campamentos convertidos en ciudades fantasmas, carcomidas por la sal del desierto, y andaban sueltos por los campos, en caravanas desharrapadas, fam‚licas, o formaban nubes de limosneros en las cuadr¡culas del casco antiguo. La desesperaci¢n, a veces los impulsaba a hurtar un mendrugo de pan, o a hurgar en el fondo de los tarros de basura que se colocaban, a medianoche, fuera de los portones y de las guarniciones de hierro forjado de las casas de los ricos. Porque los a¤os de gloria del Marqu‚s de Villa Rica, los de su plet¢rica madurez, hab¡an tenido ese trasfondo miserable. Al salir de su casa en las tardes a estirar las piernas, despu‚s de una breve siesta, y quince minutos antes de incorporarse a su mesa de baccarat del Club, el Marqu‚s ahuyentaba con su bast¢n a los ni¤os harapientos como si fueran moscas, ­Alejaos, z nganos!, y caminaba con la panza llena, atravesado el protuberante abdomen por la cadena de oro del reloj, y con la conciencia satisfecha, ya que en esos a¤os, pese al rigor de la crisis, la pr‚dica de los profetas sociales a£n no hab¡a alcanzado las dimensiones enfermizas que alcanzar¡a en ‚pocas m s recientes. El Marqu‚s hab¡a sido presidente durante prolongados decenios del Partido de la Tradici¢n, sin que su cargo le exigiera disimulo ni demagog¡a de ninguna especie, y s¢lo hab¡a renunciado, conservando su asiento en la C mara Alta, en v¡speras de su matrimonio, con la idea de que esa uni¢n consagrar¡a su retiro a la vida privada, su ingreso a una forma de existencia m s serena y benigna, alejada de discordias y del espect culo ingrato de las ambiciones humanas. Pocos eran los que sospechaban, en aquel pasado dichoso, que con la llegada de los nuevos tiempos, los condes y los marqueses iban a verse obligados a esconder sus pergaminos, falsos o verdaderos, y que los bastones de empu¤adura de plata maciza, con los escudos grabados en filigrana, rematar¡an en los parageros de los anticuarios, confeccionados a veces con la pata de un elefante que uno de los antiguos due¤os de los bastones hab¡a cazado en un safari de borrosa memoria. Pero esto a£n no suced¡a, o esto, m s bien, a£n no se hab¡a hecho visible, en la ‚poca en que situamos el comienzo de nuestro relato. Los signos, el Men‚, Tegel, Parsin, ya hab¡an sido escritos en los muros de la sala del banquete, pero los comensales ten¡an los ojos nublados por las libaciones. Nadie se hab¡a dado el trabajo de levantar la vista, ocupado como estaba de tragar, de escuchar el rumor de las murmuraciones y las risotadas, o de buscar las miradas congestionadas, provocativas, de las mujeres del pr¢jimo, cuyos pechos blancos, bajo lujuriosas ruedas de perlas, se ofrec¡an sobre los amplios escotes. La noticia del matrimonio del Marqu‚s cay¢ como una bomba en nuestra limitada tertulia. Nos pill¢ a todos completamente desprevenidos. Ya nos hab¡amos acostumbrado e incluso encari¤ado con la imagen del solter¢n perfecto, que gozaba de su solter¡a con desenvoltura y con una moderada dosis de cinismo. Hab¡amos comentado hasta el cansancio la escena de un baile de hac¡a algunos a¤os, donde alguien, cerca de la puerta de una salita lateral. Hab¡a sorprendido las s£plicas que le dirig¡a al Marqu‚s, abandonado todo recato, con l grimas en los ojos, la se¤ora de un Ministro. Sab¡amos, tambi‚n, que el Marqu‚s, en un balneario del sur de Europa, le hab¡a enviado su autom¢vil, con el interior tapizado de rosas rojas, a una famosa actriz rumana, una pantera de los salones y los escenarios del Viejo Mundo, y que ella hab¡a cenado a solas en su alcoba y hab¡a bebido champagne en un zapato. " ¨ En un zapato? " " ­En un zapato recubierto de seda y con tirantes de oro!" O habl bamos, por ejemplo, de la riqu¡sima heredera, agraciada de facciones, pero desmesuradamente alta y robusta, que se hab¡a quedado solterona porque nadie hab¡a podido quitarle de la cabeza su obsesi¢n por el Marqu‚s. Los a¤os la hab¡an transformado en un personaje algo caballuno, giboso, agobiado por una melancol¡a incierta, mientras el Marqu‚s, prominente la barriga cruzada por la cadena de oro, vivaces los ojos oscuros, dibujando cabriolas con el bast¢n, cog¡a las flores m s frescas y perfumadas que hac¡an eclosi¢n ante su vista, a las orillas de su camino. " ¨ Qui‚n es esta Gertrudis Velasco ? " preguntamos a coro, al recibir la noticia del matrimonio, que el Marqu‚s hab¡a hecho celebrar en forma estrictamente privada, en la intimidad de su hacienda de la Rosaleda, en la capilla barroca que se comunicaba con las habitaciones del segundo piso, de modo que el bajo pueblo, antiguamente los esclavos, permaneciera de pie, api¤ado en las baldosas blancas y negras del primero, de espaldas a sus se¤ores, que desde atr s del balc¢n miraban directamente el altar de panes de oro en columnas salom¢nicas, y del que hab¡a dado parte, despu‚s de la ceremonia, por medio de una esquela simple y escueta, que hab¡a aparecido un mediod¡a frente a las miradas estupefactas de todos nosotros. Alguien, porque nunca faltaba alg£n adelantado, cont¢ que era una criolla extraordinariamente hermosa, de cabellos negros, piel alabastrina, formas proporcionadas y opulentas, y enormes ojos de una claridad que produc¡a desconcierto y cuya mirada, entre ingenua y penetrante, no era en absoluto f cil de sostener. No se sab¡a a ciencia cierta d¢nde la hab¡a conocido el Marqu‚s, pero se supon¡a que el encuentro hab¡a tenido lugar en los alrededores de la Rosaleda, quiz s en un paseo a caballo, o en la plaza del pueblo, despu‚s de la salida de misa. Se supon¡a que el Marqu‚s hab¡a concebido una pasi¢n fulminante y obstinada, y que el contacto con su futuro suegro, hombre ajeno a los devaneos mundanos, no hab¡a sido nada de f cil. Porque Gertrudis Velasco, a¤ad¡a el sabelotodo, era hija £nica de un comerciante en algod¢n y en cueros, un hombre hura¤o, de rasgos mestizos, que hab¡a llegado hac¡a treinta o m s a¤os de un pa¡s del Caribe, y de una se¤orona oriunda de Bilbao, robusta, de voz estent¢rea y respetables bigotes, seg£n los que la hab¡an conocido, y que en su juventud pod¡a haber sido atractiva, pero que hab¡a muerto antes de que Gertrudis llegara a la adolescencia. Despu‚s nos contaron que el comerciante, a base de esfuerzo y de una austeridad catoniana, comiendo frugalmente y trabajando en sus bodegas desde las seis de la ma¤ana hasta bien pasada la medianoche, hab¡a logrado amasar una fortuna considerable y se hab¡a convertido en due¤o de todas las tierras que colindaban con la Rosaleda. De manera que el Marqu‚s, conjetur bamos, aliado con la hermosa hija del comerciante, podr¡a refaccionar su mansi¢n de la ciudad, un poco resquebrajada en los £ltimos a¤os, y renovar los enseres y el ganado de sus posesiones agr¡colas. Muchos se asombraron de que los j¢venes imberbes, de sonoros apellidos y fortuna escu lida, que pululaban en los portales del casco antiguo o en la oscuridad de los palcos, durante las funciones de la temporada de ¢pera, no se hubieran disputado a dentelladas la mano de la bella heredera. El hecho es que Gertrudis era un tesoro escondido, y el Marqu‚s, en sus excursiones siempre misteriosas, hab¡a sido el primero en descubrirla. Por lo dem s, se dijo que Gertrudis era una mujer de car cter, parecida de alg£n modo a su padre, y que jam s le habr¡a dado su mano a un bailar¡n insulso o a un don Juan de pacotilla. El Marqu‚s, en cambio, aparte de sus tierras, de sus colecciones de pintura colonial, de oro ind¡gena, de monedas de la Antigedad cl sica, de mates y espuelas de plata, entre muchas otras, ediciones de la Biblia en miniatura, por ejemplo, y para ser un hombre que ya bordeaba o que quiz s hab¡a alcanzado el cabo de los sesenta, se manten¡a firme, derecho como un roble. La prominencia de la barriga le daba un aire importante, de persona de autoridad, cosa que jam s, como todos sabemos, ha disgustado a las mujeres bonitas, y las canas, en lugar de avejentarlo, acentuaban su aspecto distinguido, el poderoso contraste entre su figura y el mundillo mediocre, la proliferaci¢n de afeites y otros enga¤os en la cercan¡a de los harapos y las p£stulas, que se agitaba alrededor suyo. Las historias que circularon por la ciudad, despu‚s del repentino matrimonio, hablaban de un Marqu‚s sibarita, pero algo cansado de correr por el mundo, que se hab¡a enamorado, en su calidad de viejo admirador de la belleza femenina, de la piel de alabastro de Gertrudis, perdida en el segundo patio de una casa de campo, entre gallinas, costales de ma¡z y sacos de porotos, y de la claridad enigm tica de sus ojos, que el Marqu‚s encontraba parecidos, en el recuerdo de sus viajes por varios continentes, a los ojos de la Esfinge. En su mente se hab¡a desarrollado, dec¡an, con intensidad febril, la obsesi¢n de abrir ese corpi¤o, haciendo saltar los botones de n car, y descubrir los pechos que palpitaban debajo y que ‚l se imaginaba, con sobrada raz¢n, enhiestos, deslumbrantes, marm¢reos. No se interesaba en ir m s lejos en su exploraci¢n del cuerpo de Gertrudis, y estaba convencido, cont¢ alguien, por el hecho de haberla descubierto en un sitio alejado de las vanidades capitalinas, de que Gertrudis no tendr¡a el m s m¡nimo inter‚s en las proezas triviales y gimn sticas de la cama, afici¢n propia de mujeres visitadas por el delirio de las edades intermedias. En eso pensaba, satisfecho en su conciencia y en su est¢mago, el se¤or de Villa Rica, mientras caminaba, con sus pasos un tanto r¡gidos, que daban la impresi¢n, desde ciertos  ngulos, de los pasos de un mu¤eco a cuerda recubierto con ropajes de un lujo algo anticuado, por las plazas y los portales del centro, haciendo cabriolas con su bast¢n y espantando a las mujeres limosneras, que se le acercaban con las cabezas de los ni¤os, como racimos cobrizos y piojosos, asomadas de los pa¤os que se amarraban a la espalda, y mientras las miradas envidiosas de las hijas de funcionarios o de politicastros astutos lo segu¡an desde atr s de las ventanas enrejadas, ancladas en la penumbra donde contaban las horas, tejiendo calceta o simulando con el movimiento de los labios que rezaban un misterio doloroso. Lo £nico que le gustaba al se¤or Marqu‚s, opinaban los m s enterados, era ver a Gertrudis en el fondo del sal¢n principal, enmarcada por cortinajes de damasco, realzados los colores del rostro por el resplandor de la chimenea, o sentada en la cabecera de la mesa del comedor, debajo de las perdices exanges y de las botas de vino de un bodeg¢n espa¤ol del diecisiete, o caminando descalza sobre las mullidas alfombras, en un camis¢n transparente, por las habitaciones del segundo piso, ba¤adas por la luz de una luna que revelaba sus formas, desde las puntas erectas de los pezones hasta la curvatura de los muslos y hasta el vell¢n triangular, abultado y sombr¡o bajo el vientre blanco. Es una yegua fina, maravillosa", hab¡a susurrado el Marqu‚s en voz baja, inclinando la cabeza y tap ndose la boca con la mano izquierda, para que no lo pudieran escuchar los vecinos, al o¡do de un individuo de ¡nfima estatura y de rasgos nenudos, con un aire inconfundible de rata en su aspecto general, vestido de tweed gris oscuro, algo ra¡do, aunque de buena procedencia, corbat¡n de lazo negro, y pantalones metidos en unas botas bajas, y que hab¡a dejado en el asiento de atr s, en lugar de entregarlos en la guardarrop¡a, un sombrero adornado por una pluma de pato silvestre, como de cazador, y una capa de un verde indefinible decorada con borlas y galones negros. Las malas lenguas de la mesa de baccarat dec¡an que nunca dejaba sus cosas en la guardarrop¡a por ahorrarse la propina. A pesar de la mezquindad que le achacaban, era uno de los concurrentes m s asiduos a la timba, y a veces hab¡a arriesgado cantidades importantes. " ¨Qui‚n? ", pregunt¢. A diferencia del Marqu‚s, Seraf¡n Berm£dez de Zapata, porque as¡ se llamaba el individuo de aire ratonil, carec¡a de t¡tulos reconocidos, pero era miembro de n£mero, y hac¡a la quinta o la sexta antigedad, de la Ilustre Sociedad de Hidalgos Viejos de la Capitan¡a, correspondiente de la Real Cofrad¡a de Castilla, condici¢n que le permit¡a tratar con el Marqu‚s desde niveles que si no eran id‚nticos, estaban marcados, de todos modos, por un acento igualitario, cosa que constitu¡a, para nuestro Marqu‚s, un notable alivio de la soledad impuesta por su posici¢n jer rquica. " ­Qui‚n quieres que sea! ¨Gertrudis, pues! . . . " Seraf¡n puso un gesto de concentraci¢n extrema. Se anunciaban confidencias interesantes, y el Marqu‚s no esperaba de ‚l m s que un o¡do atent¡simo, atent¡simo y complaciente, que no dejar¡a escapar insinuaci¢n alguna, ni el menor matiz de la lengua descriptiva. "¨Sabes lo que hago con ella?", dijo. " ¨ Qu‚ haces ? " Entre los asistentes habituales a la mesa de juego, el £nico autorizado a tratar de t£ al Marqu‚s, en lugar de tratarlo de don Belarmino o de Su Se¤or¡a, trato, este £ltimo, que le dispensaban los ocupantes de pelda¤os inferiores de la Administraci¢n, era Berm£dez de Zapata. Y las confidencias del Marqu‚s ca¡an en un embudo sin eco, en un pozo de paredes inertes y sobre cuyo brocal se depositaba una l pida de corcho. S¢lo llegamos a conocer esas confidencias muchos a¤os despu‚s de la desaparici¢n del Marqu‚s, cuando la picota de las demoliciones hab¡a perforado la casa de esta historia, despu‚s del entierro de su insospechada y £ltima due¤a, y en circunstancias en que Seraf¡n, presionado por Gertrudis para que le devolviera unos documentos comprometedores, despotricaba y deliraba en estado ag¢nico. " A veces", dijo el Marqu‚s, y Seraf¡n advirti¢ que su voz acusaba el temblor imperceptible de las grandes confidencias, "le pido que se pasee por el comedor y por los salones, que se detenga junto al piano, con el corpi¤o abierto y los pechos al aire, y otras veces, debajo de las s banas, toco su vientre. Pero eso es todo", a¤adi¢, pensativo: "De ah¡ no quiero pasar. Ya sabes que las mujeres de carne y hueso, £ltimamente, me dan asco." Seraf¡n levant¢ el cuello descarnado y rugoso, como un ave que se pone al acecho. "S¢lo que en el caso de Gertrudis", continu¢ el Marqu‚s, imp vido, "hay una diferencia esencial: ella me fascina, y debajo del brillo de la fascinaci¢n, el asco permanece agazapado... ¨Me entiendes?" Seraf¡n, el hidalgo antiguo, confes¢ que no entend¡a una palabra, pese a que respetaba las manifestaciones del Marqu‚s, pero de ah¡ a entender... y el Marqu‚s le dijo que se alegraba de su franqueza. "Me gusta la gente", dijo, "que reconoce sus limitaciones". Era un intercambio que se repet¡a casi todas las tardes: Seraf¡n Berm£dez de Zapata declarando, hidalgamente, que no entend¡a, y el Marqu‚s, satisfecho, d ndole unas palmaditas cari¤osas en la espalda. "Prefiero una persona que admite su modestia, su visi¢n pueblerina, su estupidez, si se quiere, a esta tropa de presumidos imb‚ciles, que ni siquiera entienden que no entienden, ¨comprendes?" "No", respond¡a Seraf¡n, y el Marqu‚s sonre¡a con curiosa sensibilidad, dando vueltas al cigarro habano en los labios h£medos. "¨Y ella?", se le ocurri¢ preguntar a Seraf¡n. " ¨ Ella? " "Si. Ella. ¨No se aburre?" "La verdad es que no s‚", dijo el Marqu‚s, observando el cigarro con detenci¢n, desde diversos  ngulos. " En las tardes, cuando yo salgo, se dedica a sus clases de piano." "¨Le tomaste profesor de piano?" El Marqu‚s lanz¢ un anillo de humo y mir¢ de soslayo a Seraf¡n. El profesor de piano, un emigrado de la Liguria, sospechoso, al menos para el Marqu‚s, de simpat¡as garibaldinas e incluso anarquistas, pero al mismo tiempo, a juicio del Marqu‚s, inofensivo y hasta pintoresco, de grandes bigotes, sombrero de paja y voz un poco engolada, almorzaba en una peque¤a sala redonda, a mitad de camino entre el repostero y el comedor, una sala que por carecer de toda otra funci¢n hab¡a llegado a ser conocida, entre la servidumbre, como la "pieza del bachicha". Es necesario se¤alar, aqu¡, que la servidumbre del Marqu‚s, con la sola excepci¢n del cochero, que hab¡a captado vientos diferentes en sus largas horas de espera en las esquinas, ten¡a ideas ardorosamente mon rquicas, y atribu¡a la decadencia general del pa¡s, la insolencia y la proliferaci¢n de la chusma hambrienta, el derrumbe de la moneda, la relajaci¢n de la austeridad p£blica, que antes hab¡a sido proverbial, al desinter‚s y a los fracasos de su patr¢n en la pol¡tica reciente, despu‚s de aquellos a¤os en que su partido, el de la Tradici¢n, hab¡a tenido al pa¡s en un pu¤o y hab¡a formado parte de todas las coaliciones de gobierno. "Si el se¤or Marqu‚s quisiera darse el trabajo de gobernar", suspiraba, entre las cuatro paredes del repostero, la servidumbre,"otros vientos soplar¡an sobre las velas del Estado, hoy d¡a descuajeringadas y rotas. Pero. . . " En cuanto al italiano, detestaban tener que servirle a otra hora, y en una sala diferente, donde el muy sinvergenza, echado para atr s, exig¡a vino, y hasta se daba el lujo de protestar cuando los guisos se hab¡an enfriado. "­Cuidado!", advert¡a la Enana del segundo piso, "miren que la se¤ora lo protege", y la Cocinera, con un encogimiento despectivo: "Las t¢rtolas", dec¡a, "se acabaron; que coma charquic n, igual que nosotros". Acto seguido, escond¡a en el horno la fuente llena de t¢rtolas, por si al se¤or Marqu‚s se le frunc¡a repetirse, o comer, a su regreso del Club, donde los d¡as de suerte le daban un apetito singular, tortolitas recalentadas. En la tarde en que hemos sorprendido al Marqu‚s durante su paseo, rumbo a su mesa del Club, haciendo revolotear el bast¢n con energ¡as juveniles y espantando sin piedad a los insistentes mendigos, son¢ el timbre en el interior espacioso y ventilado de la cocina, cuyas ventanas altas daban al nivel del parque y permit¡an ver los troncos de los arbustos, y la Cocinera, cargado el pecho de presentimientos, huidiza la mirada, subi¢, restreg ndose las manos en el delantal, a las habitaciones de la se¤ora. Los escalones de la escalera de servicio, situada junto al montacargas que sub¡a la comida desde las profundidades de la cocina hasta los pisos principales, cruj¡an y temblaban, como si amenazaran con desplomarse, pero al abrir una puerta ingres¢ a corredores alfombrados, provistos de balcones de hierro forjado, de formas curvas, que permit¡an asomarse al enorme vest¡bulo. "¨Por qu‚ no le serviste t¢rtolas al profesor?", pregunt¢ la se¤ora, que estaba reclinada entre los almohadones de la cama, con una m¡nima luz de porcelana encendida en el velador y todo el resto de la habitaci¢n en penumbra. La Cocinera clav¢ los ojos en las s banas de seda, con un brillo maligno en la mirada. "Porque al se¤or Marqu‚s le gusta que se las guarden." "Si me desobedeces otra vez, vieja de porquer¡a", dijo la se¤ora, "te vas de la casa con viento fresco". La Cocinera se restreg¢ los dedos en el delantal grasiento, retorci¢ los labios y desvi¢ la vista de un modo oblicuo. "Junto a la cama", explicar¡a despu‚s, con voz de conspiradora, "ten¡a una bandeja de plata repleta de caramelos, de chocolates, de dulces de San Estanislao, y a cada rato, ­la asquerosa!, se echaba uno a la boca y se chupaba los dedos". Ella, en la soledad de su cuchitril maloliente, acompa¤ada por el ruido de las ratas que ro¡an el piso, ratas que no se atrev¡an a incursionar, seg£n parec¡a, por los departamentos privados de los marqueses, le amarraba un mono de trapo a la se¤ora, para que le llovieran encima las calamidades; se la fumaba en un pestilente cigarrillo negro; le hac¡a unos pasos destinados a precipitar la mala sombra; agarraba una ara¤a peluda muerta, le colocaba un alacr n pisoteado adentro del vientre, lo envolv¡a todo en papel de diario, y aguardaba el momento oportuno para colocar el envoltorio debajo de una pieza suelta del parquet, disimulada por la alfombra. En el repostero, cuando el chupe recib¡a las alabanzas del mozo, del ch¢fer y del jardinero, as¡ como las cr¡ticas de las ni¤as de las piezas, instigadas por la Enana del segundo piso y cuyos est¢magos de regodionas no soportaban las salsas picantes, suspiraba, juntando las manos, y dec¡a: "Si estuvi‚ramos en los tiempos de la solter¡a del se¤or Marqu‚s, en los a¤os en que los desfiles del Partido de la Tradici¢n llevaban su retrato en la primera fila, en un cartel que apenas cab¡a en la Alameda de las Descalzas." As¡ dec¡a, pero no cab¡a duda de que esos tiempos hab¡an pasado. Era un punto en que la Cocinera de Seraf¡n Berm£dez de Zapata, el antiguo miembro de la Sociedad de Hidalgos, habr¡an coincidido plenamente. Y la Cocinera, una tarde, cuando la se¤ora hab¡a partido a la Opera de traje largo, acompa¤ada por el profesor de m£sica, que le comentaba al o¡do, en el recogimiento del palco, los pasajes m s delicados, golpe¢ con los nudillos la puerta de la biblioteca. El Marqu‚s, en pantuflas, bajo la penumbra catedralicia que imperaba en la sala de dos pisos, de paredes enteramente recubiertas por lomos de cuero con letras de oro, por pergaminos de incunables, miraba las ilustraciones de un gran libro que la Cocinera, que sufr¡a de cataratas, no alcanz¢ a distinguir. " ¨ Qu‚ quieres ? " La Cocinera dijo que se ve¡a en la obligaci¢n de hacer una denuncia. "Ac‚rcate", orden¢ el Marqu‚s. Ella se acerc¢ y murmur¢ en el pabell¢n de la oreja izquierda del Marqu‚s, ba¤ada por una luz acuosa, de un verde selv tico, la sospecha de que la se¤ora se hab¡a contagiado con las ideas subversivas del profesor de piano. La peste se hab¡a incrustado en su propia casa, pese a las altas rejas y a los densos jardines que la proteg¡an de la intemperie. El Marqu‚s se incorpor¢, alarmado, dejando caer el libro, una edici¢n de cuentos franceses del siglo XVIII, subidos de tono, adornada con ilustraciones procaces: curas rechonchos, de narices de cachiporra, que se internaban por la p gina persiguiendo a se¤oras que hu¡an por el otro margen. Pareci¢ preguntar ¨t£ crees? sin llegar a creerle todav¡a, y ella hizo un par de inclinaciones afirmativas de cabeza. Hab¡a sentido que ten¡a el deber de advert¡rselo. Se hab¡a dado cuenta a ra¡z del problema de unas t¢rtolas, y desde entonces, mientras no se hab¡a decidido a comunicar sus aprensiones al se¤or Marqu‚s, no hab¡a podido conciliar el sue¤o. Sab¡a que el cumplimiento del deber, en ocasiones, se convert¡a en un sacrificio terrible, y s¢lo Dios pod¡a comprender los tormentos espirituales que hab¡a sufrido antes de dar este paso. Ahora imploraba la indulgencia del Ilustr¡simo Se¤or. Si ‚l cre¡a que hab¡a obrado mal, podr¡a despedirla de inmediato. No faltar¡a otra que supiera prepararle sus manjares favoritos, y ella, quiz s, encontrar¡a un lugar en los albergues de los desharrapados. "Has hecho bien", dijo el Marqu‚s, pas ndose las manos por la cara, ba¤ada por la luz subacu tica, "pero si tomo medidas contra el profesor, mi mujer se convertir  en una fiera suelta. ¨Qu‚ me aconsejas t£?" "Lo que yo he querido insinuarle", dijo la Cocinera, "y veo que tendr‚ que utilizar un lenguaje mucho m s directo, y a buen entendedor, pocas palabras, no es que tome medidas contra el profesor. ¨Qu‚ nos importa ese infeliz, al fin y al cabo?" "¨Y qu‚ quieres que haga, entonces?" " ­Tomar medidas contra la se¤ora!" Seraf¡n hab¡a observado que despu‚s de la crisis, el Marqu‚s permanec¡a sumido en una especie de sonambulismo. A veces sospechaba que se hab¡a transformado en un vegetal corpulento, salvo que los ojillos verdes, cuando m s desprevenido estaba, se clavaban en ‚l con algo de sorna y desprecio, como si le reprocharan su incapacidad de captar la situaci¢n en sus m s complejos laberintos. Esto era, por lo menos, lo que sospechaba Seraf¡n, que sent¡a que la crisis hab¡a levantado un muro, un espacio de humo, por lo menos, entre ‚l y Villa Rica, y para quien esta distancia no presagiaba nada bueno. Al fondo del corredor, despu‚s del patio cubierto por la claraboya de vidrio, hab¡a esculturas del g‚nero abstracto, formas de piedra curva, entrelazadas, que suger¡an codos o vientres, pero que no eran, explic¢ Seraf¡n, ante la mirada hueca del Marqu‚s, m s que formas. " ­Un momento! ", interrumpi¢ el Marqu‚s, con un brillo s£bito de irritaci¢n en los ojos. "¨C¢mo quieres que estos escultores, que esculpen puras formas, sean capaces de dar con el parecido exacto, que es lo £nico que a m¡ me interesa?" " Yo te voy a explicar ", dijo Seraf¡n, haciendo gestos para que se tranquilizara. El Marqu‚s, con el rabillo del ojo, desde¤osamente, observaba a un sujeto musculoso y de baja estatura, enteramente calvo, vestido de g sfiter, cuyas manos nerviosas terminaban de armar una m quina in£til, con un inservible brazo articulado en cuyo extremo hab¡a puesto un casco de acero, posible reliquia de la guerra del 14. "Aqu¡", continu¢ Seraf¡n, arrastrando al Marqu‚s hacia la £ltima puerta, "hay un escultor que todos desprecian, porque se ha empecinado en seguir modelando las materias como hace cincuenta a¤os. Este hombre, Demetrio Paredes, se especializ¢ en su juventud en estatuas para cementerios, sobre todo en  ngeles del Juicio Final, con sus t£nicas de m rmol y sus trompetas delgadas y largas resonando en silencio entre los cipreses, ¨comprendes? Y cuando vivi¢ en Par¡s, en la ‚poca de Montparnasse, mientras los dem s pintaban cubos y viv¡an de becas, ‚l se gan¢ la vida haciendo estatuas para el cementerio de perros, trabajando sobre la base de fotograf¡as y descripciones de los due¤os desconsolados. A m¡ me parece la persona m s indicada para lo que buscas". El Marqu‚s puso una expresi¢n esc‚ptica, aunque no del todo negativa, y en seguida asumi¢ su condici¢n de planta. Cuando Seraf¡n lo empuj¢ al interior del taller, uno de los modernos, un grandote de voz ronca y cutis vinoso, hab¡a entrado a pedir un cigarrillo. Mir¢ a Seraf¡n y al Marqu‚s con una expresi¢n burlona, como si fuera incre¡ble que estos carcamales continuaran circulando a plena luz del d¡a. Hab¡a que admitir, se dijo Seraf¡n, que las polainas grises del Marqu‚s resultaban curiosas, pues su uso se hab¡a extinguido hac¡a varias d‚cadas, y el reloj de bolsillo con gruesa cadena de oro, el bast¢n con empu¤adura de plata, s¢lo se divisaban en ciertas tertulias del conf¡n poniente de la ciudad, en la calle de los Jazmines, donde el tiempo se hab¡a paralizado y donde los muy enterados sab¡an que bastaba con cruzar una reja para comprar leche al pie de la vaca. ­Y si supieran, prosigui¢ Seraf¡n, que tiene estacionado el coche con caballos en toda la esquina! Una r pida meditaci¢n acerca de la incultura de los j¢venes arrug¢ la frente de Seraf¡n, estrecha y de por s¡ rugosa, y lo llev¢ a recordar una frase reciente del Marqu‚s, en el sentido de que eran signos, esas fachas, esos modos, ese arte degenerado, del final de los tiempos, de la destrucci¢n del mundo en una conflagraci¢n at¢mica. Seraf¡n hab¡a sonre¡do, pensando con melancol¡a que el Marqu‚s, de pronto, abandonaba su inercia para hacer declaraciones truculentas, como si la repentina crisis de su vida lo hubiera llevado a oscilar de un extremo a otro, sin equilibrio posible. Quiz s, se dijo, una vez que viera realizados los encargos que lo obsesionaban, recuperar¡a la serenidad de anta¤o. El escultor, despu‚s de encender el cigarillo de su vecino moderno, que anunci¢ a la concurrencia que en otro de los talleres se hab¡a organizado una fiesta con vino y guitarras, les ofreci¢ un asiento en mal estado, del cual tuvo que sacar diarios viejos, cuentas atrasadas, una serie de objetos inservibles. A diferencia de los modernos, Demetrio Paredes era un personaje melenudo, de boina de terciopelo verdoso y corbata de cinta, como si estuviera vestido para caracterizar al artista bohemio de una ¢pera italiana, y este detalle, inesperadamente, result¢ de todo el agrado del se¤or de Villa Rica, para quien aquella imagen encajaba en sus nociones est‚ticas. "¨Supongo que mi amigo Seraf¡n ya le anticip¢ algo de lo que se trata?" "Muy poco", dijo el escultor, "eso que no entend¡ bien". El Marqu‚s se aclar¢ la garganta. Desde luego, y estaba de m s que se lo advirtiera, el asunto exig¡a una discreci¢n absoluta. "­Por supuesto!", exclam¢ el escultor. "Ahora bien, si no entend¡ mal, se trata de hacer unas figuras de cera. . . " Aclar ndose de nuevo la garganta, el Marqu‚s habl¢ con un tono impasible, de una frialdad casi cient¡fica. Explic¢ la situaci¢n previa que motivaba su encargo, ya que de otro modo, dijo, el Maestro (y el escultor agradeci¢ con una venia el trato de Maestro) se ver¡a desorientado, incapaz de comprender la naturaleza exacta de la obra solicitada (en el taller vecino se escuchaban zapateos, gritos, cantos m s o menos alcoh¢licos, lo cual, pens¢ Seraf¡n, confirmaba sin la menor duda el desprecio del Marqu‚s por aquella chusma). Lo que el Marqu‚s deseaba era que el Maestro reprodujera la figura de Gertrudis y la del profesor de piano en la exacta posici¢n (alzando la voz, entrecerrando los ojos y juntando los dedos de la mano derecha) en que ‚l los hab¡a sorprendido, su mujer semirrecostada en la caoba negra, con el corpi¤o abierto, las faldas levantadas, los muslos albos, recorridos por las manos ansiosas del profesor, a la vista, y el profesor congestionado, con ojos de loco, y con... El Marqu‚s carraspe¢ y cambi¢ de ubicaci¢n en la silla maltrecha. En seguida, impert‚rrito, explic¢ que el profesor ten¡a el pantal¢n enteramente abierto, con los faldones de la camisa blanca enredados entre las verijas, y que su erecci¢n era poderosa, contundente. " Ese detalle", intervino Seraf¡n, " ¨no te parece exagerado?" " ­De ning£n modo! ", replic¢ el Marqu‚s, cerrando el pu¤o, y procedi¢, despu‚s, a abrir su cartapacio a fin de entregar al escultor los elementos documentales que hab¡a podido reunir. Del cartapacio salieron fotograf¡as de diversas ‚pocas, un corpi¤o de Gertrudis Velasco, los zapatos precisos que hab¡a usado aquella tarde, unas ligas de color negro, el recorte del peri¢dico donde hab¡an le¡do el anuncio de las clases del profesor, etc‚tera. La investigaci¢n, claro est , no pod¡a terminar ah¡. El Marqu‚s s¢lo proporcionaba los primeros elementos. El exig¡a un trabajo perfecto, en que la ilusi¢n de realidad fuera absoluta, de modo que si ‚l mismo, distra¡do, abriera esa puerta, tuviera la sensaci¢n exacta, desconcertante, de que la escena se repet¡a, o de que era ‚se, m s bien, el momento en que ocurr¡a, y no el otro. "Comprendo perfectamente", dijo el escultor, y el Marqu‚s lanz¢ un suspiro de alivio. Si el modelador de  ngeles anunciadores y perros difuntos lograba interpretarlo, ‚l podr¡a recuperar su serenidad perdida. " He conseguido ", continu¢, " la direcci¢n actual de la pareja. Creo que usted, aprovechando que no lo conocen, y que no tienen la menor sospecha de mis planes, podr¡a espiarlos. No le costar¡a nada hacerse amigo de ellos. Tambi‚n conviene que converse con la Cocinera. La de mi casa, que maneja los detalles de la situaci¢n en la punta de los dedos. El resto de la servidumbre fue expulsado, como corresponde en tales circunstancias. No ten¡a para qu‚ mantener testigos, ¨ no le parece a usted? Con excepci¢n de la Cocinera, que es mi £nica persona de confianza en la casa; del cochero, que est  demasiado viejo para preocuparse de estas cosas, y de un muchach¢n inofensivo, medio idiota, y que la Cocinera, por alguna raz¢n que desconozco, defiende a brazo partido. No s‚ si valdr  la pena que usted tambi‚n lo interrogue, porque ese idiota se pasaba mirando, con los ojos abiertos como platos, y debe de haber visto mucho". "Desde luego", dijo el escultor, como si tantas instrucciones empezaran a incomodar su orgullo. "Usted es libre de utilizar los m‚todos que quiera. A m¡ s¢lo me interesan los resultados." El Marqu‚s agit¢ las manos, y Seraf¡n advirti¢ que bajo su aparente serenidad, se hallaba en un estado de alteraci¢n inquietante. "No vaya a volverse loco", se dijo. "­Ah!", continu¢ el Marqu‚s, como si se le quedara en el tintero un peque¤o detalle, y en este punto, Seraf¡n observ¢ que su cutis irregular, dotado de una consistencia como de cart¢n piedra, sembrado de pecas, granos, hendiduras, adquir¡a un rubor intenso, inflamado por un golpe de sangre: "Tambi‚n me interesa", y baj¢ el tono de la voz, "que usted ponga la figura m¡a en el acto de abrir la puerta. Estar¡a dispuesto a posarle con la misma vestimenta que llevaba esa tarde, en la misma sala, repitiendo el instante preciso en que sorprend¡. . . " "No hay ning£n inconveniente", dijo el escultor, acostumbrado, en su antigua calidad de especialista en cementerios de perros y de personas, a las peticiones extravagantes, "pero el precio de que habl‚ con don Seraf¡n era por dos figuras de cera normales, en posici¢n vertical, con vestidos corrientes, y ahora veo que se trata de una escena dramatizada, compuesta de tres personajes, dotada de elementos er¢ticos y de expresiones de emoci¢n intensa o de sorpresa, muy dif¡ciles de conseguir, de modo que. . . " El escultor enunci¢ la nueva suma, y el Marqu‚s acept¢ sin pesta¤ear, pese a que la cantidad era exageradamente subida. El Marqu‚s hab¡a vagado todas esas noches por los corredores del castillo de la Rosaleda, de camis¢n largo, enteramente insomne, y sab¡a que no ten¡a m s alternativa que pagar el precio de sus caprichos. El segundo ser¡a m s caro que el primero, y Seraf¡n ya le estaba buscando un arquitecto ocioso y a la vez concienzudo, adem s de una buena firma de constructores. Ellos recibir¡an el encargo de reproducir su casa, con todos sus muebles y con el parque, en otro sitio, en un rinc¢n apartado de alguno de los valles del otro lado de la ciudad, esos valles que hab¡an sido reductos de indios insumisos, tierras de frontera, y que ahora permanec¡an medio abandonados, con escasas horas de sol, y la sombra de las escarpadas monta¤as proyectada todo el resto del d¡a. El Marqu‚s buscar¡a su refugio en esa r‚plica, lejos del bullicio urbano, y mantendr¡a la casa original cerrada, con las tres figuras de cera paralizadas en el minuto en que se hab¡a producido el descubrimiento. "¨Por qu‚ no regate¢?", pregunt¢ la Cocinera, esa noche, indignada al conocer la suma que hab¡a exigido el escultor. El Marqu‚s respondi¢ que era una comisi¢n muy delicada, que no se le pod¡a encomendar a cualquiera, y lo dijo con amargura, porque en un pasqu¡n de la tarde acababa de comprobar que buena parte de sus acciones, las de los yacimientos guaneros, se hab¡an convertido de la noche a la ma¤ana en papel picado. Los p jaros estercoleros, en primer lugar, hab¡an emigrado a otros mares, y las industrias multinacionales, para colmo, hab¡an puesto en el mercado un producto de substituci¢n, un excremento qu¡mico. "Terminaremos en la calle", le coment¢ a Seraf¡n. " Si estas extravagancias contin£an, ­desde luego!", replic¢ Seraf¡n, tom ndose la cabeza estrecha, de color ceniza, a dos manos. Hab¡a gritos en una plaza, y por la calle pasaron j¢venes descamisados, vociferando consignas y haciendo flamear banderas roJas. "Menos mal que no conoc¡an tu coche", dijo Seraf¡n, "a pesar de que es uno de los £ltimos que todav¡a est n en uso..." "Tenemos la ventaja", dijo el Marqu‚s, con un rictus  cido de burla, "de que siempre est‚n atrasados de noticias", y coment¢, despu‚s, dej ndose balancear por el vaiv‚n de las ruedas, que la vida en la sociedad de los hombres se estaba volviendo insoportable. Por eso se mandar¡a construir la r‚plica en un valle solitario, en uno de esos valles donde penaba, seg£n los rumores, la sombra a caballo de un Corregidor de la Colonia que se hab¡a degollado con sus propias manos, en un acceso de furor destructivo. "La superstici¢n ahuyenta a los intrusos", sentenci¢ el Marqu‚s. Seraf¡n, absorto, contemplaba, por un hueco de las cortinillas, a los energ£menos que marchaban a poca distancia de sus narices, levantando los pu¤os cerrados y agitando sus estandartes y sus letreros. Pensaba que eran ellos, los integrantes de esa turba fren‚tica, los que aspiraban a tomar el tim¢n de la nave del Estado, y le daban ganas de mesarse los cabellos, de escupir culebras y sapos, de romper los vidrios que lo manten¡an encerrado en la caja del coche de doble tronco. Al d¡a siguiente, mientras iba en el coche camino al Club, el Marqu‚s pas¢ frente a su antigua mansi¢n y vio que un piquete de revoltosos gritaba consignas en su contra. Los revoltosos hab¡an procedido a ahorcarlo en efigie, desde el farol que daba frente a las ventanas de su dormitorio, en la figura grotesca de un fantoche de trapo. "No saben que me traslad‚ a otra parte, lejos de esta casa", mascull¢ ‚l, encogi‚ndose de hombres: " ­Nunca saben d¢nde est