##213# Una enorme gr£a amarilla y ruidosas m quinas excavadoras y demoledoras devoraban r pidamente el a¤orado palacio. Hab¡an arrancado la enredadera del sur y los rosales trepadores de la pared oeste, y me encontr‚ talado el esbelto tilo que introduc¡a sus ramas por mi balc¢n. Varias docenas de desocupados y curiosos rodeaban las vallas que la constructora hab¡a instalado siguiendo, m s o menos, la l¡nea del antiguo muro que cercaba el parque. Por un momento tem¡ que los Noriega hubieran acudido a contemplar la destrucci¢n de su pasado, pero me tranquilic‚: s¢lo estudiantes, ociosos, amas de casa con sus bolsas de recados, ni¤os que regresaban del colegio. Ni los Noriega, ni Florencia, ni Horacio, ni Pilar, ni las antiguas criadas. . . -Oiga, ¨usted sabe si los due¤os, donde vivan ahora, tendr n jard¡n? -pregunt‚ a una se¤ora peque¤a y gordita con un gran bolso. -­Ya lo creo! Una finca grand¡sima, ah¡ cerca, en Palomares. ­Menuda como viven los t¡os! As¡, b rbaro, ¨comprende? est n a la vez en el campo y a dos pasos de la ciudad... Interrumpi¢ un se¤or con aire de oficinista jubilado: traje gris, chaleco de punto, corbata, zapatos negros viejos y lustrosos: -­Anda que, con la millonada que han sacado de esto, ya pueden, ya, pegarse la gran vida y tener jardines y jardineros! Porque le advierto que estos Noriega, £ltimamente, dicen que andaban trampeando, no se crea, y que ‚l, adem s, est  muy mal de salud, as¡ que... ¨Por qu‚ sent¡ como una punzada en el coraz¢n? T£ estuviste enamorada de Celso, aunque no hayas querido enterarte, me dice Santi. ¨Tendr  raz¢n? ¨Qu‚ le pasar  a Celso? Le pregunt‚ al se¤or con pinta de oficinista, pero no me atend¡a. -Es una pena, s¡, se¤ora, que echen abajo este palacio, que podr¡a servir para museo o para qu‚ s‚ yo, algo cultural ¨no? Ahora levantar n otro caj¢n con ventanas, como todas las casas modernas y... -Oiga, oiga, por favor-pugnaba yo-. ¨Sabe usted de qu‚ est  enfermo el se¤or Noriega? -Pues... Lo o¡ decir, pero... -y se rascaba la cabeza, haciendo memoria-. Creo que de infarto, o trombosis, o algo as¡. No, no, puede que de c ncer. Bueno, es igual, anda muy delicado el hombre. Mi se¤ora s¡ que se sabe al dedillo las enfermedades de todo el mundo, oiga usted, como ella est  huy ay siempre, pues... pero yo, gracias a Dios, mire, setenta y tres a¤os, ¨eh?, y nunca estuve enfermo. Claro que yo ni fumo, ni bebo, ni... Pero no le escuch‚ su cargante relaci¢n de virtudes. Con estruendo atronador de cascotes que se derrumbaban, se abri¢ un boquete en la fachada principal, de la que ya hab¡an desaparecido el tejado, las bohardillas y gran parte de aquel segundo piso que guardaba, en innumerables armarios, los vestidos de Olalla. Por el hueco divis‚ paredes revestidas de tela dorada, bordeadas, junto al techo, por una cenefa de figuras que, de lejos, me parecieron mitol¢gicas: ¨faunos? ¨sirenas? Cont‚: uno, dos, tres, el boquete estaba entre el tercero y el cuarto balc¢n del primer piso, justo en las habitaciones de los Noriega, el tabern culo donde yo nunca hab¡a penetrado, al final de aquel inacabable pasillo que parec¡a marcarme el principio de una prohibida, tajante, clausura. ¨Podr¡an ahora las desnudas paredes -que conservaban huellas de muebles adosados- revelarme algo m s sobre Olalla y Celso? ¨Podr¡a llegar a penetrar en su escurridizo misterio a trav‚s de las ruinas de su santuario privado? Un nuevo derrumbamiento dej¢ al descubierto otra pared, de baldosas azules hasta el techo: uno de los cuartos de ba¤o. Cuando se aclar¢ la polvareda, distingu¡, a un lado, roto, colgando, un bid‚ color carne. Me sent¡ turbada, como si se estuviera profanando una intimidad que, a m¡, se me hab¡a vedado y que ahora se mostraba desnuda, imp£dica, desvergonzada, ante una plebe golosa de curiosidades. Hab¡a algo indigno, deshonesto, en aquel espect culo que expon¡a, ante ojos extra¤os, las paredes, los suelos, los objetos ¡ntimos que, durante generaciones, s¢lo hab¡an recibido las miradas, el contacto, el paso y el peso de ®los de la casa¯. Ya hab¡an desaparecido, en d¡as anteriores, lo que fue mi dormitorio y la rotonda donde se tomaba el caf‚. Al fondo se advert¡an vagamente el terciopelo azul del comedor de diario, los restos de la chimenea y el hueco dejado por el gran espejo de no s‚ qu‚ siglo donde yo me hab¡a mirado, por £ltima vez, la noche en que asist¡ a Madame Butterfly... Atardec¡a. Los obreros recog¡an sus herramientas, los curiosos se marchaban, el espect culo de la destrucci¢n seguir¡a ma¤ana. El obsceno bid‚ quedaba all¡, colgando, roto y sucio, testigo mudo de un pasado del que me desped¡a para siempre con los ojos h£medos y una melanc¢lica a¤oranza en el coraz¢n. Emprend¡ el camino de regreso sin volver la vista atr s. Pero fui reviviendo, con lagunas de memoria, con incomprensibles confusiones y, sobre todo, con interrogantes no resueltos, los recuerdos de aquellos d¡as en que habit‚ el palacio de mis sue¤os, que ya nunca volver‚ a ver. Ni loca hubiera podido imaginar lo que me estaba ocurriendo aquel d¡a. Una carambola semejante era de novela. Primero, cuando me vi frente a la casa donde hab¡a encontrado trabajo, yo, como tonta, mirando la direcci¢n que me hab¡a apuntado el profe en una tarjeta, ®Celso Noriega. Calle Marcenado, 5¯, y ,comprobando, una vez y otra, si correspond¡a, efectivamente, al palacio de mi padre. Cre¡ que me daba algo. Me volv¡a al taxista: Oiga, ¨seguro que es aqu¡? Y le ense¤aba la tarjeta. Y ‚l; Pues, claro, se¤orita, ¨no lo ve? Yo, d¡as antes, hab¡a echado la cuenta: el uno, la casa de los Vega; el dos, la de las monjas; el tres, la iglesia; el cuatro, el palacio de mi padre, y el cinco, un bloque nuevo, lujoso, de mucho m rmol y montones de placas de profesionales y oficinas, y portero con charreteras: ah¡ ser . Pero no, porque el convento de las monjas ya no existe y, en su lugar, se construyeron dos casas, as¡ que hubo corrida de numeraci¢n. Me qued‚ pegada, atontada en medio de la acera, pensando lo que ten¡a que hacer: ¨darme la vuelta, en el mismo taxi, a la estaci¢n de autobuses, y otra vez a Somavilla...? No, a Somavilla ir¡a s¢lo los fines de semana, era lo acordado, y, adem s, quer¡a alejarme algo de Fonso para no terminar como el rosario de la aurora. El taxista se impacientaba; le pagu‚. ¨Qui‚n ser¡a aquel se¤or Noriega que precisaba mis servicios? Un intelectual, un caballero con una gran biblioteca, era lo que recordaba de la explicaci¢n del profe cuando me ofreci¢ el empleo. La £ltima propietaria del palacio era t¡a m¡a y se apellidaba Bra¤es, claro, como mi padre, y no como la anterior, do¤a Concha Cuesta, que deb¡a de ser t¡a abuela m¡a. Pero la hermana de mi