n parados!" En el Club encontr¢ caras largas, caras de circunstancias, y los mariscales, con sus medallas y sus charreteras, hablaban en tono conspirativo, lanzando miradas furtivas por encima de los cordones de hilo dorado. "¨C¢mo?", replicaba uno de esos vascos de acento zetoso, enteco y opinante, que se hab¡a aclimatado en la ciudad mejor que los adoquines pulidos de la calle de los Jazmines: "Si el otro d¡a me pareci¢ verla en pleno centro, del brazo de un hombre fornido y bigotudo." "Es que tiene una hermana casi id‚ntica", explicaba, sin que se le moviera un pelo, Seraf¡n, " una hermana casada, me parece, con un pianista", y el pregunt¢n acataba, pese a que en sus ojos claros permanec¡a flotando el velo de la duda. "No hay que darles en el gusto", comentaba m s tarde Seraf¡n, pero ten¡a la sensaci¢n de que el Marqu‚s, en esa escabrosa materia, en lugar de asumir una t ctica defensiva, hab¡a optado por separarse de la comunidad de los vivos. La fascinaci¢n que ejerc¡a el Marqu‚s sobre las huestes tradicionales se hab¡a convertido en una leyenda hueca, expuesta a desmoronarse en cualquier minuto. Los desesperados esfuerzos de Seraf¡n se estrellaban en un mar de creciente apat¡a, en una indiferencia que hab¡a llegado a calificar, con dolor de su alma, de patol¢gica. A menudo, cuando el Marqu‚s hab¡a partido a inspeccionar los trabajos de construcci¢n de la segunda casa, conversaba de estas cosas con la Cocinera. "A veces pienso que convendr¡a buscarle un doble", dec¡a. Despu‚s concordaban en que hab¡a una falta enorme de figuras, una carencia verdaderamente dram tica de l¡deres. Para preparar el doble del Marqu‚s, en ese pa¡s de enanos, habr¡an tenido que ponerle zancos, rellenarlo de papel de diario debajo de la pechera, y aun as¡... La Cocinera y Seraf¡n, desencantados, suspiraban. Pero ninguno de los dos, en el fondo, perd¡a su confianza en el futuro. Ambos, como avezados dial‚cticos, sospechaban que la luz brotar¡a de lo m s espeso de las tinieblas. A todo esto, el Marqu‚s visitaba con frecuencia el taller del escultor, indiferente a las risas, a las burlas y remoquetes que le dedicaban los modernos, que hab¡an dibujado una caricatura suya y la hab¡an pegado con chinches en una de las puertas, una caricatura en la que parec¡a un enorme espantap jaros, y que hab¡an llegado al extremo, en un atardecer de primavera, de soltarle los caballos del coche y lanzarlos a pastar, sueltos, por las orillas del r¡o, debajo de los tajamares, procediendo de antemano a distraer al cochero con invitaciones a beber cerveza. Pero el Marqu‚s, imp vido y obsesivo, insist¡a en el taller del escultor en la necesidad de conseguir el tono exacto, la palidez casi azulina, que contrastaba con la musculatura henchida, vigorosa, de la piel de Gertrudis. " He averiguado su direcci¢n exacta, como ya le dije. Podr¡amos ir a espiarla." Y en efecto, desde una altura, despu‚s de tres horas en que la impaciencia del escultor era dominada por las en‚rgicas conminaciones del Se¤or de Villa Rica, que lo agarraba de la manga con mano f‚rrea, sin despegar la vista de la puerta de la casa, y lo obligaba a quedarse quieto, la vieron salir y dirigirse al almac‚n del chino de la esquina. Ninguna actitud digna de menci¢n, desde luego. Llevaba un vestido floreado, un chaleco viejo, de tejido casero, y el pelo sujeto en un mo¤o. La cara untada con un poco de crema. El escultor tuvo que convenir, sin embargo, en que sus formas, a pesar de la pobre vestimenta, no desacreditaban en absoluto el entusiasmo del Marqu‚s. "Ahora lo comprendo, mi querido amigo", le dijo, y prometi¢ redoblar sus esfuerzos para transmitir a la cera esa opulencia, esas curvas, que hac¡an olvidar el corte mezquino del vestido, ese garbo majestuoso. Regres¢ del almac‚n con un paquete de cigarrillos Richmond y encendi¢ uno, con mano temblorosa, incapaz de respetar la prohibici¢n de fumar en la calle que la etiqueta de aquellos tiempos impon¡a a las mujeres. Algunos de nosotros tambi‚n hab¡a vislumbrado a Gertrudis en esa ‚poca, desde la vereda, incrustada en la penumbra interior de un coche de alquiler, y pod¡amos atestiguar que continuaba bell¡sima: un porte principesco, pechos soberbios, garganta marfilina, ojos sombr¡os que desped¡an centellas. El £nico reproche que pod¡amos hacerle era que sus ojeras se hubieran pronunciado un poco, y ese leve temblor de las manos, algo anchas y huesudas, al llevarse el eterno cigarrillo a los labios. Los segundos que dura el cambio de un sem foro nos hab¡an permitido vislumbrar esa imagen, que se hab¡a difundido de inmediato, magnificada, por los patios y los comedores del Club, por los balconcillos de la Bolsa y las antesalas de los bancos y los ministerios. ­La mujer ad£ltera del Marqu‚s de Villa Rica! Pero esa tarde, escondidos detr s de un  rbol, el Marqu‚s y el escultor tuvieron una visi¢n m s prolongada, y a plena luz del d¡a. "No es para menos", insisti¢ el escultor, mirando al Marqu‚s con aire comprensivo, como si empezara a comprobar, reci‚n, que no se trataba de un caso de simple hipocondr¡a, de un acceso melanc¢lico, sino de una enfermedad grave, incurable. Cuando volvieron a la casona de los artistas pl sticos, los talleres de los modernos, con las primeras sombras del anochecer, hab¡an quedado vac¡os, y el Marqu‚s penetr¢ al del escultor calvo, el de los dedos menudos y  giles, y desconect¢ algunos de los cables el‚ctricos de su creaci¢n m s reciente. Demetrio Paredes le cont¢, despu‚s, con maligno regocijo, que a la ma¤ana siguiente hab¡a llegado el calvo en compa¤¡a de unos millonarios norteamericanos, probables compradores, vestidos, dijo, con pantalones a rombos verdes y amarillos, camisas que se amarraban con sogas de marineros, bonetes de la misma tela que los pantalones, puesto que deseaban mostrar su adhesi¢n al arte de avanzada. El calvo hab¡a conectado los interruptores, sob ndose las manos, y su obra, que deb¡a agitarse con movimientos sincopados, epil‚pticos, hab¡a dado una suerte de salto trunco, desprovisto de gracia, con un sonido como de vejiga hueca, y a continuaci¢n hab¡a permanecido inm¢vil, enteramente muda. "Para que aprendan a desengancharme los caballos", dijo el Marqu‚s, y en la noche, sentado a la cabecera de la extensa mesa de comedor, bajo la luz parpadeante de los candelabros, le hab¡a comentado el episodio a la Cocinera. Pero la mente de la Cocinera estaba en otra parte: en sus ojos hab¡a un brillo rojizo, extra¤o, reflejo de la forma fugitiva del Corregidor degollado. En la sala de m£sica hab¡a olor a humedad, y una capa fina de polvo se hab¡a extendido por los salones y hab¡a cubierto hasta los £ltimos resquicios. El Marqu‚s orden¢ una limpieza y una ventilaci¢n general, y esa tarde le comunic¢ a Demetrio Paredes, al Maestro, que todo estar¡a listo para el d¡a subsiguiente. El Maestro, a petici¢n del Marqu‚s, hab¡a puesto una chapa reforzada en su taller de escultura, con doble llave, a fin de que no pudieran descubrir los modernos las tres figuras de cera, que ahora esperaban, listas con sus vestidos y sus peinados, que las vinieran a buscar: Gertrudis en actitud de desmayo y de pasmo, exhibiendo los muslos de un blancor azulino, desanudadas las amarras del corpi¤o y la mitad de los pechos al aire; Sandro, el pianista, desorbitado, como los s tiros de las pinturas del barroco, buscando la penetraci¢n, erecto, mientras tocaba los muslos con manos ansiosas y ojos enloquecidos, murmurando alguna frase inspirada por la fiebre, y el Marqu‚s, paralizado en el umbral de la revelaci¢n, con ojos atentos, glaciales, curiosos, donde la m quina acelerada de los recuerdos dibujaba formas vertiginosas y a la vez imperceptibles. De acuerdo con las exigencias del Marqu‚s, fue ‚l mismo quien dirigi¢ la colocaci¢n de las figuras, y s¢lo permiti¢ que participaran el Maestro y Seraf¡n. Toda intervenci¢n extra¤a habr¡a sido una violaci¢n intolerable de su intimidad. Para proceder al traslado, cubrieron las figuras, que ahora parec¡an haber superado en algunos mil¡metros el tama¤o natural, con s banas, y despu‚s las sacaron por los corredores del caser¢n de los artistas. Era de ma¤ana, y la mayor¡a de los modernos dorm¡a a pierna suelta. En esos d¡as se hab¡a puesto de moda, en los talleres de los m s avanzados, la inhalaci¢n de hierbas alucin¢genas llegadas del norte. S¢lo se encontraba en pie, cincel en mano, Mat¡as, escultor especializado en robustas campesinas estilizadas, a mitad de camino entre las corrientes de vanguardia y la academia, el gusto "pompier", reivindicado por el melenudo personaje de la boina verdosa. "¨Llevan cad veres?n, pregunt¢ Mat¡as, con un balanceo del cuerpo como de escolar que prepara una barrabasada, y el Marqu‚s, congestionado por el esfuerzo de sostener los pies del profesor de piano, cuidando de transportarlo boca arriba, ya que de otro modo se corr¡a el peligro de tronchar su ¢rgano venoso y en estado de erecci¢n, dijo, con voz entrecortada, sin aliento, que s¡, efectivamente: ­Cad veres! Mat¡as lleg¢ hasta la calle, sin soltar el cincel, y vio que Seraf¡n y el Marqu‚s introduc¡an el misterioso objeto, envuelto en una s bana, que parec¡a un sudario, y del tama¤o de una persona adulta, a trav‚s de la estrecha portezuela, a la caja del coche, forrada en cuero negro y con flecos en la base de los asientos. El anciano cochero ten¡a instrucciones de permanecer en el pescante, sin ofrecer ayuda, y en vista de eso no hac¡a ni se formulaba preguntas. Bostezaba prolongadamente y lanzaba espor dicos suspiros, obstruidos por una niebla cada vez m s densa, miraban en direcci¢n al r¡o, recordando los tiempos en que a£n no se hab¡a construido el tajamar y en que hab¡a ca¤averales en la orilla. ­Dichosos tiempos! En esos a¤os, si la memoria no le jugaba una mala pasada, se pod¡a cruzar los puentes, sin trabas de ninguna clase, e internarse por las callejuelas y las plazoletas de la otra ciudad. Ese espect culo, ahora, se le hab¡a borrado, mientras los choferes de buses, a este lado del r¡o, sembraban las calles de estr‚pito y de gases t¢xicos le echaban el armatoste encima a cada rato, y para colmo lo insultaban, le hac¡an gestos obscenos o burlones, como si el escudo de armas inscrito en el medio de la portezuela hubiera cesado de inspirar el menor respeto, la consideraci¢n m s m¡nima. El Marqu‚s y Seraf¡n, el hidalgo viejo, tambi‚n cargaron a Gertrudis, que no pesaba menos que el pianista, pero cuyo peso, dir¡a el Marqu‚s, a pesar de los pesares, era m s dulce, y al final, Demetrio Paredes, el Maestro, sac¢ la figura envuelta en su respectiva s bana o sudario, del se¤or de Villa Rica, de tama¤o id‚ntico a la del personaje que regresaba por una de las galer¡as de la casa de los artistas, p lido, un poco descompuesto por el esfuerzo, y quiz s, en relaci¢n a su r‚plica, disminuido en tres o cuatro mil¡metros, en tanto que Mat¡as, empu¤ando el primer potrillo de vino de la jornada, hac¡a preguntas sobre las extra¤as maniobras en que andaban metidos, ¨no habr n asesinado a una familia entera? inquir¡a, y no obten¡a m s respuesta que un gui¤o del acad‚mico, indicaci¢n de que se trataba de asuntos profesionales en los que no hab¡a que inmiscuirse. Dos j¢venes escultoras p lidas, como encandiladas, vestidas con su‚teres negros de cuello subido, faldas grises, zapatillas de bailarina, y cuyos cabellos sueltos les ca¡an hasta m s abajo de la cintura, acababan de entrar a su estudio y hab¡an armado gran alboroto, lanzando breves chillidos y saliendo y entrando sin objeto. Era que la gata negra y gorda hab¡a parido cuatro gatitos encima del camastro, sobre la colcha de parches coloreados, debajo de las reproducciones de Chaim Soutine y de Modigliani pegadas en las paredes. El Marqu‚s, que ahora descansaba, mientras Seraf¡n y el Maestro sub¡an al coche su pesada efigie, murmur¢: " la vida contin£a ", y agreg¢ un detalle afrancesado, debilidad en la que se permit¡a incurrir en muy contadas ocasiones: "quand meme". El Maestro tuvo que sentarse en el pescante, junto al cochero, cuya respiraci¢n semejaba un fuelle un poco anquilosado, silbante, mientras Seraf¡n y el Marqu‚s en el interior del coche, con las cortinillas cerradas, cuidaban de los personajes. Hab¡a problemas de tr fico, debido a que los Mariscales hab¡an organizado un desfile para conmemorar una batalla perdida, con un hero¡smo rayano en el suicidio, 117 a¤os atr s, y el Marqu‚s tuvo la sensaci¢n de que el trayecto, que por alguna raz¢n, quiz s por el trotar lento y acompasado de los caballos, le daba la idea de un cortejo f£nebre, tardaba siglos. Las fanfarrias del desfile se perd¡an entre los ruidos del tr fico y los pitazos de los carabineros. De pronto recibieron un top¢n brusco, que alcanz¢ a encabritar a uno de los caballos. El Marqu‚s entreabri¢ las cortinillas y se sinti¢ deslumbrado por el sol, que chocaba en los bronces de la banda de m£sica y en las hojas desenvainadas de los sables, pero vio que el top¢n no hab¡a sido grave, y tomando la bocina que comunicaba con el asiento del cochero, imparti¢ instrucciones terminantes para que siguieran de largo. No le habr¡a gustado, en esos momentos, y sobre todo cuando transportaba aquella carga, verse enredado en discusiones con alguno de esos automovilistas enfermos de los nervios que ahora pululaban por todas partes, en lugar de estar encerrados en sanatorios. Cuando abrieron los portones de rejas y entraron al parque de la mansi¢n se¤orial, se agolparon algunos mirones, acostumbrados a que la mansi¢n, despu‚s de los confusos rumores sobre la deshonra de su due¤o, fuera un monumento solitario en los confines del casco antiguo de la ciudad, cerca de un feo Instituto de paredes grises, de arquitectura racionalista, que depend¡a del Ministerio de la Salud P£blica, y de una plaza descuidada, cuyo pasto ralo, de ra¡ces gruesas y amarillas, rodeaba el pedestal de un monumento a un pionero de la lucha contra las bacterias. "­No te bajes!", orden¢ el Marqu‚s al cochero: "Cuando terminemos la descarga, nos esperas con el coche junto a las rejas. Y si los periodistas te preguntan algo, t£ no sabes nada de nada. T£ eres sordo y mudo. ¨O¡ste?" El cochero hizo un gesto extremadamente vago de aquiescencia, probable demostraci¢n de que los devaneos del Marqu‚s de Villa Rica, despu‚s de tantos a¤os y d‚cadas de caminar juntos, lo ten¡an sin cuidado. Pens¢ que le habr¡a gustado mucho m s que tocaran m£sica, como en los salones de porcelana de sus antepasados, bajo los candelabros y los cortinajes de seda, en lugar de interpretar aquella escena que lo excitaba, acelerando los latidos de su sangre, y que a la vez lo llenaba de angustia. Pero eso, y no la interpretaci¢n a cuatro manos de una sonatina veneciana, era lo que hab¡a impuesto el destino, que no siempre se acomoda a los deseos de los hombres, y el Marqu‚s no hab¡a podido descansar antes de fijar el instante: ‚l, con la mano de cera colocada en la manilla de bronce y con sus ojos redondos, de cristales marrones surcados por estr¡as verdosas; ella, con los muslos de cera reproducidos en los paneles de espejo de las puertas y en el brillo de la caoba negra del piano y el intruso, el garibaldino de pacotilla, con esa erecci¢n de cera que produc¡a en el pecho del Marqu‚s una repentina sensaci¢n de ahogo, de intoxicaci¢n por asfixia. Trat¢ de hablar y no le sali¢ la voz. La saliva se le hab¡a secado completamente. Se hab¡a quedado tan mudo como su r‚plica, con los cristales de los ojos encendidos por los reflejos del sol en el parque. Seraf¡n mov¡a la cabeza, lamentando haberse visto arrastrado a participar en esos caprichos, indignos de gente de su categor¡a. Nosotros, los de la tertulia del Club, sab¡amos que la Cocinera hab¡a llegado hasta su casa, pocas semanas antes, estruj ndose las manos, seg£n su costumbre, mirando al suelo y clavando en ‚l, en seguida, unas miradas turbias, oblicuas, y le hab¡a dicho que hab¡a que hacer algo para frenar las extravagancias y los disparates del se¤or Marqu‚s. "Se va a quedar sin un centavo", hab¡a manifestado la Cocinera: "Fig£rese que ahora le ha dado por escribir a Europa, a los mejores mueblistas, para que le manden una copia exacta de todos los muebles de su casa. Tambi‚n quiso hacer venir al aquitecto franchute que la construy¢, pero por suerte se hab¡a muerto hac¡a m s de veinte a¤os, y se avino a contentarse con un imitador criollo. Pero si le ocurre un accidente, no lo hab¡a pensado usted, don Seraf¡n? Toda la fortuna pasar  a manos de esa mujer. ¨No ve que no quiere ni o¡r hablar de testamentos, ni de divorcios ? " "Es un caso muy extra¤o", hab¡a replicado Seraf¡n, rasc ndose la barbilla simiesca: "Sumamente extra¤o." El Marqu‚s, a todo esto, lanz¢ un suspiro ronco, acompa¤ado de un sonido informe. Ten¡a el cuerpo enteramente ba¤ado por un sudor fr¡o. Su coraz¢n no cesaba de palpitar a velocidades insensatas. Y empezaba a dolerle el peque¤o resorte que trasladaba sus ¢rganos visuales desde la figura suya, fulminada en la puerta entreabierta, a la de Gertrudis y la del pianista. El escultor le puso una mano en el hombro. " ­Vamos, amigo m¡o! ", le dijo, en un tono que invitaba a la resignaci¢n. Cerraron los portones con doble llave, y el escultor, sin consultar a nadie, le dijo al cochero que los llevara a una de las picanter¡as que hab¡a debajo del puente, a la altura del barrio de las Descalzas. Cuando llegaron debajo del puente y bajaron del coche, el escultor los condujo a una chingana que se hallaba en pleno jolgorio. Hab¡a m£sica de guitarras, y se escuchaba el canto de unas cantoras que se dec¡a que hab¡an llegado del norte, huyendo de la crisis. A pesar del sol esplendoroso, al otro lado del r¡o hab¡a niebla, y las agujas de los edificios se perfilaban con dificultad en un cielo gris ceo. Es curioso, pensaba el Marqu‚s de Villa Rica, que nunca me hayan tra¡do a ver estas cosas antes de hoy d¡a... Parec¡a que se hubiera descorrido un velo, y que un sector desconocido del mundo, despu‚s de la consagraci¢n de su desgracia, hubiera empezado a desplegarse ante su vista. "¨Qu‚ le parece?", pregunt¢ el escultor. "No sab¡a que exist¡a todo esto", murmur¢ el Marqu‚s. " Los modernos ", coment¢ el escultor, con un moh¡n de desprecio, "tampoco tienen la menor idea. Ellos van a un lugar donde hay que sentarse en trapecios de cromo, entre paredes de aluminio, para que a uno le sirvan la comida en platos de material pl stico. Y la m£sica de fondo", a¤adi¢, "es algo que hace doler las muelas". Pero al Marqu‚s no se le pod¡a hablar de nada, porque todo, incluso la palabra "m£sica", le tra¡a recuerdos con gusto a salmuera. Entraron entonces a una de las picanter¡as del sector, un amplio recinto situado a la sombra de parrones frondosos y adornado con una profusi¢n de banderitas y cintas tricolores. En el mes¢n hab¡a grandes jarros repletos de cebollas en vinagre o aceitunas de diferentes procedencias; barriletes atestados de sardinas o anchoas ahumadas, y gruesos perniles de jam¢n crudo colgaban del techo. Las mesas, repartidas debajo de los parrones, estaban ocupadas por campesinos, alba¤iles, comisionistas de la Vega, camioneros, peque¤os empresarios, empleados de la estaci¢n cercana del ferrocarril. Comieron un ceviche de corvina regado con abundante cerveza, y el Marqu‚s, irgui‚ndose y golpeando las manos, anunci¢ a toda la concurrencia que se sent¡a much¡simo mejor, capaz de encarar el futuro con renovados br¡os. "Adem s", le dijo a Seraf¡n, con la seguridad de irritarlo, "pienso cambiar los comedores del Club por esta picanter¡a He notado que la salsa francesa del Club la hacen servir para todo, como el mentolado, y que el whisky da dolor de cabeza. El otro d¡a trat‚ de ahogar en whisky una cholga, una cholga que estaba putrefacta, y tuve pesadillas cuarenta y ocho horas". Esa tarde, en la mesa de baccarat, Seraf¡n sinti¢ que ya no segu¡a comprometido por su lealtad al Marqu‚s. Se dijo, francamente, que la conducta del Marqu‚s era indigna, reveladora de una chifladura que ninguna persona de sus pergaminos pod¡a permitirse, sobre todo cuando soplaban vientos de fronda. ­Ad¢nde ¡bamos a parar! Adelant¢ la cabeza, peque¤a y arrugada, hasta colocarla debajo del c¡rculo de luz verde, y afirm¢ en voz baja, como si la infidencia, dicha de ese modo. fuera menos grave, que el Marqu‚s se hab¡a vuelto loco de remate. "Se ha hecho amigo de un bohemio", susurr¢, "un escultor de melena y de boina, que vive de cumplir encargos rar¡ficos, y ha decretado que almorzar n todos los d¡as en una picanter¡a debajo del puente, en un lugar rodeado de chinganas, frecuentado por una chusma asquerosa. Por eso no lo hemos vuelto a ver en los comedores del Club, donde se han propuesto, dice, a voz en cuello, a quien lo quiera o¡r, envenenarlo". " ­Eso dice! " El Mariscal Aguilera hab¡a acudido a la mesa de juego a ensayar la mano, y masticaba un escarbadientes con furia. Se sab¡a que ese gesto, esa rabia para morder el escarbadientes, implicaba toda clase de presagios f£nebres. En una de las huelgas generales de comienzos de siglo, numerosos cuerpos se hab¡an desplomado entre las l¡neas paralelas de los rieles, sobre los durmientes o en la arena calcinada y salitrosa, mientras el Mariscal, entonces capit n de caballer¡a, masticando exasperadamente un escarbadientes casi desintegrado, vociferaba las ¢rdenes de fuego, sin tomar en cuenta para nada que la l¡nea del ferrocarril se hallaba fuera de la jurisdicci¢n de las compa¤¡as inglesas. "Siempre me pareci¢ un personaje medio tocado", coment¢ el Mariscal, moviendo una mano en el aire, lleno de agitaci¢n; ­Con esos t¡tulos, con ese carricoche rid¡culo, con esas pretensiones fuera de tiesto! " "Hay que admitir", puntualiz¢ Seraf¡n, algo amostazado, alcanzado en su orgullo de hidalgo antiguo, "que el t¡tulo es leg¡timo, y que tendr¡a derecho a usar, si quisiera, much¡simos otros. Una vez nos dimos el trabajo de enumerarlos, y no cab¡an en una tarjeta de visita com£n y corriente". "­Conforme!", interrumpi¢ el Mariscal, de malas pulgas, ahuyentando las lucubraciones in£tiles como si de moscas o zancudos se tratase: "Pero los tiempos se han puesto muy dif¡ciles. Los pobres, alentados por los demagogos, est n a punto de sublevarse. ­Y usted habl ndome de t¡tulos ! " "¨Y qu‚ soluci¢n propone usted?", pregunt¢ Seraf¡n, encogiendo el cuello, que a la verdad le ard¡a de rabia. "Muy sencillo", dijo el Mariscal, y reemplaz¢ el escarbadientes gastado por uno nuevo, como si la aparici¢n de la madera blanca y limpia coincidiera con la sencillez de la f¢rmula. "Colgar a los demagogos, comenzando por el que ejerce ahora de ministro de Hacienda (toda la mesa, en este punto, levant¢ la vista de las cartas y de las fichas e hizo gestos de activa aprobaci¢n), y en cuanto a los pobres, que son demasiados numerosos, escoger a los m s representativos y amargados, a los que parezcan m s alzados o m s d¡scolos, y hacer un escarmiento. As¡ los dem s se quedar n tranquilitos... ­Y que el se¤or Marqu‚s", prosigui¢ el Mariscal, acumulando furia en la medida en que ablandaba, con su saliva y sus dientes, el nuevo palito de madera, "no se me venga a botar a populachero ! ­ Eso no m s faltaba! " El Marqu‚s, entretanto, en compa¤¡a del escultor Paredes, hab¡a pasado de la picanter¡a, donde hab¡an comido ceviche y cuyes con arroz, condimentados con un aj¡ que parec¡a dinamita, a una de las chinganas vecinas. Ah¡ hab¡an bebido una botella entera de aguardiente del sur, contemplando las aguas cenagosas del r¡o, que de pronto arrastraban una rata muerta, un perro con el vientre inflado, y escuchando las voces estridentes, pero bien afinadas, lastimeras, de las cantoras que hab¡an emigrado del norte. El Marqu‚s no sinti¢ en exceso los efectos del aguardiente, pero de pronto, cuando el nivel del licor, de un blanco denso y tirando a rojizo, ya se ve¡a por debajo de la etiqueta de la botella, que llevaba el dibujo de una semidiosa de la victoria entre nubes, con la espada desenvainada, se larg¢, sin el menor pre mbulo, a hablar de Gertrudis, de quien hac¡a meses que no hablaba con nadie una sola palabra, con la salvedad de las detalladas informaciones que le hab¡a tenido que transmitir, sin abandonar la frialdad de la descripci¢n cient¡fica, al escultor. Pero ahora cambi¢ bruscamente de tono, y describi¢, con palabras tr‚mulas, los paseos nocturnos a que somet¡a a Gertrudis, en camisa de dormir, a la luz de la luna, y la forma como se le marcaban los pechos; como palpitaba su garganta soberbia, donde el pu¤al vengador, al hundirse, habr¡a arrancado borbotones de sangre; como las caderas ampulosas estiraban la seda fin¡sima de la camisa... " ­pero hombre!", exclam¢ el escultor: "Ahora comprendo. ¨Usted cree que las mujeres de hoy d¡a se contentan con pase¡tos en el claro de luna? ­Las cosas suyas! Piense que a m¡, las que me visitan al taller pidiendo lo que usted se puede imaginar, en algunos casos exigiendo, en otros implorando, se¤oras, a veces, de las mejores familias, no me dejan ni trabajar tranquilo. ­Y usted pretend¡a retener a esa hembrota, a esa mujeraza, con unos toquecitos suaves! ¨Esto s¡ que est  bueno!" Y lanz¢ una carcajada estent¢rea, mirando la pista de tierra de la chingana, como si as¡ compartiera con una vasta audiencia la comicidad del asunto. El Marqu‚s cerr¢ los ojos, tocado en sus fibras m s ¡ntimas, y luego los abri¢ y los clav¢ en las aguas revueltas, donde el barro se mezclaba y formaba remolinos con la espuma de las remotas nieves. El escultor observ¢ que los ojos del Marqu‚s estaban enrojecidos y que en el p rpado inferior se acumulaba una punta de humedad. "Mejor cambiemos de tema", propuso el Marqu‚s. "Como usted diga", concedi¢ Demetrio Paredes, y repitiendo el gesto que hab¡a tenido en la picanter¡a, un gesto, pens¢ el Marqu‚s, que nunca, jam s, se observar¡a en Seraf¡n, que hab¡a convertido la modestia de sus recursos en una especie de profesi¢n mezquina, no permiti¢ que el Marqu‚s pagara el aguardiente. Cuando se pusieron de pie, el Marqu‚s declar¢ que sent¡a las piernas de lana. " ­No me hab¡a dado cuenta de que estaba medio borracho!", exclam¢, ri‚ndose a gritos. Entre el mozo que les hab¡a servido el aguardiente, un joven robusto, aindiado de cara y de apellido Izquierdo o Ezquerdo, y el escultor, le hicieron silla de manos, ya que el sendero hasta el coche, en esa parte de debajo del puente, era escarpado y pedregoso. "Y a todo esto", pregunt¢ el Marqu‚s, "¨d¢nde est  el puente? No lo veo por ninguna parte". "Mucho m s all . Pero todo este sector, despu‚s de atravesar los tajamares, se llama debajo del puente." El Marqu‚s trat¢ de subir al coche por sus propias fuerzas, ordenando perentoriamente a Ezquerdo o Izquierdo y a Paredes que lo dejaran tranquilo, pero le result¢ imposible. Hubo que alzarlo como un pesado armatoste, tom ndolo de los pies y de debajo de los brazos, y el escultor, que lo levantaba desde arriba, encaramado en el coche, adivin¢ que se hab¡a producido una curiosa identificaci¢n, en alg£n instante de la tarde, quiz s cuando ‚l hab¡a hablado del apetito sexual de las mujeres y el Marqu‚s hab¡a preferido cambiar de tema, entre el personaje del se¤or de Villa Rica y la r‚plica en cera que ahora, en la mansi¢n solitaria y en penumbra, abr¡a la puerta del sal¢n de m£sica, o hab¡a, mejor dicho, abierto la puerta, dos segundos atr s, y se hab¡a quedado petrificada, inm¢vil, fuera del tiempo, mirando con esferas de cristal y coraz¢n convertido en hielo a los ad£lteros tambi‚n petrificados. "¨Giulietta? " "Giulietta es hija m¡a y de mi locura" declam¢ Gertrudis, con patetismo profundo. " ­No es hija de nadie m s! " El pianista, mascullando una protesta contra la testarudez de Gertrudis, que deb¡a de venirle de sus antepasados vizca¡nos, se puso su chaqueta y dijo que iba a mirar el desfile de los rojos. Quer¡a ver qu‚ posibilidades ten¡an, explic¢, en las elecciones pr¢ximas. En el momento en que lleg¢ a su puesto de observaci¢n y en que empez¢ a calcular de inmediato la cantidad efectiva de votos que representaba esa gente, el Marqu‚s y el escultor, que se hab¡a transformado, en medio de la crisis general, en su inseparable amigo, ya observaban el desfile desde otra esquina. El Marqu‚s, para no ser reconocido, llevaba una m scara de goma y el traje gris a rayas, un poco ra¡do, realzado por una corbata grasienta, que caracterizaba a los servidores del Estado. "Sabe usted", dec¡a el Marqu‚s: "en los £ltimos meses he sentido la tentaci¢n de hacerme rojo. S¢lo para trastornar el orden de las cosas, que a veces me parece agobiador, sofocante, ¨comprende usted? y para que los tirillentos tengan un mendrugo de pan... Pero nadie me creer¡a, ¨no le parece? " "Nadie", conven¡a el escultor, que comprobaba, con sorda indignaci¢n, que muchos de los modernos hab¡an tomado la cabeza del desfile, incluyendo el chico calvo que fabricaba m quinas epileptoides, y vociferaban consignas, con los pu¤os en alto, code ndose con el candidato, que avanzaba del brazo de sus compa¤eros, descamisado y exhibiendo una desmesurada sonrisa. Esa noche, cuando se disgreg¢ el desfile, se escucharon gritos en las plazas y en los callejones del casco antiguo, c nticos dispersos, choclones juveniles que trotaban coreando sus consignas, y alguno, incluso, se acord¢ de insultar al Marqu‚s de Villa Rica, a pesar de que hac¡a a¤os que no sal¡a a relucir el nombre del Marqu‚s en estas lides. "Son caracteres sepultados por la historia", comentaba alguien, a pocos cent¡metros de la figura enmascarada y disfrazada de oficial de cuentas. "Lo curioso", murmur¢ ‚l, al d¡a siguiente, cabizbajo, "es que yo hasta hab¡a pensado en trasladarme al bando de la Revoluci¢n. Pero habr¡a resultado demasiado desconcertante. Los j¢venes, que forman sus juicios a partir de ideas preconcebidas, como el boticario de la novela, no me habr¡an tolerado". "¨Qu‚ dice?", pregunt¢, levantando la cabeza con impertinencia y mala uva. ##222# Alguna vez fui amada o algo as¡, puse s banas limpias en una cama, escuch‚ la lluvia sin o¡rla realmente o me precipit‚ furiosa al terrado para sacar la ropa sin concederle una mirada; alguna vez llor‚, fui feliz, par¡, trabaj‚, confi‚ en el futuro. Me da risa. Ahora busco hojalata. Como trabajo, quiero decir. No es una tarea mejor ni peor que cualquier otra. Salgo muy temprano. Los viejos duermen poco y adem s me gustan estas hondonadas solitarias donde no crece nada, los montones de basura de donde se levanta a veces un humo acre, un precipitado de carne podrida, frutas desechadas por alguna raz¢n insignificante --un magull¢n, una picadura o simplemente el tedio, porque en estos tiempos resulta dif¡cil incluso comer una fruta hasta el final--, los condones de un amor olvidado o un gran amor, ¨qui‚n puede saberlo?, cartones, vestidos en buen uso, un solo zapato, peroles agujereados. Y latas: de tomate, de at£n, de sardinas, de jud¡as y corazones de alcachofas, de tabaco y polvos de talco. Mi trabajo consiste en juntar latas, tantas como pueda de una sola vez sin fatigarme, y para eso tengo una buena cuerda, flexible y morena, que sabe bien a la piel, y que desenrollo y arrastro tras de m¡ a medida que voy atando, una a una, mis brillantes, mis bonitas latas. He reducido al m¡nimo mi contacto con la gente. Les doy miedo y ellos tambi‚n a m¡, en cierta forma. Cada cara, cada mano, todos los ojos, son armas potenciales, voces que pueden levantarse para detenerme, para encerrarme o, lo que es peor, para compadecerme, mimarme, ofrecerme un bocadillo o un caf‚ con leche. Nunca ofrecen lo que verdaderamente me gustar¡a, lo que casi me doler¡a tener que rechazar, porque es verdad que a veces, cuando he tenido un buen d¡a, me gusta beber. Pero no soy borracha. Tampoco soy borracha. Ya no. No tengo motivos para buscar calor u olvido, cuando la verdadera raz¢n que me trajo aqu¡ fue el deseo de preservar la memoria. As¡ que s¢lo veo al hombre que me compra las latas, y eso no siempre. A veces, cuando llego a la barraca aquella junto a la f brica, no hay nadie. Entonces cojo mi cesta, la pongo sobre la gran b scula, resto el medio kilo de cesta --s¢lo quiere hojalata--, retiro el dinero que me deja en el vano de la ventana peque¤a, debajo de la piedra, y me voy. Esos son d¡as buenos, en los que no me veo obligada a saludar, a escuchar su ch chara insulsa y bienintencionada, sus observaciones condescendientes sobre la dureza de los tiempos. Parece creer, ‚l, que busco hojalata porque no tengo nada mejor que hacer, y est  convencido de que no me gusta, de que preferir¡a adormecer mi dolor junto a una estufa. Es un hombre est£pido, como casi todos. Pero el resto del tiempo soy la reina de este lugar, que s¢lo me disputan las ratas, y eso por la noche. Las oigo correr, lanzar grititos excitados, comunicarse hallazgos, compartir manjares. Odio el sentido de solidaridad de las ratas, sus ganas de estar juntas, de transmitirse hasta los descubrimientos m s banales. Su organizaci¢n social, que no deja lugar para una rata sola, me parece abominable. Por todas partes se encuentra lo mismo: miedo, pereza, gula, lujuria ciega, una especie de frenes¡ colectivo que, supongo, proporciona la seguridad de compartir con millones una naturaleza, unos vicios, unos deseos y ciertas aversiones. De todas maneras, de ellas no puedo huir; ellas son las futuras soberanas de la tierra, su podredumbre secreta. Y en £ltima instancia supongo que debo estarles agradecida. D¡a y noche socavan la tierra, abren abismos vertiginosos bajo nuestros pies, roen las cloacas de las casas donde vive la gente feliz, mordisquean los tiernos deditos de sus ni¤os, los cables del televisor, las p ginas de los libros. Digamos que cumplen una funci¢n social. Ya s‚ que puede decirse de m¡ que vivo en la mierda. Y sin embargo esto no est  tan mal, tan yermo y solo, con sus valles y colinas--hondonadas y montones de desecho--y el peque¤o c¡rculo de hierba que miro algunas veces mientras paseo o busco mis latas o simplemente me ejercito en recordar. Hace algunos a¤os hab¡a por aqu¡ unas cabras. Ramoneaban, com¡an pan y florecillas. Fueron a¤os dif¡ciles para m¡, porque ten¡a que ir mucho m s lejos en busca de las latas. Pero poco a poco--y en realidad no ha pasado tanto tiempo--la mugre, los peque¤os incendios, la expansi¢n de la ciudad y la mejora de los caminos, ahuyentaron a cabras y cabrero y hace ahora mucho tiempo que no veo sus caras melanc¢licas. El cabrero y yo no nos llev bamos mal, sin embargo. Nunca hablamos. Nos limit bamos a mover solemnemente la cabeza cuando nos cruz bamos, cada uno en lo suyo, ‚l con sus cabras y yo con mis latas. Era mucho m s joven entonces y no me llevaba tanto tiempo completar toda la longitud de la cuerda. Conservaba todav¡a la costumbre de caminar r pido, como si una mano me empujara por el culo o estuviera haciendo esperar a mi amante. Y regresaba casi saltando, alegre con el tintineo estimulante de las latas, que saltaban al chocar contra las piedras y hac¡an m£sica, tin-tan-ton. Me precipitaba por la pendiente, contenta de llegar a casa, y pensando ya en qu‚ lata elegir¡a para agregar al tejado. Este tejado me llev¢ a¤os de trabajo hasta que pude decir que, en la medida en que me lo permit¡a mi talento, estaba hecho. Y es un buen tejado, lleno de resonancias. Cuando sopla el viento, me acuesto en el costado oriental, porque all¡ arriba est n las latas a las que el ¢xido ha abierto agujeros; mis bellas latas leprosas por cuyos agujeros pasa el viento silbando y susurrando, gritando y cantando. Grandes noches de ¢rganos enfermos en las que recuerdo el amor, los piafantes caballos, las c£pulas doradas. En cambio cuando llueve elijo el lado occidental donde est n las latas m s nuevas y brillantes, suaves como muslos, por donde el agua resbala sin obst culos, sedosa y casi imperceptible. Entonces me arrebujo en estas lanas  cidas y pienso en el calor, el alimento y el pelaje de los gatos. Como toda obra humilde, mi tejado necesita retoques todo el tiempo. El lado de los vientos se desintegra, cae a veces transformado en un polvillo rojizo, y el lado occidental envejece, como yo, y hubo noches en que, creyendo acostarme del lado de la lluvia, me descubr¡ yaciendo bajo una copia imperfecta del lado del viento, porque mis latas nuevas, al mojarse una y otra vez, fueron perdiendo su tacto de seda y el agua pasaba chirriando por encima de ellas y rascaba con mil patas de ara¤a en mi cerebro. Pero no me desagrada, porque la continua reparaci¢n, alteraci¢n y acabado del techo me da algo que hacer, y es un placer salir algunas veces a buscar una