padre ya se hab¡a muerto y el due¤o actual ser¡a su hijo. ¨Se apellidar¡a Noriega? Seguro. Rebuscaba deprisa en la memoria, pero quince a¤os son mucho tiempo. Al fin me dije algo as¡ como la suerte est  echada, cog¡ la maleta y tir‚ de la campanilla del gran port¢n de hierro forjado. Me recuerdo recorriendo el camino hasta la casa, como una son mbula, lati‚ndome fuerte el coraz¢n. El jard¡n, en una ojeada r pida, me pareci¢ que segu¡a como siempre lo hab¡a visto desde la verja: grandes  rboles, c‚sped muy verde, algunos macizos irregulares de flores, que, salvo las rosas y las hortensias, nunca hab¡a sabido c¢mo se llamaban. La primera vez, en mi vida, que traspasaba aquella puerta y pisaba el parque con el que hab¡a so¤ado tan in£til mente. La puerta principal ya estaba abierta, con una criada uniformada de negro, con su delantal de puntillas y su cofia blanca. Cuando le dije qui‚n era, me cogi¢ la maleta-sent¡ cierto rubor de que fuera tan vieja y barata- y me pas¢ al hall, y, por ‚l, a una salita, a mano izquierda. -Voy a avisar al se¤or. Tenga la bondad de esperar. El hall era enorme. A un lado arrancaba la escalera. Yo lo observ‚ desde la puerta abierta de la salita: l mpara de cristal; un arc¢n con un espejo encima, velado y antiguo; alfombra ¨persa?; varios cuadros en las paredes; una consola al frente; un reloj en un  ngulo, y plantas naturales en tiestos de cer mica. Yo creo que un poco recargado, oscuro y heterog‚neo. La salita, en cambio, resultaba alegre, toda en amarillo: alfombra dorada, siller¡a isabelina tapizada en seda a rayas, un gran espejo veneciano, cuadros por las paredes, mesa de centro en madera brillante con multitud de ceniceros de cristal, de plata, de rocas coloreadas que no sabr¡a distinguir ni especificar. Adem s, nunca volv¡ a entrar en la salita aquella. Me extra¤¢ que no hubiese flores, porque yo pensaba que las casas lujosas lucir¡an grandes jarrones llenos de ramos por doquier, como dir¡a mi profe, que no pod¡a disimular haber pasado por un seminario. Enseguida entr¢ el se¤or Noriega. Hoy me extra¤a mucho la mala impresi¢n que me caus¢ aquel d¡a pero as¡ lo recuerdo. De unos cincuenta a¤os, calvo, alto y flaco, con aire quijotesco y distinguido, y una voz y ademanes que me parecieron levemente afeminados: mucho gusto, se¤orita, si‚ntese, por favor, qu‚ tal mi querido amigo el profesor, etc., etc. Yo, a todo, con generalidades, porque lo que me importaba era el trabajo y la paga y, como ya recelaba y estaba en guardia, no quer¡a decirle de m¡ m s que lo imprescindible. A saber a Roma, de modo que evasivas, no fuera a solt rseme lo de haber vivido en Font n en otros tiempos que yo prefer¡a hundir en el olvido y mira por d¢nde sal¡an a flote sin querer. Llam¢ por un timbre a la muchacha y le orden¢ que me acompa¤ara a mis habitaciones, y a m¡, que, cuando yo quisiera, me esperaba en la biblioteca, al fondo, al otro lado del hall; la muchacha me indicar¡a el camino. La doncella, toda oficiosa, me cogi¢ otra vez la maleta. No me gustaban aquellos servilismos, pero calcul‚ que en buen sitio hab¡a ca¡do para reformas sociales. Entramos las dos en un enorme ascensor, aparatoso, con doble puerta de madera reluciente, lleno de floripondios, esmaltes, taraceas y relumbres. Por dentro, con su espejo en el fondo y su asiento de cojines de terciopelo rojo con borlas doradas, muy de los a¤os veinte, como viscontiano, me pareci¢, y me dio un poco de risa, total, para subir un piso, merec¡a la pena, con una escalera toda alfombrada. ­Ni que fu‚ramos inv lidas! No volver¡a a usar aquel trasto para ricachos blandengues que se herniaban, por lo visto, con dos docenas de escalones mullidos. A la derecha de un amplio pasillo, con m s cuadros, tapices y espejos, estaba mi dormitorio, peque¤o en comparaci¢n con el resto de la casa, aunque de techo alt¡simo, de los de cinco metros, lleno de molduras. Las paredes, con un precioso friso de rosas y paisajes rom nticos. Toda la habitaci¢n, hasta la altura del friso, entelada de raso azul, y amueblada en estilo ingl‚s, con un icono, supongo que aut‚ntico, en la cabecera de la cama, representando a la Virgen llevada en volandas por los  ngeles. Me qued‚ en medio de la habitaci¢n, embobada, dando vueltas a la cabeza, admir ndolo todo, porque nunca me hubiera imaginado alojarme en un sitio de tanto post¡n. ­ Cuando lo supieran Fonso y los amiguetes ! A un lado del dormitorio hab¡a una puerta que daba al cuarto de ba¤o, decorado todo en baldos¡n azul, con sanitarios lujosos y relumbrantes, de grifer¡a dorada. ­Y qu‚ espejo a lo largo de la ba¤era! Y otro sobre el lavabo, y otro m s, de aumento-­qu‚ obsesi¢n de espejos, Se¤or!-, donde un d¡a habr¡a de descubrir mi primera arruga: claro que hab¡a que acercarse mucho y ver tambi‚n los poros y las venillas. Me di cuenta de que continuaba por tres paredes el friso de la habitaci¢n: le hab¡an cortado al dormitorio una tercera parte, m s o menos, para construir el cuarto de ba¤o. Hab¡an modernizado el palacio, que, antiguamente, no contar¡a con un ba¤o para cada dormitorio. ¨Cu ntos tendr¡a? A ambos lados de aquel pasillo se ve¡an varias puertas, todas iguales, como en un hotel. Mientras me aseaba ligeramente y abr¡a la maleta para colgar mis cuatro trapos -­ qu‚ bien ol¡a el armario, a£n parece que percibo su aroma, y qu‚ pobres y de mal gusto me parecieron mis ropas!- empezaba a darme cuenta de aquel hecho asombroso: all¡ estaba, s¡, dentro del palacio de mis viejos sue¤os, dentro de las estancias tantas veces imaginadas, que, ahora, no se parec¡an en nada a las que yo hab¡a construido mentalmente. En mi adolescencia, viendo algunos barrocos decorados de pel¡culas espa¤olas, las supon¡a con grandes columnas marm¢reas, cortinajes brillantes llenos de frunces, escayolas retorcidas y aparatosos mobiliarios blancos. M s tarde, las visitas de estudio a los palacios reales y la contemplaci¢n encandilada de las aristocr ticas mansiones que aparec¡an en ®Hola¯ y otras revistas afines, hab¡an ido cambiando mis suposiciones hasta llegar a asimilar el interior del palacio de mi padre al de Liria de los duques de Alba, nada menos. M s adelante habr¡a de comprobar que, de aquel edificio tan grande y suntuoso por fuera, s¢lo se utilizaba a diario una cuarta parte, y apenas cerca de la mitad cuando se celebraba alguna fiesta y se abr¡an los salones de recibo y el comedor de gala, justamente frente al hall, tras las grandes cinco puertas del pasillo que atravesaba, paralelo a la fachada, toda la planta baja. Pero pronto me di cuenta de que, en realidad, la escalera principal, con su mullida alfombra azul de cenefa estampada en ocre y verde y su pasamanos de madera