lata, una en especial nueva o herrumbrada, seg£n se trate del oriente o el occidente de mi casa. Por otra parte, no es un mero trabajo de reparaci¢n. En ocasiones mejoro lo que hab¡a logrado, como aquella vez que agregu‚ al lado de la lluvia una gran lata de aceite para coches. La siguiente vez que volvi¢ a caer agua, aquella lata, acaso en virtud de su tama¤o, me proporcion¢ el placer de agregar una nota excepcionalmente grave y ondulante, algo que se quedaba en el o¡do mucho despu‚s de haberse extinguido el tamborileo de sus vecinas, y anticipaba el siguiente tableteo amistoso con su voz pesarosa aunque dulce. Adem s, est  el sol. Quiero decir, el sol brillando sobre mi tejado mientras recorro pacientemente los montones de basura. Desde cualquier sitio en que me halle, puedo ver mi casa, coronada de luces, chispeante como el agua, arrebolada, hermosa. S¡, ese tejado es mi £nico lujo, mi juguete, el resto de belleza necesaria. S‚ que cuando hablo de ‚l me dejo llevar, olvido las graves razones que me han tra¡do aqu¡, y s¢lo puedo pensar en mi obra, en el orgullo que siento por haberla creado. Imagino que los jardineros deben sentir algo parecido cuando contemplan sus flores en el silencio del alba, y que acuden a podar, apuntalar o acomodar sus arbustos con la misma ansiedad con que yo elijo los ejemplares m s perfectos para cada funci¢n determinada. Pero lo que quiero decir, lo que es necesario decir antes de pasar m s adelante, es que debajo de este tejado duerme una mujer, un cuerpo de mujer, una vida de mujer, y que fue para preservarla, descubrirla, mantenerla, que una buena ma¤ana abandon‚ mi casa, lo que llamaba mi vida, y vine aqu¡ para dedicarme a esta industria que de todas cuantas he conocido me parece la m s llena de sentido. Es decir, que pas‚ de crear basura a recogerla. Nadie que no haya estudiado nunca una monta¤a de basura, comprender  hasta qu‚ punto es reveladora. En primer lugar, est  su volumen. Cada vez hay m s. Los desechos se acumulan a una velocidad vertiginosa, y rara es la ma¤ana en que me despierto y, al salir para hacer mi examen preliminar, no descubro un nuevo mont¢n, m s alto, m s prometedor que los anteriores. All¡ est , nuevecito, oloroso, bien plantado, como un gallo de ri¤a que todav¡a no ha conocido la derrota; inflado y pendenciero. ¨Qu‚ oculta? Por lo general, lo dejo estar uno o dos d¡as, hasta que las ratas hayan practicado en ‚l sus t£neles secretos, eliminando la mayor parte de la materia org nica, trozos yertos de salchicha, peladuras, bolas de pur‚ donde alguien ha apagado un cigarrillo, restos de pan y algodones sanguinolentos. Cuando ellas se han encargado de la hojarasca, llega el momento de investigar su duro coraz¢n, el oro de su entra¤a, los amasijos de pl stico, cart¢n, hojalata, trozos de l pices con huellas de dientes, trapos, botellas. En segundo lugar, est  lo que podr¡amos llamar su calidad. No es lo mismo la basura que se recoge en los barrios de los ricos que la que puede reunirse en una barriada pobre, o que los restos innumerables de la calle de los teatros. Podr¡a decir mucho sobre la basura, si verdaderamente me interesara desde el punto de vista de la disecci¢n social. Las cajas de medicamentos, por ejemplo. Los hay de todas clases: para el est¢mago, la cabeza, los m£sculos, los nervios, los huesos, la fiebre, el resfriado, el sue¤o, la vigilia, el estudio, el insomnio, la diarrea; para la piel, las heridas, la agon¡a, el dolor, la depresi¢n y la migra¤a. Guardo los prospectos, que en mi opini¢n constituyen un g‚nero literario al cual no se le presta la debida atenci¢n. Salvo una mirada distra¡da para asegurarse de que no inhiben la MAO, son aptos para ulcerosos, pueden mezclarse con antibi¢ticos, producen incoordinaci¢n, mareos, confusi¢n, n useas o estre¤imiento, ¨qui‚n contempla los prospectos desde el punto de vista de su articulaci¢n ling¡stica, la claridad de sus conceptos o el lirismo de sus efectos secundarios? Y sin embargo los tienen, como cualquier otro fragmento de lenguaje. Pero lo que prefiero son los programas de teatro. ltimamente escasean o son tan poco atractivos como el envoltorio de un chicle. Aunque tengo algunos que son verdaderos tesoros: La Boheme, por ejemplo, o El Rey Lear. Sin advertirlo, he pasado de un an lisis general de la situaci¢n a las tentaciones que me acechan, esperan en pacientes montones contra las paredes de mi casucha, llam ndome con sus sedosos labios de papel, aguardando el momento de debilidad en el que hundida, fatigada hasta el hueso por la memoria, recurro a la relectura de otras desgracias, a la interpretaci¢n de los innumerables padecimientos humanos para sentir que al fin y al cabo, sola como estoy, apartada de las emociones f ciles de la buena vecindad, pertenezco no obstante a una especie y, voluntariamente o no, comparto sus desdichas. S¡, la desdicha es f cil de compartir. Se trata s¢lo de bajar la cabeza, mirarse las manos plegadas en el regazo y aceptar mansamente la falta de originalidad. Pero yo no quiero. Me niego a olvidar, me resisto a revolcarme en la piedad, a buscar consuelo en las comparaciones. Y estoy aqu¡ por eso, porque un buen d¡a, abrumada por alguna estupidez que he olvidado, pase ndome por la calle, mirando escaparates, deseando, creyendo necesitar, comprend¡ que en verdad nada necesitaba, que ten¡a todo lo humanamente exigible para la supervivencia, y que el resto--la frustraci¢n, el dolor, la furia, el escondido anhelo-- eran s¢lo la respuesta a un reclamo excesivo, a una hipertrofia de objetos, discursos, distracciones; millones de objetos, colores y letras cayendo sobre mi cabeza como una lluvia indecente que arrastraba consigo lo esencial, me escamoteaba mi vida, me quitaba la memoria de mi vida, la noci¢n de los l¡mites del cuerpo. Y sent¡ que perd¡a el alma por los ojos, que por esas ventanas se me iba mi £nico conocimiento verdadero. Y es que durante a¤os me esforc‚ est£pidamente por comprender. Viv¡a en la convicci¢n de que con inteligencia y buena voluntad era posible comprender; de que si me esforzaba, si jugaba limpio y era honesta conmigo misma y con los dem s, podr¡a comprender por qu‚ hab¡a dejado de contar como objeto deseable para mi hombre, como protecci¢n deseada para mis hijos; por qu‚ ten¡a que disculpar y hasta justificar su falta de amistad; por qu‚ deb¡a aceptar que no sab¡a nada de sus vidas y era normal que as¡ fueran las cosas. Estaba petrificada de amabilidad y buenos sentimientos, presa en los confines de mi sonrisa, en la mueca redonda de mi vientre, en el arco convulso del cuello, las u¤as de mis dedos, el per¡metro de mis muslos. Perfectamente idiota, perfectamente harta, cort‚s e inmutable. Me cercaban las cosas, los perfumes rancios del amor, los efluvios de la violencia, la inanidad, el deber y los proyectos. Reci‚n ahora veo que, tal vez, a ellos les pasaba lo mismo. Y es triste. Pero quiz s lo m s triste sea que no hay, no puede haber en todo esto ninguna intenci¢n reivindicatoria. No soy abanderada de una particular organizaci¢n biol¢gica. No creo haber sido maltratada y estoy segura de que se han tenido conmigo todas las contemplaciones y cuidados que hombres y mujeres se dedican. No. Las cosas son infinitamente m s complicadas y, si yo estaba colonizada por la pasi¢n, ‚l viv¡a desgarrado por la imperiosa necesidad de la acci¢n. El error--ese error interminablemente repetido--consist¡a en creer que de alguna manera, por el mero hecho de haber logrado una organizaci¢n precaria de las apetencias, pod¡amos dejar afuera lo que ‚ramos, lo que somos, ‚l, yo, t£, todos: vientres anhelantes, sangre ciega y enferma, labios  vidos, huesos ardientes como ascuas en el dolor y el esfuerzo; ni¤os perdidos, en suma, zarandeados por el deseo, despedazados por la necesidad de crecer, luchando animosamente por no escuchar el reclamo continuo de la criatura confusa y hambrienta que gime en todos nosotros y vive agazapada en alg£n repliegue ignorado, dentro del infierno afiebrado de los m£sculos o arriba, en la cabeza. Para olvidarla trabajamos; para olvidarla y enterrarla construimos las ilusorias estructuras de la normalidad y la eficacia; para pisotearla, aniquilarla, anonadarla crecemos, estudiamos, nos apareamos como animales asustados; creamos a otros para dar nueva vida al deseo como quien da vuelta a un sombrero viejo, remienda un guante o insiste en cambiar el tac¢n de un zapato. Pero el ni¤o nos sigue, est  con nosotros cuando nos levantamos por la ma¤ana y nos acostamos por la noche. En los sue¤os est , clamando con su largo gemido, con su llanto interminable. Lo vemos todas las ma¤anas en el espejo. Yo la ve¡a todas las ma¤anas en el espejo. La ni¤a. Con la peque¤a boca prepar ndose para gritar o chupar o dar un beso, los pu¤itos apretados, el cuello fr gil, los peque¤os pies redondos y su indomable voluntad de ser, de pedir y buscar hasta la muerte. Todav¡a est  conmigo. La llevo a todas partes, nunca callada, tan dispuesta hoy como entonces a florecer de pronto, hacerse o¡r, fiel a s¡ misma y su demanda. No tengo la pretensi¢n de ser o¡da, sin embargo. Nadie quiere escuchar. No hay tiempo. All  est n todos, enredados en una danza complicada, sin m£sica ni alegr¡a. Repiten incansables los mismos pasos, los mismos giros y actitudes, arrastrado cada uno por su ficci¢n particular, su mueca preferida, el papelito que ha elegido desempe¤ar en el mundo. En verano, las noches de verano quiero decir, bajo a la plaza a ba¤arme. En realidad no bajo, sino que asciendo, lo m s r pido que puedo, por un costado de la carretera, sudando no tanto a causa del calor como a causa del miedo porque all¡ no hay d¢nde ocultarse, ni pastos ni basura, y yo necesito ocultarme. En verano las noches son breves y la gente se entretiene hasta muy tarde afuera, bebiendo, llorando, discutiendo o paseando al perro, as¡ que tengo que calcular muy bien el instante propicio, esa franja de silencio que precede en poco rato al alba. No siempre lo consigo, porque los j¢venes enamorados sin casa sienten una especial predilecci¢n por la fuente. Pero en fin, a veces llego y estoy sola, verdaderamente sola, rodeada de botellas y papeles, cigarrillos todav¡a humeantes y en ocasiones hasta un pa¤uelo o un sombrero. Entonces, sin perder tiempo, me meto en la fuente. Me gusta esa fuente. En el centro, un enorme pez cabeza abajo, con la boca abierta--una boca casi humana, de gruesos labios--, vomita un denso chorro de agua muy fr¡a. En torno a su pedestal siempre hay un anillo de espuma, unos borbotones de agua que surgen de la entra¤a de la fuente, como g‚iseres. Me siento en medio del agua y miro c¢mo se levantan mis faldas y flotan alrededor de m¡ como enormes p‚talos ra¡dos. Son casi hermosas mis faldas cuando por debajo las levanta el agua. Me siento bien all¡, tan quieta y fresca, descansando del ascenso apresurado por esa carretera ardiente. Una vez me llev‚ un jab¢n, un trozo de jab¢n que me regal¢ una se¤ora tal vez piadosa pero singularmente falta de tacto. Un jab¢n cremoso, perfumado, resbaladizo, como una raci¢n de manteca. Y empec‚ a usarlo, a enjabonarme, pero entonces no disfrutaba, no sent¡a siquiera la frescura del agua de tanto moverme, frotar y enjabonar, y pronto lo tir‚, lo lanc‚ lejos s£bitamente furiosa por haberme dejado atrapar y haber obedecido la orden impl¡cita en el donativo. No tengo nada contra el jab¢n--en realidad, era m s bien agradable--, pero tengo todo en contra de las se¤oras que lo regalan, de las vallas que cantan sus alabanzas, de las buenas costumbres que lo imponen. Prefiero con mucho mirar flotar mis faldas sin prestarles demasiada atenci¢n, mir ndolas s¢lo con un ojo, por decirlo as¡, mientras me dejo estar con la cabeza baja sin pensar en nada especial, s¢lo oyendo caer el agua y dej ndome llevar por la sumisa corriente de la fuente, arriba y abajo, un poco a la izquierda, otro poco a la derecha, como una pelota de trapos en una acequia. Cuando est  a punto de salir el sol, el chorro de agua que sale de la boca del pez se vuelve trasl£cido, refleja de pronto todos los colores. Entonces me voy, vuelvo a casa, bajo a casa, esta vez s¡ bajo, aunque me gusta pensar que es al rev‚s, que desciendo a la fuente y asciendo de regreso a ese  mbito que tengo derecho a llamar mi casa, puesto que es obra m¡a toda entera, y sobre todo su coronaci¢n, su tapa o techo o tejado o como se llame. Cuando vuelvo no me importa tanto que me vean, no s‚ por qu‚. Tal vez porque voy chorreando agua trasl£cida, estoy limpia y me siento ligera y agradecida porque nada urgente me espera all , nada que me obligue a darme prisa, a inventar una excusa, a cumplir con un deber. Y entonces no me importa, o no demasiado en todo caso. Pero por lo general prefiero no ser vista. Se me dir  que es una forma extra¤a de no ser vista, que la mejor manera de conseguirlo ser¡a parecerme a los otros como una moneda a otra, no diferir de los dem s en aspecto ni opiniones, pero ‚se es el camino del sometimiento, una forma disimulada de la muerte. Y de todos modos, hace tiempo ya que s‚ que nadie me ve cuando me ve. No hay uno solo de todos aquellos que en ocasiones se cruzan conmigo que cinco minutos despu‚s del hecho puedan describirme siquiera someramente. No, no se me ve; se ve una idea, una opini¢n sobre la miseria, la locura o la pereza, pero no a m¡. Seg£n la particular cala¤a del transe£nte, lo £nico que, como mucho, puede decir es: era una loca; era una mendiga; era una v¡ctima. Pero nada m s. Nadie ve mi astroso coraz¢n de reina. Y debo decir que s¢lo hay una cosa que me parece peor que ser abanderada de una idea cualquiera, y es ser transformada en bandera, ser el objeto utilizado por la c¢lera, el ansia de justicia o la misericordia para justificar sus exabruptos; el trapo que se agita ante la jeta de los incr‚dulos. No. Nada les debo. Estamos a mano. Durante cincuenta a¤os hice exactamente lo que deb¡a hacer y el cumplimiento del deber no me hizo m s buena ni m s rica ni agreg¢ una hondura particular a mi inteligencia o mis capacidades. M s bien al contrario. Cada d¡a, cada a¤o eterno, se cobraban su transcurso en desaz¢n, su tajada de empobrecimiento. El tiempo me abrumaba, ca¡a sobre m¡ como una pesada red de tupida malla, y s¢lo por caer me convert¡a gradualmente en una fiera enferma de miedo e ignorancia. El tiempo, el tiempo, con sus mil bocas golosas, mord¡a aqu¡ y all , restaba, difuminaba, inflaba, plegaba. Sus mil bocas celosas. Cuando fui al hospital para parir a mis hijos, me ataron los tobillos a dos largos tubos met licos que remataban la camilla, uno a cada lado. As¡, atada y abierta como una vaca, empuj‚ y solloc‚ y di a luz en un esfuerzo tan poderoso del cuerpo como una explosi¢n estelar. Sent¡ salir de m¡ la persona de mis criaturas y por un breve instante lo fuimos todo el uno para el otro. No ya el trabajo oculto de nutrici¢n y sost‚n de la pre¤ez, donde el ser femenino se retira solo entre los pliegues amantes de su carne y da ¢rdenes secretas a ese desconocido que ser , alg£n d¡a ser , una figura ajena, alguien que mira fijamente el plato del otro lado de la mesa, sino dos c¢mplices unidos por la lucha, el dolor y el instante escaso del triunfo y de la gloria. El resto es ficci¢n, simulacro penoso, deseo de recuperar el segundo de amor que se sabe perdido. Educaci¢n, cuidados, advertencias: formas diferentes de la voluntad de dominio, del horror de la separaci¢n, de la aceptaci¢n resignada de la soledad. S¡, no hay que dejarse distraer de esta evidencia. Cuando cantaba para m¡, de pie en la cocina frente a aquel mont¢n de verduras que termin¢ por parecer siempre el mismo, multiplic ndose mani ticamente, echando brotes de col y zanahoria, complicados ramajes de lechuga y patatas y cebollas, ¨qu‚ esperaba? Recuerdo la noche entre todas en que me reban‚ la yema de un dedo. El trocito de carne cay¢ entre las verduras, la sangre salpic¢ el apio, corri¢ perol abajo hasta depositarse entre los puerros. Era tarde y estaba sola. Preparaba una de esas comidas sin esperanza que ellos ir¡an consumiendo a medida que llegaran, mientras yo miraba la noche por aquella ventana que era como un ojo ciego que nunca pesta¤eaba, eternamente vigilante, abierto a la oscuridad y el vac¡o. Me envolv¡ el dedo con un trapo a cuadros, llorando de dolor, de tedio y de vergenza. Y puse el perol al fuego. Lo dej‚ all¡. Dej‚ all¡ el trocito de dedo y la sangre, puerros y apios. Fue la £ltima comida que serv¡ en esa casa. Me fui al d¡a siguiente, pero desde entonces he pensado a menudo en las consecuencias posibles de aquel acto de rebeli¢n. ¨Habr‚ crecido en sus vientres como una hierba tenaz, hinch ndome, creando zarcillos, puntos de fusi¢n, abri‚ndome en su interior como una gran mano trasl£cida? ¨Me habr n dado a luz en una explosi¢n de sangre y l grimas? ¨O seguir n guardando en sus barrigas un resabio de mi carne, un saborcillo insistente, dif¡cil de identificar y eliminar? ¨Y si hubieran desarrollado un gusto por la carne humana sin saberlo y vivieran desde entonces con el lento veneno del deseo alz ndose en su interior, visit ndoles de pronto en medio de la noche, oblig ndoles a echarse a la calle en un ciego furor que ignora su objeto? Estos son mis sue¤os de grandeza: el acariciado anhelo de permanecer. Pero lo m s probable es que me hayan digerido, simplemente, con la gracia sin afectaci¢n de las bestias, arroj ndome al negro agujero de las cloacas. ¨En nombre de qu‚ hubiera podido esperar otra cosa? ¨Y ahora? ¨Qu‚ decir del lento avance de las m quinas iniciado hace ya una semana, gestado sin duda en alg£n brillante despacho oficial? Est n all¡ como una manada de lobos, estrechando el cerco, alisando la tierra, tragando basura con sus grandes palas y transform ndola entre sus dientes en cubos de composici¢n imprecisa, compactos, casi perfectos, envueltos en cintas de metal. Las miro por los intersticios de los muros de mi casa. No me cansa mirarlas. Quiero saber cu l de ellas terminar  conmigo. As¡ que, cuando inician sus rugidos, me pego a las dos planchas de madera que sostienen el lado de la lluvia, puntual como ellas, activa, vigilante. No estoy dispuesta a huir, a levantar campamento, como se dice. Esta vez no. Lo pens‚. En realidad, pas‚ toda una noche pens ndolo mientras escuchaba sin o¡r las flautas de la brisa primaveral sonando encima de mi cabeza. Y cuanto m s pensaba y planeaba y maquinaba, menos o¡a, y adentro de m¡ rug¡a un gran dolor, un sufrimiento caliente que me recorr¡a entera, iba y ven¡a como una rata encerrada en una caja. Hasta que me fue ganando el sue¤o, esa d diva. Desde mi amarrada en aquella cascarita que llamaban cuna, la bolsa, el sill¢n o la mecedora eran objetos tan desmesurados que ni siquiera pod¡a mirarlos completos, sino que ve¡a, bien una pata, bien una flor de colores brillantes, la punta de un coj¡n o la estera de un respaldo. Lo terrible sucedi¢ una noche, despu‚s de cenar. Mi padre se hab¡a sentado en el suelo y me miraba. Recuerdo que sus ojos, su cara toda, ten¡an una dignidad vacuna, estoica, obnubilada. La bolsa, aquel ap‚ndice, le cubr¡a un lado de la cabeza y todo el hombro. Tal vez le doliera el cuello. El caso es que mam  acostumbraba, antes de dormir, ponerle a la bolsa una especie de forro de lanilla que, seg£n ella, proteg¡a a pap  del excesivo rigor nocturno del hielo. Aquella noche se hac¡a tarde y, despu‚s de trajinar un rato en la cocina con su habitual vivacidad, mam  entr¢ en el comedor donde, silenciosos, pap  y yo nos mir bamos. Ven¡a arrastrando la lanilla esa, del mismo descomunal tama¤o de la bolsa, y en su carita afilada brillaba el sudor de la fatiga y del sue¤o. Dio varias vueltas en torno a pap  y termin¢, como siempre, subi‚ndose a su muslo, que aquella noche no parec¡a afectado por ning£n dolor particular. Encaramada all¡, comenz¢ a tirar del forro. No s‚ c¢mo ocurri¢, pero el hecho es que perdi¢ el equilibrio. La vi balancearse un instante, sin soltar la cubierta de la bolsa, y agarrarse, como £ltimo recurso, a la bolsa misma que, con un sonido desgarrador, se rompi¢, se parti¢, dejando caer agua y brillantes piedras sobre pap  y mam . Entonces lo vi. Vi a mam , a quien la violencia del agua hab¡a desalojado del refugio seguro constituido por el muslo de pap , casi ahogada, semisumergida en el hielo, boqueando. Y a pap , atontado, helado, procurando ‚l tambi‚n liberarse de un mont¢n de cubitos que le hab¡an atrapado la pierna. Comprend¡ entonces, de golpe, por qu‚ todo resultaba, en casa, tan espantosamente complicado; por qu‚ todo rostro que no fuera el de mam  o pap  me parec¡a monstruoso; por qu‚ la sombra de la vecina, al pasar fugazmente por la ventana que daba a la galer¡a, me sumerg¡a en una oscuridad aterradora. ‚ramos enanos. M s que enanos, pigmeos, diminutos engendros, perfectos en todo salvo por el tama¤o, tan exiguo que nos hac¡a pr cticamente inexistentes. Las camas, las mesas, los peroles, no hab¡an sido hechos para nosotros. Las bombillas, los libros, los sillones, no eran para nosotros. La calle, el cine, los panes, no estaban hechos para nosotros, as¡ como tampoco las ropas, los coches y los alfileres. Ni siquiera los animales parec¡an hechos para nosotros. Pero comprend¡ algo m s. Supe, en aquel instante aterrador, que ‚ramos diferentes. Este era nuestro pecado, o desgracia, seg£n se mire, porque lo que se planteaba entonces era el problema de la responsabilidad. Peca quien puede, peca quien sabe, ¨pero c¢mo hablar de los ej‚rcitos de la desgracia, de la pura desgracia inmerecida que cae como un rayo sobre cualquier cabeza, contagia los cuerpos m s inocentes como una peste, devasta las inteligencias y marca un camino fatal, un destino, en suma, a sus desprevenidos pacientes? Hablo de la pasi¢n de la desgracia, del reino de la diferencia, del camino espiritual--ascendente o descendente, ¨qui‚n puede decirlo?--por el p ramo de la m s absoluta orfandad. Han pasado muchos a¤os desde entonces (y los a¤os tampoco parecen haber sido pensados para nosotros). Hace tiempo que pap  ha dejado de padecer aquellos dolores, o cualesquiera otros, y mam  se ha entregado a los placeres del tabaco. Distraemos las largas horas de obligatoria compa¤¡a haciendo literatura, en la que hemos encontrado no s¢lo alivio sino tambi‚n una especie de hogar. Envueltas en la humareda compasiva, adormecedora, de la pipa de mam , reinventamos nuestras vidas, o mejor dicho relatamos nuestras vidas tal como son, sin concesiones al insignificante problema de nuestro tama¤o y ocup ndonos precisamente de la diferencia, sumergi‚ndonos en ella, cre ndola y padeci‚ndola, am ndola y detest ndola. La pipa de mi madre lanza humaredas significativas, convoca tambores de guerra, pleitos milenarios. Esta pobre habitaci¢n con sus grotescos muebles atraviesa todos los climas, desde los fr¡os extremos del sur a las praderas holladas por osos y dioses del norte. Mi madre lo dijo una noche, tumbada entre las deformes colinas del div n: --Se pueden ver las  guilas--dijo. Y s¡, me puse a mirar el cielo raso y vi las  guilas, sobre todo en el rinc¢n donde la luz es m s tenue, devorada por la mancha h£meda que corresponde a la base del inodoro del vecino de arriba. Precipitaciones s‚pticas que transforman al hombre aquel en un individuo peligroso, un difusor de miasmas de la peor especie. Pero si se ven las  guilas, ¨por qu‚ no seguir su vuelo, hundirse en ‚l, elevarse con ‚l y abandonar este peque¤o mundo de gigantes? Esto me dije. Me apliqu‚ a ello y lleg¢ el d¡a en que el  guila vol¢ conmigo sin saberlo (peso tan poco), y desde all¡ mir‚ y salud‚ a mam , un peque¤o punto sonrosado all  abajo, y vol‚ tan alto que la perspectiva de la libertad me provoc¢ n useas y j£bilo, espantados deseos de perderme, de habitar nidos andinos y ser grande como el mundo. --­Ya soy el  guila!--grit‚. Y mam  aplaudi¢ y dijo: --­Veo las  guilas! Pero algo en su voz me detuvo, inclin¢ mi coraz¢n del lado del mareo y la n usea, y me dije que la acci¢n no estaba hecha para nosotras. S¢lo la pasi¢n, el derrumbe en la pasi¢n, y salt‚ sin pensarlo, viendo c¢mo la carita de mam  aumentaba de tama¤o a medida que yo descend¡a con los brazos abiertos y la boca abierta y abandonaba para siempre el cogote emplumado. Mam  abri¢ los brazos para recibirme y ca¡mos, resoplando, en las profundidades verdes y aterciopeladas del coj¡n. --Se ven los campos--dijo entonces mam , y nos pusimos a hablar de los ocasos salvajes, del r‚gimen de lluvias de la pampa h£meda y el vuelo grit¢n de los caranchos. Nuestras veladas literarias no terminan cuando los vecinos encienden el televisor. S¢lo cambian de rumbo, por as¡ decirlo, porque a los hielos y praderas gestados por el silencio--­oh, cabalgatas perfumadas, oh, monta¤as y corrientes del deshielo!--les suceden los retumbos b¡blicos de desmoronamientos y guerras convocados por la resonancia a veces insoportable de las voces, magnificadas hasta la exasperaci¢n por los ladrillos huecos de las medianeras y el hecho de que nuestro comedor es asaltado simult neamente por tres lados, sin el alivio presunto del contraataque, porque no tenemos televisor. Tenemos nuestras lenguas, sin embargo, y nuestras peque¤as cabezas fecundas, y en esto hay una especie de justicia que, quiz s, baste para reconciliarnos con la desdicha. El ejercicio deleitoso de la conversaci¢n--una forma de la literatura que ha ca¡do en desuso a causa de las continuas prisas y el vac¡o relativo de las vidas de las gentes--basta para alimentarnos, para ayudarnos a resistir el cerco de las voces, la monoton¡a de los di logos, la insoportable sucesi¢n de cat strofes que nos asaltan todas las noches sin misericordia. Cuando el estruendo se hace insoportable, callamos y nos miramos. Sabemos cosas. Aprender a vivir con la diferencia no es f cil. En cuanto a sacarle alg£n provecho--es decir, hacerle producir algo que ser  s¢lo en la medida en que sea producto de la diferencia--es tarea de gigantes, por decirlo de una manera que, para m¡, tiene resonancias m¡ticas aparte de cierto humor  cido cuya utilidad en todas las circunstancias de la vida aprend¡ a apreciar muy temprano. Pap  no pudo. Re¡rse, quiero decir, y en consecuencia se vio obligado a elegir la enfermedad, un padecimiento por otra parte vago, aunque no menos intenso que si se hubiera tratado de una dolencia definida. Su dolor--el dolor de la diferencia, el dolor de la horrible distancia entre nosotros y las crestas orgullosas de quienes nos rodeaban--viajaba, iba de un lado a otro por ese cuerpo entregado a la experiencia de la injusticia. Por eso muri¢, harto de interrogar en vano, con esa extra¤a dignidad que impregnaba sus gestos y palabras. Sentadas una a cada lado del peque¤o ata£d que fue la £ltima cama de mi padre--c psula en la que me gusta imaginarlo atravesando un espacio benevolente, plagado de estrellas y cometas que, ellos s¡, son m s grandes a£n que este mezquino mundo nuestro--, mam  y yo hablamos primero de la risa, de la necesidad de la risa, y terminamos riendo hasta que las compasivas y brillantes l grimas de la hilaridad se mezclaron con los duros y salados guijarros del sufrimiento. Aquella fue nuestra primera sesi¢n de risas, a la que seguir¡an otras muchas, sucedi‚ndose con regularidad a lo largo de las d‚cadas que hemos pasado juntas, solas pero no abandonadas, en este lugar grotesco al que, a falta de otra palabra mejor, llamamos casa. Al menos una vez por semana nos sentamos a re¡r. Para conseguirlo no tenemos m s que mirarnos y mirar despu‚s lo que nos rodea, los paisajes hostiles de muebles y enseres a los que s¢lo el esfuerzo consciente de la creaci¢n puede transformar en praderas y r¡os,  guilas y desfiladeros, desiertos y fenecos. La creaci¢n y la risa van juntas. Estoy segura de que Dios r¡o sin pausa durante seis d¡as, y que de sus estent¢reas carcajadas brotaron los manantiales y las monta¤as, las alfombradas llanuras y los p jaros. Despu‚s durmi¢, pero aun en el sue¤o sonre¡a. Aunque tal vez no sea casual el hecho de que hombres y mujeres hayan sido creados cuando ya, de tanto re¡r, tal vez le doliera el est¢mago. Como he dicho, han pasado muchos a¤os desde aquel en que despert‚ a la evidencia de mi marginaci¢n, tanto m s despiadada cuanto que en verdad tengo un car cter sociable, un temperamento llevadero y cierto ingenio para descubrir la belleza en las cosas. Pero la gente no soporta lo distinto, lo asim‚trico, lo dis¡mil. Nuestra existencia es un error, y no importa con cu nta buena voluntad lo intentemos, no importa con cu nta furia amemos la diversidad de la vida, nadie quiere escucharnos. La diferencia es como la peste, una peste sobrellevada--al menos as¡ lo espero--con dignidad y humor, pero no por eso menos contagiosa, menos aterradora e indeseable. S¡, han pasado muchos a¤os y preveo muchos m s a£n peores, ahora que mam  se ha transformado de golpe en una viejecilla enjuta distra¡da, que consume d¡as y noches en las breves y continuas chupadas a la larga boquilla de su pipa. No lo necesitaba. No a Karl ni tampoco a un hombre concreto, nadie cuya carne pesara y se gastara contra la suya. Durante anos pens¢ poder soportarlo, replegada cuidadosamente en s¡ misma, abrigada en el centro luminoso de su otra vida, la vida m s alta que se hab¡a prometido. Pero era imposible. Por inanes que fuesen su presencia y su voz, siempre era algo que se interpon¡a entre ella y la regi¢n de la luz que parec¡a escamote rsele, huir, esconderse en los infinitos rincones de la tarea cotidiana. No eran los ni¤os. Los ni¤os eran ella y ella era los ni¤os, y entre ella y sus criaturas hab¡a una corriente ininterrumpida de comunicaci¢n radiante, algo a lo que Karl tal vez hab¡a querido acceder alguna vez, pero que en todo caso le estaba vedado porque su presencia, su voz, eran como cuerpos opacos que le tapaban la fuente de la luz; como un objeto pesado arrojado contra un espejo, eternamente de espaldas a lo significativo, ignorante de la belleza que ellos eran capaces de producir con su mero estar y moverse. A menudo le parec¡a que sus evoluciones cotidianas--las de ella y sus hijos--segu¡an una trayectoria de gracia predeterminada. Nada de lo que hac¡an carec¡a de sentido o misterio. Sus rostros finos y sonrientes eran el reflejo perfecto de su rostro; sus voces de su voz; sus cuerpos daban vuelta para regresar siempre al centro magn‚tico de su cuerpo, para rodear su vientre y girar en torno a ‚l como antes hab¡an girado dentro, con la misma inevitabilidad y armon¡a. Simplemente, no pod¡an hacer otra cosa. Sus risas y charlas en el jard¡n dictaban una m£sica y al escucharlos ella llegaba al piano sin saber c¢mo ni de d¢nde ven¡a, y las primeras notas eran el eco, melanc¢lico o exultante, de las risas o juegos de afuera. Y despu‚s, cuando tocaba olvidada de todo, cuando tocaba sin pensar ni mirar nada en especial, cegada por la luz, los ni¤os iban acerc ndose, se pegaban a la ventana o a la puerta y enmudec¡an, at¢nitos ante el milagro diariamente repetido de la m£sica que dictaba a veces un tema, otras veces otro, que daba la t¢nica del d¡a, pero no como una orden, sino m s bien como el resultado de sus propios estados de  nimo, previamente manifestados en el juego. Y danzaban sin moverse de su sitio, danzaban con ella, desde ella y hacia ella, que era la guardiana del milagro. Por eso era preciso terminar de una vez por todas con aquel v¡nculo demasiado terreno, aquel obst culo entre ella y las cosas. Se ir¡a a Espa¤a. Recordaba el espesor del aire de agosto en Espa¤a, las lejanas vacaciones con sus padres en aquel pueblecito de la costa, cuando era pura y libre y gozaba de s¡ sin saber nada, sin que nada la obligara a explicarse porque no hab¡a nada que explicar, todo estaba claro de antemano y la vida era un fluir ininterrumpido de evidencias. Le parec¡a que las palabras, la necesidad de las palabras, eran como manchas, como ca¡das en el pecado. La condena de los desasistidos por la gracia. Cerr¢ el malet¡n con las partituras. No le ser¡a dif¡cil alquilar un piano. Dar¡a clases: una concesi¢n a las necesidades materiales, aunque tal vez bastara con el dinero que Karl hab¡a prometido enviarles mensualmente. No pod¡a negarse que, a su manera, Karl amaba a los ni¤os. Pero tambi‚n la amaba a ella, o en todo caso lo dec¡a, ¨y de qu‚ le hab¡a servido ese amor? Era menos que nada, era como una piedra atada a su cuello, un obst culo activamente destructor, algo que no le dejaba tiempo para esa vida del esp¡ritu. aquellas c¢pulas con sus sue¤os, que eran lo £nico posible para ella. El amor de Karl, su perpetua solicitaci¢n de no sab¡a qu‚, le hab¡an impedido ahondar en su percepci¢n de lo circundante, de modo que la materia de las cosas se le resist¡a. Siempre la hab¡a sorprendido la estupidez del mundo real. Y, sin embargo, estaba segura de que la pureza de su voluntad, como un afilado cuchillo, era capaz de erosionar hasta lo m s duro, de atravesar lo m s compacto, de reducir a m¡nimas part¡culas de polvo la madera, el hierro o la piedra, para transformarlas en energ¡a, en danza de luz, en organizada violencia inmaterial de la cual surgieran las cosas con la misma facilidad enga¤osa con que se enlazaban las notas y giraban en las esferas superiores de la realidad. Karl interrump¡a todo eso; Karl le imped¡a concentrarse en el silencio fecundo necesario para el cumplimiento de su comunicaci¢n con lo invisible que la rodeaba y que era m s real que la apariencia de realidad con la que ‚l se conformaba, en la que se mov¡a, que pisaba sin gracia ni atenci¢n, sin un temblor de reconocimiento o presciencia. Pronto Karl ser¡a menos que un sue¤o; una figura densa cuya cara sin accidentes recordar¡a apenas. Una mueca de algo parecido al sufrimiento, manchas oscuras bajo los ojos y en el fondo una mirada estupefacta. Desde all¡ arriba ve¡a las nucas de sus hijos, camino del colegio. Sab¡a que pronto se dar¡an vuelta, levantar¡an la cabeza y sonreir¡an. Se concentr¢ en ello. El paso de los a¤os hab¡a fortalecido aquella relaci¢n, el sentimiento de ser como una nota sostenida en el aire que arrancaba de ellos aquellas tres notas que eran las suyas; la respuesta invariable a su llamado, estuvieran donde estuviesen. En los £ltimos tiempos aquella comunicaci¢n se hab¡a perfeccionado hasta el punto de hacer casi innecesarias las palabras, del mismo modo que hab¡a conseguido producir transformaciones espec¡ficas en cuanto la rodeaba. La vida en el pueblo transcurr¡a sin un sobresalto ni una interrupci¢n en la corriente implacable de su deseo. El afuera no ped¡a nada. Hab¡a conseguido eliminar, o al menos desatender, la curiosidad inicial de las gentes que urd¡an, interrogaban, inventaban historias que poco a poco fueron constituyendo un fondo de leyenda que alimentaba aquellas vidas mediocres, vac¡as de acontecimientos, vamp¡ricas. En todo caso, ya no la molestaban. Nadie preguntaba nada. Apenas un saludo, el intercambio cort‚s de un objeto o un servicio por el dinero que jam s faltaba, que siempre estaba puntualmente all¡, en su mano, para cerrar todos los posibles caminos a la confidencia, la piedad o el c lculo. En la casa s¢lo entraban ella y los ni¤os y entre esas paredes s¢lo se respiraba aquella relaci¢n de m£ltiples cabezas rubias. Para dar sus lecciones acud¡a al peque¤o instituto costeado por el ayuntamiento. El piano no era demasiado bueno, ¨pero qu‚ importaba? No hab¡a ni una entre todas las ni¤as empe¤adas en aprender a tocar el Para Elisa que sirviera en verdad para nada, m s que para repetir incansablemente las vidas desafortunadas de sus madres y parir y guisar y sufrir y engordar y, por £ltimo, morir rodeadas de cr¡os y cebollas. Vidas signadas por el olor a sudor que lo invad¡a todo, que perviv¡a en los perfumes baratos con que se rociaban para disimularlo. No, all¡ no hab¡a nadie que pudiera compararse con sus hijos: el gr cil Tod, la impalpable Gea e incluso la peque¤a Luisa. Frunci¢ el entrecejo como siempre que pensaba en Luisa, porque era la £nica de sus tres hijos cuyos ojos alimentaban una sombra, un ligero velo, una suerte de compasi¢n casta¤a que le hac¡a pensar en Karl. A veces la descubr¡a mir ndola mientras tocaba por la noche, y m s de una vez la hab¡a sobresaltado la concentraci¢n de aquel rostro, porque en cierta forma no expresaba la atenci¢n arrobada a la m£sica, la entrega a los temblores del esp¡ritu, sino algo que no pod¡a llamar m s que piedad y, s¡, espanto. Eran chispazos, instantes cuya fugacidad le imped¡a fijar, sopesar la mirada de Luisa. La ni¤a bajaba los p rpados y su cara