labrada, no eran de uso diario, ni tampoco el viscontiano ascensor relumbrante. En la planta baja, s¢lo se viv¡a en la biblioteca, la galer¡a en rotonda donde se tomaba el caf‚ y el comedor peque¤o, de diario, que ca¡a sobre la cocina. En el primer piso, mientras yo estuve all¡, s¢lo se utilizaron cuatro dormitorios. El servicio dom‚stico viv¡a en el s¢tano. Tambi‚n tard‚ tiempo en conocer algo del segundo piso, y a£n sigo pregunt ndome qu‚ se albergaba en las bohardillas. Muchas veces me alegr‚ de pensar que, como los ricos no poseen el don de la ubicuidad, tienen que reducirse, casi siempre, a espacios no mucho mayores de los que disfruta cualquier mortal de mediano acomodo. La muchacha me gui¢ hasta la biblioteca, aunque era bien f cil encontrarla: segunda puerta a la derecha, en el hall. Al d¡a siguiente, sin embargo, me ense¤aron otra entrada m s sencilla, por una escalerita interior que comunicaba todos los pisos del palacio. No volv¡ a usar nunca la gran escalera central, que se reservaba para los d¡as de repicar gordo. Pienso si intentar¡an deslumbrarme en el momento de mi llegada. ­Qu‚ biblioteca, madre m¡a! Una enorme habitaci¢n, dos pisos de bell¡simos armarios de caoba y cristal, repletos de libros; tres grandes ventanales hasta el suelo, frente a la puerta de vidrieras emplomadas; ¨y las l mparas, la mullida alfombra persa sobre la moqueta verde del piso, las mesas con incrustaciones y dorados, el piano de cola, los sillones de cuero verde...? ¨y toda la preciosa barandilla met lica, con florones parecidos a los del ascensor, que bordeaba el segundo piso de estanter¡as? ­ C¢mo viv¡a aquella gente! Me enfurec¡ por dentro: ­descendientes de explotadores, que hab¡an hecho su fortuna comerciando con el hambre del pueblo! All¡ estaba esper ndome el se¤or Noriega, y entonces me fij‚ en su ropa: un terno gris, sin corbata, seguramente para democratizar el vestuario. Pero eso me importaba un comino. Enseguida me puse al corriente de los problemas con que me iba a encontrar, porque la biblioteca estaba dividida en cuatro lotes: uno hab¡a pertenecido a do¤a Concha Cuesta, primitiva due¤a del palacio, viuda de un ricach¢n indiano, beatorra, seg£n recuerdo, que fue madrina de confirmaci¢n multitudinaria en mi parroquia de barrio el d¡a en que yo recib¡ semejante sacramento de manos de un obispo, carca de mucho cuidado, que le sacaba los h¡gados a la tal do¤a Concha, supongo que a cambio de perdonarle la inhumana adquisici¢n de tanta riqueza. Sus libros eran pocos y casi todos de devoci¢n, o de Pereda, Concha Espina y Men‚ndez Pelayo. El segundo lote proced¡a de don Teodoro Bra¤es, sobrino y heredero de do¤a Concha, el se¤orito Doro, mi padre ®natural¯, que hab¡a transmitido el palacio y la biblioteca a su hermana, y ella a su hijo, el se¤or Noriega, hac¡a diez a¤os. Este segundo lote, seg£n comprob‚ m s tarde, era abundante, pero no ofrec¡a especial inter‚s, salvo toda la novela amorosa de los a¤os veinte y treinta, primorosamente encuadernada. El tercer lote, el m s numeroso y de gran valor en libros antiguos, incunables, manuscritos, primeras ediciones, obras dedicadas y ejemplares raros, £nicos y curiosos, am‚n de una complet¡sima colecci¢n de obras de arte en varios idiomas, era del mismo Noriega, y ya estaba clasificado y bien ordenado. Ahora se trataba de incorporarle los dos anteriores, ficharlos, registrarlos, etc. Esta iba a ser mi principal labor. Yo calcul‚ aquellos tres lotes en unos veinte mil ejemplares. Rumi‚ muchas veces que deber¡an estar al servicio del pueblo, y no para disfrute particular de una familia de ricachos. El cuarto lote pertenec¡a a la se¤ora de Noriega, aportado por ella al matrimonio, con muchas obras de m£sica y folklore, de mi suegro, que en paz descanse, dijo Noriega, que a¤adi¢ que su mujer compraba todas las novedades un poco indiscriminadamente, la verdad. -Como no tenemos hijos -me explic¢-, deseamos que este lote permanezca separado, para no complicar las participaciones el d¡a en que nosotros faltemos . ­ Qu‚ previsores ! ­Y qu‚ ego¡stas, con tantos ni¤os necesitados de padres adoptivos ! Supuse que todo ir  a parar a otro sobrino, como parece ya t¡pico de las herencias de esta est‚ril familia, que ni transmite el apellido; ¨ser  decadencia de genes? De todos modos, me parec¡a un tanto feminoide el Noriega aquel, con su voz insinuante y sus ademanes atildados. Me present¢ a un tal Horacio, escribiente, mecan¢grafo, secretario, todo en bloque, ®mi mano derecha¯, que iba por all¡ desde la ma¤ana y se quedaba hasta media tarde. Joven, peque¤ito, con carita de fauno y cuerpecillo de lombriz, abusivo y un poco bufonesco, como correspond¡a, pensaba yo, a la mano diestra de tan gran se¤or, par sito de la sociedad, que a£n no sab¡a yo en qu‚ se ocupaba para necesitar secretario. El se¤or Noriega anduvo muy respetuoso con mis criterios, todav¡a inseguros, porque yo s¢lo hab¡a clasificado bibliotecas de barrio y de bibliob£s, a ojo de buen cubero, y empezaba a pensar que mi profe me hab¡a metido en una buena, con el cari¤o que me hab¡a cogido el t¡o, un poco senil, no s‚ si de abuelito o de algo m s, aunque con estos viejos todo platonismo es posible: ­Cu nto vale usted, Lola! ­Qu‚ pena que pierda su tiempo en empresas est‚riles ! . ¨Habr¡a algo m s est‚ril que la tarea que me hab¡a buscado? En fin, estar¡a mantenida, bien pagada y siempre aprender¡a algo. Una doncella, o lo que fuera, distinta de la que ya conoc¡a como Palmira, vino a traernos un aperitivo, a las doce, en bandeja de plata, servilletas de hilo, cuencos de canap‚s variados y tres copas de jerez. Noriega me pregunt¢ si prefer¡a otra bebida, pero yo, claro, que no, aunque hubiera querido coca-cola. Lo del aperitivo fue diario, siempre a las doce en punto por el gran reloj de soner¡a del hall, y all¡ me aficion‚ al jerez y aborrec¡ la coca y otras colas, que ni s‚ c¢mo pudieron gustarme nunca. -Hay que proteger la bebida nacional -dec¡a Noriega. Yo supe m s tarde que era muy amigo de cosecheros jerezanos. Evoco muchas veces otro momento de aquel d¡a destinado a llevarme de sorpresa en sorpresa. Eran casi las tres de la tarde. Charl bamos todav¡a en la biblioteca. El se¤or Noriega toc¢ el timbre y pregunt¢: -¨Ha llegado la se¤ora? Y la muchacha, Palmira, contest¢: -La se¤ora est  en el taller, se¤or. Y all  fuimos a buscarla, mientras yo trataba de imaginar c¢mo ser¡a el taller, palabra que me parec¡a poco en consonancia con aquella suntuosa mansi¢n. Bajamos una escalera sencilla hasta el s¢tano que, en la trasera del edificio, por el declive del terreno, ten¡a grandes ventanales, mientras que la fachada, donde dorm¡a la servidumbre, los presentaba peque¤os. Por un pasillo llegamos a una puerta abierta: hab¡a, efectivamente, un gran taller, lleno de acuarelas por el suelo, de caballetes, de figuras de barro y escayola, de cer micas . . . Junto a un ventanal, estaba, de espaldas, una mujer corpulenta, con el pelo envuelto en un pa¤uelo de colores, alpargatas negras de cintas y un largo blus¢n caqui lleno de manchas de barro. Modelaba una especie de cabeza de ni¤o. -­Hola, querida! Es la hora de comer-dijo su marido alegremente-. Te presento a la bibliotecaria que nos env¡a don Jos‚. Se llama Lola. Entonces ella se volvi¢ despacio-serena, arrogante, ya un poco canosa-, mientras se limpiaba las manos con una toalla, y me sonri¢ suavemente, la mirada inquisitiva y la voz gruesa, pastosa, algo lenta: -­Ah! ¨Qu‚ tal? ­As¡ que t£ eres la bibliotecaria que est bamos esperando? La reconoc¡ al instante, a pesar de los quince a¤os transcurridos, a pesar de la madurez de su cuerpo, a pesar de las leves arrugas y las salpicadas canas, y la voz m s lenta, m s gruesa, m s pastosa, que dec¡a aquello: -­Ah! ¨Qu‚ tal? ¨As¡ que t£ eres la... Le alargu‚ la mano ­qu‚ gran error de etiqueta! aturdida y confusa, temiendo sentirme reconocida. Ella me ense¤¢ las suyas manchadas de barro: -Perdona, Lola, ¨te llamas Lola, verdad?, voy a lavarme. Mejor que me esper‚is en el comedor, ¨os parece? Enseguida me arreglo. En el trayecto hacia el comedor, yo fui sopesando aceleradamente las posibilidades de que me recordara. No. Me tranquilic‚. ­Imposible! Nunca se hab¡a fijado en m¡ con detenci¢n: yo s¢lo era la sobrina de una criada antigua, una mocosa fe£cha y malencarada, a la que se encontraba por la calle de pascuas a ramos con mi t¡a Flora. Seguramente ni se acordaba de mi nombre familiar, Mari; y mi apellido, Fern ndez no servir¡a para identificarme. juego, durante la comida, en el peque¤o, recoleto, ¡ntimo comedor de muebles lacados en blanco, con tapicer¡as, cortinones y paredes azules, con un mirador abierto al parque trasero, hacia los robles, los tejos, las hortensias y el c‚sped h£medo, fue desgran ndose una conversaci¢n banal y despaciosa que no puedo recordar. ­Cu nto me gustar¡a ahora rememorar todas las palabras, revivir todos los silencios, reconstruir todos los gestos! Quiz s, a esta distancia, me dar¡an la clave de situaciones y actitudes que entonces no pude entender. ¨Por qu‚ apenas soy capaz de recordar m s que un destello de la dicha y la paz que alg£n d¡a sabore‚, s¢lo unas palabras afectuosas separadas de su contexto, quiz s una fugaz sonrisa, mientras mi memoria infiel se aferra tan tenazmente a las horas de dolor? Las frases hirientes, las miradas despectivas, los gestos desde¤osos, los ambientes s¢rdidos reviven minuciosamente en mi memoria caprichosa que ha dejado escapar, sin embargo, por ignorados desages, las dulces evocaciones de los d¡as pl cidos, que pasan a confundirse unos con otros, a empastarse y mezclarse hasta parecerme que constituyeron, en realidad, un solo d¡a feliz, en tanto que las jornadas angustiosas, los instantes dram ticos se levantan se¤eros, aislados, punzantes, como reci‚n sufridos uno a uno, y, tercamente, una y otra vez los revivo. As¡ yo confundo, a partir de aquella primera comida, otras muchas, siempre a las tres en punto, celebradas en aquel comedor alegre, luminoso, aromado con ramos de claveles, rosas o gladiolos reci‚n cortados del jard¡n, con el olor a tierra mojada que entraba por el ventanal abierto, mientras ca¡a silenciosa la tierna llovizna melanc¢lica de aquel fin de verano templado y h£medo. De tantas conversaciones como all¡ sostuvimos, confusamente mezcladas en la evocaci¢n, lo primero que recuerdo es lo m s intrascendente, como cuando la muchacha preguntaba: -¨Desea guarnici¢n la se¤ora? Yo siempre me serv¡a guarnici¢n, pero Olalla, no, a no ser verduras y hortalizas. La rechazaba con un gesto fingidamente lastimoso y una voz supirante: -­No, Teresa, que engorda! Y todos nos sonre¡amos, c¢mplices, ante su temor a seguir perdiendo la l¡nea. -Pero, ¨qu‚ l¡nea? -preguntaba su marido, con fingido estupor . ¨La recta o la curva? -­La de tonel en que voy a convertirme dentro de poco ! -No est s gorda, Olalla; est s, simplemente, maciza. S¡. Maciza era la palabra que le cuadraba: como un tronco de  rbol, con leves protuberancias en los senos y las caderas, pero plana de vientre y recta de espalda, con los kilos sobrantes armoniosamente distribuidos. -­Bueno, bueno, eso es gracias a la nataci¢n y al tenis! ­Pero ya ver‚is, el d¡a que me apoltrone, c¢mo me pongo... ! No puedo imagin rmela apoltronada, como no puedo imagin rmela ni m s gorda ni m s vieja. Me parec¡a, realmente, perfecta, y me admiraba de encontrarla tan elegante, tan en su justa medida y peso, aunque no correspondiera, en absoluto, a los c nones de belleza de mi generaci¢n. Ten¡a cuarenta y cinco a¤os -no los ocultaba ni disimulaba- y una belleza cl sica espa¤ola: la nariz ligeramente grande y curvada, suavemente aguile¤a; la boca, de labios muy moldeados; los ojos, negros y profundos; el pelo, rayado hacia atr s y recogido en mo¤o. Una mezcla de Juanita Reina y Nati Mistral, en versi¢n aristocr tica. Yo s¢lo le encontraba parecidos con bellezas trasnochadas. -Es que tengo una cara antigua, de las que ya no se llevan. Pero volver‚ a ponerme de moda un d¡a de ‚stos -y sonre¡a con su dentadura blanca, un tanto demasiado grande. Las conversaciones sobre su aspecto f¡sico se deslizaban siempre en un tono superficial. A m¡ me parec¡a que, en el fondo, no le preocupaba en absoluto su apariencia, y no por falta, sino por superaci¢n, de toda presunci¢n y coqueter¡a; porque seguramente se hallaba por encima del buen parecer, convencida de que su atractivo era hondo e inalterable, ajeno a los cambios de la moda, inmune a los efectos de la cosm‚tica, independiente de los c nones al uso: no necesitaba ni deseaba cambiar. Y cuando yo la ve¡a as¡, tan segura de s¡ misma, pero no pagada de s¡ misma, tan conforme con su aspecto f¡sico, aunque fingiendo ¨por modestia? no estarlo, tan despreocupada por sus canas y sus surcos y su madurez, que no trataba de disimular, empezaba a sentirme inc¢moda con mi pelo rizado de peluquer¡a, con mi nariz de quir¢fano, con mis dientes delanteros artificiales, con el sutil hilillo de mis cejas. Por primera vez, recuerdo, comenzaba a cuestionarme la autenticidad de mi rostro. Era cierto, y consolador, que me hab¡a convertido en una muchacha muy atractiva que en nada recordaba a la adolescente fe£cha que hab¡a sido-cejas espesas, nariz grande, dientes paletones, pelo lacio-, pero ¨reflejaba este aspecto de ahora mi aut‚ntica personalidad? ¨O, m s bien, era una cara a la moda, como muchas