se transformaba en una m scara de exquisita belleza, porque, si no los ojos, la boca era perfecta en su expresividad, aunque hab¡a en ella algo, un grosor, un temblor rosado en las comisuras que la pon¡an decididamente del lado de lo terrenal. Era la £nica entre sus hijos que a veces le hurtaba la mirada, le negaba aquella entrega sin reservas de los ojos claros e inmensos de Tod y Gea, ojos no empa¤ados por sombra alguna ni siquiera en los momentos de enfermedad o disgusto habituales en la infancia, cuando en los ojos de todos los ni¤os tiembla una sombra de sospecha, una pregunta, un temor ante la posible brutalidad del mundo que hace vacilar la confianza en el futuro. En todo caso, estaba segura de que Luisa ser¡a capaz de superar aquel ligero exceso inconsciente de su carnalidad. ¨Acaso no lo hab¡a hecho ella, cuya boca hab¡a sido tambi‚n, anta¤o, el ¢rgano rebelde, frecuentemente desviado por la risa o la furia del estado de inmovilidad y aquiescencia que exig¡a la atm¢sfera inmaculada del esp¡ritu? Su boca hab¡a sido la responsable de aquel matrimonio disparatado con Karl, aunque tambi‚n, tambi‚n, la fuente de donde hab¡an surgido sus tres hijos, el origen de todos sus contactos con el mundo del cuerpo, la fertilidad y la creaci¢n. Luisa terminar¡a por lograrlo. Se frot¢ sin Pensar aquella zona del Pecho que herv¡a, hormigueaba, lat¡a como ante un descubrimiento. Desde que comenzara aquello, no sab¡a precisar cu ndo, su relaci¢n con el mundo se hab¡a afinado de tal manera que le parec¡a imposible que pudiera realizar ya alg£n progreso en ese sentido. Se sent¡a continuamente rodeada por las amistosas sombras de los muertos. No ten¡a siquiera necesidad de convocarlos de manera especial. Estaban con ella, la rodeaban con un murmullo s¢lo perceptible a sus o¡dos, y se mov¡a acompa¤ada por aquella discreta corte amorosa de los seres amados que guiaban sus pasos y sus gestos. Se sent¢ como si presidiera una fiesta y cruz¢ las manos sobre el regazo. La imagen de sus hijos flotaba ante sus ojos como si estuvieran todav¡a abajo, y‚ndose, caminando sin ruido en el mismo sitio, sin irse ni quedarse, movi‚ndose con gracia en la prisi¢n impalpable de su amor. S¡, ellos hab¡an sido su £nica, su verdadera relaci¢n con la carne. Su ser femenino se hab¡a desplegado en una exquisita tensi¢n sobre los cuerpecillos sedosos, con ese olor £nico de lo que nace y florece lentamente, echando suaves zarcillos carnosos que toman la vida con fuerza y delicadeza a un tiempo, como amantes absortos en la pulpa y la textura de lo amado. Las naricillas vibrantes, los peque¤os gritos de placer cuando un rayo de sol se colaba por entre las movibles hojas, mientras descansaban en el jard¡n con ella a su lado, dormida pero atenta, ejerciendo esa vigilancia infalible de la nodriza que fluye sin esfuerzo y tiende siempre, de noche o de d¡a, a constituirse en el alimento seguro, en la fuente de sangre y leche y murmullos que mana ofrecida para la satisfacci¢n del amor. Entonces s¡ su boca se hab¡a entreabierto golosa, como ante una fruta (pero ella no se ve¡a), y su cuerpo hab¡a temblado y respondido a las urgencias de los otros (pero no lo hab¡a percibido), y su mirada azul se hab¡a humedecido por nada, posada delante de s¡ y en otros cuerpos (pero no se hab¡a sentido sonre¡r). Se ech¢ hacia atr s en el sill¢n. Al hormigueo y la tensi¢n se agregaba ahora un dolor que la dejaba sin aliento, con la cara vuelta hacia arriba, los ojos ciegos y la atenci¢n fija en eso que iba aplast ndola. Lo exterior desaparec¡a despacio, como en el teatro, y sinti¢ que su cara se crispaba sin consultarla. El dolor hund¡a en ella sus u¤as bestiales, le sacaba el aire y la capacidad de pensar. Vio delante de s¡ a su madre y quiso hablarle, pedirle que esperara, pero no pudo hacerlo. Por primera vez en su vida dud¢, intent¢ interrogarse, tuvo miedo. S¢lo con verla, tuvo la convicci¢n de que estaba muerta, pero Tod se volvi¢ y dijo: , y Gea la tom¢ de la mano y la llev¢ a la cocina. Los preparativos para la cena se desarrollaron como una danza. Gea se deslizaba por la cocina, en el centro de un escenario personal privilegiado, y Tod la ayudaba como el partenaire atento al momento culminante del adagio; un ligero impulso, un contacto leve en la cintura, el apoyo de su brazo para ayudarla a alcanzar el estante de la sal. Su concentraci¢n era tan intensa que Luisa qued¢, como siempre, relegada al rinc¢n en penumbras de la audiencia. No ten¡a nada definidamente en contra. Estaba acostumbrada a mirarlos un poco desde afuera, s¢lo que ahora a la admiraci¢n algo escandalizada con que los hab¡a contemplado siempre, se agregaba el espanto, algo que--ahora lo ve¡a--estaba all¡ desde antes pero en estado de larva aparentemente inm¢vil, aunque dentro del capullo sedoso la actividad fuera incesante. Reprimi¢ el deseo de salir corriendo. buscar a alguien, golpear la puerta de la se¤ora Nieves, que vend¡a pescado y flores en el mercado. La se¤ora Nieves ten¡a un perro de lanas, un animal sucio y desastrado, de ojos bondadosos, que sol¡a lamerle la mano los domingos, cuando la enviaban a comprar pasteles. Sent¡a en el dorso de la mano la lengua tibia, la saliva gelatinosa, el aliento del perro como un hornillo, y se dej¢ perder en la contemplaci¢n de sus hermanos como tantas otras veces, admirando su belleza, la precisi¢n y econom¡a de los gestos, aquella capacidad misteriosa para transformar los actos m s banales en instantes significativos. S¢lo que hoy faltaba el v‚rtice, la figura en torno a la cual giraba aquella danza silenciosa. Luisa no sab¡a muy bien qu‚ ten¡a que hacer. Por una vez hab¡a perdido el rumbo, porque si hasta entonces se hab¡a limitado con ‚xito a funcionar como un contrapeso sombr¡o entre sus dos hermanos, aquello respond¡a al deseo del espejo radiante que ten¡an delante, que se mov¡a como un director de escena y se colocaba siempre de manera tal que el grupo tuviera en ella su reflejo inspirador. No pod¡a explicarlo de otro modo, pero sent¡a oscuramente que as¡ hab¡a sido y le resultaba imposible aceptar, tan de repente, que el v‚rtice fuera ocupado por otros sin un ruido, sin una palabra cualquiera que viniera a explicar la necesidad de aquel paso; sin que nadie dijera: el lugar ha quedado vac¡o y en consecuencia pasamos a ocuparlo, etc. Tampoco ten¡a muy claro exactamente por qu‚ era preciso ocupar ese lugar. Las cosas eran m s sencillas antes, cuando eran ni¤os, porque entonces la necesidad de ser llevados y tra¡dos, conducidos, era evidente. Nada que fuera preciso explicar puesto que participaba de un estado de las cosas que ahora no resultaba tan obvio. Al menos, a ella no se lo parec¡a. Prefer¡a --hubiera preferido--llorar, decir ®estamos solos¯, llamar a alguien, llamar a pap , a un m‚dico o a la polic¡a. La mano de Tod se apoy¢ en su hombro y la sacudi¢ ligeramente. Ten¡a miedo de mirarlo, aunque sab¡a que eso era irracional y est£pido. Tod la amaba, Gea la amaba y ella los amaba. No pod¡an hacerle da¤o puesto que ella estaba dispuesta a obedecer. Los a¤os de voluntario entrenamiento le hab¡an permitido mirar aquellos ojos demasiado claros sin perderse, porque siempre, antes de mirarlos, se repet¡a en silencio ®soy Luisa>, apretaba imaginariamente contra su pecho ese ser Luisa que la convenc¡a de la imposibilidad de ahogarse, hundirse en las miradas curiosamente neutras de los otros. Lo mir¢, deseando casi ver en su cara algo que no fuese la bondad absoluta, aquella bondad impersonal tan conocida, ese esfuerzo feroz en la bondad que era lo que los vaciaba de expresi¢n, estaba segura. Ninguno de ellos hab¡a experimentado jam s con su cara. No como ella, que se encerraba en el bano para hacer muecas frente al espejo, para hacerse re¡r, para convencerse de que su cara era capaz de manifestar otras cosas: alegr¡a, lujuria, c¢lera. Su cara que--lo sab¡a-- llevaba en s¡ la cara de su padre, su desconocido pecado, la falta oscura responsable de su alejamiento. --La dejaremos dormir--dijo Tod--. M s tarde la acostaremos. Se dej¢ conducir a la mesa. La cabecera vac¡a aullaba como un animal fren‚tico, pero Gea no parec¡a advertirlo. Esperaba, simplemente, a que los otros se sentasen para empezar a comer, con la cabeza rubia algo inclinada sobre el hombro y el halo de las trenzas enrollado en la cabeza, impecable, algo anticuado, hermoso. Se sent¢ y los tres bajaron la cabeza al mismo tiempo. --Te damos gracias--cant¢ Gea. Y empezaron a comer. Gea cogi¢ los brazos y Tod los pies. Hab¡a algo espantoso en aquel cuerpo que se combaba en la cintura, algo obsceno en las faldas levantadas, en el trozo de braga que alcanzaba a ver, en el culo que casi se arrastraba por el suelo a pesar de los esfuerzos con que sus hermanos procuraban impedirlo. Ella se sent¡a incapaz de tocarla, porque aquel rostro ya no era el rostro de su madre. No hubiera podido decir por qu‚, salvo quiz s que en la cara de su madre faltaba su madre; faltaba ella, Helga, y lo que quedaba era un resto horrible, tanto m s insoportable cuanto que algo en ‚l recordaba a su madre. Sin aquel aire familiar, sin aquel parecerse a su madre, lo hubiera mirado; si s¢lo hubiera sido la muerte, la hubiera examinado, padecido, aceptado. Pero lo que en verdad la preocupaba en ese momento eran los vivos: Tod y Gea escaleras arriba con aquello a la rastra, sudorosos, casi descompuestos, subiendo y hablando, tirando y mintiendo a cada paso, en cada escal¢n, como si de verdad creyeran que mam  dorm¡a y una noche de descanso lo solucionar¡a todo; Luisa detr s con rostro grave, encerrada en un silencio p‚treo. Asisti¢ a todo aquello sin mover un dedo, sin pronunciar una palabra: el arreglo de las almohadas, la colocaci¢n del cuerpo en una posici¢n casi sedente, el recurso del coj¡n entre el hombro y la cabeza para que no cayera hacia adelante como debajo del hacha, el peinado, los toques de polvos, el arreglo pudoroso de la falda. Sus hermanos revoloteaban en torno a la cama, sobre el cuerpo, como pesadas moscas, hablando incesantemente--£nica concesi¢n a lo extraordinario--, explicando cada paso y su causa como si ella pudiera o¡rlos y aceptar o rechazar las sugerencias. Con un furor incr‚dulo y helado, Luisa comprendi¢ que lo cre¡an, que estaban convencidos de que su madre los o¡a o regresar¡a, no sab¡a qu‚; pero en todo caso que nada, ni siquiera ese resto pat‚tico, era bastante para sacudir su fe, para hacer vacilar ni por un instante su convicci¢n de que lo que ella dijera siempre--que nunca morir¡a, que jam s podr¡a abandonarlos--era una verdad literal, tan inconmovible como los movimientos naturales, el advenimiento y la huida de los d¡as. Y entonces, por fin, pudo aceptar que los odiaba con ese odio minucioso que en ocasiones es el desenlace inevitable de la compasi¢n y el miedo. Odiaba verse obligada a sentir piedad, odiaba ser la intermediaria entre ellos y el mundo, la que compraba los pasteles y se entregaba extasiada a las babas del perro, al calor del sol en la plaza, a la conversaci¢n inane pero afectuosa de la se¤ora Nieves; la que volv¡a siempre, fiel y silenciosa, ahogando el odio y, s¡, ahogando tambi‚n el amor, el espantado amor, el amor paciente y esperanzado; no quer¡a seguir representando la tierna espera, ese estarse all¡ frente a los seres amados buscando una palabra de reconocimiento, una caricia de respuesta, un gesto c¢mplice. Sin recibirlos nunca. Ni siquiera un movimiento de impaciencia o de c¢lera. Vio que se preparaban para irse con tranquilidad monstruosa, incre¡ble. Que alisaban la colcha y se daban las buenas noches y volv¡an hacia la suya sus caras sonrientes, sus mejillas tersas. --Me quedar‚ con ella--dijo en voz alta y clara, y acerc¢ una silla a la cama. delicada de las constelaciones. Y ya no sent¡a, como, hab¡a sentido siempre, que la muerte de su madre en la condici¢n imprescindible de su vida, aunque sab¡a que en cierta forma as¡ era. Que la muerte de esa mujer la liberaba, le daba por primera vez permiso par ser ella, para ser Luisa sola en medio de la noche indiferente; para ser Luisa sola velando el cuerpo de su madre, a la que hab¡a temido, a la que hab¡a odiado odiaba todav¡a; para ser sola ella, su hija, quien la hab¡a amado y la amaba con un amor que no hac¡a nada por soslayar el miedo ni el odio ni el furioso deseo d irse y quedarse, huir y permanecer, odiarla y amarla todo a un tiempo. Se qued¢ as¡, mir ndola, escuchando los ruidos d la noche, rodando con ella por el cielo, ladrando lo remotos ladridos de los perros, temblando y agit ndo se bajo el h£medo aire nocturno como se agitaban temblaban los pastos y las bestias, las alambradas rumorosas, las alas de los p jaros oscuros. Y sinti¢ urgencia por ver a su padre, deseo insoportable de ser abrazada y consolada, de re¡r y llora] a¤orar y comer. Todo aquello era s£bitamente posible, cercano: voces y risas, m£sica y olores. Y se sinti¢ el paz, como ella, pero en el otro extremo del proceso Y apret¢ la mano de su madre como apretaba ese momento grande de duelo y de calma antes de irse a buscar su parte de las cosas, sus momentos de alegr¡a y desconsuelo, su relaci¢n absorta con el mundo. Era su hija, s¡, pero tambi‚n su enemiga, la £nica que hab¡a osado alzarse contra ella, guardarse de ella, dejarla creer en la perfecci¢n de su sometimiento, mientras deshac¡a a cada paso sus ¢rdenes, solicitaciones y demandas; la que la hab¡a compadecido y ahora, llegado ya el instante de su vida, la abandonaba sin piedad, sin remordimiento, segura por fin de haber cumplido con todos los deberes y exigencias; las dif¡ciles, imperiosas tareas del amor. Se sent¡a como la rana del cuento, liberada de un sortilegio, despierta a un conocimiento nuevo, pulido y pesado como una bola de oro. Pens¢ en Tod y Gea. Hasta sus nombres eran impalpables. Siempre se hab¡a preguntado por qu‚ s¢lo ella llevaba un nombre familiar, f cilmente trasladable a todas las lenguas; un nombre que en ese contexto se destacaba por una cierta bastedad de piedra, opaca y serena, duradera. Tod y Gea no exist¡an o, en todo caso, eran personajes de un sue¤o, carentes de voluntad o deseo propios, deslumbrados por el fasto enga¤oso de un escenario loco. El sue¤o de su madre; su imposible deseo. ¨C¢mo despertarlos, obrar en silencio la obra de violencia, romper el cristal detr s del cual ejecutaban su danza funeraria? Sigilosamente, rob¢ la s bana que cubr¡a el cuerpo. No ten¡a pintura, pero la caja de rotuladores brillaba en la oscuridad de su cuarto, sobre la mesa. Con la s bana bien estirada en el suelo, escribi¢ laboriosamente un enorme cartel y lo sac¢ por la ventana, ajust ndolo al marco con chinchetas. AQU DENTRO HAY MUERTOS, anunciaba la s bana, meci‚ndose en la noche como un blanco dedo acusatorio. Se fue sin mirar atr s, atra¡da por el ruido lejano de los trenes, grandes ruedas como truenos que atraviesan el mundo. Son capaces de trabajar para producir algo que despu‚s, con insensibilidad vacuna, comer n en pocos minutos, pero carecen de la gracia y la tenacidad necesarias para cultivar un nardo, uno siquiera, un solo nardo para nada, porque s¡, porque durante algunas horas de su vida--pocas, las menos-- su perfume ser  absolutamente £nico y perfecto, distinto incluso al del otro nardo, que crece algo m s lentamente del otro lado de la casa. Son incapaces de cubrirlo durante el invierno con su campana de cristal, de hacerle muecas desde el otro lado del vidrio como se gesticula ante un beb‚ frente al escaparate de una nursery. Consideran in£til levantarse por la noche en medio de una tormenta especialmente brutal para ir a sostener su tallo esbelto. ­Oh, nardo, oh, sombra! ¨D¢nde...? Me pregunto si verdaderamente Gunther volver . Tal vez hoy me desobedezca. Hoy, entre todos los d¡as, ser  tal vez el de su desobediencia. No quiere verme desaparecer. Quiz s sea natural. Se quedar¡a solo, solo para siempre, como una vieja manzana desde¤ada en el comedor polvoriento al que un viaje ha dejado vac¡o durante meses. Preferir¡a que me fuera tangiblemente, en medio de una ceremonia repugnante, rodeada por la familia. L grimas y ¢leo, aspersiones intolerables. Hay algo blando en Gunther, siempre lo ha habido. Una capacidad de adaptaci¢n, de plegamiento, de sumisi¢n ante el destino. Hemos vivido demasiado. Nuestros cuerpos est n en el l¡mite de su capacidad de uso, de gasto. Ahora, durante las largas horas de nuestro compa¤erismo casi obligatorio, s¢lo nos reconocemos por los ojos. S¢lo los ojos nos permiten creer que somos los mismos. Los ojos azules de Gunther, demasiado azules y l¡mpidos, como de laca. Es horrible que despu‚s de tantas cosas s¢lo pueda pensar en su bondad, aunque m s bien deber¡a decir mansedumbre, resignaci¢n, aceptaci¢n de la derrota. Sus ojos, que desde hace d‚cadas departen con mis ojos. No como los de mi F‚lix, negros; ojos en los que se pod¡a descender sin encontrar nunca el fondo. Dicen que en el momento de morir uno vuelve a ver a los que ha amado; que ellos salen a recibir al muerto reciente como quien recibe invitados en la puerta de la casa, para mostrarles el camino. Me parece dudoso. En todo caso, no quiero esperarlo. Es demasiado rid¡culo. A£n hoy, si viera avanzar hacia m¡ a F‚lix; si F‚lix me tendiera la mano como para mostrarme una peque¤a casa en la playa, me sentir¡a estafada. Las cosas no pueden terminar de una manera tan idiota. Probablemente, al verlo ser¡a consciente de haber olvidado comprar las pastas para el t‚. No, frente a F‚lix s¢lo podr¡a gritar. Si me fuera dado ver... ­Tonter¡as! ¨D¢nde est  Gunther? Preferir¡a no morir debajo de un banano, si pudiera evitarlo. Que me encontraran aqu¡, polvorienta como una hoja del oto¤o pasado, como un sost‚n roto olvidado en un caj¢n de la c¢moda. Seguramente mi hija, esa vieja est£pida, se atrever¡a a lamentar mi mal comportamiento, dir¡a a sus resecas amigas que a la pobre mam  se le iba la cabeza. ­Imb‚cil! No hay nada m s desmoralizador que tener un hijo imb‚cil. La deja a una inerme ante la total indiferencia de la naturaleza, su desprecio por nuestra propia estimaci¢n. Decididamente, F‚lix y yo merec¡amos otra cosa. En fin, no puede decirse que sea culpa nuestra que de esas c¢pulas intensas, amorosas, haya salido algo tan desalentador como la pobre Hortensia. Afortunadamente, la muerte concedi¢ a F‚lix la gracia de no verla. Su muerte. Aquellos paseos por la playa vac¡a, sin F‚lix, con Hortensia pateando d‚bilmente en mi barriga. Me avergenza recordar que la soledad y el dolor me hac¡an arrastrar los pies. Si me ve¡a, si hubiera podido verme, quiero decir, a F‚lix le hubiera resultado chocante. Detr s de m¡ ven¡a Gunther, con mi sombrilla. Esa sombrilla que no era m s que presunci¢n, porque lo que nos rodeaba era de una grisura persistente, de sopa de nabos. Gunther y mi sombrilla de volantes. El vigilante Gunther. Gunther, que me acechaba como si creyera que iba a suicidarme. El pobrecito estaba convencido de la utilidad de conservar ese cascar¢n que era yo en el invierno que sigui¢ a la muerte de F‚lix. Por la ma¤ana, apenas despierta, escuchaba ya sus pasos medidos, cautelosos. Lo o¡a dar instrucciones para mi desayuno e imaginaba sus pies, las polainas inmaculadas que cubr¡an la mitad del zapato. Los pies del leal Gunther, que ven¡a a controlar la perfecta frescura del huevo que m s tarde me obligar¡a a tragar. Un d¡a, un huevo. Y sus exhortaciones: a la salud, al apetito, al bienestar de Hortensia. Me pregunto si hubiera hecho lo mismo de saber que lo que se ocultaba en mi barriga era, o iba a ser, precisamente Hortensia. Hace algunos d¡as descubr¡ que, pese a su educaci¢n impecable, a Gunther tambi‚n le molesta la insistente estupidez de Hortensia. Eso me alegr¢. Por su cara compuesta pas¢ una sombra de fastidio; fugaz, eso s¡, como las sombras proyectadas por los objetos en d¡as muy nubosos en los que el sol aparece y desaparece varias veces en pocos minutos. Fue la tarde en que Hortensia entr¢ en mi cuarto con el televisor. Entr¢ sonriente, la muy cretina, convencida de que iba a hacer feliz a mam  con ese aparato ultrajante. La estupidez humana es insondable. Mi primer acto fue amenazarla con el bast¢n. Al levantar la cabeza para calcular mejor la manera de no marrar el golpe, vi la cara de Gunther. Reflejaba fastidio y una especie de sentimiento de incredulidad. Pas¢ en seguida. Se levant¢ lo m s r pido que pudo (es sorprendente que a ‚l le queden todav¡a deseos de moverse) y empuj¢ a Hortensia y el televisor fuera del cuarto. Cerr¢ la puerta, de modo que no pude escuchar la conversaci¢n que sigui¢. Hortensia tiene la espantosa costumbre de hablar en susurros cuando habla de m¡, como si creyera que estoy durmiendo, o peor, que estoy muri‚ndome y es preciso ocult rmelo. De todas las consecuencias halagenas que espero tenga mi desaparici¢n, el chasco de Hortensia es la que m s me regocija. Sustraerme as¡ a sus bien intencionados cuidados, dejarla sin esta escena culminante de mi muerte, sin preparativos que hacer, sin esquelas que enviar, me parece el desquite perfecto, la manera de dejar bien en claro que esa mujer me molesta, que me ha molestado durante a¤os y que no estoy dispuesta a yacer en una cama rodeada de alcachofas y bananas mortuorias. Creo que fue el televisor lo que decidi¢ a Gunther a acceder a mis deseos. Despu‚s del televisor, era posible esperar cualquier cosa, cualquier falta de respeto, tal vez incluso un aparato para pasar viejas pel¡culas que recordar¡an a mam ... ¨qu‚ me recordar¡an? Nada, pero ellos no lo saben. Que Hortensia haya sido capaz, a su vez, de producir a Julia, es una prueba m s de la ceguera absoluta de la naturaleza. Que Julia haya resistido sin quebrantarse una infancia ocupada por las pegajosas atenciones de Hortensia, prueba en cambio la magn¡fica inflexibilidad del esp¡ritu humano. Lamento no verla otra vez. Como es natural, se fue en cuanto pudo. Yo hubiera hecho lo mismo. Es tonto perder el tiempo pensando en Hortensia. Lo que m s me irrita es su capacidad para despertar en m¡ una especie de amor, algo biol¢gico, repulsivo, inevitable. En ciertos momentos, cuando no la tengo delante sobre todo, imagino que hasta la quiero un poco. Esto no se lo he dicho a Gunther. Es demasiado humillante. Pero yo quer¡a m s bien pensar en las sombras, hablar con las sombras mucho m s compactas, sin fisuras, sin salientes. No hay peligro de perderse, sin embargo. ¨Acaso a mi edad se habla de otra cosa que no sean sombras? Este banano me recuerda mi primer paraguas. La primera vez que lo abr¡ para protegerme de la lluvia. Lo hice pausadamente, disfrutando del hecho de estar sola en la calle (entonces no era frecuente que una ni¤a estuviese sola en la calle), frente a la puerta del Conservatorio, abriendo despacio el paraguas lustroso, con siseos de seda. Lo hice pensando en m¡, claro, no en el paraguas, consciente de que algunas amigas atisbaban por las ventanas en espera de que vinieran a buscarlas. Espiaban para saber si era verdad que me iba sola, ­sola!, bajo la lluvia, protegida por la seta de seda negra del paraguas. Camin‚ despacio, escuchando la lluvia sobre la tela como sobre un tejado de metal. Me sent¡a envuelta en su negra benevolencia. Recogida y sola, al mismo tiempo. Del mundo ve¡a s¢lo pies y agua, burbujas de agua; y escuchaba el fragor de la lluvia. El borde del paraguas llegaba a la altura de mis ojos y me imped¡a ver caras, trajes, cuerpos: s¢lo mis zapatos y la lluvia y algunos pies en la periferia. Vi el umbral de m rmol rosado de la pasteler¡a donde sol¡amos complacernos con dulces m s o menos pecaminosos. No quise detenerme. Prefer¡a la lluvia, mi negra c psula, los pies de los paseantes. Y ahora tambi‚n estoy encapsulada en esta noche y la oscuridad es benevolente, como antes. S¢lo que hoy me siento m s bien como el agua. Siento que fluyo y me pierdo como el agua, que me deslizo por la enorme seda negra de la noche como una oruga. Tan liviana que Gunther no tuvo que esforzarse siquiera para bajar conmigo en la penumbra, atravesar el sal¢n, la puerta y depositarme aqu¡. Ahora que lo pienso, es la segunda vez que he estado en brazos de Gunther. Sedante y protector como un edred¢n e igualmente carente de incidentes. Ambas veces, aunque la primera estaba sostenida por una suerte de desesperaci¢n. Suya y m¡a. El, porque ve¡a perfectamente que su cuerpo, sus brazos, eran un madero, algo a lo que me agarraba en medio de la tormenta sin inquirir en sus cualidades o posibilidades m s all  de su capacidad para sostenerme. Y yo... F‚lix yac¡a en la habitaci¢n contigua, muerto. Hab¡amos estado mir ndolo, sobre todo yo, tan fijamente como pod¡a, poniendo toda mi voluntad y mi amor al servicio de la idea loca de que, si miraba lo suficiente, F‚lix despertar¡a. La juventud es un defecto las m s de las veces. Recuerdo que Gunther me ten¡a agarrada del brazo y de vez en cuando tiraba de m¡ como si quisiera sacarme de all¡, separarme de mi muerto, impedirme mirar aquel rostro, aquel cuerpo que era el punto imantado que resum¡a toda mi capacidad de pasi¢n, de expectativas. Y de pronto aquella porci¢n de antebrazo de la que Gunther se hab¡a apropiado empez¢ a arder con un ardor intenso y ambiguo que fue expandi‚ndose y tomando mi cuerpo tan desdichadamente vivo. La vida, en su ceguera elemental rechazaba el vac¡o, la estupefacci¢n del dolor, y luchaba por reafirmarse, por imponerse a nosotros con el vigor y la vulgaridad de un imperativo biol¢gico. Creo que en ese momento me pareci¢ que algo de F‚lix, su imperioso deseo, se materializaba en Gunther, y fui yo entonces quien tir¢ de ‚l, ansiosa por responder a esa demanda. M s tarde me sorprendi¢ despertar en brazos de Gunther, ver la gravedad con que me contemplaban sus ojos amables. Supongo que fue entonces cuando se firm¢ entre nosotros ese contrato impl¡cito que nos ha mantenido juntos durante m s a¤os de los que deseo contar. Juntos y separados. Nunca volv¡ a hacer el amor con ‚l. No hubiera podido y tampoco lo deseaba. Y ‚l se qued¢, simplemente, siempre cerca, constantemente all¡ sin decir nada. Esperando, tal vez, aunque creo que siempre supo c¢mo eran las cosas. Siempre supo que no lo amaba ni lo amar¡a jam s, aunque dir¡a que tambi‚n supo que su presencia me era indispensable. Perder de vista a Gunther hubiera sido como ceder lo £nico que me quedaba de F‚lix. O de m¡. Un testigo valioso. Siempre me gust¢ mirarlo. A F‚lix, quiero decir. Sobre todo de noche. Sobre todo aquellas noches £ltimas en las que su cuerpo no parec¡a encontrar verdadero descanso. Dorm¡a crispado, como si s¢lo mediante un esfuerzo muscular extraordinario pudiera mantenerse vivo, aspirar el aire justo para seguir viviendo. Me apoyaba sobre un codo y lo miraba. Y el esfuerzo preciso para verlo era tan excesivo, que toda yo me transformaba en un ojo enorme y abierto; un ojo abierto en la oscuridad, ardiendo al contacto con el calor y la torsi¢n de su cuerpo, sin parpadear siquiera. Toda yo era una mirada, una contemplaci¢n mediante la cual me parec¡a participar en un esfuerzo c¢smico por sostenerlo, por retenerlo sobre la cama y respirando. Tem¡a dormirme; me complac¡a creer (aunque oscuramente, sin pensarlo en verdad ni una sola vez) que eran mis ojos los que lo guardaban, ellos quienes lo manten¡an exitosamente all¡ noche tras noche sin sue¤o. El dolor era algo aparte, como un animal indecente que sub¡a y bajaba del est¢mago a la garganta, y recuerdo haber ido al ba¤o algunas noches para provocarme un v¢mito, como si con eso pudiera expulsarlo, mirarlo y aplastarlo, si fuera necesario, de un taconazo. Exhausta, sudando pero helada, me apresuraba a regresar a mi puesto en la cama, frente a la ventana que iba cambiando despacio de color, desde el pozo ciego de la noche a la transparencia verdosa, de pecera, del alba. Pero hu¡a de m¡ al final. Era evidente que deseaba huir, deslizarse, resbalar dentro de s¡ como una lengua en la boca oscura del ser; desaparecer, morir. Y esto me irritaba. Hubo momentos en los que su lasitud, su peque¤a sonrisa fatigada, me inspiraron odio. Los ojos eran impenetrables y yo dese‚ preguntarle c¢mo era posible que deseara morir, c¢mo se pod¡a querer morir, abandonar, dejarse ir. Ahora lo comprendo. Han tenido que pasar sesenta a¤os para empezar a comprenderlo. Si estaba tan cansado como yo ahora... El cuerpo va perdiendo peso, consistencia, voluntad. Como si en ‚l se abrieran ventanas innumerables y fuera atravesado por distintos paisajes en direcciones m£ltiples. Echada aqu¡, debajo de esta hoja ancha, escucho c¢mo el mar me atraviesa, me traspasa con un fragor, una violencia, que no podr‚ soportar por mucho tiempo. Y luego la arena, como un inmenso papel secante que pasara una y otra vez por encima de los ojos. Siento que las yemas de mis dedos se hunden m s all  en el humus negro y oloroso. Si las dejara el tiempo suficiente--es decir, si Gunther me abandona por fin, me deja aqu¡, sabiendo que no puedo moverme--, estoy segura de que de las yemas de mis dedos surgir¡an helechos, y que la trama delicad¡sima de esas floraciones me obligar¡a a permanecer. Est n tambi‚n los insectos, que han encontrado los h£medos canales de los o¡dos. Despu‚s de muerto, lo envidi‚. Cre¡a tener derecho a aspirar a su lugar, y el m¡o--aquella desolaci¢n carente de encanto, muda como un hueso--me parec¡a excesivo, insoportable. Era tan joven a£n que la muerte me parec¡a un estado contemplable, una situaci¢n de actividad apacible desde la cual todav¡a ser¡a posible tomar posiciones, hablar, dormir con la perspectiva de un despertar seguro, aunque distinto. Tan joven que a veces, cuando estaba sola, cre¡a estar pensando en la muerte. Como si esto fuera posible; como si la muerte fuera una parcela privilegiada de la literatura o poco m s. Rid¡culo. En realidad, era en la vida en quien pensaba. Con rencor, con furia, con desprecio, pero pensaba en ella. No ten¡a m s remedio. Estaba viva, y me parece ahora que lo que en verdad detestaba era el adelgazamiento progresivo de las expectativas producido por ese mismo hecho de vivir. El tiempo va redondeando  ngulos, domando como un amo implacable los movimientos de rebeli¢n, la belleza presunta del sacrificio, y una se encuentra una ma¤ana mirando por la ventana casi perfectamente en paz; viendo sin necesidad de mirar la sucesi¢n de d¡as y estaciones concentrados en un solo  rbol. Sin ganas de asomarse, mover la cabeza o dar un paseo. Entonces comprend¡ por qu‚ hab¡a preferido --rom nticamente, claro, sin la menor eficacia real-- la muerte. Es estremecedor comprender que nadie sabe nada de esto que llamo mi vida; que soy la £nica que la recuerda, la £nica que conoce sus accidentes reales --picos trasl£cidos, valles moteados de sol y las breves r fagas de la primavera entre los  rboles--, los perfumes que la evocan, las texturas sin las cuales no ser¡a mi vida sino otra cualquiera, un fragmento literario, un cuadro tal vez, pero no una vida en cuya carne todav¡a puedo morder para alimentarme. A pesar de todo, a pesar de todo. Cualquiera puede decir lo que me ha pasado, pero s¢lo yo s‚ c¢mo me ha pasado, y en ese c¢mo est  lo que la distingue de las otras. Un perfume de limas, el zumbido de una abeja en la siesta de verano, la imagen de un blanco puente colgante tendido como una costilla entre una ladera y otra, el esfuerzo con que me empe¤aba en mirar ese puente como lo habr¡a mirado otro cuyo nombre se me escapa, porque lo que me interesa ahora--lo que realmente forma parte de mi vida--es esa costilla, ese puente que mi imaginaci¢n ve¡a como una costilla, porque nunca estuve en Ronda. Y en ese sentido toda biograf¡a es mentirosa, porque no son las muertes, los desencuentros, las desgracias, el amor las l¡neas esenciales del dibujo, sino los peque¤os vicios internos, las inclinaciones secretas, los instantes de irracional alegr¡a cuando se ve, por una puerta entreabierta, un trozo de edred¢n hecho con trapos humildes y chillones, fragmentos de percal; el viento de locura que sopla porque s¡ entre los pelos con el ruido burl¢n e insistente de las hojas de pl tano en oto¤o, rascando el suelo con las puntas de sus dedos anchos; hojas como manos de pianista apoyadas sobre el teclado exhausto de un Pleyel vertical, negro, odioso; el llanto s£bito cuando se escuchan los primeros compases de una serenata para cuerdas; el amor intenso que se despierta cuando se acerca a la nariz una borla impregnada de polvos de arroz, porque esa borla habla de un regazo y el regazo de una mano peque¤a que acaricia y la mano de una voz que canta entre las primeras estrellas, ®du‚rmete, mi ni¤a, du‚rmete, du‚rmete>. No me dormir‚. No todav¡a, al menos. Siento curiosidad por saber qu‚ retiene a Gunther, por qu‚ no regresa para llevarme a la barca, como me prometi¢. ¨O es que acaba de irse y ese ruido que me parece el de una vaca rumiando son sus pasos que se alejan, sus pies sobre la arena? La extrema vejez es el momento del hallazgo de lo m¡nimo, del encuentro con las criaturas microsc¢picas, ##223# Oscar era ¡ntimo amigo de Esteban desde hac¡a muchos a¤os. Lleg¢ arrastrando una enorme maleta. Su sonrisa ancha pod¡a entreverse tras la funda negra de su viol¡n, que manten¡a en alto para evitarle golpes. Volv¡a muy contento. Hab¡a estado apenas quince d¡as fuera, invitado por el Metropolitan para dar algunos conciertos como solista. El ‚xito,--del que todos estaban ya enterados--, hab¡a sido rotundo. Llegaba con los aplausos grabados en los ojos. Fue una alegr¡a saber de su triunfo, por ‚l y por todos, que gozar¡an as¡ de m s renombre como grupo y que, eso esperaban--, comenzar¡an a recibir ofertas sin interrupci¢n. Desde lejos Oscar caminaba mirando uno a uno a todos sus compa¤eros, que no tardaron en darse cuenta de que lo que hac¡a era buscar a Esteban para saludarlo antes que a nadie. De los ojos de Oscar se borraron los aplausos. Esteban consigui¢ anudar sus zapatos sin dejar de mirarse al espejo que ten¡a ante ‚l. Vio sus manos deslizar los cordones con suavidad, con movimientos que nunca antes se hab¡a detenido a observar. Traz¢ un lazo perfecto y record¢ de inmediato la canci¢n con la que su padre le ense¤¢ a hacerlo, nace un bucle a la derecha lo rodeas lo rodeas, lo rodeas con dos vueltas y despu‚s cuando atraviesas, ­zap!, nace un buclecito m s. No se dejaba nada. Sostuvo el picaporte entre sus manos, not ndolo, fr¡o, durante unos instantes. Llegaba Oscar. Lo descubri¢ en su memoria al despertarse; quiz s se despert¢ al recordarlo. No sab¡a muy bien. Se hab¡a acostado un rato a descansar. Estaba feliz. Hab¡a decidido revelarle a Oscar su hallazgo. l era el £nico que pod¡a entenderlo. Quiz s no. En todo caso lo cierto era que Marga no sab¡a comprender sus obsesiones. La sent¡a lejana, cada vez m s, y sab¡a que ella notaba c¢mo se iban distanciando. Cada d¡a que pasaban estaban peor.Todo intento de uni¢n, de retorno del uno al otro. era un fracaso m s. No hab¡a soluci¢n. Ella le repet¡a que estaba raro, que no era el mismo, que hab¡a cambiado mucho... Marga no era la mujer de su vida y ‚l no se atrev¡a a confes rselo. Sali¢ a la calle. Tom¢ un taxi. Al aeropuerto por favor, mientras pensaba en la cara que pondr¡a Oscar cuando lo encontrara esper ndolo. Se imagin¢ a s¡ mismo mirando aterrizar el avi¢n y un cosquilleo le recorri¢ la espalda. No le gustaba volar, y el hecho s¢lo de pensar en su amigo all¡ arriba, suspendido en ‚l cielo dentro de un artefacto de tal met lica enormidad, le hac¡a sentir escalofr¡os. En el aeropuerto, Carlos insit¡a en que era necesario telefonear a Esteban. Quiz s le hab¡a sucedido algo. Cuando mir¢ a Marga, ‚sta baj¢ la cabeza y dijo: --Yo no llamo. No estaba dispuesta a perseguirlo angustiada. Sab¡a que ning£n imprevisto lo retrasaba. Si algo le ocurr¡a ven¡a de m s lejos de bastante tiempo atr s. Todos miraron a Mario con una sonrisa cuando ‚ste se ofreci¢ con insistencia para ir a llamar, y lo observaron mientras se alejaba con paso r pido hacia las cabinas instaladas en el lado opuesto del corredor. --No contesta nadie--dijo Mario al regresar. Marga se apoy¢ cansada en su brazo. Lo sab¡a. Oscar estaba consternado. No entend¡a qu‚ pod¡a sucederle a su amigo. Desde hac¡a alg£n tiempo notaba algo extra¤o en ‚l, pero no hab¡a dudado en atribuirlo a su car cter un tanto neur¢tico y al exceso de trabajo al que se hab¡a sometido durante la £ltima temporada. --No vale la pena que nos quedemos a esperar. Tenemos mesa reservada para la cena. l lo sabe. Ir  directamente--dijo Carlos. Y Marga, con una iron¡a bajo la que todos reconocieron el dolor, a¤adi¢: --Si es que aparece. Esteban pag¢ al taxista. Al bajar del coche un gesto pl cido inund¢ su rostro. Se sent¡a feliz, sereno. Camin¢ despacio hasta la zona de "Llegadas Internacionales". Escogi¢ un butac¢n c¢modo y se sent¢ a esperar. Silbaba abstra¡do una melod¡a a la que a£n no hab¡a logrado dar una forma definitiva. Sus trabajos de composici¢n eran lentos, pero eso no lo angustiaba en absoluto. Era s¢lo cuesti¢n de paciencia, de amor por el trabajo bien hecho. Cada nota, cada acorde, formaba parte de su ser. Era un aut‚ntico perfeccionista. Muchas veces sus compa¤eros hab¡an insistido en la belleza absoluta de alguna composici¢n y ‚l, sin dejarse convencer ni por las m s efusivas felicitaciones, volv¡a atr s y comenzaba de nuevo. El acto de creaci¢n era la £nica forma de expiar la culpa de haber nacido y no ser feliz, y no comprender por qu‚, y no saber y no aceptar que despu‚s de la vida la muerte. Se extra¤¢ de que Oscar no llegase. Si ‚l estaba ya en el aeropuerto, ¨a qu‚ esperaba? Concedi¢ con calma la culpa al desajuste de horarios que sufr¡an las compa¤¡as a‚reas. Resultaba dif¡cil brindar por la llegada de Oscar sin la presencia de Esteban. Pero no qued¢ m s remedio. Hab¡an servido el champa¤a. Despu‚s de una conversaci¢n insostenible ante las copas llenas, fue Gabriela la que recuper¢ el sentido de la reuni¢n: --Bienvenido, Oscar... Ten¡amos ganas de que volvieras. Felicidades, . . . ­Y levanta esos  nimos, chico, que no estamos en un funeral! Bes¢ a Oscar en la mejilla y levant¢ la copa. Los dem s la imitaron. Oscar comenz¢ a relatar los detalles del viaje. Se alargaba, con detenimiento, en los puntos que m s pod¡an interesar a los dem s, los relacionados con la m£sica. --No os pod‚is imaginar la preparaci¢n de los m£sicos. Gracias a ella, el director domina sin esfuerzo el ritmo y el modo de las obras. El di logo que se establece entre ‚l y los int‚rpretes no es el del maestro con los alumnos. Es el del colega. Y si es maestro lo es en sentido profundo, en el matiz. En todo caso comparte, transmite su interperetaci¢n de la obra procurando que se entienda su sentido £ltimo. Tuve que quedarme m s de una noche en vela a estudiar un pasaje, a perfeccionar otro. Ha sido una experiencia impagable. Creo que os hubiera gustado vivirla... Carlos no pudo evitar que en su rostro se dibujara una mueca de desagrado. Quiso disimularla con un comentario ajeno por completo al discurso de Oscar: --Esteban ya no aparece. Est  clar¡simo. Oscar sigui¢ hablando con naturalidad, como si nada hubiera o¡do. Le dol¡a la actitud de Carlos y tambi‚n su comentario. No soportaba que Esteban no estuviera all¡. Y no lo comprend¡a. Era a ‚l a quien m s ganas ten¡a de contarle lo que hab¡a aprendido, a ‚l a quien le interesaba comentarle ciertos tics profesionales del director con el que hab¡a trabajado. No se sent¡a ofendido sino traicionado. Habl¢ tan incansablemente con Esteban de aquel viaje, de sus proyectos, de sus planes, de sus intenciones y de sus anhelos... Hubiese deseado correr a casa de su amigo y decirle, gritarle, quej rsele y acabar charlando, disfrutando de la conversaci¢n pausada y tranquila que tanto a¤oraba en ‚l. Esa calma elegante, seria y misteriosa que lo envolv¡a a uno momentos despu‚s de conocerlo. Pero no iba a ir; se marchar¡a a casa, con la esperanza de la llamada de tel‚fono o de la aparici¢n repentina. Si Esteban no se hab¡a presentado sus razones tendr¡a; y no se sent¡a con fuerzas suficientes como para intuirlas y entenderlas. Esteban not¢ que alguien lo observaba desde muy cerca y al levantar la vista se encontr¢ con una mujer que lo miraba. Iba a sonre¡rle cuando ella, con una velocidad vertiginosa, le hizo una pregunta que al principio no consigui¢ entender. --¨Perd¢n? --Oh, le preguntaba si es usted el Se¤or Dar£s, Esteban Dar£s, el director de orquesta; me hab¡a parecido reconocerlo y no he querido perder la oportunidad de saludarlo aunque, en realidad, no es que tenga algo concreto que decirle, quiero decir... Esteban descubri¢ que las mejillas de aquella mujer se sonrojaban y que, mientras le hablaba, retorc¡a la correa de su bolso d ndole vueltas y m s vueltas. Se sonri¢ y le dijo: --Soy Dar£s, s¡, Esteban Dar£s. Pero... a£n no me ha dicho su nombre... --Me llamo Laura J uregui y soy... profesora de m£sica; no he tenido demasiada suerte. --La suerte llega cuando uno menos la espera ¨No quiere acompa¤arme? Estoy esperando a un gran amigo m¡o que llega hoy de dar algunos conciertos en Nueva York. --¨Y viene directo desde Nueva York? --S¡, ¨por qu‚? --Bueno, a m¡ me encantar¡a acompa¤arlo en su espera, pero temo que el vuelo de Nueva York ha llegado hace unas dos horas. Se me ocurre que podr¡a pedir que llamasen a su amigo por los altavoces. Quiz s lo haya esperado. El gesto de Esteban manifest¢ sorpresa. --¨Que el vuelo ha llegado? No s‚ el tiempo que llevo aqu¡, pobre Oscar... no creo que se haya quedado en el aeropuerto. Sin embargo, no es mala idea lo de los altavoces. ¨Tienes algo que hacer? ¨Me acompa¤as? No nos tratemos de usted. Laura acept¢ la propuesta con un gesto. --Bien,--dijo Esteban poni‚ndose de pie--, y si mi amigo no aparece, podr¡amos ir a tomar un caf‚ y charlar un rato. Comprendo que est‚is preocupados, pero es en vano, in£til del todo. Sab‚is que Esteban no llega puntual a ning£n sitio desde hace tiempo. Y adem s, a veces ni llega. ¨Qu‚ ha pasado con los ensayos de este semana? Dos d¡as tarde y tres sin aparecer. Y lo m s incre¡ble es que no se da cuenta, no es consciente. Marga hablaba a sus compa¤eros con un tono agresivo. Estaba nerviosa. Y harta de que Esteban la dejara ante ellos con la obligaci¢n de dar explicaciones. Ella no sab¡a nada. Se supon¡a que era la que m s pr¢xima estaba a ‚l; todos lo supon¡an. No era cierto; hab¡an estado muy unidos, pero las cosas no eran como antes. Esteban no viv¡a para ella de la misma forma. Hab¡a cobrado otra existencia de la que no ten¡a noticia. Se hab¡a transformado ‚l y hab¡a transformado su espacio. No era f cil acerc rsele. Se alejaba tanto como para que ella no pudiera sentir que ten¡a el derecho a preguntar, a querer entender, saber. Esteban no era suyo y no pod¡a invadirlo, poseerlo. Ni siquiera abandonarlo, aunque de nada hubiera servido poder hacerlo porque no habr¡a sido capaz. Lo amaba. Completamente. Adoraba su alfabeto, £nico, su c¢digo y sus movimientos, su voz y su fuerza. Y la forma del silencio al caminar junto a ‚l. --Creo que no debemos esperar m s. Estoy cansado del viaje y necesito dormir. No voy a alargar la espera tomando m s caf‚s. Ver‚ a Esteban durante el fin de semana, o el lunes, en el pr¢ximo ensayo. Si ‚l quiere verme antes, ya sabe d¢nde encontrarme--. Oscar se levant¢. Gabriela dirigi¢ una mirada c¢mplice a Carlos. Iban a pasar juntos el fin de semana. Mario se ofreci¢ a Marga para acompa¤arla hasta su casa. Se neg¢. Laura y Esteban caminaron despacio por los largos corredores encerados. Esteban se acerc¢ a un mostrador y pregunt¢ si el vuelo procedente de Nueva York hab¡a llegado. --S¡, se¤or. El vuelo lleg¢ hace m s dos horas. ¨Oscar Rondini? Un momento, por favor. Se oy¢ en todo el aeropuerto una voz que citaba a Oscar. Esperaron cerca de media hora, pero no apareci¢. --En fin, es l¢gico que se haya marchado. Lo ver‚ ma¤ana. ¨Vamos a tomar un caf‚?--dijo Esteban. Se dirigieron al bar del aeropuerto. --Nunca me han gustado los bares de aeropuerto. No s‚ muy bien por qu‚. Tengo la sensaci¢n de que todo va m s deprisa. La gente corre, los camareros tambi‚n, los caf‚s desaparecen en un instante--dijo Esteban, levantando la mano para llamar al camarero--. Y dime, ¨has tenido mala suerte con la m£sica? Por la forma en que me has dicho que eres profesora me temo que no es lo que m s te gusta. ¨Qu‚ quieres tomar? Para m¡ traiga un caf‚ americano y para la se¤orita. . . --Lo mismo. Ver ... --No me trates de usted. --Bueno, pues ver s, yo creo que toco bien; he estudiado mucho, much¡simo. Y sigo haci‚ndolo; pero, es tan dif¡cil... Las oportunidades son muy pocas. --Me gustar¡a o¡rte tocar. No te prometo nada, pero quiz s podr¡as integrarte en mi grupo, m s adelante... ¨Crees que podr¡a o¡rte un d¡a de ‚stos? Esteban miraba a Laura con placer. Sinti¢ ganas de besarle las manos, que se entreten¡an en hacer rollitos con servilletas de papel. Laura not¢ que ‚l observaba lo que hac¡a y con una sonrisa, divertida, le coment¢: --Lo hago siempre que estoy tomando algo; es una man¡a. Todos tenemos nuestras man¡as, ¨no? Respecto a o¡rme tocar, no s‚ si te parecer  bien, pero podr¡amos ir a mi casa a continuar el caf‚, ya que no te gustan los bares de aeropuerto... Esteban la interrumpi¢ entusiasmado. --Perfecto. No hay m s que hablar. Caminaban hacia el parking. Esteban pregunt¢: --Por cierto, ¨qu‚ hac¡as t£ en el aeropuerto? Laura lo mir¢ de reojo y con cierto recelo. --No me gusta explicarlo, es algo ¡ntimo... Vengo a so¤ar. Sue¤o que me marcho muy muy lejos, donde nadie me conoce, donde vuelvo a empezar y todo ocurre como yo deseo. Suena horrible, ¨verdad? S¢lo lo hago de vez en cuando, muy de tarde en tarde, cuando estoy un poco deprimida, o baja de defensas. ¨T£ no haces cosas as¡?--Laura se detuvo en seco y mir¢ de frente a Esteban que, sorprendido, tropez¢ con ella. --Perdona, ¨te he hecho da¤o?... Claro que s¡... por algo soy compositor. Ah¡ es donde me a¡slo, me recluyo, me pierdo, me fundo y confundo conmigo mismo y olvido todo lo dem s. Y soy todas las voces, y mis deseos melod¡as y mis carencias silencios. Cada pausa, una ausencia de lo que tendr¡a que estar y sin embargo falta. Todos tenemos una forma de escapar, o de intentarlo al menos. Habr  quien lo consiga. Yo busco, incansable, creo que pronto... ¨es ‚ste el coche? Laura se hab¡a detenido delante de un autom¢vil de un rojo impecable. Buscaba las llaves en su bolso. Abri¢ y Esteban la vio desaparecer y de pronto aparecer otra vez, sonri‚ndole desde el interior mientras se inclinaba toda ella para quitarle el seguro a su puerta. Mientras se dirig¡an a casa de Laura, Esteban se dio cuenta de que el desencuentro con Oscar era otra vez, una vez m s fruto del prendimiento que de s¡ mismo sufr¡an las coordenadas determinantes del comp s de todas las vidas que no eran la suya. Era consecuencia del desajuste operado con tanto esfuerzo en su metr¢nomo. Convertir el presto en andante. . . Cobraba conciencia de ello cada vez que le suced¡a algo as¡, cada vez que se encontraba con la diferencia entre las manos, y con la distancia. Era angustioso enfrentarse d¡a tras d¡a a esa sensaci¢n de estar cometiendo la mayor de la torpezas o de las locuras, o de las fantas¡as que de forma irreparable hab¡an pasado a poseerlo; para siempre. --No habla demasiado, ¨eh? --Perdona, estaba pensando, y no me trates de usted, por favor. Y es que en los £ltimos tiempos estaba siempre pensando. Nada lograba atraerlo con la suficiente fuerza como para olvidar su deseo, su fin, la £nica forma de entenderse y al palparse reconocerse con tanquilidad, sin sentir que el cambio era inminente, sin notar que cada segundo secaba m s su piel y destilaba m s sus ideas, dej ndolas desnudas de ilusi¢n y novedad. Sin sentir que estaba pasando por ‚l toda una vida sin darse cuenta, como d ndole la espalda a ese vertiginoso avance y al girar la cabeza y abrir los ojos sinti‚ndose mareado, ver y no reconocer y suponer que se est  ah¡, que no puede ser otro pero que es otro irremediablemente. Marga se fue a su casa. Sola desde hac¡a tantas noches. Estaba triste. Comprend¡a insalvable la distancia que Esteban hab¡a puesto entre los dos. Cada d¡a m s lejos el uno del otro; cambiando cada palabra su significado primero, original. El miedo apoder ndose de ella; la intuici¢n de que la culpa no la ten¡a ning£n otro amor sino algo m s terrible, mucho m s dif¡cil de vencer, algo contra lo que era imposible luchar. No cab¡a exorcismo posible. Un intruso se hab¡a instalado en el interior de Esteban haci‚ndose su due¤o, y desde ‚l la miraba impalpable, desconocido. Estaba, m s que triste, desesperada. Lo amaba tanto... Nada tendr¡a sentido sin ‚l. Sac¢ las llaves del bolso sin darse cuenta de que lo hac¡a. Antes de volver a pensar en nada y sin saber c¢mo, estaba metida en la cama. Sola. Carlos y Gabriela salieron aquella misma noche. No quer¡an perder ni un segundo del feliz fin de semana que se ven¡an prometiendo desde hac¡a tanto. --Ten¡a ganas de que llegara este momento--dijo Gabriela posando su mano sobre la de Carlos, jugando a acompa¤arlo a poner la tercera. Carlos le sonri¢ entrecerrando los ojos y le cogi¢ la mano para morderle los nudillos con suavidad. --Yo tambi‚n. Est s guap¡sima esta noche. No sufras, no te amargues por lo que est  pasando... no es nada, se arreglar . Rel jate y prep rate para disfrutar del mejor fin de semana de toda tu vida. --No me preocupo--dijo Gabriela con inquietud--. Es s¢lo que si Esteban contin£a con esa actitud acabar  por destruir el grupo. --Reconozco que est  muy raro, incluso en su trabajo muestra cierta dejadez, como si hubiera perdido la noci¢n del tiempo. Me refiero por ejemplo a lo que ocurri¢ la semana pasado cuando no hab¡a forma de que nos pusi‚ramos de acuerdo, en un pasaje tan sencillo como aqu‚l... ‚l tuvo la culpa. Cada d¡a establece una forma diferente de tratar el tiempo. Qu‚ s‚ yo. Pero mejor lo dejamos para otro d¡a, no me apetece nada amargarnos el fin de semana con estas cosas. Carlos recorri¢ con el dedo ¡ndice el escote de la blusa de Gabriela y le dirigi¢ una mirada provocadora a la que ella respondi¢ con una sonrisa c¢mplice. --De acuerdo, mi amor, yo tampoco quiero estropearlo, de verdad..., pero me gustar¡a hablarlo contigo. No me lo puedo quitar de la cabeza. ¨No ser  que Esteban est  metido en drogas? Est  tan delgado... Y como colgado de algo que no puede compartir con nosotros. Tiene a todas horas una sonrisa pl cida, ausente, ¨no te extra¤a? Es como si estuviese instalado a un paso de nuestra realidad. Creo que la palabra exacta es suspendido, s¡, suspendido de no s‚ qu‚. Carlos miraba fijamente la oscuridad de una carretera recta, interminable, iluminada por los potentes faros amarillentos del coche. Negaba con la cabeza las palabras de Gabriela y despu‚s de un hondo suspiro dijo: --No lo hab¡a pensado, quiz s porque no creo que sea el tipo de hombre que busque ah¡ una salida, es demasiado inteligente. Adem s, lo que m s le importa es su carrera como m£sico y as¡ la destrozar¡a. No, no creo que haya drogas de por medio, la verdad. --Puede que lo haya dicho demasiado a la ligera. Es posible que sea Marga la causante de su cambio. Estos £ltimos meses se llevan fatal y parecen ansiosos, con ese desasosiego que crea la necesidad de comenzar o de acabar cualquier situaci¢n. No se van juntos despu‚s de los ensayos, algo se ha alterado. Esteban mira a Marga con pena, como a una hermana, como a una buena amiga que se ha perdido por una discusi¢n inevitable... La mira como llega a mirarse a algo muy lejano que alguna vez estuvo pr¢ximo a nosotros, con nostalgia. Carlos parec¡a seguir concentrado en la carretera y sin levantar la vista de ella respondi¢: --La cuesti¢n es que hay algo que lo aleja de Marga y de nosotros, de la realidad y de la imagen que ten¡amos de ‚l, que ahora se derrumba como un castillo de arena al subir la marea. Pues bien, ha desaparecido nuestro Esteban y se est  edificando otro. No creo que podamos evitarlo. Hay que taparse los ojos, igual que cuando ‚ramos peque¤os y jug bamos al escondite y espi bamos por entre los dedos. Y por cierto,--Carlos hab¡a cambiado el tono subiendo la voz--, creo que a£n no te lo hab¡a preguntado, ¨quieres casarte conmigo? Detuvo el coche para besar a Gabriela. Sab¡a que estaba interpretando. Lo notaba en la velocidad que su pensamiento adquir¡a a pesar de la proximidad de Gabriela e incluso de sus besos. Lo que no atinaba a resolver con exactitud era qu‚ estaba pensando. Ten¡a planes, intenciones, pero no lograba dar con cu les eran. Necesitaba estar a solas y estudiar paso a paso lo que estaba sucediendo y qu‚ preparaba ‚l, para qu‚... Ya desde peque¤o su madre le dec¡a que hab¡a heredado de ella la capacidad de prever sin saber qu‚, de presentir y actuar correctamente para lo que ha de venir sin conocer qu‚ es. Carlos deduc¡a, intu¡a que ten¡a una finalidad concreta y por eso se dejaba llevar, interpretando de la mejor forma posible el papel de enamorado. --Me has hechizado. --¨Crees que mi viola tiene algo que ver?--pregunt¢ Gabriela. --Se me ocurre contestarte una obscenidad, pero prefiero volver a besarte. Oscar caminaba con pasos lentos y pesados. Despu‚s de dejar el equipaje a la entrada de su casa, sin siquiera encender la luz ni entrar m s all  del recibidor, decidi¢ salir a caminar. Y ahora se encontraba en medio de la noche, marcando el ritmo de su caminata con el choque de las canicas que frotaba en su mano. Regresado de Nueva York. Todo le parec¡a un sue¤o, como si en realidad nada de todo aquello hubiera sucedido. Pocas cosas de las que hab¡a vivido hasta entonces le parec¡an verdaderas. Cosas concretas s¡. Sab¡a que ella hab¡a existido. Ella era todo lo que sab¡a; ella era su pa¡s de origen, su idioma....y su pasado. Algunas veces hab¡a pensado que la £nica forma de descansar de verdad ser¡a la muerte, porque ella era incluso sus sue¤os. Vio un bar y entr¢. Iban a cerrar, pero le dio igual y pidi¢ un whisky, le sentar¡a bien. Ten¡a algo en la cabeza, algo a lo que daba vueltas, con esa sensaci¢n angustiosa de sentirse habitado por alg£n pensamiento propio y no poder llegar a apresarlo a pesar de que est  ah¡ y nos impide hacer cualquier otra cosa en paz... Si las cosas hubiesen ido de otra forma a£n estar¡a con ella. Qui‚n sabe si por ella no lo habr¡a abandonado todo, incluso la m£sica. Ahora ya no, pero entonces... Se habr¡an marchado lejos, ‚l para perderse un poco a s¡ mismo y encontrarse distinto en cualquier otro lugar, junto a ella, y ella para confirmar, para comprobar que en cualquier lugar era la misma, invariable y £nica. Y hermosa, tanto como ‚l jam s se habr¡a atrevido a so¤ar y a pesar de todo la perd¡--pens¢--, por idiota la perd¡ y nunca voy a perdon rmelo. Al entrar en casa de Laura,Esteban se sinti¢ invadido por el agradable olor de ella. Laura lo dej¢ en el sal¢n y se march¢ a preparar caf‚. Pudo as¡ Esteban observar cada detalle, cada rinc¢n. La soledad de Laura se le hizo di fana. Se acompa¤aba de un sinf¡n de objetos fetiche, de antiguas fotograf¡as, de mu¤ecas de todas clases... No hab¡a un hueco vac¡o. Laura entr¢ con la bandeja del caf‚ y se sent¢ en el sof  m s pr¢ximo al suyo. Le dijo: --¨Te sorprende mi casa? Esteban neg¢ con un gesto y, tras un largo lapso en silencio, con otro gesto le pidi¢ que tocara el piano para ‚l. Laura interpretaba de una forma maravillosa. Esteban lo supo en cuanto oy¢ las primeras notas arrancadas al piano. Se lo dijo y le repiti¢ la posibilidad de que se integrara en su grupo. A Laura se le iluminaron los ojos, la sonrisa... Comenz¢ a hacerle preguntas que ‚l no ten¡a ganas de contestar. No quer¡a hablar, no quer¡a ocupar el espacio con sus palabras. Quer¡a o¡r m£sica y as¡ dilatar el tiempo, con tranquilidad. . . --No, no, eso t¢calo m s lento. No debes acelerarlo tanto, el tiempo tiene que sucederse m s despacio. El momento que la obra ocupe debe convertirse para nosotros en algo detenido, casi infinito. Laura se extra¤¢ de que le hiciera ese comentario. Siempre le hab¡an dicho lo contrario al o¡r su interpretaci¢n de aquella pieza. --No se trata de lentitud sino de amplitud temporal. Otro d¡a intentar‚ explic rtelo. Ahora voy a irme. Acabo de recordar que tengo algunos compromisos. Volveremos a vernos--dijo Esteban poni‚ndose de pie. Laura estaba confundida por esa s£bita decisi¢n y casi no le sal¡an las palabras...¨cu ndo podr¡an volver a verse? --Pronto, cuando t£ quieras. Siempre me agradar  verte. Solemos estar all¡ todas las tardes, ensayando. De las cuatro en adelante. Laura se qued¢ con la direcci¢n,--que hab¡a escrito con rapidez en su paquete de tabaco--, entre las manos, y con el portazo con el que Esteban cerr¢ la puerta retumbando en sus o¡dos. De Esteban se desprend¡an ritmos; ese hombre arrastraba, llevaba consigo las formas musicales m s perfectas. Hab¡a tenido ganas de seguirlo e indagar entre sus manos o en sus ojos, descubrir el misterio. No soportaba la intriga, y ese hombre habitaba un lugar desconocido para ella. Deseaba destapar con la raz¢n esa intuici¢n que la estaba fascinando. sac¢ un cigarrillo, lo sujet¢ con fuerza entre los dedos, se lo llev¢ a la boca y lo mordi¢ con ansiedad. Escupi¢ el filtro que le hab¡a quedado entre los labios y decidi¢ que quer¡a volver a ver a Esteban cuanto antes. Dejar¡a pasar el fin de semana, no m s. Cogi¢ las llaves, se puso la chaqueta sobre los hombros y sali¢ a la calle. Se dej¢ invadir por el deseo de correr. Tuvo que apoyarse unos cien metros m s all  de su casa. Pens¢ en Estaban, encendi¢ un cigarrillo, y con paso lento. comenz¢ a caminar. Gabriela no quitaba la vista de Carlos. Mientras ‚l conduc¡a, ella lo observaba como a un extra¤o. Revolv¡a y enredaba en su interior hilos sin fin intentando comprender qu‚ suced¡a. Tem¡a por ella, por los dem s. Todos estaban cada vez m s dispersos, m s indiferentes a la desgana que sin esfuerzo los iba conquistando. Ten¡a que sentirse feliz y sin embargo ten¡a miedo, estaba asustada y por eso Carlos era un extra¤o aquella noche; present¡a que aunque le explicase no iba a entender el miedo que a ella la asediaba. Su vida estaba a punto de cambiar por completo; quiz s fuera ‚se su miedo. Casarse con Carlos iba a ser un salto a otra vida, la renuncia a sus ritos de soledad. Hab¡an sido demasiados a¤os orden ndose a s¡ misma, con un rigor marcado por el capricho m s delicioso, due¤a por completo de su tiempo y de su espacio... Pero estaba enamorada y quer¡a llevarlo hasta el final. Marga estaba dando vueltas en la cama cuando oy¢ el timbre. La £nica persona a quien deseaba ver era Esteban, y ten¡a llaves, as¡ es que decidi¢ no abrir. El timbrazo se hizo m s insistente. No le qued¢ m s remedio que levantarse. Cuando vio a Esteban por la mirilla, haci‚ndole muecas y pidi‚ndole que abriera, no supo qu‚ sentir o qu‚ pensar. Eran las cuatro de la madrugada. Abri¢ agitada. --Necesito hablar contigo. --¨A estas horas? ¨Por qu‚ no has venido al aeropuerto? --He ido. --¨S¡? No me digas. --S¡, pero el avi¢n lleg¢ sin darme yo cuenta. --Te hemos estado esperando para la cena. Oscar est  muy dolido contigo. Y yo harta. --Acabo de estar en el restaurante, pero estaba cerrado. --Es que son las cuatro de la madrugada,--Marga hab¡a subido el tono--, ¨est s borracho? --¨Lo dices en serio? --Es que no me lo explico. --Me marcho, creo que he venido en mal momento. --As¡ de f cil, ¨verdad? ¨Piensas que soy imb‚cil? Tambi‚n yo tengo un l¡mite, y amor propio y cerebro para comprender. Crees que no puedo entenderte, que no me doy cuenta de que te est  ocurriendo algo que no deseas explicar, ni siquiera a m¡, no, no me digas las razones, me las puedo imaginar. Eso es, imaginaci¢n; t£ crees que puedes tener a una persona al borde del abismo porque t£ lo est‚s, ¨es eso? Luego t£ dar s el salto y me dejar s aqu¡ sola, sin ti. Y eso no es justo. Te lo digo para que sepas que desde aqu¡ yo te he descubierto--Marga miraba a Esteban a los ojos y ‚l desviaba la vista, se paseaba de un lado a otro de la habitaci¢n, cogiendo y dejando diversos objetos de las vitrinas--. Voy a entender esto porque te quiero; pero has de saber que recojo el guante sabiendo de antemano que estoy perdida, que el duelo vas a ganarlo t£ porque yo no tendr‚ armas para defenderme, con las que alcanzarte. Ahora puedes marcharte. Espero verte el lunes en los ensayos, a las cuatro. Esteban, sin atreverse a mirarla, le dio la espalda y camin¢ algunos pasos hasta la puerta. Se detuvo unos instantes. Luego abri¢ con un gesto decidido y una vez afuera cerr¢ con un golpe seco y sordo tras el que Marga adivin¢ que lo hab¡a perdido. Marga se dirigi¢ nerviosa al tel‚fono y marc¢ el n£mero de Mario tan deprisa como pudo. Dej¢ que el tel‚fono sonara unas cuantas veces. No contestaba. Colg¢ y volvi¢ a marcar, fij ndose esta vez en los n£meros con cuidado. Tres llamadas y al otro lado descolgaron: --­S¡! --¨Mario? Supongo que dorm¡as. Perdona. Estoy asustada. Esteban acaba de irse, s¡, ha venido, algo le pasa, dice que ha estado en el aeropuerto, y en el restaurante hace apenas un rato, est  trastornado, ¨puedes venir? --Tardo lo que demore el taxi--le dijo. Y colg¢. Mario viv¡a fascinado por Esteban. Le profesaba un amor incondicional desde que lo vio aparecer por la puerta del local. Se interesaba con pasi¢n por todo lo que con ‚l se relacionase. Marga lo sab¡a y eso la impuls¢ a telefonearle. Marga se qued¢ inm¢vil con el tel‚fono en la mano. Lo sab¡a, lo sab¡a y lo estaba esperando. Ten¡a que ser as¡. Le daba vueltas la cabeza, se mareaba; se marchaba, Esteban la abandonaba y pretend¡a que ella aceptara, qu‚ mareo, y el sonido del tel‚fono la ensordec¡a, ‚l no estaba al otro lado, ya no su voz sino aquel sonido y dentro de un a¤o un texto, eso s¡ era absurdo, no iba a perdonarlo nunca y le daba lo mismo uno o mil textos dentro de un a¤o, dentro de un a¤o ni se acordar¡a de ‚l, qu‚ se cre¡a; un texto para todos, para los dem s tambi‚n, como si fuese lo mismo; s¡ se acordar¡a, claro, de qu‚ pretend¡a convencerse, menuda estupidez, qu‚ mareo, Mario... Mario se acerc¢ a averiguar a qu‚ se deb¡a aquel prolongado silencio y lleg¢ a tiempo para abrazar el llanto desconsolado de Marga que, entre balbuceos logr¢ decir que "Esteban perdido para siempre". Tuvo que esperar angustiado a que Marga se desahogase para poder dar sentido a aquellas palabras. Decidieron esperar a los ensayos del lunes para dar la noticia a los dem s. Por el momento ten¡an que acumular fuerzas para soportar con entereza aquel golpe doloroso que se iba adue¤ando de ellos como una obsesi¢n. Estaban desconcertados y se sent¡an desprotegidos, como desnudos en una habitaci¢n de vidrios desempa¤ ndose de a poco, dejando con lentitud ver el interior. Y en el interior sus ojos sin saber hacia d¢nde mirar, con todo el alrededor uniforme, transparente, vulnerable. Y un mundo en la mirada que la situaba fija y ciega hacia adelante, como si por sorpresa los hubiera asaltado e invadido esa imagen y el miedo hubiera paralizado sus cuerpos. Y sobre todo sus rostros. No comprend¡an qu‚ hab¡a podido pasarle a Esteban para tomar una decisi¢n tan dr stica y por otra parte tan ego¡sta. Sab¡a que de esa forma los separar¡a, diluir¡a sus esperanzas de futuro... No les quedaba m s remedio que aceptar su determinaci¢n; nada har¡a volverse atr s a aquel hombre. Era in£til llorar o pedir o rogar. Todo habr¡a sido en vano y eran conscientes de ello. Carlos y Gabriela subieron al coche en silencio, cada uno en su silencio. Una vez Carlos puso el motor en marcha y antes de salir Gabriela dijo: --Ya te dec¡a yo que algo raro suced¡a y que no era precisamente algo pasajero, ¨y ahora qu‚? Carlos la cogi¢ de la mano y la atrajo hacia s¡. --Pues ahora, nada. Nuestros planes no van a cambiar porque ‚l se haya marchado, eso est  claro. Adem s se arrepentir . Va a volver antes de que tengamos tiempo de buscarle un sustituto. Lo de la carta es una forma de hacerse esperar, ¨no te das cuenta? Volver , ya lo ver s. Huye porque est  desquiciado y su forma de descansar es la fuga pero, en cuanto pasen unos d¡as... Gabriela retir¢ sus manos de entre las de Carlos. --Lo ves t£ muy f cil, demasiado. Piensas que es un capricho. Yo no. Estoy segura de que es algo mucho m s grave. De no ser as¡, no nos dejar¡a colgados sin m s. Habr¡a que hacer algo. Carlos arranc¢ el coche con brusquedad. Elev¢ el tono al decir: --¨Y qu‚ quieres hacer? ¨Seguirlo? ¨Avisar a la polic¡a? Tranquil¡zate. Adem s, si como t£ dices es algo importante y no una fanfarroner¡a genialoide tendr s noticia de sus motivos dentro de un a¤ito; con detalle, supongo--Carlos empleaba un tono algo ir¢nico. Gabriela a¤adi¢ en voz baja: --Puede que dentro de un a¤o sea demasiado tarde... es demasiado tiempo, para esperar. --A todo se acostumbra uno, ¨no? --contest¢ Carlos. --Por eso mismo lo digo.--Gabriela recost¢ su cabeza en el hombro de Carlos y cerr¢ los ojos; no ten¡a ganas de hablar m s. Todo empez¢ hace apenas un par de a¤os, por lo que creo he seguido un proceso acelerado que me ha impedido tanto arrastraros conmigo como hacerme entender a tiempo. Comprendo que os hay is sentido traicionados, pero puedo juraros que nada tiene que ver esta actitud m¡a con el capricho o la histeria. He elaborado durante estos dos anos una teor¡a de la que os quiero hacer part¡cipes pero que me impide seguir a vuestro lado. Supongo que al final de este texto os dar‚is cuenta de que no os he fallado. Ni siquiera a ti, Marga, que eres quien m s puede acusarme, quien m s ha podido sentir c¢mo me iba distanciando y yendo hacia un lugar incomprensible adonde no pod¡as seguirme. Todos miraron a Marga envidi ndola porque Esteban se dirig¡a a ella con menci¢n aparte y compadeci‚ndola porque era quien m s se hab¡a destruido en ese a¤o de ausencia. Tras renunciar a la m£sica y abandonar en cualquier altillo su violoncelo se puso a dar clases de ingl‚s en una escuela abominable de altos ejecutivos. Se hab¡a hundido para siempre. Mario supo recoger con la mirada dos l grimas que Marga no pudo contener al sentirse nombrada por Esteban despu‚s de tanto tiempo de silencio. "Me he interesado por la actualidad musical desde que me march‚ para comprobar que vuestro nombres adquir¡an autonom¡a, importancia... ¨Qu‚ os sucede? ¨Es que no os interesa la m£sica? No puedo arrastrar para siempre conmigo este sentimiento de culpa que me crea el haberos abandonado... Espero que alg£n d¡a, despu‚s de que me haya explicado, sep is perdonarme". Se les form¢ un nudo en la garganta al ver que Esteban sab¡a que ninguno de ellos hab¡a logrado triunfar sin ‚l. Oscar, aunque no dijo nada, se sinti¢ aludido de manera directa. Era consciente de que Esteban hab¡a depositado en ‚l sus esperanzas. Se sinti¢ fallarle, desilusionarlo, pero a pesar de ello, descubri¢ en s¡ mismo la incapacidad de desear el triunfo. El ambiente estaba muy cargado. La emoci¢n lat¡a en aquella sala llena de tantos recuerdos y privada de la m£sica que tan felices los hab¡a hecho. Se sent¡an incapaces de seguir adelante, un miedo inconfesable los hac¡a part¡cipes de la misma inclinaci¢n. No pod¡an jugarse tanta espera en un instante. Ante el temor, detenerse; antes de mirarse al espejo, reflexionar. Las ganas de gritar, de llorar, de desahogar la rabia de tanta espera; todo lo acumulado y contenido por el miedo de que no iba a ser verdad y de que pod¡a ser cierto... y ahora que lo era, detenerse un instante m s. Carlos obedeci¢ a su intuici¢n cuando expres¢ su deseo de seguir el d¡a despu‚s. El texto hab¡a llegado; era suficiente. Ten¡an que prepararse para poder o¡r todo lo que Esteban quer¡a decirles. Oscar era quien le¡a y a cada momento se le romp¡a la voz. Era mejor aplazarlo, ‚l no se sent¡a con fuerzas. Nadie se opuso. Carlos observ¢ con una mirada el ‚xito de su propuesta. Todo sal¡a como ‚l deseaba. Consegu¡a imponer su ritmo, usurpaba el lugar de un director. Se sent¡a orgulloso. Cada uno ten¡a sus motivos para desear detenerse ah¡. En cada uno habitaba un miedo diferente, una distinta impotencia que sin embargo los uni¢ para el silencio. Mario se fue con Marga. Desde la partida de Esteban eran los dos miembros del grupo que m s se hab¡an unido por su causa. Pasaban largas horas hablando de ‚l y haciendo suposiciones sobre su abandono, sobre el porqu‚, acerca de lo extra¤o que estaba antes de irse... No pudieron llegar a ninguna conclusi¢n y ahora que ten¡an la respuesta entre las manos se sent¡an exhaustos, deprimidos. Ten¡an miedo de comprobar que ninguno de los dos se hab¡a acercado a la verdad, que ninguno de los dos comprend¡a a Esteban lo suficiente, que no lo conoc¡an y no hab¡an previsto su evoluci¢n. No deseaban descubrir que hab¡an estado enamorados de un fantasma fruto tan s¢lo de la invenci¢n, de una figura dibujada seg£n su gusto y necesidad, ¨Ser¡a concebible lo que Esteban pudiera explicarles? Si por lo menos fuese una de las conjeturas que hab¡an arriesgado... Ten¡an el deber de entender por qu‚ Esteban se march¢, y aceptar que no fueron capaces de retenerlo por falta de comunicaci¢n, o de inteligencia, o quiz s de amor. Y esto £ltimo era lo que m s los torturaba. Sab¡an que iban a perdonarle su partida una vez le¡do el texto, pero present¡an que no por amor sino por alcanzar un peque¤o para¡so personal donde el recuerdo sin tormento impregnara con calma todas las horas, sin rencor, sin conflicto. Y sent¡an que ese mismo ego¡smo del deseo de felicidad era el que los indujo a perdonar a Esteban su comportamiento d¡a a d¡a hasta que se hab¡a marchado. No hab¡an querido saber. Eran cobardes. Se lo confesaron el uno al otro en las tardes de aquel largo a¤o de ausencia. Eran por propia voluntad cobardes y ahora se sent¡an culpables, hasta el terror, por haber intuido la tortura interna de Esteban y por haberla disfrazado atribuy‚ndola al cansancio, tanto trabajo, un poco de depresi¢n quiz s... y a su peculiar forma de ser genial. Perdonaron para no sufrir. Se preguntaban si al final del texto no les esperar¡a la aflicci¢n y la culpa. Y sent¡an temor. Laura esper¢ a Oscar a la salida. --¨C¢mo es que te has decidido a venir?