otras? ¨Hab¡a renunciado a mi identidad f¡sica por ganar belleza? No me hab¡a sentido nunca a gusto con mi antigua nariz, ni menos con mis dientes delanteros, grandes, salientes, montados unos sobre otros. ­Ah, si la ortodoncia hubiera estado a mi alcance, de ni¤a... ! Pero buenos estaban mis t¡os para ocuparse de mis dientes: ­Con llenarte la tripa bastante hacemos, guapa! As¡ que la belleza, privilegio de los ricos. Mi primera barra de labios me hab¡a costado un bofet¢n, con ser la m s barata del mercado, tan mala que se cambiaba de tono apenas extendida, se corr¡a Y acaba form ndome, en el interior de los labios, una estr¡a grumosa y cuarteada. Ten¡a yo quince a¤os. Olalla no se maquillaba en absoluto. Su piel trigue¤a luc¡a todas las imperfecciones al natural, sin que parecieran importarle los lunares ni las pecas que la salpicaban, ni la palidez de las mejillas y los labios: como si flotara sobre aquellas peque¤eces que obsesionan a otras mujeres de su rango, siempre metidas en institutos de belleza. Ella se lavaba el pelo y lo secaba al sol, suelto sobre los hombros, paseando por el jard¡n. Luego lo recog¡a en cola de caballo, o en mo¤o, bien tirante en las sienes, rayado hacia atr s, y lo sujetaba con una cinta de terciopelo, de raso, o de moar‚, sobre la que se prend¡a, como siempre, como yo la recordaba en sus salidas de las ¢peras, aquel famoso alfiler¢n de oro, rematado por una enorme esmeralda. . . ­ Cu ntos recuerdos me tra¡a aquel alfiler¢n! S¡, me gustar¡a poder evocar las conversaciones de cada comida, incluso los men£s, las ropas, las circunstancias todas que hac¡an deliciosas para m¡ aquellas gratas horas de convivencia durante las que fui penetrando, insensiblemente, en un mundo que antes me resultaba ajeno y pronto comprend¡ que era el m¡o, por derecho, el que siempre deber¡a haberme correspondido. Puedo reconstruir muy bien en la memoria los objetos del comedor: la mesa ovalada, la siller¡a, la vajilla diaria de Rosenthal, la antigua de Limoges para los d¡as de invitados, los cubiertos y utensilios de plata, las preciosas manteler¡as de finas telas (manteler¡as veraniegas, las defini¢ un d¡a Olalla, y yo me asombr‚ de que fueran distintas de las de invierno) estampadas, a veces transparentes o caladas, en g‚neros que no s‚ clasificar, a no ser las de hilo bordado y encajes de los d¡as solemnes. No; apenas puedo reconstruir aquella primera comida. S‚ que subimos al comedor, el se¤or Noriega, Horacio y yo, por la escalera lateral, de servicio, mientras Olalla, desde el taller, se dirig¡a a ®sus habitaciones¯, (t‚rmino plural que yo s¢lo hab¡a le¡do en novelas con personajes de mucha alcurnia, o en biograf¡as); apareci¢ pronto y tom¢ sitio frente a su marido, yo a su izquierda y Horacio a su derecha. Llevaba un vestido camisero de seda natural azul marino con florecillas blancas, que despu‚s le vi puesto muchas veces, alternando con otro tostado de franjas verdes verticales. Creo que siempre la vi en el comedor con uno de aquellos dos vestidos, salvo los d¡as de invitados. Aquella sobriedad lleg¢ a admirarme mucho, porque le supon¡a roperos atiborrados. Pero tampoco su marido luc¡a gran variedad de trajes. Generalmente andaba por casa con un pantal¢n de verano de tono crudo y una chaqueta de punto marr¢n; variaba con un jersey verde y un pantal¢n gris. Cuando ten¡an invitados, Olalla alternaba dos vestidos de c¢ctel: uno de organza estampada en malva y otro negro, de tafet n. Su marido se acordaba de la corbata y se endosaba el terno gris con que lo hab¡a conocido yo. No eran, realmente, despilfarros suntuarios para la gran fortuna que se les supon¡a. Por no recordar, ni siquiera recuerdo el men£ de aquella primera comida. Quiz s me sent¡a tan aturdida y deslumbrada que ni me enter‚ de lo que me sirvieron. Estaba demasiado obsesionada por no delatarme con mis palabras, por no desentonar de la exquisita correcci¢n y la delicada finura que correspond¡a a tan alto momento, y por obedecer los consejos del profe: discreci¢n y laboriosidad. Pero, como nunca nadie me ense¤¢ buenos modales ni m¡nimos refinamientos, apenas lograr¡a tragar m s que una sopa (creo que sirvieron sopa) y, seguramente, unos trozos de carne o pescado mal trinchados y torpemente conducidos con la mano izquierda, no avezada a tales trabajos. Lo que s¡ s‚ muy bien es que, durante mi estancia all¡, entre todas las variadas y exquisitas frutas que se me ofrec¡an, s¢lo com¡ pl tanos, avergonzada de que pudieran darse cuenta de mi incapacidad para pelar con tenedor y cuchillo. ¨Por qu‚, me preguntaba humillada, no me hab¡an ense¤ado buenos modales y etiqueta las monjitas de mi infancia, o las del colegio de Protecci¢n de Menores -donde m s tarde fui a parar-, o incluso la Universidad, que tantas inutilidades e incoherencias me ofreci¢? El mismo Horacio, empleadillo de poca monta, pelaba la fruta y manejaba los cubiertos con soltura. No recuerdo qu‚ hice por la tarde. Creo que empec‚ a trabajar en la biblioteca. Luego, de noche, el insomnio: ¨sabr¡an Noriega y Olalla qui‚n era yo? ¨hab¡a un acuerdo con el profe -suponiendo que ‚l hubiera averiguado mi origen- para traerme al palacio con una intenci¢n oculta? Los Noriega no ten¡an hijos,¨y si...?­qu‚ disparate!­qu‚ bobada!­d‚jate de noveler¡as! Pero, entonces, ¨por qu‚ buscarme a m¡, precisamente a m¡, como bibliotecaria por aquellos meses, una chica desconocida, sin educaci¢n ni clase (al menos aparentemente, porque en algo se conocer¡a mi alto origen, cre¡a yo), s¢lo por simpat¡a de un viejo profesor amigo del padre del tal se¤or Noriega? ¨No era demasiado forzado? ­Mucha casualidad para cre‚rmela! Me sent‚ en la cama inquieta, nerviosa. No; era evidente que all¡ hab¡a gato encerrado; pero, .