--le pregunt¢ ‚l. --Cuando el a¤o pasado me dijisteis que hoy tendr¡ais noticias de Esteban sent¡ que no pod¡a faltar a una cita tan extra¤a, tan selecta... Debo reconocer que me cost¢ dar cr‚dito a semejante historia. Me pareci¢ descabellado por completo que aquello del texto pudiera ser verdad, y lo de la exactitud del a¤o que ten¡a que pasar, pero aqu¡ estoy. No se me olvid¢ la fecha, o mejor dicho para serte sincera, la apunt‚ en mi agenda y no he sido capaz de resistir a la tentaci¢n de comprobar si hab¡a algo de verdad en todo esto, si estar¡ais aqu¡. Os agradezco mucho que me dej‚is participar en esta historia privada. Yo casi no conoc¡ a Esteban. Lo vi tan s¢lo unas horas, una noche nada m s. No tuve tiempo de compartir nada con ‚l y sin embargo aquellas horas bastaron para fascinarme. ¨Caminamos un poco? Comenzaron a pasear lentamente. --No s‚ si atreverme--Laura hablaba algo excitada--, no lo tomes como una queja, claro, yo no tengo ning£n derecho, pero... ¨no te parece insoportable aplazar la lectura? No lo entiendo, despu‚s de esperar tanto, la verdad, me parece un poco absurdo. . . Oscar la mir¢ con una sonrisa; no tard¢ en contestarle: --T£ no has esperado como nosotros, Laura. T£ tienes curiosidad, tan s¢lo ganas de saber, y es l¢gico, cualquiera lo sentir¡a as¡. Pero nosotros tenemos miedo, estamos asustados. ¨Te imaginas lo que es enfretarse de golpe a todo un a¤o de ansiedad? Laura deneg¢ con la cabeza y dijo: --Supongo que no, que no me lo puedo imaginar, pero sigo sin entenderlo demasiado bien. --No tienes por qu‚ entenderlo. Lo £nico que puedo decirte es que yo por lo menos necesito prepararme para dejar de esperar, no estaba seguro de que este momento fuese a llegar, la verdad, esperar se hab¡a convertido en una forma de vida, ¨comprendes? No puede cambiarse de golpe... --Desde luego,--dijo Laura algo incr‚dula--, habr¡a sido mejor que Esteban no se marchara nunca, ¨eh? Oscar dio un suspiro y luego dijo: --Esteban es un ser extraordinario. Ocurri¢ que trabaj¢ demasiado. M s a£n durante los dos £ltimos a¤os. Es indiscutible que se afect¢. Estaba por completo entregado a su labor como m£sico. Era l¢gico que acabase por enloquecer un tanto... Laura se detuvo distra¡da ante un escaparate muy iluminado y con la vista fija en uno de los objetos exhibidos le pregunt¢ a Oscar: --¨Enloqueciendo? O sea que atribuyes la partida de Esteban a un arranque de locura... Oscar miraba el mismo objeto que Laura, sin parpadear. Descubri¢ en el escaparate los ojos de ella reflejados. Antes de contestar se puso a andar otra vez. --No un arranque sino un estado; parecido al de la locura. No es f cil explicarlo. Yo conozco a Esteban desde hace mucho o mejor dicho, conoc¡ a Esteban y lo trat‚ durante largos a¤os. Te aseguro que no es el mismo. No comprendo en absoluto este abandono sin explicarme nada, sin una palabra. Reconozco que estoy dolido, porque no soporto que decidiese algo tan importante sin siquiera comunic rmelo. Me siento traicionado. l dec¡a siempre que yo era su mejor amigo. Y no ment¡a. He tenido la sensaci¢n, con esto, de que era una estafa, un enga¤o--Oscar dirig¡a a Laura miradas tristes buscando el asentimiento--. Sin embargo, s‚ que es o ha sido, porque ya no s‚ muy bien de qui‚n hablo, un ser incapaz del enga¤o... Esteban va a sorprendernos, tiene mucho que decir y no podemos imaginar qu‚ es. Volvieron al silencio. Caminaban lentamente. De pronto Laura dijo: --¨Sabes que conoc¡ a Esteban gracias a ti? ¨O no eres t£ quien fue a Nueva York? Oscar asinti¢. --Bueno, pues me lo encontr‚ en el aeropuerto. Cuando lo vi y me di cuenta de qui‚n era, el coraz¢n empez¢ a latirme como nunca, no pod¡a creerlo... Estaba esper ndote, eso me dijo. Hacia dos horas de la llegada de tu vuelo y ‚l estaba ah¡, esperando verte aparecer en cualquier momento... --¨Estaba esper ndome? ¨De verdad? ¨Sabes por qu‚ lleg¢ tarde? ¨Le hab¡a ocurrido algo? --No creo. Es m s, no parec¡a darse cuenta del paso de las horas. Se extra¤¢ de que tu avi¢n hubiera llegado. Pens¢ que no lo hab¡as visto y que te hab¡as marchado a casa. --Son ‚sas las cosas que nadie lograba entender en Esteban durante los £ltimos meses. Al principio, cuando lleg¢, era muy exigente con los horarios, estaba obsesionado por la puntualidad. Era capaz de suspender un ensayo si a alguno de nosotros se le ocurr¡a llegar diez minutos tarde... y de pronto comenz¢ a retrasarse. ltimamente ni siquiera aparec¡a. Era como si estuviera hechizado por otras cosas, ajenas por completo a lo cotidiano, como si hubiera estado en un lugar distinto al nuestro. Perdi¢ la noci¢n del tiempo, creo yo. Tuvimos muchas peleas por su causa. No habl bamos porque cre¡amos que ser¡a algo pasajero--dijo Oscar. --La noche en que conoc¡ a Esteban me sorprendi¢ mucho un comentario que me hizo a prop¢sito de mi interpretaci¢n de Debussy. Nadie me hab¡a comentado jam s algo parecido, y si alguna observaci¢n me hicieron fue justamente la contraria. Interrumpi¢ mi interpretaci¢n para decirme que deb¡a ir con mayor lentitud. Y en seguida me aclar¢ que no se trataba de lentitud sino de... creo que dijo de amplitud temporal. Se trataba de retener el tiempo... No lo comprend¡, pero me qued¢ claro que ten¡a una forma especial de manejarse con el tiempo, eso s¡. ¨D¢nde estamos? Mientras charlaban caminaron con despreocupaci¢n sin saber hacia d¢nde. --Es algo tarde--dijo Oscar-- Podr¡amos cenar. --Te propongo una cosa. Calculamos qu‚ casa est  mas cerca y... --De acuerdo, has ganado. Te invito a cenar. Mi casa est  a tan s¢lo tres manzanas de aqu¡. Laura sonri¢ con malicia y dijo: --Te confieso que estaba casi segura de que iba a ganar. Mi casa est  muy lejos y lo m s parecido a comida que debe de haber en la nevera jurar¡a que es una lechuga pasada y un bote de mahonesa. Laura se sent¡a pr¢xima a aquel hombre del grupo. Lo esper¢ a ‚l porque recordaba que Esteban le hab¡a dicho que eran un gran amigo suyo. Le inspiraba confianza, o no sab¡a qu‚ con precisi¢n, pero algo muy intenso. Hablaba con una voz grave, penetrante, pausadamente, y le transmit¡a a la vez una sensaci¢n de paz y de ansiedad. O no de ansiedad sino del deseo de m s paz. Se hubiese quedado con los ojos cerrados oy‚ndolo hablar a su lado sobre cualquier tema. Lo observaba y pensaba que era atractivo, de una sensualidad exquisita, extra¤a, irregular que la fascinaba. En sus manos hab¡a descubierto la firmeza y la finura de un violinista y comenz¢ a imaginar esas manos tomando las suyas, apresando su cintura... y su sonrisa toda, sus labios y sus dientes, rob ndole con ansias el aliento. Laura se sent¡a pr¢xima a aquel hombre sin saber por qu‚. Y sin saber por qu‚ estaba embarcada en la misma historia, con las mismas ganas de conocer, de adentarse, de impregnarse hasta lo m s hondo de ese sentido £nico que ordenaba todas las cosas y que presentaba a sus ojos el mundo de una forma diferente. Se estremec¡a. Gabriela caminaba r pido delante de Carlos. De pronto se detuvo, le hizo una se¤al y entraron en un bar. --Yo no quer¡a dejar de leer. Es una locura aplazarlo hasta ma¤ana despu‚s de tanto esperar. No s‚ por qu‚ se te ha ocurrido proponerlo. Carlos revolv¡a el caf‚ cabizbajo. Ten¡a que contestar. --Bueno, porque me pareci¢ que est bamos todos demasiado cargados, Marga en especial, y que no era buena idea quedarnos all¡, con tanta tensi¢n. No se puede tirar por la borda todo de golpe. Hay que actuar con calma. Todos estamos ansiosos por saber c¢mo explica y excusa Esteban su huida, no s¢lo t£. --No fue una huida. Se march¢ sencillamente. --¨Sencillamente?--grit¢ Carlos. Gabriela mir¢ a su alrededor y descubri¢ un mont¢n de ojos puestos en ellos con atenci¢n. --¨Quieres hacer el favor de no chillar? --No estoy chillando--grit¢ Carlos--. ¨A que llamas t£ sencillamente? ¨Nos dijo que se marchaba con la mirada, con valent¡a? ¨Acaso se despidi¢? ¨Se someti¢ a los reproches, a las preguntas, a la posibilidad de dejarse convencer? --Sab¡a que era in£til y que y‚ndose as¡ nos evitaba a todos el mal trago de tener que hacer frente con serenidad a su decisi¢n--dijo Gabriela levant ndose--. V monos de aqu¡; me est s poniendo en rid¡culo. --Eres por completo parcial. Lo defiendes. ¨Por qu‚ tanto, eh? Gabriela giro de pronto la cabeza y chill¢, ya en la calle: --¨Qu‚ est s insinuando? ­Di! Dilo, venga, dilo, ya sabes que estoy dispuesta a o¡r las mayores atrocidades. --Las mayores atrocidades del siglo, ¨verdad? Viniendo de m¡ no iban a extra¤arte. Mira, Gabriela, ya no aguanto m s. Gabriela hab¡a andado algunos pasos m s y volvi¢ a detenerse. --­Pues ya sabes! Lo que pasa es que t£ no soportas que Esteban se haya marchado porque ha supuesto el final de tu carrera. Eres incapaz de hacer nada genial, ni siquiera pasable por ti mismo. No soportas que se haya ido sencillamente porque te ha dejado en evidencia ante m¡ y ante todos. El gran Carlos convertido en un mediocre profesor de m£sica en una escuela de mala muerte y con un sueldo que no le llega ni para... ¨Acaso crees que es s¢lo una ‚poca pasajera? Carlos la mir¢ cerrando los pu¤os y apretando los labios. --Eres cruel le dijo. Y adem s ¨acaso t£ has hecho algo? No, nada. No has hecho nada. No vas a hacer nada. Te crees que por tener una plaza de titular en la Orquesta de la Ciudad eres m s que nadie. ­Ingenua! Eso es lo que eres. --Yo ser‚ todo lo ingenua que t£ quieras, pero no me paso con los dem s, como t£. No aguantas a nadie que te confiese que no eres nada. Y si alguien se atreve a dec¡rtelo lo hundes, lo hieres...--Gabriela dijo esto reanudando el paso. Carlos la cogi¢ del brazo y la detuvo otra vez. --Me tienes harto, ¨sabes? Harto por completo. En cuanto acabemos de leer pensamos en c¢mo solucionar lo nuestro. --Lo nuestro est  decidido. S¢lo falta actuar. Ya sabes que desde hace tiempo que he dejado de quererte, que estoy contigo porque me das pena, y su‚ltame el brazo. He necesitado todo un a¤o de matrimonio para darme cuenta de lo mezquino que eres. Te quieres s¢lo a ti mismo. --Y t£ no quieres a nadie--dijo Carlos. Gabriela le dirigi¢ una mirada triste e impotente. --Te he querido a ti. Demasiado. Pero no soporto m s tiempo el resentimiento que te corroe. Me atacas sin descanso porque yo aprob‚ las oposiciones a la Orquesta y t£ no. Nunca te has alegrado de mi suerte, jam s una palabra de aliento, un consejo. S¢lo piensas en ti y en tu frustraci¢n y en la injusticia que el mundo hace contigo por no darte la oportunidad que necesitas para demostrar que vales m s que nadie, que eres genial. ¨Qu‚ esperas ahora? ¨Un milagro? ¨Crees que algo va a cambiar, que esto ha sido un par‚ntesis? Gabriela se apoy¢ en una pared. Carlos se puso a su lado y dijo: --Basta, dej‚moslo ya. No vamos a resolver tanto fracaso acumulado, tanta frustraci¢n mal canalizada. S‚ que soy injusto contigo y con todos. --Sobre todo conmigo,--dijo Gabriela--, que te lo he dado todo. --Casi todo. Gabriela se enderez¢ y se coloc¢ ante ‚l. --¨Qu‚ quieres decir?--dijo. --Nada, nada, si no sabes de lo que te hablo es que no se te ha ocurrido nunca y por tanto no tendr¡a valor alguno si lo hicieras ahora--Carlos hablaba mirando al suelo. --¨Si hiciera el qu‚? ¨Quieres decirme de qu‚ hablas?--Gabriela hab¡a elevado la voz. --Bueno. Pues que podr¡as haber renunciado a tu plaza en la Orquesta. --¨Qu‚? --Lo que he dicho. O los dos o ninguno. --Pero, ¨de verdad que no me quieres m s de lo que esto que me dices demuestra? ¨De qu‚ iba a servirte a ti mi frustraci¢n? Crees que s¢lo para ti, "el se¤or genio", la m£sica es imprescindible para vivir, ¨no? S¢lo para ti es importante. Pues ent‚rate bien, tambi‚n yo amo la m£sica y no sabr¡a vivir sin ella, m‚tetelo en la cabeza. No servir¡a para nada si no pudiese tocar. --Yo tampoco. --A la vista est , pero s¢lo lo has intentado una vez. Te ofendiste porque no te aceptaron en la primera ocasi¢n. Pensaste: no saben lo que se pierden. T£ no amas la m£sica. El mundo tendr¡a que ponerse a tus pies s¢lo con ver c¢mo coges el viol¡n ¨no? ¨Cu ntas veces lo has tocado desde que Esteban se march¢? ¨Dos, tres? T£ no amas la m£sica, no la entiendes, no crees en ella. Tocas el viol¡n igual que hubieses podido dedicarte a ser un genial director de empresas o un ejemplar capit n de la Marina. Gabriela no quer¡a creer que su matrimonio se hab¡a convertido por fin en aquel infierno angustioso y deningrante. Se sent¡a obligada a la lucha a todas horas; contra la amargura y la sensaci¢n de impotencia, contra la imposibilidad absoluta de acercarse --tan s¢lo de acercarse--a lo que en sue¤os hab¡a imaginado. Si a£n estaba junto a Carlos era por amor. Hasta entonces hab¡a cre¡do,--porque deseaba creerlo--, que en ‚l se albergaba un ser por descubrir, que no pod¡a ser todo en ‚l tanta desconsideraci¢n. Por fuerza deb¡a conservar algo de aquel hombre rom ntico y dulce del principio, del que ella se hab¡a enamorado sin reservas. Tuvo toda la paciencia posible, esper¢ tanto como pudo, pero no m s, estaba desenga¤ada; no le quedaba m s remedio que reconocer que el disfraz fue el de antes y que Carlos era s¢lo uno y era ‚se. Mario ten¡a dos entradas para un concierto de piano. Aunque tuviese la intenci¢n de ir solo a menudo adquir¡a dos localidades con la seguridad de que se encontrar¡a con alguien a quien le apeteciese invitar. Esper¢ a que todos salieran del local y fue hasta donde Marga estaba poni‚ndose el abrigo. Intu¡a que estaba nerviosa y deprimida y que podr¡a apetecerle internarse en la m£sica de Mozart para dejar de pensar en s¡ misma. --Me encantar¡a, Mario, de verdad, pero me siento muy cansada. --Vamos, Marga, vamos. No puedes hundirte as¡. Te animar  salir un poco. --Ma¤ana tengo que levantarme temprano. --El concierto no acaba tarde; te llevar‚ a casa en cuanto termine. Lo prometo. --De acuerdo, pero antes tengo que pasar por casa para arreglarme un poco. --Te acompa¤o. Me apetece hablar contigo un rato. Y sin embargo recorrieron todo el camino hasta casa de Marga sin decir palabra, en silencio, un silencio que hablaba de Esteban, de su ausencia. Mario lo rompi¢: --No lo toleras. Igual que yo. Es horrible tener que esperar hasta ma¤ana para continuar la lectura. Pero igual de horrible era continuar hoy. --Lo s‚. Me da la sensaci¢n de estar hablando de un muerto. Es tremendo, pero es as¡. Siento a Esteban tan del todo lejano, ajeno, distante... No me parece que tenga nada que ver con nosotros, ha pasado, es s¢lo recuerdo. Todos hemos girado la p gina que nos relacionaba con ‚l, y sin embargo estamos ah¡, otra vez unidos por la misma causa, dirigidos por quien tanto tiempo nos dirigi¢. ¨No te invade una sensaci¢n parecida a la que ten¡as cuando ensay bamos? ¨No vives con la sensaci¢n de tener que hacer el esfuerzo de seguir un ritmo, de comprender una partitura, de medir el tiempo para no perderte? --Creo que todos estamos sometidos a una sensaci¢n parecida. Y Esteban no es una p gina pasada, no lo ser  jam s. Sigue en nosotros, tanto o m s presente que cuando estaba aqu¡. Antes nos ocupaba tan s¢lo cuando ensay bamos,--t£ y yo somos casos especiales--, ahora es una obsesi¢n continua para todos. Impone la necesidad de un ritmo £nico a nuestras vidas. Desde que se march¢ hemos estado esperando a que transcurriera el a¤o prometido, quiz s con la esperanza de verlo aparecer a ‚l en lugar de al texto. Y todos nos hemos reunido hoy con puntualidad y nos hemos despedido para reunirnos ma¤ana con la misma puntualidad. --Habr¡a sido mejor que no apareciese ni siquiera la carta prometida. Ha sido un error por parte de Esteban. No tendr¡a que habernos explicado nada en absoluto. Se fue, pues bien, deber¡a haber sido capaz de irse del todo, para siempre. No ha podido evitar querer explicarse, seguir ocupando un lugar f¡sico casi, por palpable, entre nosotros, un lugar no de fugitivo sino de eterno maestro. --Lo que no pod¡a prever, supongo, es que fuese un lugar tan significativo. No creo que haya querido acapararnos de esta manera; no nos supone tan d‚biles, tan carentes de emociones u ocupaciones... --S¡ lo sabe. Sabe de su capacidad para fascinar y la ha empleado. Ha creado el misterio, la ansiedad. No tendr¡a que haberlo hecho. --No hay opci¢n. Estamos embarcados. --Irremisiblemente, s¡--dijo Marga. --Irremisiblemente... llegaremos tarde al concierto si no te das un poco de prisa. Marga sonri¢ con dulzura y desapareci¢ tras la puerta de su dormitorio. Mario oy¢ que dec¡a: --Estoy en un minuto. Marga de alguna forma sab¡a, quiz  porque hab¡a compartido con Esteban tantas cosas, que todo aquello ten¡a una finalidad. Esteban hab¡a elaborado algo por completo inaccesible, algo que ni siquiera pod¡an imaginar. Marga intu¡a, quiz s por amor, quiz s por rencor--pensaba--, que aquella fuga y despu‚s aquel regreso por medio del texto ten¡an un sentido £ltimo que se le escapaba por poco. Era como si lo estuviese sintiendo pero no fuese capaz de apresarlo, de atraparlo por medio de las palabras, de la raz¢n, de su raz¢n. ¨Qu‚ paso le faltaba para comprender? ¨Quer¡a darlo? ¨Qu‚ persegu¡a Esteban? Conoc¡a a la perfecci¢n su capacidad para fascinar, su poder sobre todos ellos... Marga sab¡a que Esteban era incapaz de un acto gratuito que lo satisficiese tan s¢lo a s¡ mismo. Aquello no pod¡a ser £nicamente una lucha contra el olvido. Hab¡a detr s algo inteligente, £nico, diferente, grandioso, escalofriante. Marga se sent¡a parte de una totalidad que superaba con mucho sus horizontes de pensamiento y una absoluta impotencia para descifrar el sistema que la envolv¡a. Procuraba ampliar los m rgenes de la idea central pero encontraba siempre un tope, un l¡mite que s¢lo Esteban, de eso estaba segura, pod¡a traspasar; porque era ‚l quien dominaba todas y cada una de las coordenadas de aquel eje extra¤o que ella no lograba comprender. Era ‚l, s¢lo ‚l, quien hab¡a trazado las figuras y el plano donde distribuirlas; su manera y su direcci¢n. El movimiento y su modo. Datos, Marga barajaba datos de forma in£til, sin dar con una f¢rmula que los ordenase disponi‚ndolos con la correcci¢n necesaria para ofrecer un resultado clarificador. Demasiadas inc¢gnitas con nombre pero sin objeto. Enigma, ecuaci¢n humana, irresoluble. No conoc¡a ni tan siquiera su expresi¢n, c¢mo hab¡a sido formulada, en qu‚ t‚rminos. ¨Cu l ser¡a el sistema apropiado para despejar las equis? Abrupta geograf¡a imposible de recorrer sin ser vencida. Paisaje de un desconocido lugar. Marga se sent¡a como habitando un profundo valle circundado por lisas monta¤as verticales e inaccesibles, dif¡ciles de escalar, de bordear, de atravesar, de penetrar. Detr s habr¡a algo que explicase no sab¡a qu‚ con exactitud. Laura fumaba un cigarrillo c¢modamente reclinada en el sof . Oscar apareci¢ con la bandeja del caf‚. --No se te da nada mal lo de la cocina, ¨eh? Estaba delicioso--dijo Laura. --Me alegra que te haya gustado--Oscar le sonre¡a. Se hab¡a sentado frente a ella y la miraba a los ojos--. Debo confesarte que es lo £nico que preparo con la casi certeza de que va a salir lo que espero. Laura se acerc¢ a los labios la taza de caf‚. --­Est  hirviendo! Un poco m s y me quemo viva. --Lo siento. No pens‚ en avisarte de que caliento las tazas. Me encanta el caf‚ bien caliente; m s que caliente, abrasador--contest¢ Oscar. Laura dirigi¢ la vista al tocadiscos y pidi¢ a Oscar que pusiera alguna grabaci¢n del grupo. --¨Qu‚ prefieres?--pregunt¢ Oscar. --Elige t£. Por cierto... T£ y Gabriela sois los £nicos que segu¡s dedicados a la m£sica como profesi¢n, ¨no? Quiero decir a la interpretaci¢n... Oscar la cort¢. --S¡, es lamentable, pero s¡. Los dem s todos han tomado diferentes caminos. Lo de la m£sica es terrible, de pronto todo, de pronto nada. --No me lo cuentes a m¡. S‚ lo dif¡cil que es. --Esta grabaci¢n es de una audici¢n en Sidney, creo que te gustar . Esteban qued¢ muy satisfecho. De la audici¢n, claro, no de la grabaci¢n. Con las grabaciones jam s estaba conforme. Y es verdad que no es lo mismo pero, lo que fundamentalmente se pierde, creo yo, es el esp¡ritu del m£sico, es decir, el alma, desde el punto de vista del que asiste al concierto, claro. Las grabaciones pierden la emoci¢n indescriptible que confiere la humanidad, la fr gil perfecci¢n expuesta al error o a la secreta variaci¢n. Esteban sab¡a envolvernos tan incre¡blemente en esa atm¢sfera; transport ndolo todo, la m£sica, los art¡fices, el p£blico, todo se trasladaba con ‚l m s all . Eso una grabaci¢n no puede recogerlo. --He estado en conciertos suyos. Es inigualable. --Es algo as¡ como magnetismo--dijo Oscar--. No s‚, es inexplicable. Ha cambiado todas nuestras vidas. Las trastoc¢. Las trastoca. De hecho... te conozco gracias a ‚l. Y por ejemplo, imag¡nate... no estoy loco, ¨eh?, es s¢lo una suposici¢n, una hip¢tesis, una conjetura, quiero decir que no me tomes por un. . . --Dilo--dijo Laura cort ndolo. --Bueno, pues imag¡nate por un momento, por ejemplo, que t£ y yo nos enamor ramos. Ser¡a tan s¢lo porque t£ conociste a Esteban y porque yo fui su mejor amigo. --¨Tan s¢lo?--contest¢ Laura divertida. --Si no hacemos literatura, s¡, tan s¢lo. --Todos buscando a Esteban en los dem s. Esto ya me parece exagerar. Oscar se levant¢ del sof  y se le acerc¢. De cuclillas ante ella le dijo: --Es l¢gico que no hayas captado a Esteban. No has llegado a ‚l, no has comprendido su dimensi¢n inalcanzable. A£n no. No tuviste tiempo. Su poder no ha tenido tiempo todav¡a de someterte. --¨Su poder? --Al fin y al cabo es de lo que se trata. Un poder extra¤o, hipn¢tico. Date cuenta. T£ has venido hoy a la reuni¢n. Has tenido todo un a¤o para olvidarte del asunto o, por lo menos, para olvidar la fecha exacta, el d¡a de la cita. Pero has sido tan precisa como cualquiera de nosotros. --Ya te dije que apunt‚ en mi agenda el d¡a y que me intrigaba. --No te excuses, no lo necesitas. Yo estoy igual. Est bamos esperando desde hace un a¤o poder reiniciar la vida, la vida con un sentido determinado, fijo, rueda central que dirija con sus engranajes nuestro ritmo, nuestra ilusi¢n y que le otorgue a la vida una finalidad. El rompecabezas ya tiene todos sus elementos a punto. ¨Acaso tienen otra finalidad las piezas de un rompecabezas que la de alcanzar a unirse entre ellas para abordar un sentido total? Por s¡ solas tienen un m¡nimo significado, el de la carencia del todo que siempre afecta a la parte. Bien, pues nosotros tomamos parte en este juego de esa misma forma. Necesitamos realizarnos por fin como una sola expresi¢n. S¢lo juntos conseguiremos establecer un c¢digo que nos permita avanzar, movernos sabiendo que hemos partido de alg£n lugar, conociendo nuestra funci¢n y reconociendo nuestras limitaciones como individuos. S¢lo as¡ podremos seguir adelante, empezar a formar estructuras y a tener un sentido. Las partes de un rompecabezas si no tienden a unirse no tienden a nada, y no evolucionan. Permanecen est ticas, inm¢viles e iguales casi mismas sin cambio posible, sin recuerdo, sin memoria. O sea, muertas. No son nada. Mientras no entienden qu‚ son y para qu‚ son, no existen m s que en potencia, como posibilidad de realizarse un d¡a no s¢lo en el tiempo sino tambi‚n en el espacio. Laura no estaba segura de haber entendido y dijo: --A ver si me aclaro. Quieres decir que son part¡culas exclusivamente temporales, est ticas, inamovibles, que no tienen ninguna realizaci¢n. --­Exacto! No hay vida... Luego no hay volumen. No hay volumen... no hay cambio. ¨Comprendes ahora la importancia de Esteban y su carta? --Me ha parecido brillante tu exposici¢n, pero creo, con sinceridad, que te has dejado llevar un tanto por la necesidad de literaturizar la experiencia. Y no te lo reprocho, la poes¡a es el £nico alimento posible para nuestro esp¡ritu. Los dos se quedaron callados, la mirada en alg£n punto de la sala, como piezas a¤adidas a un rompecabezas por equivocaci¢n, que de pronto sintieran extra¤amiento y observaran por ello con atenci¢n d¢nde est  el error que las induce al v‚rtigo y a la intranquilidad. Gabriela y Carlos anduvieron todo el camino hasta su casa sin dirigirse la palabra. Gabriela iba delante y en cuanto lleg¢ se dirigi¢ al tel‚fono. Marc¢ y dej¢ que sonara varias veces. No contestaban. Volvi¢ a intentarlo pero Mario no atendi¢. Decidi¢ llamar a Oscar. Era probable que estuviera en casa ensayando para el concierto del s bado. --¨Oscar? Hola, soy Gabriela; quiero pedirte un favor. ¨Podr¡a pasar la noche en tu casa? Estoy algo deprimida. He discutido con Carlos, y adem s me gustar¡a consultarte una o dos cosas sobre alg£n pasaje del concierto. --No hay ning£n problema; es m s, podr s empezar a conocer a Laura, que ha venido a cenar. --¨Prefieres que no vaya? Sabes que puedes dec¡rmelo tranquilamente. --No seas rid¡cula. Hay la suficiente confianza, ¨no? ¨Te preparo algo para cenar? --No, gracias. No tengo nada de hambre. S¢lo quiero distraerme un poco y dormir con tranquilidad. Estar‚ all¡ dentro de un rato. Y colg¢. Carlos y Gabriela estaban sentados uno frente a otro en la mesa. --No entiendo por qu‚ tienes qu‚ comunicar a todo el mundo que t£ y yo tenemos una crisis. Gabriela hizo un gesto de sorpresa y contest¢: --No me hagas re¡r. Primera, Oscar no es todo el mundo. Segunda, no hace falta que yo diga nada a nadie para que se sepa que t£ y yo no estamos bien. Y tercera, no tenemos una crisis. Ya no. No tenemos nada, excepto el problema de estar juntos bajo el mismo techo compartiendo un mont¢n de cosas. Carlos apur¢ su vaso de vino y con un tono c¡nico contest¢: --Que habr  que repartir muy sabiamente, claro. El gesto de Gabriela mostr¢ el asco que sent¡a por el comentario que Carlos acababa de hacer. No le contest¢. Cogi¢ su chaqueta y su bolso y sali¢ sin despedirse. Un instante antes de cerrar la puerta oy¢ a Carlos gritar: --­Gabriela! ­No te marches! ­Ven aqu¡! ­Te vas a arrepentir! Baj¢ corriendo las escaleras. Tem¡a que Carlos la siguiese, que se abalanzase tras ella. Lo oy¢ abrir la puerta y gritar insultos y amenazas como un energ£meno, pero no baj¢. Todos acabamos cans ndonos, despu‚s del dolor, del desamor. No se aguanta demasiado tiempo el insomnio, la frustraci¢n y el llanto. --Ni la imaginaci¢n. Porque uno imagina cosas que jam s suceder n... Oscar se qued¢ callado, como abstra¡do por alguna idea. --Te has quedado mirando fijamente a ning£n sitio. Supongo que no pretender s contarme un amor plat¢nico de tu adolescencia, cuando te enamoraste hasta casi el suicidio de tu profesora de piano, por ejemplo. No pretender s cont rmela y que yo te escuche, ¨verdad? --Por eso estaba tan calladito. De todos modos, no creo que est‚ dem s decirte que fue una de las experiencias. . . Que m s te marcaron; fue traum tico. Te hizo tanto da¤o, tanto... ¨Crees que yo no tuve un profesor de piano? ­Gabriela! Debe de ser ella. Han tocado el timbre. Laura se puso de pie de un salto, aplaudiendo con alboroto. --De acuerdo--dijo Oscar en voz baja--, te salvas por esta vez, pero te lo advierto, no pasar  demasiado tiempo sin que t£ oigas esa historia. --­Qu‚ horrible amenaza! Oscar fue a abrir la puerta. Gabriela se dirigi¢ hacia Laura nada m s entrar. --Hola, ¨qu‚ tal? ¨c¢mo te trata este energ£meno? --Bien, hasta ahora. No sabes lo oportuna que has sido llegando justo en este momento, en este preciso momento. Oscar pretend¡a encajarme un golpe de nostalgia trasnochada y yo casi hab¡a cedido, por educaci¢n, a la dura tarea de ser oyente de semejante tortura. Una, que es sufrida. Pero es estupendo que hayas venido. --Lo £ltimo no lo discuto--dijo Oscar--, pero respecto a lo anterior me parece que exageras un poco. Es estupendo que hayas venido, Gabriela, pero no hagas caso de lo dem s, ni siquiera me ha dejado empezar, con lo cual no puede saber con certeza si lo que iba a contarle era o no intolerable.-- --Bueno, bueno, calma--dijo Gabriela dej ndose caer en el sof --me temo que no estoy tan l£cida como para considerar las posibilidades que ten‚is ambos de llevar raz¢n, as¡ es que... sin comentarios. ¨Qu‚ tienes para beber? Dame algo que me anime un poco. Vengo con los  nimos por el suelo. --Te pongo un whisky. ¨Vas a querer t£ tambi‚n, Laura?--dijo Oscar. Laura asinti¢ y su sonrisa inund¢ los ojos complacientes que Oscar ten¡a puestos en ella. --Ten¡a ganas de verte. Oscar me ha contado que aparte de ‚l eres la £nica que sigue dedic ndose a la m£sica. Es una suerte. Me imagino que las oposiciones por las que pasaste fueron muy duras. --S¡ que lo fueron. Aunque lo peor es la tensi¢n nerviosa a la que est s sometida; las manos te traicionan, los dedos se te agarrotan o resbalan, te falla la memoria en los pasajes en los que m s la necesitas. Pero claro, el jurado ya cuenta con que no tocas al cien por cien de tus posibilidades y todos estamos igual de nerviosos. Gabriela hablaba dando vueltas a los cubitos en su vaso. Tras un momento de silencio volvi¢ a dirigirse a Laura: --T£ eres pianista, ¨no? Laura respir¢ hondo antes de contestar. --Soy profesora de piano. No s‚ si soy pero al menos de ello ejerzo y as¡ me gano la vida. El rostro de Gabriela se ensombreci¢. Pens¢ que Laura estaba en el mismo caso que Carlos; la misma impotencia, el mismo dolor. De inmediato le dijo: --S‚ lo terrible que resulta no encontrar una buena oportunidad. Carlos est  desesperado. --Para los pianistas es muy dif¡cil. Ser solista es algo muy grande y hay muy pocos que lleguen. Esteban me hab¡a ofrecido la primera oportunidad seria de mi vida. Si se hubiese quedado, tal vez... El tono de Gabriela se endureci¢ al contestar a Laura: --Ya; la marcha de Esteban nos ha dejado a todos con las ilusiones pendientes. Pero no hay remedio. Hay que partir de lo que tenemos, de su ausencia, aunque sea poco o nada. No podemos apoyarnos o consolarnos en lo que habr¡a sido si Esteban se hubiese quedado entre nosotros. Es in£til ponerse a considerar lo que habr¡a podido ser. Podemos equivocarnos. Y por otra parte no puede tener una finalidad constructiva lamentarse de lo que no sucedi¢ ni suceder . se ha sido el fallo de todos, y me incluyo, claro est ; quedarnos pensando que nos resign bamos a esta suerte porque de haberse quedado Esteban habr¡amos sido capaces, sin duda alguna, de labrarnos el mejor de los perfiles profesionales. ­Ja! Me r¡o yo de esas suposiciones. Somos lo que habr¡amos sido en cualquier circunstancia; unos cobardes que no se atreven a reconocer su mediocridad y su vergonzoso conformismo. Perdona si soy demasiado dura, pero me indigna todo esto. La compa¤¡a de Esteban nos otorgaba la calidad, los sue¤os de grandeza... Esteban el rey y nosotros los s£bditos. ¨Y qu‚? Eso no excusa nuestra situaci¢n actual, nuestra dependencia... Todos creemos que al final del texto encontraremos la soluci¢n a nuestras vidas, la f¢rmula de la continuidad y del triunfo... Lo £nico que descubriremos es que estamos atados de pies y manos, ya solos ante la libertad ¨y qu‚ vamos a hacer con tanta?, ¨eh? Gabriela se qued¢ mirando con insistencia a Oscar y Laura, que permanecieron callados sin saber qu‚ decir. Gabriela se esforzaba por no derramar las l grimas que se mostraban brillantes en sus ojos. ##224# --¨A qui‚n?--preguntamos. --Al grumete, a los dos grumetes--dice. Eso nos anima. El Sop¢n se frota las manos, como satisfecho por las palabras del Beto. Y no es para menos: si el viaje comenzara en medio de preguntas sin respuesta nadie estar¡a tranquilo. Pero enseguida recordamos las palabras del Capit n: no hay de qu‚ preocuparse. Entonces se produce una distensi¢n, un dejarse estar a la espera de los acontecimientos. El viaje reci‚n empieza, cualquiera lo ve. Basta con mirar alrededor para saberlo. Y adem s, est n las palabras del Capit n, de veras tranquilizadoras. Al menos en lo inmediato. Tambi‚n el mapa, su existencia, en la que nadie ha reparado a£n, apuntala esa tranquilidad. Nos parece que todo comienza viento en popa, sin contratiempos, nada inquietante. Por ahora. ¨Acaso alguien o algo nos amenaza? El buque entero, los camarotes, el ancla, esto y aquello, todo en definitiva nos sosiega, nos hace presumir que cada cosa, dentro y fuera de la embarcaci¢n, permanece en su sitio. El Beto asiente. Luego dice que s¡, que todo le parece muy bien. El Sop¢n se frota las manos. El Beto tiene raz¢n: aqu¡ estamos, no hay porqu‚ sofocarse. Sin duda, lo principal contin£a siendo lo dicho por el Capit n. No hay de qu‚ preocuparse, eso ha dicho, como todo el mundo lo sabe quiz  de mucho antes que nosotros. ¨C¢mo han podido saberlo antes? ¨S¢lo porque embarcaron primero? S¡, probablemente debido a eso. El azar, lo fortuito, les ha permitido enterarse con antelaci¢n. Pero aun siendo as¡, ¨qu‚ m s da? Los conocimientos prematuros sirven de poco. --S¡, ¨qu‚ m s da?--exclama de pronto el Sop¢n. Luego pensamos en el Capit n. Nos viene a la cabeza como lo m s normal del mundo. Lo pensamos como alguien que tras a¤os de estudios, ex menes y pruebas, ha logrado hacerse con el capitaneado del buque. Alguien que sin estudio alguno, tras a¤os de aprendizaje autodidacta y meramente pr ctico, se ha hecho con el capitanato del buque. Y al momento se nos ocurre que, lo mismo que en ese Capit n, tambi‚n podemos pensar en todos los Capitanes, me refiero a todos, sin excepci¢n. La deducci¢n sorprende al Beto, lo inquieta. El Sop¢n se echa a temblar. Ni siquiera yo mismo logro tenerme en pie. Entonces lo olvidamos enseguida, no pensamos m s en los Capitanes en general, en los Capitanes que d¡a y noche surcan los siete mares en infinidad de buques, embarcaciones, veleros. --­No!--grita el Sop¢n. --Est  bien--le digo--, no temas. Y nuevamente s¢lo pensamos en nuestro Capit n, aquel que ha dicho: no hay de qu‚ preocuparse. El mismo que tras a¤os de estudios, ex menes y pruebas, se ha hecho con el capitanato del buque. El mismo que, sin estudio alguno y tras a¤os de aprendizaje autodidacta y meramente pr ctico, ha logrado hacerse con el capitanato del buque. Este en el que ahora navegamos surcando las aguas. --­S¡!--grita el Sop¢n. Pero cuando a ra¡z de aquellas palabras impera esa distensi¢n, ese dejarse estar, al Sop¢n se le ocurre ir donde el Capit n a confirmar sus dichos. Dice que ir  enseguida, ahora mismo: se incorpora de un salto, choca contra la cama de arriba, se agarra la cabeza, masculla algo inentendible, da un paso, pierde el equilibrio por culpa de un sacud¢n, va de perfil contra el armario, se suelta la cabeza un momento, mira la puerta del camarote, retrocede indeciso, se acuesta de nuevo y cierra los ojos. Enseguida tengo que disuadirlo, explicarle que nada ganar  con forzar la situaci¢n, que ser  muy dif¡cil, casi imposible, dar con el camarote del Capit n. Y que si diese con ‚l, con el camarote, ¨qui‚n le asegura que dentro est‚ el Capit n? Le digo: el Capit n puede permanecer en cualquier sitio de la nave, por ejemplo, en la sala de m quinas o en las bodegas. Nadie puede obligarle a mantenerse todo el rato en su camarote, ni siquiera el Segundo de a bordo. Y que si efectivamente estuviese en su camarote, ¨qui‚n puede afirmar que ten¡a ganas de darle explicaciones a ‚l, al Sop¢n? El Capit n, que a toda hora se ve sometido a m£ltiples preguntas y requerimientos de sus Oficiales, ¨tendr¡a al menos un minuto para dedicarle al Sop¢n? No, imposible, ni un minuto, ni un segundo, nada. Por otra parte, el viaje reci‚n empieza, nadie conoce todav¡a los laberintos del barco. Al fin, el Sop¢n acepta volver a su cama, sin dejar de gritar que quiere ir al camarote del Capit n. Dice que ir  enseguida, ahora mismo. El Sop¢n causar  problemas y s¢lo problemas. Lo presiento. Es muy dif¡cil sujetarlo. No se est  quieto ni un instante. Salta de un lado a otro como un grillo. Ya antes de embarcar acarre¢ dolores de cabeza, lo recuerdo: el dedo, el dedo que se machac¢ contra el marco de la ventana, el cami¢n de Carrasco. Y todo lo dem s. nicamente le distrae que le cuenten historias. El cielo est  cubierto. Un remolcador nos escolta hasta la salida del puerto. Luego, la embarcaci¢n del Pr ctico gu¡a al buque por los vericuetos del canal de acceso. El canal de acceso es muy importante, han dicho. Quiz  el canal de acceso es lo m s importante de todo. Sin ‚l, ning£n buque de gran calado podr¡a entrar ni salir de puerto. Los buques, sin canal de acceso, sencillamente quedar¡an encallados, no podr¡an avanzar ni para atr s ni para adelante. Por doquier hay bancos de arena, la resaca se amontona en el lecho del estuario, etc. --¨Qu‚ se hace al respecto?--pregunta el Sop¢n. Se toman medidas, eso antes que nada. Nadie concibe que no se adopten medidas, incluso medidas extremas. No prestarle atenci¢n ser¡a muy arriesgado. Suicida casi. Las medidas resultan entonces de m xima prioridad. En todo caso, urgentes, impostergables. Necesarias. Es como un rumor, un murmullo que obliga a tomar medidas, instrumentarlas sin p‚rdida de tiempo, resolverse por una cosa u otra, implementarlas con todos los medios disponibles. Llevarlas a buen fin, vigilar su cumplimiento, etc. --¨Qu‚ medidas?--pregunta el Sop¢n. Por ejemplo, dragados continuos. Los dragados nunca se descuidan, el asunto se encara con seriedad. Nadie pasa por alto los dragados. Ni las autoridades portuarias ni las civiles ni las militares. Dedican la mayor parte del tiempo a los dragados, esto es, acci¢n y efecto de dragar. Y dragar en cuanto ahondar, limpiar con dragas los puertos de mar, los r¡os, etc. As¡ lo entiende la gente, incluso la mayor¡a de la gente. Temen que el canal de acceso se tapone de barro, se llene de fango y porquer¡a. Eso teme la gente en general. Los ciudadanos de cualquier signo ocupan su cabeza en pensar y reflexionar acerca de los dragados. El asunto es serio, no puede soslayarse. Hacerlo representar¡a una irresponsabilidad. D¡a y noche se habla sobre c¢mo volver m s efectivos los dragados, hasta ahora est‚riles. La palabra eficacia prevalece con respecto a cualquier otra. El puerto s¡ est  muy bien, una bah¡a natural adecuada y pintoresca, inmejorables condiciones naturales. Nadie lo discute, hay pleno acuerdo. Por las tardes, las madres acuden con sus hijos a contemplar el paisaje. S¡, una bah¡a muy buena, de lo mejor. Sin embargo, para los dragados s¢lo hay dos viejas dragas de cuchara. Pese a ello, se entiende por draga la m quina empleada para ahondar y limpiar puertos de mar, r¡os, canales, etc., extrayendo de ellos fango, piedras, arena, etc., y, por extensi¢n, cualquier maquinaria destinada a extraer tierras y minerales blandos, o  ridos. Consta naturalmente, la draga, de un casco adecuado para flotar estable, el cual lleva, aparte los ¢rganos esenciales para el dragado, un aparato propulsor que le permite movimientos aut¢nomos. Las actuales dragas son de cuatro sistemas: de rosario, de cuchara, de quijada y de succi¢n. Tambi‚n se entiende por draga el barco que lleva tal m quina. E incluso puede hablarse de draga en cuanto Draga, reina de Servia por su casamiento en julio 1900 con el rey Alejandro I. No obstante eso, en 1903 fue asesinada en su palacio, juntamente con su esposo, hermanos y algunos partidarios, por oficiales del ej‚rcito sublevado. Asimismo, se admite el galicismo dragage por dragado. Y as¡, con s¢lo dos viejas dragas no puede hacerse frente a los acontecimientos, no puede hacerse nada: los dragados resultan insuficientes a toda hora, la porquer¡a se amontona al menor descuido, etc. --¨Y entonces?--pregunta el Sop¢n. La vigilancia en el canal de acceso es constante, ineludible. Del asunto se encarga una comisi¢n de vigilancia, la denominada Comisi¢n de Vigilancia. Y dicha comisi¢n no cesa de vigilar veinticuatro horas al d¡a. Los ciudadanos conf¡an ciegamente en ella, depositan las esperanzas comunes en su celo. Entonces, al primer indicio de porquer¡a acumul ndose en el fondo del estuario y alrededores del canal de acceso, se radian ¢rdenes concretas al respecto. Por ejemplo, a la draga-uno que zarpe inmediatamente, inclusive a medianoche, rumbo al lugar del amontonamiento. Si no basta, m s tarde se env¡a la dragados. Pero si a£n resulta insuficiente, deben instrumentarse otras medidas, medidas de emergencia, etc. S¢lo existen dos dragas, todo el mundo lo sabe. Los ciudadanos conocen cada detalle referente a las dragas y los dragados. Y aun de ese modo, al punto surgen problemas insolubles, verdaderos atolladeros: el Capit n de la draga-uno, que arrastra un odio ciego contra el Capit n de la draga-dos, y viceversa. La cosa viene de antes, de muy atr s. Asunto de faldas, seg£n rumores. Una mujer, quiz  dos. Los entendidos lo discuten noches enteras. Imposible acertar, las dudas no se disipan. Algo horrible, la poblaci¢n preocupada, etc. Por ello no sirve de nada enviar las dragas al mismo sitio. Ni siquiera se les permite echar amarras en el mismo muelle. A la Comisi¢n de Vigilancia, que debe velar por la integridad de ambas dragas, el caso le preocupa. Ahora mismo, indicio de tal preocupaci¢n por las disputas y rencillas entre Capitanes, se gestiona el traslado del Capit n de la draga-uno a la refiner¡a de petr¢leo. All¡ le ocupar n en cualquier cosa, tareas como destilar alcohol o llenar bidones. Pero los tr mites son muy lentos, interminables. A cada paso debe rellenarse un papel, varios papeles, en general formularios ya impresos y de dificultosa comprensi¢n. Los jerarcas del petr¢leo hacen o¡dos sordos a las s£plicas portuarias, se desentienden, ocupan la jornada en tareas propiamente petrol¡feras y almacenamiento de carburantes. En ese sentido, el ciudadano medio se ve afectado por la insensibilidad manifiesta en las dependencias que obstaculizan los tr mites. ¨Por qu‚?, se preguntan unos a otros. Incluso las mujeres no cesan de preguntarse ¨por qu‚?, etc. --¨Y entonces?--pregunta el Sop¢n. El principal problema es el arrastre de arena producido por la cercana desembocadura de un r¡o. --¨Un r¡o caudaloso?--pregunta el Sop¢n. El principal problema es el arrastre de arena producido por la cercana desembocadura de un r¡o caudaloso. No conviene destinar ambas dragas a excavar la porquer¡a, pues entonces la arena se acumular¡a a su antojo. Como todo el mundo sabe, eso es lo realmente peligroso. La posibilidad de la arena taponando el canal de acceso atemoriza al ciudadano medio. Y a los ciudadanos en general, sin distinci¢n. El canal de acceso puede esfumarse en un santiam‚n. Resulta que el canal de acceso puede desaparecer en un minuto. Horrible. Los buques encallados para siempre, etc. --¨Para siempre?--pregunta el Sop¢n. En principio s¡, para siempre. D¡a y noche, los buques encallados. No se sabe c¢mo arreglar el l¡o de la arena, la avalancha puede desencadenarse en un segundo, por ejemplo de madrugada, cuando hasta los atalayas duermen. O al atardecer, apenas se oculta el sol. La inseguridad es total, etc. --¨Y entonces?--pregunta el Sop¢n. Pese a todo, como queda dicho, si bien lo peligroso para el canal es la arena, para el territorio lo es la porquer¡a, la monta¤a de porquer¡a latente. Toneladas de porquer¡a de pronto sobre las instalaciones portuarias, el barrio antiguo, la zona comercial, el centro urbano, las avenidas, los parques, los barrios residenciales, los suburbios. Frente a tal eventualidad, el canal de acceso resulta totalmente secundario. Entonces, l¢gicamente puede afirmarse que el futuro entero depende de aquellas dragas, la uno y la dos. La Comisi¢n de Vigilancia incluso solicita, mediante los procedimientos de estilo, que Tesorer¡a destine fondos para una nueva draga, una de quijada. Pero no, no hay caso, las solicitudes ni siquiera llegan a Tesorer¡a, se extrav¡an a mitad de camino. Los procedimientos de estilo, como todo el mundo sabe, cada d¡a resultan m s engorrosos, lentos, hinchados de firmas y sellos oficiales. Expedientes rechonchos de folios. Informes, dict menes, veredictos, resultandos, considerandos, vistos, decisiones administrativas contradictorias, vetos inesperados, plazos perentorios, apelaciones, etc. En verdad, un infierno. El ciudadano medio no lo ignora, naturalmente. Y en tanto, todo peligra desaparecer bajo oleadas de mierda y porquer¡a desatadas cualquier d¡a. Sin embargo, pese al peligro, el territorio entero permanece recubierto de merengue y confitura mientras debajo hierven toneladas de mierda lista para erupcionar: chorros surgentes, manantiales subterr neos transformando aquel merengue blanco y azucarado en un inmenso charco de esti‚rcol y pus. Ya se advierte su avance en los puntos cr¡ticos, como por ejemplo las zonas rurales: la mierda presiona de abajo y revienta la fina capa de merengue. Huele mal, muy mal. Se hubiese necesitado una determinaci¢n firme, una acci¢n directa y eficaz sobre los focos infecciosos, no perder un segundo, etc. Sin embargo, s¢lo se piensa en el canal de acceso y sus consecuencias, nadie ve la mierda en todas partes, oculta, provocando for£nculos aqu¡ y all , manando de las profundidades, etc. El Sop¢n pregunta si estamos aqu¡, en este buque que se adentra en el mar, por culpa de la mierda: se incorpora de un salto, choca contra la cama de arriba, se agarra la cabeza, masculla algo inentendible, da un paso, pierde el equilibrio por culpa de un sacud¢n, va de perfil contra el armario, se suelta la cabeza un momento, mira la puerta del camarote, retrocede indeciso, se acuesta de nuevo y cierra los ojos. Luego pregunta si estamos aqu¡, en este buque que se adentra en el mar, por culpa de la mierda. Le digo si no recuerda que est bamos sentados cuando lleg¢ la noticia: el barco zarpa por la ma¤ana, a primera hora. --­S¡!--grita el Sop¢n. Deb¡amos apresurarnos, el tiempo era oro. Los £ltimos preparativos permanec¡an inconclusos. Echamos manos a la obra. --­S¡!--grita el Sop¢n. Cuando de repente lleg¢ la noticia, a£n est bamos sentados: el barco zarpa por la ma¤ana, a primera hora. ¨Cu ndo?, preguntamos. Ma¤ana a primera hora. Muy bien, pasamos la noche ultimando los preparativos, atiborrando maletas, etc. Luego fuimos por transporte, alguien que nos llevase al puerto. Pero quiz  result¢ s bado: no conseguimos nada, as¡ de simple, nada de nada. Los camioneros fueron los primeros en negarse: no dispon¡an de sitio para nosotros ni para el equipaje, mucho menos para el equipaje. Tampoco circulaban trenes hasta la ma¤ana. El cielo estaba cubierto y gris. Regresamos desanimados, cabizbajos. Nos sentamos y de repente alguien lleg¢ con la noticia: el barco zarpa por la ma¤ana, a primera hora. Vuelta a la calle. Esta vez chocamos con la negativa de los camioneros: no hay sitio, ni un cent¡metro, nada. Y luego dijeron: int‚ntenlo con Carrasco. ¨Qui‚n es Carrasco?, preguntamos. Tiene un peque¤o cami¢n, un veh¡culo, exclamaron los camioneros. --­S¡!--grita el Sop¢n. Carrasco dijo: s¡. Dijo: hay sitio, no es problema. Y enseguida: ¨cu ntos son? Tres, dijimos. Est  bien, dijo. A las once pasar‚ a recogerlos, dijo. A ustedes y al equipaje, dijo. Era necesario partir en este barco del modo que fuese, no pod¡amos dejar que la mierda nos tapase la cabeza. Ya est bamos hasta la cintura. S¡, se ve¡a desde una milla: la mierda a la cintura. Cada d¡a el nivel ascend¡a un cent¡metro, o medio cent¡metro. A las once, dijo Carrasco. Regresamos a ultimar los detalles finales, maletas y todo eso. --­S¡!--grita el Sop¢n. Para reunir el dinero de los pasajes no hubo m s remedio que venderlo todo. Al mejor postor, dijo el subastador y se embols¢ la tajada m s gorda. Muy bien, dijimos. Al mejor postor, dijimos. La operaci¢n dur¢ tres meses. En tanto, Garc¡a nos comunic¢ la fecha en que zarpar¡a el barco. El veintitr‚s, dijo Garc¡a. Entonces, reunida la suma y pagos los pasajes, Garc¡a lo confirm¢: el barco zarpa ma¤ana, a primera hora. Y al punto llamaron a la puerta. ¨Qui‚n est  ah¡?, preguntamos. El cami¢n de Carrasco. ¨Qu‚ quiere usted?, gritamos. Ven¡a por nosotros y el equipaje. Acabamos a toda prisa con las maletas y en las urgencias por subirlas al cami¢n, el Sop¢n se aplast¢ un dedo contra el marco de una ventana. ¨Qu‚ ocurre ah¡?, grit¢ Carrasco. Nada, dijimos. El Sop¢n aullaba. Las maletas cayeron al suelo. Cuando logramos reunirlas, el Beto dijo: hay alguien ah¡. Miramos. El cami¢n de Carrasco. Ven¡a por nosotros y el equipaje. El Sop¢n jalaba las maletas. Carrasco dijo: un dedo aplastado no presagia nada bueno. Cuando las maletas estuvieron listas, apareci¢ el cami¢n de Carrasco. Es ‚l, grit¢ el Beto. --­S¡!--grita el Sop¢n. Entonces llamaron a la puerta. ¨Qui‚n hay ah¡?, preguntamos. Carrasco. Llegaba en hora, las once en punto. Enseguida vino Garc¡a y dijo: el barco zarpa por la ma¤ana. Y luego agreg¢: una oportunidad £nica. Y prosigui¢: si pudiese hacerlo, tambi‚n yo me escurrir¡a al buque, no me lo pensar¡a dos veces. Nos observ¢ y repiti¢: una oportunidad £nica. Despu‚s se acerc¢ Carrasco y dijo: si pudiera hacerlo, tambi‚n yo me zampar¡a a ese barco del demonio, igual de fogonero. Pero no pod¡a, sus compromisos familiares y laborales lo maniataban al territorio y a sus peligros. Estoy atado a la mierda, exclam¢. Garc¡a asinti¢, y luego confirm¢ que la explosi¢n de mierda era inminente. No pasar¡a mucho sin que la mierda explotara como una bomba, la porquer¡a presionaba en todas partes, el merengue ced¡a. V monos, grit¢ Carrasco. --­S¡!--grita el Sop¢n. De repente, todo el mundo hablaba acerca de un c¢ndor que hab¡a atacado a una ni¤a: descendi¢ de golpe y le clav¢ las garras en la espalda, la elev¢ por los aires hasta la cima de una monta¤a y all¡ le enterr¢ el pico en la garganta. La madre, impotente y angustiada, lo hab¡a presenciado todo e incluso hab¡a gritado pidiendo auxilio. Nos enteramos al llegar a puerto. Un hombre gordo se acerc¢ y exclam¢ que un c¢ndor acababa de atacar a una ni¤a, algo imprevisto. ¨Un c¢ndor en estas latitudes?, pregunt¢ el Beto. Carrasco se march¢, no sin antes consolar a la madre de la ni¤a. Garc¡a dijo: buen viaje. As¡ hasta que el buque solt¢ amarras, etc. El Beto asiente. Eso tranquiliza al Sop¢n, que se frota las manos como impaciente. De pronto se incorpora de un salto, choca contra la cama de arriba, se agarra la cabeza, masculla algo inentendible, da un paso, pierde el equilibrio por culpa de un sacud¢n, va de perfil contra el armario, se suelta la cabeza un momento, mira la puerta del camarote, retrocede indeciso, se acuesta de nuevo y cierra los ojos. El cielo est  cubierto. Un remolcador nos escolta hasta la salida del puerto. Luego, la embarcaci¢n del Pr ctico gu¡a al buque por los vericuetos del canal de acceso. Lo primero que vemos es el mar picado. Incluso el Sop¢n, apenas abre los ojos, lo ve. El cielo cubierto y el mar picado. La embarcaci¢n del Pr ctico se zangolotea como una c scara: hunde la proa y emerge, hunde la proa y emerge, hunde la proa y emerge. A estribor. El Pr ctico, prendido al tim¢n y d ndose contra los tabiques de la cabina, apenas visible. El cielo y el mar de id‚ntico color: gris. El Beto dice que, seg£n su parecer, el gris no deber¡a ser verdaderamente un color. --¨Por qu‚?--pregunto. Porque en primer lugar le provoca tristeza, a ‚l, un abatimiento que se prolonga durante horas, dice. Y en segundo lugar, agrega, ‚l asocia la palabra color al blanco pero nunca al gris. Nos explica que se trata de una asociaci¢n involuntaria arrastrada desde la infancia, o de antes. El Sop¢n no entiende el razonamiento y se rasca la cabeza. Luego pregunta: --¨Blanco? --S¡, blanco--dice el Beto. --Miren all --exclamo, para distraerlos de la disputa que se avecina. El Beto y el Sop¢n ri¤en a la primera oportunidad. --¨D¢nde?--preguntan al un¡sono, alarmados. --­All !--repito, y se¤alo con el dedo. Entonces vemos el cielo y el mar fundi‚ndose en un gris plomizo, continuo, el mismo gris de hace un momento. Seguramente desde popa todav¡a puede divisarse la ciudad y el puerto hacerse peque¤os, diminutos. Pero cuando giro la cabeza, la embarcaci¢n del Pr ctico ya no est . El Beto pregunta qu‚ se ha hecho del Pr ctico, d¢nde se ha metido. El Sop¢n atisba en todas direcciones. No hay caso, la embarcaci¢n ha desaparecido. Ya no est , digo. El Beto asiente. El Sop¢n se calma y se frota las manos. El barco se interna lentamente en alta mar. Y as¡, poco a poco, vamos entendiendo que el viaje reci‚n empieza, que todav¡a resta toda la traves¡a por delante. Y eso mismo produce una distensi¢n, un dejarse estar a la espera de los acontecimientos. El Sop¢n informa que ve el cielo cubierto, gris. Es cierto, le digo, y le palmeo la espalda. Ahora que el viaje reci‚n empieza no hay por qu‚ tomar las cosas con prisas. Probablemente lo mismo piensa el resto de pasajeros, las dem s personas que nos acompa¤an en esta nave. E, incluso, la tripulaci¢n entera quiz  s¢lo se ocupa en reposar y descansar, para luego volver a sus puestos con renovados br¡os. ¨No es l¢gico que la tripulaci¢n disfrute de un merecido descanso? ¨Por qu‚ inquietarnos a causa de algo tan evidente? El Beto asiente, y enseguida se acerca al Sop¢n, seguro que a comentarle cosas relativas al descanso de los tripulantes. Se me ocurre lo primero intentar caminar por cubierta sin resbalar, lo que no ser  f cil. Asimismo, asimilar que el horizonte baje y suba continuamente. Tambi‚n incorporar el ruido sordo, como un zumbido, de las m quinas. Y visitar la sala de m quinas cuanto antes. Estoy en un barco, sobre un barco, nada de malo hay en pretender adaptarme. ¨O s¡? Por lo pronto, el Sop¢n no se cree la historia del canal de acceso. Exclama que s¢lo son suposiciones, nada probado. Calmo ya el Sop¢n, vamos a popa. Pero ni siquiera de ah¡ puede verse el puerto, y menos a£n las dragas o la embarcaci¢n del Pr ctico. El aire huele a salitre, a aire de mar. ¨Durante toda la traves¡a ser  as¡? Al Beto le parece que s¡, que toda el agua del oc‚ano huele del mismo modo. Le recuerdo lo dicho por el Capit n. Y que tampoco debe inquietarnos que alguien pretenda reproducir el viaje por medio de palabras. A fin de cuentas, ¨qu‚ da¤o pueden provocar esas palabras?, exclamo. Ni siendo miles, millones de palabras juntas, podr¡an da¤arnos, insisto. Las palabras no nos da¤ar n, concluyo. El Beto ofrece tabaco, el £ltimo paquete de Nevada. En adelante ser n cigarrillos americanos, ingleses o austriacos, al anochecer no quedar  ni un Nevada. Nada especial hay en los Nevada a no ser la costumbre de fumarlos a toda hora. El primero en manotear el paquete es el Sop¢n, quiz  piensa que no le dejaremos ni uno: se incorpora de un salto, choca contra la cama de arriba, se agarra la cabeza, masculla algo inentendible, da un paso, pierde el equilibrio por culpa de un sacud¢n, va de perfil contra el armario, se suelta la cabeza un momento, mira la puerta del camarote, retrocede indeciso, se acuesta de nuevo y cierra los ojos. A estribor s¢lo se ve el mar picado y gris. Lo mismo el cielo, gris. La embarcaci¢n del Pr ctico ahora est  a babor, ha dado la vuelta al buque sin que nadie sepa c¢mo. Naturalmente, ning£n pasajero adivina de qu‚ forma lo ha logrado: el Pr ctico aparece a babor cuando todo el mundo lo esperaba a estribor. Lo que nos alegra sobremanera. --Menuda sorpresa--dice el Beto. --­El Pr ctico se las ha jugado!--exclama el Sop¢n. El cielo contin£a cubierto. El horizonte baja y sube. ¨Acaso Malcolm Lowry lo hubiese descrito mejor? No, dice el Sop¢n. En verdad, no debe inquietarnos el que un atolondrado intente escribir un libro de todo esto. Ya lo ha dicho el Capit n: no hay de qu‚ preocuparse. El Sop¢n dice: --Malcolm Lowry. Y enseguida se¤ala con el dedo: miramos y descubrimos el cielo cubierto, gris. El Sop¢n es insufrible, una pesadilla. ¨Tal vez cree que somos ciegos, que no vemos ese cielo cubierto, gris? Pero es cierto: el cielo est  cubierto, gris. El Beto se aleja unos pasos. Ya m s tranquilos, los pasajeros van y vienen por cubierta hablando s¢lo del canal de acceso y hablando s¢lo de las viejas dragas y hablando s¢lo de la porquer¡a bajo tierra y hablando s¢lo del inminente estallido de mierda y hablando s¢lo de las medidas a tomar y hablando s¢lo de los peligros que acechan al territorio. En general, se desplazan en grupos de tres o cuatro. Murmuran y cuchichean, como temerosos de algo. --¨Temerosos de qu‚?--pregunta el Beto, ya de vuelta junto a nosotros. En cualquier caso, como lo advertimos enseguida, algunos se recuestan a la borda y observan el mar olvid ndose de bajar a sus camarotes a ordenar los equipajes. Vi‚ndolos as¡, tan despreocupados, parecen no saber nada del canal de acceso y sus consecuencias. Con seguridad, la mayor¡a son turistas extranjeros que ignoran los apremios de la mierda a flor de tierra. El Beto asiente: s¢lo hombres turistas y mujeres turistas. Turistas que, ahora lo s‚, surcan los mares y los continentes en numerosos periplos a‚reos y mar¡timos, ajenos a toda culpa, inocentes bajo cualquier  ngulo, angelicales y grasientos, babosos y neutros. Turistas que, ahora lo s‚, van cada domingo a sus iglesias, comen carne frita, mastican golosinas y adquieren sus c maras fotogr ficas a precios de ganga. Turistas que, ahora lo s‚, creen amar a sus mujeres y a sus pa¡ses, y por eso recorren el mundo en tanto inmenso escaparate de vilezas, y las contemplan, a esas vilezas, y ensanchan sus conocimientos de geograf¡a tur¡stica y multicolor. --¨Qu‚ m s da?--me dice el Beto. Sus palabras me sorprenden. Le miro directo a los ojos. Pero ‚l ya est  de perfil, contemplando el horizonte y fumando. Se me ocurre que esos turistas son realmente culpables de muchas cosas, y que hace un momento ninguno hablaba acerca de los sucesos que nos preocupan. Quiz  algunos pocos, los menos, puedan probar su inocencia, aunque entonces ser n culpables de ser inocentes. No pienso m s en el asunto. El Sop¢n husmea aqu¡ y m s all , interviene espor dicamente en las conversaciones y enseguida nos informa sobre el ambiente que se respira en la nave, sin detenerse en detalles. Nada alarmante, dice. --¨Has visto al Capit n?--pregunto. El Sop¢n se frota las manos y niega con la cabeza. El Sop¢n es un caso perdido, no hay quien lo enderece. Se chupa el dedo y nos observa. ¨Todav¡a duele?, pregunta el Beto. S¡, responde. ¨Pero has visto o no al Capit n?, insisto. --No--dice. Luego caminamos un rato por cubierta, sin prestar atenci¢n a nada en especial. El Beto resbala varias veces y eso nos entretiene m s de la cuenta. Cuando se acaba el tabaco nos miramos sin saber qu‚ hacer. La idea de los turistas me vuelve a la cabeza, lo que me enfurece. El Beto le resta importancia y dice: --Piensa en otra cosa. --Est  bien--digo, y pienso en el Sop¢n que ha ido por tabaco. Despu‚s me acerco a la borda. Cuando el Sop¢n regresa, reanudamos nuestra caminata por cubierta a paso ligero. Nadie nos interrumpe, lo que nos anima a proseguir: de popa a proa, de estribor a babor, etc. Y as¡, casi imperceptible, transcurre el primer d¡a. A primera hora del segundo d¡a, quiz  las nueve, llaman a la puerta del camarote. Una sorpresa. Como despe¤arse a un precipicio. Algo que me saca violentamente del sue¤o. Machacan la puerta con inaudita perseverancia. Algo grave sucede, acontecimientos irreversibles, etc. Miro la hora: las nueve. --¨Qui‚n est  ah¡?--grito. --El Beto--contesta una voz que enseguida reconozco como la voz del Beto. Un momento, digo, y abro los ojos queriendo despertar del todo. Ya mismo, salir del sopor que me envuelve, levantar la cabeza de esta almohada, asimilar la luz del foco que ilumina el camarote entero desde encima del espejo. Lavado de cara y dientes. Bajo la cama descubro un salvavidas. En la puerta indicaciones: caso de alarma, naufragio, hombre al agua, etc. Sensaci¢n de todo tambale ndose, bambole ndose, deslizamientos imperceptibles, zumbido sordo y constante. Enciendo un cigarrillo. La idea en principio insoportable de flotar en un abismo l¡quido y mudo. Seguramente ha transcurrido ya el primer d¡a en alta mar. Me observo en el espejo un momento. Abro la puerta y le pregunto: --¨Oyes ese zumbido sordo y constante? --Seguramente son las m quinas--dice. Y enseguida pregunta cu l camarote es el m¡o, que responda ya mismo y de inmediato. --El 502--digo. --Entonces es ‚ste--dice como sorprendido. --S¡--digo. Eso lo tranquiliza y se recuesta al marco de la puerta. ¨Qu‚ ocurre?, pregunto. Se le ve fatigado. Pasa, le digo. Ya dentro, le animo a que lo suelte. Dice que ha venido a decirme cosas importantes, cosas que pueden parecer superfluas pero que en realidad son importantes, muy importantes. El Beto no deja de sorprenderme, a cada paso lo consigue con la mayor naturalidad. Le alcanzo el tabaco y digo: --Pero bueno, ¨ha sucedido algo? Enciende un cigarrillo y queda pensativo. Mientras permanece as¡, aprovecho para vestirme del todo. Luego exclamo: --Adelante, ¨qu‚ cosas son esas? Bueno, lo primero que le ayude a encontrar su camarote, el 608 o 618. Ha pasado la noche entera en vela, despierto, en el puente superior, caminando de un lado a otro, de proa a popa, de estribor a babor. As¡ toda la noche, pues resulta que no supo llegar al camarote, el 608 o 618, y nadie quiso ayudarle. Internarse por pasillos y escaleras le dio miedo. Que recordara yo c¢mo eran escaleras y pasillos: un espejismo, un enga¤o. Entonces decidi¢ pasar la noche en cubierta, en el puente superior. Y as¡, mientras todos dorm¡an ‚l caminaba de un lado a otro, iba y ven¡a, de popa a proa, de babor a estribor. --Por eso he venido a despertarte a primera hora--dice. Est  rendido, muerto de sue¤o, quiere encontrar cuanto antes el camarote para ordenar sus cosas, las maletas, y descansar un momento antes del almuerzo. Teme quedarse sin comida, sin almuerzo. Le han contado que los camareros son todos muy estrictos, rigurosos: el pasajero que no se presenta en hora luego no come ni una zanahoria, cierran las puertas del comedor, vigilan sin pausa cada mesa. Si a m¡ me parece normal eso, pregunta. A su entender ning£n camarero, en ning£n barco, puede tratar de esa manera a los viajeros. Debemos inform rselo al Capit n hoy mismo, dice casi sin aliento. --Tranquilo--le digo. Adem s, prosigue, durante la noche ha visto y presenciado cosas extra¤as, muy extra¤as, cosas que le atemorizan. Luego las contar , pero ahora por favor que le acompa¤e a buscar su camarote, el 608 o 618. --¨Qu‚ m s sabes?--pregunto. Bueno, que en su camarote suced¡an cosas que ‚l no entend¡a. Ayer a primera hora, cuando baj¢ a poner en orden sus cosas, las maletas, descubri¢ a alguien m s ah¡, en su camarote, el 608 o 618. ¨Qui‚n diablos hay aqu¡?, pens¢ ‚l. Un intruso, supuso enseguida, un intruso en mi camarote. --¨Qui‚n pod¡a ser si no un intruso?--me dice. --Adelante--lo animo. Entonces intent¢ volver sobre sus pasos, orientarse hasta el camarote del Capit n y cont rselo todo. Pero al momento advirti¢ que no, que no era un intruso sino el Sop¢n. --¨El Sop¢n?--exclamo. S¡, el Sop¢n en persona. Sin duda el Sop¢n, pues cuando ‚l lleg¢ al camarote y sinti¢ ruidos, se asom¢ sigilosamente y descubri¢ al Sop¢n por entero. Pero entonces el Sop¢n se asust¢ de ver ah¡, a dos pasos, al Beto. Y as¡, asustado y temeroso, se incorpor¢ de un salto, choc¢ contra la cama de arriba, se agarr¢ la cabeza, mascull¢ algo inentendible, dio un paso, perdi¢ el equilibrio por culpa de un sacud¢n, fue de perfil contra el armario, se solt¢ la cabeza un momento, mir¢ la puerta del camarote, retrocedi¢ indeciso, se acost¢ de nuevo y cerr¢ los ojos. Y todo ese comportamiento a ‚l, al Beto, le pareci¢ extra¤o, sorprendente, y pens¢ que el Sop¢n estaba realmente enfermo o que al menos se sent¡a as¡, enfermo, aunque no lo estuviese. Soy yo, dice el Beto que le dijo al Sop¢n. Pero no surti¢ efecto. El Sop¢n continu¢ tirado en la cama y los ojos cerrados. Ahora no sab¡a qu‚ hacer: el Sop¢n de seguro segu¡a en su camarote, el 608 o 618, medio muerto y enfermo. Est  nervioso, lo veo. Le preocupa lo sucedido. El Capit n ha dicho que no nos preocupemos, se lo recuerdo. El Sop¢n siempre ha sido as¡, extravagante. En definitiva, estramb¢tico pero inofensivo. Ser¡a incapaz de matar una mosca. --¨Te parece que el Sop¢n matar¡a una mosca?--pregunto. --No--dice el Beto. --Pues entonces vamos all --le digo. --¨Ad¢nde?--pregunta. --A tu camarote--exclamo, y le empujo al pasillo. Mientras atravesamos infinidad de pasillos, subimos y bajamos escaleras casi perpendiculares y nos adentramos m s y m s en el coraz¢n de la nave, se hablan temas intrascendentes, por ejemplo, d¢nde puede estar ese camarote 608 o 618 del que nadie sabe nada, qu‚ har  precisamente ahora el Sop¢n en el camarote, sin nadie que lo controle, a sus anchas para revolver y manotear las maletas del Beto, etc. Tambi‚n nos parece extra¤o que nos hayan asignado camarotes separados y tan distantes. --Podr¡amos cont rselo al Capit n--dice el Beto. --¨Al Capit n?--digo--. ¨Pero te parece que un asunto as¡ pueda importarle un comino? --Tendr¡a que importarle--dice--. Es el responsable. --¨Responsable de qu‚?--le digo. No lo sabe, confiesa. Y as¡, entretenidos en discutir esto y aquello, desembocamos a un pasillo que enseguida nos resulta familiar, conocido. Y avanzamos obstinadamente hasta el camarote 502. --¨Pero no es ‚ste tu camarote?--dice el Beto, sorprendido. --S¡--digo, mientras enciendo un cigarrillo. Anclados pues, por la fuerza de las circunstancias, en el punto inicial del in£til recorrido, el Beto pierde toda esperanza. Dice que nunca conseguir  llegar a su camarote, el 608 o 618. Le animo a que no decaiga, aunque tambi‚n yo me siento derrotado. --Ya lo encontraremos--digo. --¨Pero cu ndo?--murmura alica¡do. Es natural que, reci‚n comenzado el viaje, cualquiera se extrav¡e en la telara¤a de pasillos y escaleras que comunican los distintos puentes de la nave. Adem s, seguramente tantas como aplicaciones resultan necesarias, pues de eliminarse pasillos y escaleras, ¨c¢mo alcanzar¡amos tal o cual punto del barco? Nunca lo hab¡a enfocado bajo ese  ngulo y ahora me sorprende. ­Te parecen necesarios tantos pasillos y escaleras?--le digo al Beto, sac ndolo del atontamiento en que permanece. --¨Necesarios?--dice, y enseguida repite--: ¨Necesarios? --Algo as¡ como imprescindibles--aclaro. --¨Imprescindibles?--exclama el Beto, boquiabierto. --Olv¡dalo--digo. Y nos quedamos en la puerta del camarote, sin entrar, pensando en una o varias cosas que nos vienen a la cabeza. Tal vez recuerdos. S¡, por qu‚ no, recuerdos. Al cabo de un rato, medio adormecidos los dos, alcanzo a decir: --Vamos all . --¨Ad¢nde?--pregunta. --A encontrar de una vez tu camarote--le digo y le empujo por delante. Esta vez optamos por las escaleras, antes que arriesgarnos por los pasillos. E incluso a £ltimo momento, sin titubeos nos metemos al ascensor. Accedemos a un vest¡bulo, una especie de cubo de cristal cuya puerta principal da a cubierta y las laterales a la sala de fiestas. Todas puertas de cristal. Le doy un codazo al Beto y digo: --¨Qu‚ te parece, eh? Todo cristal, t¢calo. Alrededor de la piscina hay gran animaci¢n, lo mismo que en todo el puente: gente en reposeras, gente solitaria, gente en grupo, gente contra la borda, gente hablando, gente zambullendo, gente nadando, gente tumbada al sol, gente en el bar. Entonces me distraigo un instante pensando nuevamente en ellos, en toda esa gente que tambi‚n viaja en este barco, cada cual por sus motivos. Y lo que en principio me parec¡a natural, quiero decir, el buque entero, los camarotes, el ancla y todo lo dem s como elementos de sosiego, ahora me parece inestable y a punto de reventar. La palabra turista me da n useas. --Aguarda un momento--digo, y me recuesto a una barandilla. --¨Qu‚ ocurre?--pregunta el Beto. --Nada, no es nada--digo, mientras se me pasa el mareo. La gente y el porqu‚ de sus comportamientos me resultan insoportables, lo confieso. Tal vez debido a ello, aparte lo de la mierda, acept‚ zambullirme a esta nave junto al Beto y el Sop¢n, quiz  mis amigos. Un grupo se afana contra la borda de estribor. Gesticulan y se¤alan el mar. Probablemente acaban de descubrir un barco en el horizonte o una ballena en las proximidades del nav¡o. Nos acercamos, cautelosos. --¨Qu‚ significa esto? ¨Qu‚ observan?--exclama el Beto, como en sus mejores ‚pocas. Es la embarcaci¢n del Pr ctico. Sigue pegada al barco tal como ayer en el canal de acceso. Ahora en mar abierto, vaya a saber a cu ntas millas de tierra firme, en pleno oc‚ano. La embarcaci¢n del Pr ctico, la vemos, a estribor: hunde la proa y emerge, hunde la proa y emerge, hunde la proa y emerge. El Pr ctico como siempre, prendido al tim¢n y d ndose contra los tabiques de la cabina. --¨Pero qu‚ hace ‚se ah¡?--pregunto. Un hombre flaco, que mantiene una copa en su mano, se acerca y me dice: --Mi querido amigo, perm¡tame informarle que tal vez eso no sea m s que el Pr ctico y su embarcaci¢n. No se alarme, por favor. De seguro el Capit n, ya enterado de los hechos, ordenar  las medidas pertinentes. Pero en lo que a m¡ respecta, no me ha tomado por sorpresa. No, se¤or. Considere usted que desde ayer nos acompa¤a casi pegado al casco. Entonces, es l¢gico y razonable asomarnos a la borda y verlo ah¡. ¨No le parece? El Beto asiente. Yo me hago el distra¡do. --­La embarcaci¢n del Pr ctico!--gritan los m s exaltados. Veo el cielo despejado y el mar tranquilo, todo excesivamente azul. Corre una brisa fresca y salada. Ahora s¡ tomo conciencia de estar en un barco que atraviesa el oc‚ano. Le doy un codazo al Beto y digo: --¨No es maravilloso? Pero ni ‚l ni los dem s me hacen caso. El grupo que permanec¡a atento a los desplazamientos de la embarcaci¢n del Pr ctico, ahora se aleja unos metros hacia la piscina. Ocupamos dos reposeras y dormitamos al sol, tranquilos y despreocupados. Al fin y al cabo, el viaje reci‚n empieza, no hay por qu‚ tom rselo con prisas. Pero apenas transcurren cinco minutos, el Beto, que no se est  quieto ni un segundo, dice que cu ndo le ayudar‚ a encontrar el camarote. Dos ni¤os juegan en el lido de la piscina principal. Los observo. --Mira esos ni¤os--digo. Vuelvo al camarote. M s tarde, pasados quince minutos en los que no dejo de investigar cada cosa que me llama la atenci¢n, llega el Beto. Dice que la embarcaci¢n del Pr ctico sigue a estribor, que si no me parece sospechoso. Y sin pre mbulos se lanza a relatar lo que denomina cosas extra¤as, cosas vistas anoche en cubierta y que, por su naturaleza, le llevan a suponer que se trata de cosas extra¤as, muy extra¤as. Ayer noche, entonces, luego de cenar el Beto subi¢ a cubierta. Quer¡a dar un paseo. ¨C¢mo se ve¡a el mar de noche?, eso le intrigaba tanto que, olvid ndose de ir al camarote a ordenar las maletas, prefiri¢ subir a cubierta y dar una caminata. A esas horas no hab¡a casi nadie levantado. El cielo estaba estrellado y el cielo en penumbras. As¡ las cosas, camin¢ bordeando la barandilla y observando el mar, tan negro que le atemoriz¢. La luna iluminaba fantasmalmente el barco. --¨Fantasmalmente?--pregunto, pero ‚l ni siquiera oye mis palabras. Enseguida fue de un lado a otro, de babor a estribor. etc. De ese modo consegu¡a dominar m s o menos el miedo. Luego fue a proa, y ah¡, en proa, se aferr¢ a la borda pues de pronto se sinti¢ mareado. Un mareo catastr¢fico en tales circunstancias: plena noche y solo en la proa de un buque enorme. Para no sucumbir a ese mareo suyo, mir¢ el agua espumosa junto al casco, lo £nico blancuzco de todo el mar en ese momento, aparte la estela de popa. Y en esa posici¢n, medio cuerpo fuera, hacia el agua, descubri¢ la embarcaci¢n del Pr ctico a estribor, no m s all  de treinta metros, a la par de la nave, hundiendo la proa y emergiendo, hundiendo la proa y emergiendo, hundiendo la proa y emergiendo. Hab¡a en la cabina de mando una luz que reflejaba espectralmente el perfil del Pr ctico, prendido al tim¢n y zangoloteado por los vaivenes de la fr gil motora. --¨Espectralmente?--pregunto, pero el Beto ni siquiera oye mis palabras. Visto as¡, el Pr ctico le pareci¢ un fantasma, algo sobrenatural. Entonces el Beto se estremeci¢, un terror macizo le paraliz¢. Incluso se sinti¢ afiebrado, presa de un s£bito ataque gripal. Y quiz  debido a ese estado enfermizo, el Pr ctico se percat¢ de su presencia: le bast¢ con un vistazo. Y al punto se puso a saltar dentro de la cabina, agitando los brazos como un energ£meno, haciendo muecas y gesticulando. Sin duda quer¡a comunicarle algo importante, tal desesperaci¢n le embargaba. Pero result¢ que ‚l, el Beto, no entendi¢ el mensaje, ni por asomo adivin¢ qu‚ intentaba comunicarle el Pr ctico. La distancia y la nocturnidad influyeron decisivamente para que apenas le viese all  en su cabina de mando. ¨C¢mo entender entonces qu‚ significaba todo eso? Ve¡a al Pr ctico tan peque¤o como una hormiga. Pese a lo cual, enseguida tambi‚n ‚l agit¢ los brazos en se¤al de que no entend¡a nada. Y eso, al parecer aument¢ la angustia y el desasosiego del Pr ctico, le llev¢ a renovar sus manotazos y saltos. Por medio de palabras tampoco era posible establecer contacto, tanto ruido hac¡a el agua contra el casco, un ruido interminable. M s sonoro todav¡a ah¡, en proa, donde el nav¡o se abr¡a paso a viva fuerza entre las aguas. Y as¡ pasaron horas y horas, entre vanos y desesperados intentos del Pr ctico por hacerse entender y vanos y desesperados intentos del Beto por entender. --¨Entender? ¨Entender qu‚?--le digo, sin obtener respuesta. El Beto est  como pose¡do. Pero, de pronto, descubri¢ algo todav¡a m s sorprendente: los Oficiales, desde lo alto del puente de mando, tambi‚n agitaban los brazos en direcci¢n al Pr ctico, le hac¡an extra¤as se¤ales que ‚ste parec¡a comprender a la perfecci¢n. Y entonces ‚l, el Beto, entendi¢ que, de un principio, los manotazos y brincos del Pr ctico iban dirigidos a los Oficiales all  arriba, que manten¡an un extravagante di logo sin siquiera percatarse del Beto interpuesto entre uno y otros. Cu n dif¡cil resultaba desentra¤ar el significado de todo aquello. --¨Significado?--murmuro, alarmado. Para peor, evidenciando a£n m s la complicidad entre Oficiales y Pr ctico, el buque y la embarcaci¢n cabeceaban al un¡sono, hund¡an la proa y emerg¡an r¡tmicamente, a la vez. Y resultado de todo ello, el Beto se mare¢ tanto que cay¢ de espaldas sobre cubierta. Su ca¡da fue similar a la de una bolsa llena de cebollas: contundente y definitiva. Y as¡, involuntariamente, vio el cielo estrellado y oscuro, y la segunda gran revelaci¢n de la noche, algo que le puso los pelos de punta: un enorme p jaro revoloteaba sobre la nave. El c¢ndor, pens¢, temblando como una vara, el mismo c¢ndor que asolaba el territorio precipit ndose en picado sobre ni¤as indefensas. --Pero ¨qu‚ dices?--exclamo, haci‚ndole volver a la realidad, ‚sta conformada por el interior de mi camarote, el 502. Con la cabeza hinchada por el relato del Beto, recuerdo fugazmente aquellos ni¤os en cubierta, los que jugaban despreocupados en el lido de la piscina principal. Los tabiques del camarote crujen acompasados. Sin duda la nave cabecea m s de lo normal. Por los respiraderos del techo entra aire fresco el tan publicitado aire-acondicionado. Aspiro hondo varias veces y observo al Beto. Pregunto qu‚ pretende con semejante historia, a qui‚n puede interesarle algo as¡. Dice que nada, que no pretende nada, pero que est  muy nervioso por no encontrar su camarote, el 608 o 618. Adem s, la vida se le representa cada vez como una monta¤a a escalar sin los instrumentos adecuados. Y eso le agobia. --¨Instrumentos? ¨Has dicho instrumentos?--le interrogo. --En realidad, he intentado decir utensilios. Pero, ya lo ves, la palabra ha sonado instrumentos, cuando en verdad ha debido sonar utensilios. En realidad, la palabra instrumentos no me agrada. Y los instrumentos, menos. --¨Intentas convertir este viaje en un acertijo insoluble? --pregunto. --No--dice, y se seca la frente. --¨D¢nde est  el Sop¢n?--pregunto. --Qu‚ s‚ yo--dice. --Pero bueno--digo--, ¨te parece que podemos dejarle ir y venir sin el m¡nimo control? ¨No sabes c¢mo es? Seguro que ahora mismo est  armando jaleo. Piensa lo que significa este viaje, cu nto trajinamos para hacernos un lugar aqu¡ y zafar a la avalancha de porquer¡a, cu ntas esperanzas cifradas en esta aventura, etc. --Tienes raz¢n--dice. Y enseguida agrega que le ayude a encontrar su camarote. Entonces se oye un chirrido, y luego otro. Una voz que parece provenir de todas partes anuncia el almuerzo servido en el comedor. Nos miramos. Desde anoche no probamos bocado. --­El almuerzo!