¨qu‚ pod¡a ser? ¨no ser¡a que...? ­No, otra vez fuera noveler¡as ! Sin embargo, al amanecer hab¡a llegado a una clara conclusi¢n: los Noriega no ten¡an descendencia, sab¡an mi filiaci¢n con su t¡o Doro, me hab¡an buscado para protegerme, quiz  para devolverme algo de lo mucho que se me hab¡a escamoteado, porque el palacio, y Dios sab¡a cu ntos m s bienes, deber¡an ser m¡os. Bueno, muchos m s bienes, no, porque mi padre hab¡a sido despilfarrador y cr pula, y lo hab¡a -dec¡an- malgastado casi todo. Pero quiz  los Noriega trataban de ayudarme, ­ y cu nto necesitaba yo algo de ayuda! Habr¡a que aprovechar la ocasi¢n . Me dorm¡, al fin, poco antes de que me llamaran para iniciar el d¡a de trabajo. Y, a comp s de la ducha cayendo sobre mi cabeza, se me fueron despejando las ideas delirantes de la noche. Comprend¡, fr¡amente, que mi estancia en el palacio era una pura casualidad, y me re¡ de mis sue¤os de cenicienta. Al salir de la ducha, me llamaron por tel‚fono: la doncella, que si deseaba el desayuno. Yo, que s¡, que bueno, aturdida, ¨d¢nde tengo que ir a desayunar, al comedor? A ning£n sitio, se me servir¡a en el dormitorio, a no ser que yo prefiriera... No, no, encantada, ­qu‚ plancha! Y recuerdo mis desayunos, despaciosos, frente al ventanal abierto por donde introduc¡a sus ramas un alto tilo en el que cantaban los p jaros, que ya me despertaban al amanecer. ­Cu nta paz y silencio! Tras el zumo de frutas, y el caf‚ con bizcochos, tostadas, mermelada, mantequilla, boller¡a... ­hotel de muchas estrellas!, me estiraba voluptuosa en el sill¢n de cuero rojo, bajo los bailarines rayos del sol que se filtraba a retazos entre las hojas del tilo, y contemplaba el friso de rosas de la pared, el techo con ornamentos de escayola, los visillos de encaje, el enorme espejo del armario, y todas las riquezas y suntuosidades que me rodeaban. ­ Qu‚ contraste con el viejo dormitorio oscuro, h£medo, miserable, de mi infancia, con muebles desvencijados y apolillados, con cama rota y mesita de un caj¢n que no se abr¡a! Por unos momentos, me imaginaba que todo era m¡o ­m¡o desde siempre y para siempre! -Los buenos modales nunca sobran y ayudan a la convivencia. Pero Beatriz sali¢ por una de sus cursiladas: -­S¡, cielo, huy, ya lo creo! Mira, yo si quieres, ¨eh?, en lo que pueda, ¨no?, te ense¤o algo, porque en mi casa siempre se comi¢ con mucha etiqueta, esa es la verdad. La etiqueta de Beatriz, seg£n mis observaciones, consist¡a en coger los vasos separando mucho el me¤ique . Una de aquellas tardes de mi segunda semana en Font n, me sent‚, a recordar, en el parque de San Lorenzo, frente al palacio de los Noriega. Nunca hab¡a tenido yo ocasi¢n de sentarme con calma all¡ donde tanta gente pasaba las horas muertas. Yo no; yo, de ni¤a, s¢lo lo atravesaba cargada con bolsas y paquetes, acompa¤ando a m¡ t¡a, desde el vecino mercado de Trascorrales hacia nuestro barrio sucio, lejano y oscuro. Mi t¡a padec¡a no s‚ qu‚ de columna vertebral y no pod¡a cargar pesos -por lo que hab¡a tenido que dejar el servicio en casa de los condes de Quintana-, de modo que me llevaba a m¡ de carretona para nuestra exigua compra, los jueves y domingos. Seg£n ella, en las tiendas del barrio eran unos ladrones y hab¡a que acudir a santa Mar¡a la de m s lejos, la que m s devotos tiene, rezongaba el t¡o cuando llegaba a casa antes que nosotras. Yo m s bien creo que la raz¢n de ir al mercado era distinta: despu‚s de merodear por los puestos y adquirir nuestro rampl¢n suministro de patatas, harina de ma¡z, huevos, berzas, embutido barato y, a veces, alguna sardina o bacalao (porque le hab¡a dicho la se¤ora condesa que el pescado era muy sano, que no era agua, y que ten¡a mucho f¢sforo, aunque m¡ t¡a ignoraba para qu‚ pod¡a servir el f¢sforo fuera de las cerillas), entraba siempre un ratito con sus adoradas se¤ora condesa y se¤orita Olalla y se daba tambi‚n un garbeo por el palacio de los condes del Narcea-los llamaba ®los abuelos¯ como si, en lugar de serlo de la se¤orita Olalla, fueran mismamente suyos-, all¡ cerca, en la plazuela del dieciocho de julio, y parloteaba con las criadas del palacio, viejas amigas y compa¤eras, y, si la encontraba a tiro (porque en la casa no se atrev¡a a entrar), con su compinche Telva, la cocinera de los Quir¢s, con quien echaba la gran parrafada, en la misma acera: venga a poner por las nubes a sus se¤oritas, y venga a contarse todos los cotilleos de las respectivas familias, de sus se¤ores. A mi me fastidiaba tanto aquel servilismo -aunque entonces no sab¡a que se llamara as¡-, que ni las escuchaba: me sentaba con mi carga al borde de los jardinillos que rodeaban la estatua del inquisidor Vald‚s, en el centro de la plazuela, y esperaba al sol, si lo hab¡a, a que terminara la ch chara. Luego, hala, parque arriba, contemplando de reojo c¢mo jugaban los ni¤os, c¢mo se achuchaban los novios -­no mires, Mari, que es una vergenza, que las mozas de ahora no tienen pudor ni quien se lo ponga, que como salgas t£ as¡, te deslomo, por ‚stas !-, c¢mo tomaban el sol los viejos, y oyendo, como quien oye llover, al cencerro de mi t¡a: -. ..pues parece que la se¤orita Olalla se va a Par¡s este verano, a perfeccionar el franc‚s, pero vendr  a tiempo para la ¢pera, claro. Tengo que ir a despedirla. . . -...pues parece que la se¤orita Olalla tiene medio novio. Ir‚ a ver qu‚ me cuenta... -...pues parece que la se¤orita Olalla anda con anginas. Ir‚ a ver c¢mo sigue... Siempre encontraba motivos para ir a verla y para venir ponderando lo mucho que hab¡an charlado, los besos que la se¤orita Olalla le hab¡a estampado con toda el alma, como ella es as¡ conmigo, tan cari¤osa, en los dos carrillos, y bien sonoros, y lo mucho que se hab¡a interesado por m¡, que hasta le hab¡a pedido que me llevara, que quer¡a ver cu nto hab¡a crecido. -Pues que venga ella a verme. -­Calla, mentecata! ¨C¢mo va a venir ella aqu¡? Yo odiaba a la se¤orita Olalla, y la rehu¡a, porque era el modelo que hab¡a de imitar siempre. Cuando nos la encontr bamos en la calle -pocas veces- o a la salida de la ¢pera -muchas m s-, mi t¡a toda se volv¡a zalemas, y la se¤orita Olalla me daba un beso voluble y distra¡do, pero me elogiaba mucho: -­ Qu‚ alta y qu‚ guapa! Y creo que eres muy lista y estudiosa, ¨no?, pero un poquito rebelde, dicen las Madres. . . A m¡ me apetec¡a sacarle la lengua, aunque me conten¡a para librarme de coscorrones. Y me parec¡a una mentirosa porque saltaba a la vista que yo no era guapa. ­Pues bonitos recuerdos de Font n los m¡os! Con decir que nac¡ el d¡a de la Victoria, uno de abril del a¤o cincuenta, de madre soltera, ya es decir algo, creo yo. ­Bonita victoria la de mi madre, descolg ndose con una hija del pecado, en aquellos tiempos ! Y siempre tengo clavado en la memoria a mi t¡o Manolo, borrach¡n, una noche en que lleg¢ a casa m s cargado de lo necesario, y quiso hacerme una de aquellas caricias malintencionadas que se le escapaban cuando estaba bebido, y yo me ech‚ para atr s, y va y me solt¢ que a ‚l le deb¡a la vida, que le hab¡a dado de tortas a mi madre cuando quiso abortar, como se dec¡a en el barrio. Y me lo espet¢ con mala leche porque yo hab¡a llegado a las nueve y media por estar charlando con unos amiguitos, y ‚l se me puso en plan moralista: que ya me librar¡a yo de traer barriga para casa como hab¡a hecho mi madre. ­El muy cabr¢n, siempre persigui‚ndome por los rincones, y haci‚ndose el encontradizo en el pasillo -m s estrecho de lo conveniente, y sob ndome en cuanto mi t¡a se descuidaba! Le solt‚ -me acuerdo como si fuera ahora mismo- que ya me conformaba con que la barriga no me la hiciera ‚l y que, para la vida que llevaba en su casa, m s me hubiera valido que mi madre se hubiera librado de m¡, aunque eso lo dije con la boca grande; porque otra me quedaba dentro, que la vida, por muy aperreada que sea, a los quince a¤os la ves preciosa. El muy bestia ni se enter¢, pero bien que se enter¢ la t¡a, que ya se tra¡a la mosca tras la oreja con el cerco que me pon¡a su hombre, as¡ que, aquella noche, me solt¢ que iba a ser mejor que me fuera a vivir a otro sitio, que all¡ no estaba yo bien, y que ella la primera obligaci¢n la ten¡a con su marido y no conmigo, y que hablar¡a con la se¤ora condesa y con la se¤orita Olalla a ver si me buscaban un colegio. Y, a los pocos d¡as, me largaron de Font n, empec‚ a rodar y hasta hoy. ­S¡, vaya recuerdos de Font n! ¨Existir  todav¡a, en aquel barrio de las afueras, la casa desdichada de mis t¡os? Nunca quise volver a pasar por all¡. Siempre se hablaba de nueva alineaci¢n, de que abrir¡an una carretera de salida, de que tendr¡an que indemnizar a los vecinos el d¡a en que los echaran, y darles nuevas viviendas, y mi t¡a aseguraba que, cuando eso ocurriera, la se¤ora condesa y la se¤orita Olalla le buscar¡an acomodo. ­S¡, s¡...! ¨Y mi madre? ¨Seguir  por Alemania, casada con su camarero andaluz y cargada con otros hijos, que ni s‚ cu ntos son? Mientras fui peque¤a, enviaba algunos marcos; pero, luego, cada vez menos. Desde que se cas¢ y empez¢ a tener familia, lo que dec¡a la t¡a Flora: de la hija de aqu¡, ni acordarse, que lejos de vista, lejos de coraz¢n, y el trato es el que engendra el cari¤o, y no la sangre, y ojos que no ven, coraz¢n que no siente; aunque yo creo que sentir, sentir, nunca sinti¢ cari¤o por m¡: me ve¡a de tarde en tarde, me tra¡a alguna mu¤eca barata y me sacaba al cine, pero no ten¡amos de qu‚ hablar. Ella venga a decir siempre lo mismo: que te portes bien con los t¡os, que te est n criando, que yo no puedo tenerte conmigo, qu‚ m s quisiera, y que me vuelvo a trabajar a Alemania y mandar‚ m s dinero. Pero, luego, peor: se cas¢ y se acab¢ la pasta. Y yo, a aguantar al t¡o Manolo y la t¡a Flora, buenaza a su manera, pero poco menos que retrasada mental, toda la vida cay‚ndosele la baba con las gracias de su se¤orita Olalla para ac  y su se¤orita Olalla para all , y de los se¤ores condes, que eran tan buenos ellos, tan llanos ellos, tan cristianos ellos, que rezaban todos los d¡as el rosario con la servidumbre en su capilla privada, y eran limosneros, y devotos, y unos verdaderos padres para sus criados; ¨y la se¤orita Lali, t¡a de la se¤orita Olalla, que se hab¡a ido monja jovencita, poco despu‚s de la guerra? ­una santa, una verdadera santa de Dios! Y entre la santa Lali, y la santita Olalla y los santos pap s, me tra¡a la cabeza tonta, siempre machacando lo mismo. Y como yo era un r bano, una desagradecida, una ego¡sta y una despegada, las comparaciones andaban a la orden del d¡a: -­Tendr¡as que ver lo educada que es mi se¤orita Olalla, y aprender un poco de ella! -Tu se¤orita Olalla se educ¢ en las reverendas Evangelinas, y yo me educo en la pu¤etera calle -le contest‚ un d¡a. ­El tortazo que me cay¢ ! A£n le guardo rencor a la t¡a Flora por aquel desprecio hacia mis cualidades (que algunas ten¡a) y aquella pasi¢n ciega y servil por sus ¡dolos aristocr ticos. -­ Si no hubieras sido una desvergonzada, en las Evangelinas, estar¡as t£ educ ndote tambi‚n! ­Estar¡a, s¡, pero no tan bien: querr s decir tan mal! ­ Calla, deslenguada, que te perder s por el pico! Era verdad que yo hab¡a empezado al colegio de las Evangelinas, pero al de las pobres, donde entraban, por recomendaci¢n, las hijas de las criadas, lavanderas, doncellas, y jardineros de las ni¤as ricas. Recib¡amos clase en un aula peque¤a y oscura, con entrada independiente por una calle lateral. No ten¡amos patio de recreo, porque el central del colegio era para las alumnas de pago, que llevaban, adem s, un precioso uniforme negro con adornos verdes, lleno de plieguecitos, mientras que el nuestro era tosco, azul marino, liso y con dos tablas siempre arrugadas. En el recreo, jug bamos en una peque¤a terraza que daba sobre el patio grande, a la misma hora que las ni¤as ricas, a las que pod¡amos contemplar. Sal¡amos a la terraza por un largo y estrecho pasillo sobre el que se abr¡a una puerta misteriosa que rezaba ®Clausura¯ en grandes letras doradas. Si alborot bamos o nos port bamos mal, ven¡a corriendo la madre Sagrario a reprendernos. Si llov¡a, nos qued bamos en el aula, y entonces, la misma madre Sagrario, que era una simplona como mi t¡a, pero en fino, nos le¡a vidas de santos incre¡bles y rid¡culos, que rechazaban los besos de sus padres para evitar contactos carnales, como santa Gemma Galgani, que estaba de moda. Yo cog¡ fama de d¡scola. Claro que no se pod¡a esperar nada bueno de quien era, como yo, hija del pecado. Para que me aceptaran de alumna, hab¡a tenido que interceder la mism¡sima condesa de Quintana, porque las Evangelinas s¢lo admit¡an hijas de leg¡timo matrimonio. Y bien que me lo pas¢ por las narices la t¡a Flora, que hasta intent¢ llevarme a dar las gracias a la se¤ora condesa, a lo que me negu‚ tan rabiosa y rotundamente que desisti¢, porque eres capaz de dejarme como la chata de Pumar¡n (frase que nunca supe a qui‚n se refer¡a), y se limit¢ a darle las gracias ella solita. Yo creo que tanto me metieron en la cabeza que era hija del pecado y que la cabra tira al monte y que cual es Mar¡a tal hija cr¡a, que me ten¡an acomplejada y convencida de mi maldad. Para colmo, las madres Evangelinas no nos daban los mismos estudios que a las ni¤as ricas: ni franc‚s, ni m£sica, ni dibujo, ni decoraci¢n, ni ninguna de todas las frivolidades en que tanto parec¡a haber destacado la se¤orita Olalla. POR el contrario, con gran sentido pr ctico, nos preparaban para perpetuar la clase servil a que se nos supon¡a irremediablemente destinadas: nos pon¡an a fregar, lavar, planchar, arreglar enchufes y grifos, dar cera a los muebles, barrer, zurcir y remendar, para que las ayud ramos en el pesado servicio del internado. En eso se ocupaban todas las tardes. Por la ma¤ana se molestaban en que supi‚ramos leer, escribir y las cuatro reglas. El resto de los conocimientos se rellenaba con el catecismo del padre Astete y la historia sagrada. -As¡, adem s de ser buenas cristianas, que es lo principal, aprender‚is a ser mujeres de vuestra casa, para cuando os cas‚is, si os cas is, que a lo mejor os llama el Se¤or a una vocaci¢n m s alta. Y como tendr‚is que ayudar pronto a vuestros padres, y, el d¡a de ma¤ana, a vuestro marido, estar‚is preparadas para trabajar en las mejores casas, que una criada que sabe de todo es una joya y los se¤ores la quieren como de la