--exclama el Beto. --Tienes raz¢n--le digo, y me seco la frente. --­El almuerzo!--repite, y los ojos se le inundan de l grimas. --­Vamos all !--le digo, a la vez que pienso cu n hambriento ha de estar para ponerse as¡. Mientras atravesamos infinidad de pasillos, subimos y bajamos escaleras casi perpendiculares y nos adentramos m s y m s en el coraz¢n de la nave, se hablan temas intrascendentes, por ejemplo, d¢nde puede estar ese camarote 608 o 618 del que nadie sabe nada, qu‚ har  precisamente ahora el Sop¢n en el camarote, sin nadie que lo vigile, a sus anchas para revolver y manotear las maletas del Beto, etc. En la antesala del comedor, cuelga un mapa fijo a una l mina de corcho. Un alfiler se¤ala un punto del oc‚ano, lo que nos provoca un escalofr¡o. --¨Has visto eso?--le susurro al Beto. --¨Qu‚?--pregunta desconcertado, y mira en todas direcciones. --El mapa--aclaro. Entonces lo observa detenidamente, y luego dice: --He visto a los grumetes. Anoche. --Est  bien--digo, y le ense¤o un puesto de venta de souvenirs para que olvide el asunto--. Mira qu‚ cosas m s bonitas tienen aqu¡.--Pero ni yo me lo creo. El Beto asiente. La gente se arremolina y el comedor permanece vac¡o. ¨Qu‚ ocurre?, pregunta el Beto. Un camarero custodia el acceso. No permite el paso. Enciendo un cigarrillo y digo: se lo toman con calma. --Pues a m¡ me parece un atropello--dice una se¤ora a mi lado. Y luego--: No hay derecho a que se nos trate como ganado. --C lmese, se¤ora--dice un caballero junto a ella--. Seguro que el Capit n ya viene en camino. --¨El Capit n?--pregunta un hombre ya entrado en a¤os. --Pues s¡, estimado se¤or. Probablemente, la tripulaci¢n no sabe c¢mo debe tratarse a los pasajeros de un buque de esta categor¡a. Basta con ver a ese camarero de ah¡, el que custodia la puerta del comedor. M¡relo. ¨Cu ntos a¤os le da? Seguro que no m s de veintiocho. --Humm... tal vez veintinueve. --Muy bien, pongamos que veintinueve. O treinta, si lo prefiere. ¨Le parece que siendo tan joven puede tener la suficiente experiencia? --¨Experiencia para qu‚? --Pues para tratar con cortes¡a a los pasajeros y, llegado el caso, acatar las ¢rdenes disciplinadamente. --¨Qu‚ ¢rdenes? --Las que imparta el Capit n, desde luego. Mire usted, querida se¤ora, en alta mar la disciplina es lo primordial. Algo insustituible. El total acatamiento de las ¢rdenes o s£plicas emanadas de la Oficialidad... --¨S£plicas, dice usted? ¨Qu‚ s£plicas? --¨Por qu‚ no se permite el paso al comedor?--exclamo. Entonces, haci‚ndose a un lado mediante un saltito, el camarero dice: adelante. Y como nadie se mueve: pueden pasar. Todos se abalanzan sobre sus respectivas mesas. Son mesas circulares para seis comensales por vez. Ocupamos la que nos indican. Aparte el Beto y yo, tambi‚n se sientan dos parejas a las que nunca he visto. La mesa est  completa. As¡ lo entiende el camarero y enseguida la atiborra de platos. Pienso en los ni¤os que vi por la ma¤ana en la piscina. El Sop¢n, reci‚n lo descubro, ocupa una mesa al otro extremo del sal¢n, apenas visible seg£n el movimiento de las cabezas. El almuerzo transcurre normal. La sopa oscila en el plato. No es nada, digo, s¢lo el vaiv‚n del buque. S¡, tiene raz¢n, dice una de las mujeres. Me avergenzo de haber abierto la boca. Las palabras nunca salen con facilidad, qu‚ remedio. El Beto traga a toda velocidad. El camarero se desvive para que nada falte: bebidas, pan, cucharas, servilletas, etc. S£bitamente me he ruborizado, lo que me apena sobremanera. Entonces una de las se¤oras dice: --¨Se han enterado ustedes de que alguien escribe un libro sobre el viaje? Me lo han contado esta ma¤ana. Malcolm Lowry, me viene a la cabeza, y digo: --Malcolm Lowry. --­Oh, qu‚ emocionante! ¨No te lo parece, querido? El hombre al que ha llamado querido levanta la vista de la sopa y, tras observarlos un instante, dice: --Conque Malcolm Lowry, ¨eh? ­Bah! --La vida hay que vivirla--acota la otra dama, y suelta una risita nerviosa. --Tonter¡as--dice el hombre--. Cuando el Capit n lo sepa le dar  su merecido. --¨Qu‚ quiere decir con eso?--pregunto. --¨Qui‚n es usted?--me replica, mir ndome a los ojos. --Son nuestros compa¤eros de mesa, querido. ¨No es emocionante tenerlos aqu¡?--dice la mujer, y me sonr¡e. Y al punto el camarero nos entrega el men£, impreso en una especie de cartulina rosa. Mientras lo hojeamos, el hombre no deja de mirarnos por el rabillo. Al Beto le parece que nos vigila. No te preocupes, le susurro, y me concentro en el men£. El hombre que hasta ahora ha permanecido callado, de pronto dice: --Oigan, la sopa no se est  quieta en el plato. --­Oh, qu‚ emoci¢n!--exclama la mujer. --V‚anla moverse. Oigan, los fideos bailan. As¡ no hay quien pueda. ¨D¢nde sirven el caf‚?, le pregunto al camarero, el mismo que ha servido nuestra mesa. Cuando logro enterarme, le digo al Beto: --Vamos all . Cuando llegamos a la sala de fiestas, resulta que lo mejor no es el caf‚ sino unos mullidos y c¢modos sof s distribuidos a lo largo y ancho del recinto. Dan ganas de quedarse siempre aqu¡, dormitando. Olvidar que la vida es una monta¤a, opina el Beto, y quedarse siempre aqu¡, dormitando. Aparte bar y sof s, tambi‚n hay pista de baile circular y tarima para la orquesta. Por las noches es el principal foco de reuni¢n, juntamente con la discoteca. Le doy un codazo al Beto y digo: --¨Qu‚ te parece, eh? Mientras algunos ni¤os brincan de un sof  a otro, nos acercamos a los ventanales. Nada se ve que no sea mar o cielo. Contemplamos el paisaje tranquilamente. Vemos un gran p jaro planeando sobre la nave, o al menos eso nos parece. --Si me permiten, queridos amigos--dice un hombre de repente, plant ndose a nuestro lado--. ¨Saben ustedes qu‚ ha querido decir en verdad el Capit n? Acabo de enterarme de sus palabras y, por supuesto, lo ignoro todo al respecto. Sin embargo, deben saber, tengo mujer e hija a bordo. Y,-como es natural, debo velar por su seguridad y, a ser posible, estar al corriente de los acontecimientos. Nuestro viaje s¢lo obedece, deben saber, al caprichoso deseo de mi mujer de tomar unas breves vacaciones. Desde luego, no pude negarme y, como puede verse, ahora estamos aqu¡. Sin embargo, distinguidos se¤ores, en esta nave al parecer suceden cosas no del todo claras. --¨Qu‚ tipo de cosas?--pregunto, mientras recuerdo las palabras del Beto, aquella historia sobre la embarcaci¢n del Pr ctico y la noche en cubierta. --Pues vea usted, primero la ausencia del Capit n. No se le encuentra por ninguna parte y, por consiguiente, deben saber, tampoco puede interrog rsele acerca de lo que nos preocupa Segundo, se¤ores, el Pr ctico y su embarcaci¢n a m¡nima distancia de la nave, cosa que, deben saber, intranquiliza a mi mujer y mi hija. Tercero, rumores sobre un p jaro que amenaza por igual a tripulantes y pasajeros, h gase cargo. Y por £ltimo, noticias acerca de alguien que ataca nuestra intimidad, la de todos quiero decir, tomando notas y apuntes del viaje y sus entretelones. D¡game la verdad, ¨puedo sentirme tranquilo, para peor con mi familia a bordo? --¨Tranquilo?--exclama el Beto. --Soy joyero, aunque, deben saber, nunca he logrado ser en realidad joyero. Por tal motivo me es tan indispensable la tranquilidad, la tranquilidad interior. Mi hija me lo pone dif¡cil. Durante las noches, en nuestro camarote, se entretiene haciendo cosas en su cama, precisamente encima de mi cabeza. La cama chirr¡a. No me interesa lo que haga en su cama. Un joyero s¢lo debe interesarse en conseguir ser joyero alguna vez. Pero. naturalmente. tambi‚n necesito dormir. Me alejo unos pasos y le digo al Beto: v monos de aqu¡. Atravesamos aquel vest¡bulo de cristal y salimos a cubierta. Aire caliente y bochornoso. Tumbados en dos reposeras, experimentamos modorra y somnolencia. De pronto despertamos. El sol se oculta por estribor. Corre una brisa imperceptible. Son m s de las seis. --Son m s de las seis--dice el Beto. --¨De qu‚ hablaba aquel tipejo?--le pregunto. --De su hija. Tiene una hija o algo as¡. --¨La conoces? --¨A qui‚n? --A la hija. --Creo haberla visto en alg£n sitio. --¨Pero, c¢mo sabes que era la hija? Pudo ser su mujer o una desconocida cualquiera. No puedes afirmar que fuese la hija. Mira, el tipejo tiene una hija, eso es lo £nico seguro. El Beto asiente. Luego se aleja y enseguida lo pierdo de vista. Me recuesto en la reposera. Los pasajeros van de una punta a otra, de babor a estribor, caminando como nerviosos. Cierro los ojos y pienso en algo. Regreso al camarote a prepararme para la cena. Mientras desciendo, rememoro cosas intrascendentes. Observo el tablero de mandos del ascensor. Imagino a un turista rechoncho y sonriente, lo que me disgusta sobremanera. En la puerta del camarote, encuentro al Beto cansado de esperar. --¨Qu‚ sucede?--digo. Que cu ndo voy a acompa¤arlo a encontrar su camarote, el 608 o 618, responde. Despu‚s de cenar, digo, ahora debo ducharme y ordenar el camarote. Pero cuando entro, todo est  ya ordenado: las camas tendidas, la moqueta limpia, etc. Ya lo ves, exclamo. El Beto asiente. No m s llegar al comedor, una de las se¤oras de nuestra mesa nos hace se¤as con el brazo: ya han servido el primer plato. Dense prisa, dice. --No importa--digo--. De verdad, no tiene importancia. El camarero da un salto y me zampa el men£ delante de las narices. Con el Beto hace otro tanto. --¨Qu‚ tal va todo?--pregunto. --­Oh, todo muy emocionante!--responde la mujer, sin dejar de comer. --Tonter¡as--dice su acompa¤ante, mientras juguetea con un palillo entre los dientes. --­Oh, querido!--dice ella. La otra pareja no est . Eso me inquieta y pregunto d¢nde est n, d¢nde se han metido. --Oiga usted, ¨c¢mo quiere que lo sepamos?--me responde a bocajarro el hombre. La silla del Sop¢n permanece vac¡a. La sopa oscila en los platos. El Beto lo advierte y me da un codazo. Tranquilo, le digo. --¨No les parece emocionante este crucero?--pregunta la mujer, y se queda aguardando una respuesta. --¨Emocionante?--dice el Beto, antes de que yo pueda darle un pisotazo de advertencia. Es as¡, abre la boca en las ocasiones menos oportunas. --­Bah!--gru¤e el hombre, siempre con el palillo entre los dientes. --¨Ha dicho emocionante?--insiste el Beto, tragando la sopa a cucharadas. De vuelta al camarote, llaman a la puerta apenas he cerrado. Decididamente, todo el mundo se empe¤a en no dejarme un momento de paz. Necesito una tregua, pienso. ¨Qui‚n est  ah¡?, grito. El Beto, dice una voz. Abro y es el Beto. ¨Qu‚ ocurre?, pregunto. Que le ayude a encontrar su camarote, la noche se avecina y no quiere pasarla de nuevo en cubierta, dice. --¨Recuerdas el n£mero?--le pregunto. --608 o 618--responde, no muy seguro. --Entonces, vamos all --digo. --¨Ad¢nde?--pregunta. --A encontrar ese camarote--digo. --¨Y ahora?--pregunta el Beto. --Por el ascensor--ordeno. Tal como he supuesto, al minuto llegamos al vest¡bulo de cristal. De las puertas laterales emergen los acordes de la orquesta. Se me ocurre que el Sop¢n puede estar ah¡ dentro. El Beto dice: --Y si estuviera, ¨qu‚? --Ya sabes c¢mo es. La armar  gorda. El Beto asiente y se seca la frente con un pa¤uelo. Parece muy interesado en la m£sica que se oye. Le pregunto si le interesa o¡r esos acordes y esos compases. --Mira--me dice--, la m£sica siempre me ha interesado. --Muy bien--le digo. Y agrego--: ¨Recuerdas lo dicho por el Capit n? --S¡--responde. --Entonces dejemos en paz al Sop¢n, luego nos ocuparemos en enderezar los entuertos que promueva. En cuanto a la m£sica, ¨crees de veras que esos cuatro gatos est‚n haciendo m£sica? --Gatos, s¢lo son gatos--dice el Beto. --Vayamos a lo nuestro de una vez--digo. El Beto asiente y luego murmura que no soporta el calor, la temperatura, la atm¢sfera en general. --¨Qu‚ te ocurre?--exclamo impaciente. --­S¡!--grita ‚l como fuera de control, como descontrolado por la emoci¢n. --­Pero si la he visto durante todo el dial --­Ah¡ est !--exclama el Beto, enardecido. Durante horas, observamos y analizamos los movimientos del Pr ctico. Nada digno de menci¢n. Como curiosidad, sobre las cuatro de la madrugada enciende una pipa, s¢lo eso. --­M¡ralo, ha encendido la pipa!--me advierte el Beto. Aparte ello, no hace nada. Ni un gesto, ni una se¤al que permita presumir esto o aquello. M s bien, parece no reparar en nosotros, tanto le absorben los manipuleos del tim¢n. Me lo imagino barrig¢n, de barba blanca y gorra azul. --­Hagamos algo!--grito, ya harto del embrollo. El Beto contin£a extasiado. Si el Capit n supiese que el Pr ctico no se despega ni un instante de su buque, seguramente tomar¡a alguna medida definitiva. Nunca he visto alguien tan tozudo: se aleja de su radio natural de acci¢n, esto es, el canal de acceso y sus alrededores, se interna en alta mar junto a un nav¡o que a la primera puede echarlo a pique con un coletazo, se expone a la vista de todos y, en consecuencia provoca inquietud y malestar en tripulantes y pasajeros, y finalmente se mantiene inc¢lume en su cabina de mando sin siquiera tomarse un rato para dormir, lo que, bajo cualquier  ngulo, mermar  su maltrecho organismo. Es imposible que el Capit n lo sepa y no act£e inmediatamente. S¢lo hay una soluci¢n: el Capit n no lo sabe. El Beto contempla la embarcaci¢n como embrujado. Entonces aparece el Sop¢n a toda carrera, saltando y esquivando los artificios y suertes n uticos de la navegaci¢n mar¡tima de altura instalados en proa, y de los cuales ignoro las denominaciones con que se les designa en la jerga marinera. Enormes escotillas, cadenas, cuerdas, ganchos, poleas, etc. Incluso el ancla, enorme y herrumbrosa. Todo ello hace de proa un lugar propicio para pasar inadvertido. El Sop¢n, que viene bastante entonado por las copas que probablemente se ha zampado en la sala de fiestas, dice que trae novedades importantes. Y al punto resbala y cae sentado en un rollo de cuerdas. El Beto le ayuda a incorporarse y exige una explicaci¢n. --Vamos, desembucha--le ordena. Agarr ndose la cabeza, el Sop¢n dice: --La cabeza se me parte. Y luego agrega que se ha enterado de algo sorprendente: la embarcaci¢n del Pr ctico todav¡a escolta al buque, va como imantada al casco y no se despega m s de treinta metros, etc. Ocultos tras unos bidones, permanecemos a buen recaudo de las miradas de los Oficiales all  arriba en la cabina de mando. --¨Qu‚ m s?--le grito a la cara. Que, consecuencia de semejante anomal¡a, se preparan medidas muy graves, medidas que afectar n por igual a tripulantes y pasajeros, etc. --Un momento--exclamo--, det‚nte.--Y por un instante pienso en los ni¤os de la piscina. Eran dos y jugaban despreocupados, saltaban de un lado a otro. Luego digo--: ¨Pero c¢mo diablos te has enterado de todo eso? --Me lo dijo Alejo--dice el Sop¢n, y afirma con la cabeza. --¨Alejo?--pregunta el Beto. --S¡, Alejo, el electricista--confiesa el Sop¢n. --Vayamos por partes--digo. Entonces cuenta que apenas lleg¢ ‚l al bar, el de la sala de fiestas, fue muy bien recibido por ese Alejo. Incluso le invit¢ a una copa. Y enseguida se fue de la lengua pues, seg£n dice, Alejo no puede estarse callado, habla como un papagayo. --¨Y qu‚ dijo Alejo?--pregunto. Que lo del Pr ctico era inadmisible. Nadie lo toleraba, en especial los Oficiales. La Oficialidad entera montaba en c¢lera cada ma¤ana que amanec¡a con el Pr ctico pegado al casco. Y que inclusive se tem¡a, por parte de la Oficialidad, actos de sabotaje a cargo del Pr ctico y su embarcaci¢n. --¨Actos de sabotaje?--exclama el Beto, a la vez que se rasca la oreja. Y que por eso el cuerpo de electricistas, esto es, del primer al £ltimo electricista, se manten¡a en estado de alerta las veinticuatro horas del d¡a. Se verificaban fusibles y enchufes cada tres horas. Pero pese a ello, dice el Sop¢n que Alejo lo jur¢ ah¡ mismo, en la barra, el Capit n no sab¡a nada del asunto, nadie le pon¡a al corriente de los acontecimientos y lo ignoraba todo al respecto. --­C¢mo!--grita el Beto. --Me lo supon¡a--murmuro. Que seg£n dijo Alejo, nada bueno pod¡a esperarse de todo el enredo, y menos estando como est bamos en alta mar, sometidos a ley marcial ante la menor eventualidad y a expensas de la Oficialidad como conjunto de Oficiales jerarquizados y organizados. Virtualmente prisioneros, dice el Sop¢n que le dijo Alejo en medio de una risotada. --Pero ¨no montamos en este barco para no ser m s prisioneros?--interrumpe el Beto. El Sop¢n dice que le da igual, y se agarra la cabeza como dolorido. --Un momento--exclamo--. ¨Qu‚ mal puede hacernos el Pr ctico ah¡ fuera en su embarcaci¢n de porquer¡a? No lo sabe, de verdad no lo sabe. El mismo, el Sop¢n, pregunta qu‚ mal puede hacernos el Pr ctico, qu‚ mal puede querer hacernos. --A ver, ¨qu‚ es eso de los electricistas?--pregunta el Beto--. ¨C¢mo hay tantos electricistas? --­Muchos!--replica el Sop¢n--. ­Montones! Adoran a Cop‚rnico, a Kepler, pero m s que nada a Newton. --­C llate!--grito, previendo que el Sop¢n nos enredar  en un callej¢n sin salida. ­Newton!, algo horrible. S¢lo la menci¢n de su nombre de seis letras me provoca n useas. Peor todav¡a que la imagen de los turistas. Propongo entrevistar al Capit n y ponerlo al corriente de todo. Hay pleno acuerdo. El Sop¢n sospecha de los bidones que hay en proa: ¨por qu‚ no est n en la bodega o en la sala de m quinas? No hay caso, cada minuto a su lado es un rompedero de cabeza. ¨Qu‚ contienen los bidones? Est  bien, le digo, lo preguntaremos al Capit n. Eso le tranquiliza. ¨Alguien conoce al Capit n? ¨C¢mo lo distinguiremos del resto de Oficiales? El Beto afirma haberse cruzado con muchos Oficiales, inconfundibles por el uniforme blanco, pero ninguno le ha parecido el Capit n. Por su parte, el Sop¢n nunca ha visto al Capit n durante los cuatro d¡as de navegaci¢n, lo jura. Tal vez nuestros compa¤eros de mesa sepan algo, las parejas que comen con nosotros. --¨Qu‚ compa¤eros?--exclama el Sop¢n. Y a continuaci¢n dice quejumbroso--: Estoy mareado. El Beto le sostiene la cabeza mientras vomita. La porquer¡a, una pasta ocre con puntos escarlatas, le salpica el pantal¢n. El Sop¢n vomita como una manguera de alta presi¢n, qu‚ remedio, siempre ha sido as¡. Digo que podremos reconocer al Capit n por los galones que lleve en los hombros de su chaqueta. Un Capit n, en este buque y en cualquiera, luce galones a la vista de todos. La mayor cantidad posible de galones. --¨Galones?--dice el Beto, sin soltar la cabeza del Sop¢n-- No lo comprendo. Me alejo unos metros. El agua golpea con fuerza contra el casco. Observo la cabina de mando. Parece desierta. ¨Acaso todos los Oficiales duermen mientras el barco avanza en c¡rculos? --Volvamos a popa--ordeno. En tanto desandamos el pasaje cubierto, de pronto atisbamos dentro de un camarote a un hombre enfrascado con una m quina de escribir. --Miren eso--les susurro al Beto y el Sop¢n. Contemplamos la escena protegidos por las sombras de la noche. Por precauci¢n, le ordeno al Sop¢n que vigile. Vigila que nadie venga, le digo, luego te contaremos. --O.K.--dice, y vigila en todas direcciones. Payaso, pienso, y vuelvo a mirar al interior del camarote. El hombre permanece como envuelto en una nube de humo, proveniente de los montones de cigarrillos fumados mientras trabaja. Pone y quita folios, teclea, se pasa la mano por entre el cabello, echa un trago, de nuevo teclea. Se le ve agobiado, concentrado en lo que hace. Cada poco, suspira y se rasca la barbilla. --¨Qu‚ ocurre?--murmura el Sop¢n, intrigado desde su puesto de vigilancia. --Nada--susurra el Beto y le indica que guarde silencio. ¨Qui‚n ser ?, mascullo al o¡do del Beto. Niega con la cabeza, queriendo significar que no lo sabe. Miramos de nuevo. Ahora est  pensativo, no escribe nada, se sirve whisky, se rasca la cabeza, observa el techo, se rasca la barbilla, apaga el cigarrillo y al punto enciende otro, hace una mueca indescifrable, etc ¨Qu‚ significar  todo eso?, pregunta el Beto. Observa y cierra la boca, digo. De pronto, por la puerta del camarote entra aquella ba¤ista nocturna, a£n chorreando agua. --Es ella--murmura el Beto. --S¡--le digo y contin£o mi observaci¢n. Siento que el coraz¢n me late m s aprisa. El hombre se para y encara a la reci‚n llegada. Se abrazan, ‚l le soba la espalda, se besan. Ahora intercambian algunas palabras inaudibles. Cuando ella se aparta, vemos que la camisa del hombre ha quedado empapada. Ella va y se echa en una litera. l vuelve a su m quina de escribir. Escribe. Ella mira el techo. l se gira y le dice algo. Ella contesta. l se incorpora, viene de frente y cierra el ventanuco de un manotazo, pasando a continuaci¢n la cortina. Ahora no vemos nada. --Por poco--dice el Beto, y se seca la frente. --¨Por poco qu‚?--digo. --Nos descubre--dice. Entonces advierto que tiene raz¢n, que hace un segundo acech bamos la intimidad de un pasajero y, lo que es peor, casi nos ha descubierto. Podr¡a habernos costado una buena reprimenda por parte del Capit n o los Oficiales. Me seco la frente y digo: --V monos a popa. El Beto asiente. El Sop¢n nos sigue a los tumbos, pregunta qu‚ hemos visto. El Beto quiere saber si me he enterado de algo importante. --¨A qu‚ te refieres?--le digo, mir ndolo a los ojos. Luego opino que tal vez el escribiente tuviese relaci¢n con la ba¤ista, que fuera su novio o algo as¡. Su prometido, digo. El Beto asiente. S¡, su prometido, ¨por qu‚ no?, insisto. ¨Has visto c¢mo se besaban?, me dice el Beto. El Sop¢n, juicioso, aguarda a que acabemos de conferenciar. --¨Su prometido?--se pregunta el Beto a s¡ mismo. --Ya te lo he dicho--le digo--. Su prometido o su novio. --Pues yo he quedado con ella--me dice en un tono angustiado, a punto de romper en sollozos--. ¨Lo recuerdas, verdad? --¨Con ella?--le replico--. Anda, olv¡dalo. Vayamos de una vez a popa. Apenas llegar, nos tumbamos con displicencia en sendas reposeras, exhaustos, las cabezas reventando de im genes, razonamientos y temores. Y enseguida se manifiesta nuevamente aquel dejarse estar, aquella distensi¢n. Los m£sculos, hasta ahora entumecidos, se reblandecen poco a poco. Respiramos el aire marino, aqu‚l que sabe a salitre. Y as¡, sin pensar en nada, descubrimos un enorme p jaro que revolotea sobre la nave, describe c¡rculos alrededor de la gran chimenea, se aleja por estribor y reaparece por babor. Pero ya no tenemos fuerzas para dedicarnos a eso, a intentar descifrarlo. Despreocupado, el Beto se embarca en una sosa historia acerca de sus antepasados. Me habla de sus abuelos. Al parecer ellos, sus abuelos, cruzaron este mismo oc‚ano pero en sentido contrario. --¨C¢mo en sentido contrario?--pregunto. --Pues, as¡--me dice, y con la mano hace un gesto ambiguo--. As¡, como mi mano. ¨Lo ves? --D‚jate de payasadas--le digo, harto del asunto. El Sop¢n balbucea que vuelve al camarote: no puede m s de sue¤o, el sue¤o lo vence, se le cierran los ojos. Por su parte, el Beto va a una nueva recorrida por proa, dice que quiere verla de nuevo. ¨A qui‚n?, pregunto. Responde que a la ba¤ista, la prometida del escribiente. ¨Te has vuelto loco?, exclamo. Quedo solo. Y cuando tambi‚n me dispongo a regresar al camarote, recuerdo la cara de la ba¤ista nocturna, aquella mujer que chapoteaba en la piscina sin importarle la hora. ¨Qu‚ vueltas del destino habr n aparejado eso, que tenga que ba¤arse cada noche en la piscina de un barco m s que peligroso? ¨A tanto llega la maldad de su prometido?, pienso. Ahora la piscina est  vac¡a, ni agua ni ba¤ista. Alguien, durante nuestra permanencia en proa, la ha vaciado y tendido una red de seguridad sujeta firmemente a los cuatro lados. Mientras atravieso cubierta rumbo al vest¡bulo de cristal, descubro una pareja de noct mbulos en el puente superior, apoyados a la baranda y observ ndome. Un hombre y una mujer. ¨Enamorados? ¨V¡ctimas del insomnio? Miro la hora: las cuatro de la madrugada. Todo en silencio. Echo una £ltima mirada a los noct mbulos. El ascensor llega enseguida. Durante el descenso enciendo un cigarrillo y pienso en lo primero que se me ocurre: nader¡as, intrascendencias. Cruzo el pasillo sin dejar de o¡r el zumbido de las m quinas. Malditas m quinas, pienso. En el camarote, me acuesto. Pero no tengo sue¤o. No consigo cerrar los ojos. Entonces me alegro de haberme embarcado en este buque antes de que fuera demasiado tarde, etc. Me doy vuelta en la cama una y otra vez, estrujo la almohada y no cierro los ojos. Voy a los ba¤os. Desde mi camarote, el 502, el pasillo se proyecta hasta otro que lo corta perpendicular. En la intersecci¢n, a la derecha est n las escaleras y el ascensor, a la izquierda los ba¤os, wc y duchas. Aqu¡, el puente B, d¡a y noche permanece encendida la misma iluminaci¢n blanquecina. Algo mortuorio y que desde el primer d¡a me intranquiliza. Los ba¤os, contra el casco, durante el d¡a gozan de luz natural gracias a un gran ojo de buey. Eso me impresiona: al nivel de la l¡nea de flotaci¢n, las olas dan contra el vidrio, sin duda reforzado, e incluso a veces queda sumergido. Algo aterrador. Cada vez que voy, me quedo cinco o diez minutos fascinado frente al ojo de buey, la piel erizada. Luego me entretengo tirando de las cadenas y oyendo el ruido de las cisternas liberadas Tambi‚n compruebo el funcionamiento de cada grifo. Y acciono las maquinas secadoras, arranco grandes trozos de papel higi‚nico, abro y cierro las duchas, etc. Cuando me aburro, abandono el lugar. La soledad de los ba¤os y la cantidad de grifos a mi disposici¢n, me provocan una sensaci¢n de universalidad inequ¡voca. A fin de cuentas, toda mi vida he buscado indicios de universalidad, con total desprecio de lo absoluto. La cercan¡a de lo absoluto me hiere, me da¤a sin remedio. La universalidad no: tal vez en ello radica la verdadera causa de mi presencia en este buque. De vuelta al camarote, de pronto oigo un jadeo proveniente del pie de escalera, y enseguida un ruido como que arrastran algo pesado sobre el enmoquetado. Frente a la escalera y el ascensor, el pasillo se ensancha formando un estar, y m s all , al extremo opuesto de los ba¤os, una puerta de doble batiente da paso a un nuevo pasillo, paralelo al que conduce a mi camarote. Y ah¡, en la puerta de doble batiente, veo como dos hombres arrastran a un tercero hacia el pasillo del otro lado y al punto desaparecen. ¨Qu‚ ocurre?, pienso. Me acerco sigiloso y fisgo por las ventanas de ojo de los batientes, pero ya no hay nadie. ¨Quiz  alguien enfermo? ¨Pero podr  atenderle el m‚dico a estas horas? El tablero del ascensor indica que no se mueve del puente de las piscinas. Aparte el zumbido, todo sigue en silencio. Voy y vengo por el pasillo. La iluminaci¢n blanquecina y los lentos vaivenes del buque me intranquilizan. Regreso al camarote sin pensar en nada, mirando atr s cada tres pasos. Luego estoy en la cama pensando en todo eso, quiero decir, qui‚nes eran aquellos hombres, cuando de repente oigo ruidos en el pasillo. Cada vez m s fuertes. ¨Qui‚n hay ah¡?, grito. Nadie contesta. ¨Qui‚n puede estar ah¡ haciendo ruido?, pienso. Salgo al pasillo. Nadie. ¨Pero qu‚ sucede aqu¡?, pienso. Entonces atisbo una sombra al final del pasillo. ­Alto ah¡!, grito. Nadie responde. Avanzo de puntillas: un paso dos pasos tres pasos cuatro pasos, etc. Nada. El barco apenas se balancea, lo noto enseguida. Parece quieto, inm¢vil. Inspecciono el estar junto a las escaleras y el ascensor. Pero cuando ya regreso al camarote, descubro a dos hombres arrastrando a un tercero junto al pie de escalera. Eso me sorprende, me paraliza. Miro de nuevo: dos hombres fornidos, de espaldas a m¡ y vistiendo monos azules, que arrastran a otro, uniformado de blanco, en direcci¢n a la puerta de doble batiente. Los veo claramente. ¨Qu‚ hacen ustedes?, grito, pero los tres hace rato que han desaparecido tras la puerta. Enseguida me oculto tras un tabique. Cavilo qu‚ hacer. ¨Ir donde el Capit n? ¨Cont rselo todo, hasta el £ltimo detalle? En ese caso deber‚ presentar pruebas, me exigir n pruebas. Pruebas, ¨c¢mo no lo pens‚ antes? Sin embargo, no hay pruebas, ni una sola. S¢lo mi palabra contra la de ellos. Muy nervioso, subo a cubierta. El Beto duerme tumbado en una reposera. Lo despierto y le digo: despierta. Abre los ojos como extraviado, medio dormido a£n, y pregunta: ¨qu‚ ocurre? Al momento lo pongo al corriente y espero su opini¢n. Permanece pensativo unos minutos. Luego dice: --¨Pero qu‚ diablos ocurre? Escucha, le digo, y se lo repito otra vez. Permanece pensativo unos minutos. Luego dice si no se tratar¡a £nicamente de borrachos, juerguistas o algo parecido. --¨Juerguistas a estas horas?--digo. Parece no escucharme y se lanza a relatar que, efectivamente, ha estado con la ba¤ista en su camarote, en el de ella. ¨Qu‚ historias son ‚sas?, exclamo. Dice que s¡, que han estado juntos, ‚l y ella, los dos en su camarote y escuchando m£sica. No hubo problemas porque, en tanto ellos escuchaban esa m£sica acurrucados uno junto al otro, el prometido de ella continuaba escribiendo a m quina, como el Beto lo o¡a a trav‚s del tabique que separa ambos camarotes, sin interrupciones. --¨Acurrucados?--le interrogo, sorprendido por la seguridad y aplomo con que se ha expresado. Pero al punto razono que la historia del Beto y la ba¤ista me trae sin cuidado, y digo--: ¨Has o¡do lo que te he dicho? El Beto no entiende nada de lo que digo. Despierta de una vez, exclamo. Lo sacudo por los hombros. La piscina sigue cubierta por la red de seguridad. --¨Qui‚n tendi¢ esa red?--pregunto. No comprende ni por asomo la gravedad de la situaci¢n. Despierta de una vez, exclamo. Recuerdo el mapa del alfiler y se me ocurre que ah¡ puede hallarse la clave del embrollo. Vamos, ordeno, y a continuaci¢n ya estamos avanzando en pos de ese mapa en la antesala del comedor. --Esto me huele mal--dice el Beto, ya despierto del todo. --¨Qu‚ quieres decir? ¨C¢mo mal? --S¡, mal. Peor que mal. --¨Qui‚n te lo ha dicho? --El novio de la ba¤ista se lo dijo a ella. --¨A qui‚n? --A la ba¤ista. Se llama... No lo recuerdo. --­No hagas caso de ese cenizo!--exclamo, m s que nada para calmarlo aunque por dentro los nervios me roen. Las puertas del comedor permanecen cerradas. El Beto quiere forzarlas. No, le digo, qued‚monos aqu¡ en la antesala. Igual husmeamos por los cristales: las mesas est n todas tendidas y las sillas en su sitio. Eso nos alegra sobremanera. --¨Ves algo?--le digo. Inesperadamente, el Beto se inquieta. Tiembla. Tranquilo, le ordeno, pero tambi‚n yo me siento nervioso. Ni siquiera puedo tenerme en pie. --Sent‚monos ah¡--digo. Ya repuestos de la sorpresiva alegr¡a que nos provocaran las mesas y sillas, el ambiente da para suponer lo peor: casi en penumbras, cada cosa en su lugar y el aire como perfumado. Todo eso, y mucho m s, nos hace permanecer alertas al menor movimiento. No obstante, al Beto se le cierran los ojos de sue¤o. --No te duermas, est te atento--digo, mientras enciendo un cigarrillo. Vuelvo a rememorar el extra¤o episodio al pie de escalera, aquellos hombres. Seguramente tramaban algo. El Capit n debiera saberlo cuanto antes, a ser posible esta misma madrugada. Y el asunto del Pr ctico. ¨C¢mo el Capit n, responsable m ximo del nav¡o, desconoce cosas tan obvias?, me pregunto. Cuando el Beto ya se ha dormido profundamente y reci‚n estoy atando cabos respecto a sus sesiones musicales con la ba¤ista nocturna, a nuestro lado pasa un Oficial sin percatarse de nuestra presencia. Me sobresalto y le doy un codazo al Beto. --Mira--le susurro. El Oficial, ignorando que lo vigilamos, se detiene frente al mapa, de espaldas a nosotros, y manipula algo que no alcanzamos a distinguir. El coraz¢n me retumba. --¨Qu‚ hace ‚se?--me dice el Beto al o¡do. --Cierra el pico y observa--replico sin dejar de espiar al Oficial, tal vez nada m s que un grumete. Cuando acaba, se aleja por un pasillo lateral sin volverse. Se ha ido, dice el Beto. Y enseguida saltamos junto al mapa, pero no advertimos nada anormal. El alfiler contin£a clavado en alg£n punto del oc‚ano. Me seco la frente y digo: --Las malditas pruebas no aparecen por ninguna parte. --¨Pruebas? ¨Qu‚ pruebas?--dice el Beto. --Oye--le digo--, el Capit n ha dicho que no nos preocupemos. ¨O ya no lo recuerdas? El Beto asiente. Tumbado en la cama le doy vueltas a lo sucedido. No acaba de convencerme. Seguramente ahora mismo se gesta alguna clase de conspiraci¢n en este barco. Tal vez el Capit n, en lo m s hondo de s¡, lo sabe todo y espera el momento oportuno para adoptar las medidas pertinentes. Por otra parte, imagino que la misteriosa ba¤ista nocturna sabe mucho m s de lo que aparenta, pese a que de ella s¢lo me obsesiona su cuerpo empapado y brillante. Mierda, digo para mis adentros. Presa de la inquietud, no puedo contenerme y voy a los ba¤os. Jugueteo por segunda vez con las cisternas y grifos. Pienso d¢nde estar  el Sop¢n a esta hora, casi el amanecer. De vuelta al camarote, nuevamente veo a los de mono azul arrastrando al de uniforme blanco, pero ya estoy demasiado fatigado como para ocuparme de ellos. Ma¤ana reunir‚ la mayor cantidad de pruebas posible y me apersonar‚ en el camarote del Capit n. No le mencionar‚ ni una palabra con relaci¢n a las diferencias entre lo absoluto y la universalidad. Repetidos golpes en la puerta me despiertan, me sobresaltan y hacen salir r pidamente del sue¤o. ¨Qui‚n hay ah¡?, pregunto, malhumorado. Nadie contesta. Por debajo echan varios papeles. Programas impresos referentes a las actividades del d¡a, informaci¢n internacional, etc. Vaya mequetrefes, pienso. En alta mar o en tierra firme, no dejan de atiborrarnos con patra¤as de todas clases Ni siquiera leo los malditos papeles, los boto a la papelera sin miramientos. Salto de la cama y enciendo un cigarrillo. Luego me mojo la cabeza entera: abro el grifo y zambullo la cabeza para desembotarla del atontamiento nocturno. Al momento, los altavoces del pasillo anuncian el desayuno servido en los comedores. Y las condiciones clim ticas, profundidad y fuerza del mar, etc. ¨Qu‚ hora es?: las ocho. Vuelvo a mojarme la cabeza. Me veo en el espejo. Estoy acabado, una piltrafa de tipo, el cuerpo dolorido, los ojos hinchados, etc. El comedor luce casi vac¡o. ¨Acaso los se¤ores pasajeros tienen el sue¤o pesado? ¨He madrugado de forma excepcional? Malditos turistas, pienso. --¨Caf‚ solo?--pregunta el camarero. De pronto aparece el Beto y se sienta. Mientras me zampo el caf‚ pienso en aquellos ni¤os de la piscina. Pero enseguida llegan las dos parejas, al parecer todos muy excitados. Una de las mujeres, sin darle yo pie para tal cosa, me suelta a la cara que vienen de popa, que ha sucedido una tragedia, algo horrible. El Beto, a quien se le ha contagiado el desasosiego de la mujer, se vuelca caf‚ en la camisa y, entre accesos de tos, logra articular un espantado: --¨Qu‚ ha ocurrido? La mujer, que ha aprovechado la intervenci¢n del Beto para respirar, se lanza atropelladamente a relatarlo: que cuando ella y su marido, ‚ste a su lado, despertaron tras una noche llena de pesadillas y sofocante calor, oyeron algo as¡ como un ruido fuera, en cubierta, tal como les pareci¢, en popa, la parte trasera del barco. ¨Qu‚ diablos sucede ah¡?, dice ella que exclam¢ su marido, ‚ste a su lado. Entonces se vistieron a toda prisa con lo que hallaron m s a mano, sin atender ella al m s elemental de los maquillajes necesarios para presentarse en p£blico, y as¡, urgida ella por su marido, ‚ste a su lado, que no dejaba de gritarle date prisa date prisa, fueron casi corriendo al lugar de los hechos. Ya el trayecto hasta popa se le represent¢ a ella como muy emocionante y riesgoso, que lo imagin ramos. Llegados luego a popa, toparon con much¡simos pasajeros, hombres y mujeres en bata la mayor¡a, alarmados y cuchicheando ininterrumpidamente, entremezclados con varios Oficiales y marineros de la tripulaci¢n. Semejante panorama ya le embarg¢ de emoci¢n a ella, aun sin saber qu‚ pasaba, a qu‚ obedec¡a tal alboroto. El coraz¢n le repiquete¢ como una campana y a ‚l, su marido, ‚ste de aqu¡, lo mismo. Cerr¢ los pu¤os, dice, y grit¢: ­Oh, qu‚ emocionante! ­M s caf‚!, grito al camarero. Entonces se le ocurri¢ a ella, tan nerviosa y excitada como se sent¡a, preguntar qu‚ ocurr¡a ah¡ en popa, a su alrededor. Y el marido, tan nervioso como ella y enredado en encender un cigarrillo que, culpa del viento, no consegu¡a encender, le dijo en plena agitaci¢n que s¡, que fuese ella a averiguar lo m s posible en tanto ‚l acababa de encender el cigarrillo. Y ella le obedeci¢, precipit ndose as¡ sobre una pareja de ancianos que permanec¡a medio alejada del foco central de los sucesos.