familia. Por ejemplo, cuando se estropee un grifo, es bueno que la muchacha sepa arregarlo, ¨verdad? Yo levant‚ la mano para pedir la palabra: -Pero la se¤ora se ahorra el jornal del fontanero, y no se lo dar  a la criada, as¡ que es mejor no arreglar grifos. La madre Sagrario se enfad¢ mucho y llam¢ a mi t¡a para explicarle lo rebelde y orgullosa que yo era y prevenirla de que, a la pr¢xima, me expulsar¡an. Mi t¡a se llev¢ un disgusto de los de ¢rdago: ­Se¤or, Se¤or! ¨as¡ agradec¡a yo lo que la se¤ora condesa hac¡a por m¡? ¨as¡ pagaba yo lo que las Madres se esforzaban por ense¤arme? ¨as¡. . . ? Pero yo me encog¡a de hombros, asombrada de tanto alboroto por una observaci¢n tan razonable. Mis compa¤eras de colegio estaban asustadas: -­Buena la hiciste, anda! ­A la pr¢xima, a la calle, como est  mandado! Me promet¡, y promet¡ a la t¡a Flora, cerrar el pico de all¡ en adelante, y lo cumpl¡; pero lo que no hab¡a prometido no ten¡a por qu‚ cumplirlo, as¡ que, unos meses despu‚s, vi entreabierta la puerta de ®Clausura¯ y no pude refrenar la p¡cara curiosidad. S¢lo recuerdo un largo pasillo blanco con estampas de santos en las paredes, y puertas iguales a un lado y a otro. Cuando estaba dudando si empujar una, apareci¢ la inevitable madre Sagrario. Aquello signific¢ la expulsi¢n. Yo creo que las maldecidas monjitas la estaban deseando desde el principio y yo les brind‚ la ocasi¢n pintiparada. Con todo aquello, a m¡ la religi¢n ya empezaba a parecerme un comecocos, un enga¤abobos inventado para mantener sumisos a los pobres con el cuento de que ser¡amos bienaventurados, un sistema para someternos a todos a la sagrada jerarqu¡a eclesi stica, que siempre estaba de parte de los poderosos, salvo -pero eso lo comprobar¡a m s tarde- algunos curas contestatarios, despistados de su verdadera misi¢n, que se ponen del lado de los pobres y pronto se escapan de la Iglesia, si no los echan primero. Claro que todo esto no lo razonaba de peque¤a, sino mucho despu‚s, pero fue como si lo intuyera desde siempre. Cargada con ‚stos y otros mil recuerdos, ­con cu nto orgullo y sensaci¢n de revancha entraba yo y sal¡a por la gran puerta de hierro del jard¡n de los Noriega! ­Estoy entrando y saliendo por la puerta grande en la casa de la se¤orita Olalla! ­Estoy entrando en la casa de mi padre, en mi casa! ­Estoy saliendo de la casa de mi padre, de mi casa! De vez en cuando, hab¡a personas que se volv¡an, curiosas, a mirarme. Otras, para chasco m¡o, pasaban distra¡das o indiferentes. Pero a m¡ se me llenaba de gozo el coraz¢n imaginando a los transe£ntes que comentar¡an, quiz s d ndose disimulados codazos: ¨qui‚n ser  ‚sta? ¨la conoces? ¨de la familia, o amiga? no parece una Quintana ni una Noriega, pero... Lo malo ser¡a que me tomaran por una criada, aunque eso s¢lo podr¡an pensarlo los ignorantes, porque el servicio dom‚stico y los chicos de los recados entraban por la puertecilla lateral, que daba a la calle Cuesta, por la que habr¡a entrado y salido mi madre el corto tiempo en que hab¡a prestado servicios al se¤orito Doro, o, mejor dicho, a su t¡a do¤a Concha, que los del se¤orito Doro fueron otra clase de servicios. Y, por aquella puerta lateral, estaba yo preparada para ver entrar o salir, cualquier d¡a, a mi t¡a Flora, si segu¡a con la sana costumbre de ir a visitar a cada paso a su adorada se¤orita. Ya me escamaba no saber nada de ella indirectamente; ¨se habr¡a muerto? ¨estar¡a enferma? Pero yo no cruzar¡a nunca el umbral de aquella puertecilla. No: yo entrar¡a y saldr¡a siempre por la principal, subir¡a y bajar¡a los cuatro escalones de m rmol o de granito-¨por qu‚ no puedo recordar de qu‚ eran?-, oscuros y relucientes, y llamar¡a siempre a la antigua campanilla que resonaba lejana, en el office, al otro lado del palacio. S¡: yo entrar¡a y saldr¡a por donde me correspond¡a hacerlo por m‚ritos propios, y por donde deber¡a haberme correspondido siempre si la vida se hubiera portado de otro modo conmigo. Pero, a£n, ¨qui‚n sab¡a...? Y volv¡a a echar la imaginaci¢n a volar: yo saliendo con abrigo de vis¢n dentro del ®Mercedes¯, yo presidiendo la mesa entre el secretario y la bibliotecaria, yo acudiendo a la ¢pera vestida de gala, yo entrando en el Club, yo... ­Ah, qu‚ lejos tantas fantas¡as de mi realidad! Y as¡, recorriendo el Font n de mi pasado por las tardes, rememorando mi desgraciada infancia, despu‚s de terminar el trabajo, intentaba reconocer aqu¡ una zapater¡a famosa, all¡ un bazar de lujo, en la otra esquina la confiter¡a que me hac¡a la boca agua; pero casi todos los loca]es estaban trastocados. Proliferaban los bancos -m rmol y bronces ostentosos- y los grandes almacenes de confecci¢n con rid¡culos maniqu¡es como espantajos dislocados en posturas pasmadas de contorsionista hist‚rica. Los comercios anta¤o elegantes de la calle Mayor hab¡an traspasado sus locales a electrodom‚sticos, ¢pticas, calzado infantil, o hab¡an claudicado y expon¡an, en sus renovados escaparates, ropa adocenada unisex y bisuter¡a quincallera. La ciudad se proletarizaba, olvidando el exquisito gusto de ‚pocas anteriores, descalz ndose el coturno para hablar en necio a un gent¡o municipal y espeso que entraba y sal¡a zumbando, empujando, chocando con grandes paquetes y bolsas de pl stico de r¢tulos en colorines. Este no es mi Font n, que me lo han cambiado, pensaba yo, y me alegraba de verlo menos se¤orito, menos empingorotado y elitista, pero, a la vez, me punzaba la nostalgia del viejo y rancio Font n, ido para siempre, salvo en peque¤os reductos como el palacio de los Noriega. ­Qu‚ pronto, qu‚ f cilmente, me aclimat‚ al palacio, a la biblioteca, al bonito comedor, al c¢modo dormitorio, a las comidas exquisitas, ligeras, suaves, variadas, sin potajes ! Sobre todo, al jard¡n y al parque umbr¡o, desde el que se o¡a, por los bordes, el tr fico lejano . -­Pensar que esto era antes un remanso de paz! -comentaba Celso-. En tiempos de mi t¡a Concha, cuando su marido construy¢ el chalet-ellos siempre lo llamaban chalet, modestamente-, est bamos casi en las afueras. Le ten¡an al parque tanto amor que no hab¡an querido talar  rboles para abrir canchas de tenis ni piscina. Los tilos, olmos, hayas, casta¤os y tejos se entremezclaban, y sus hojas, en aquel fin de verano, empezaban a dorarse y caer. Yo vi, d¡a a d¡a, languidecer dulcemente y colgar lacias, las del hermoso tilo que met¡a sus ramas por mi balc¢n. La hierba brillaba resplandeciente por la llovizna, y los macizos de flores -s¢lo sab¡a yo los nombres de las m s comunes: rosas, gladiolos, hortensias, pensamientos, clavel turco- salpicaban de colores la belleza del verdor. Yo deambulaba por ‚l antes de comer y despu‚s de la sobremesa, y me extasiaba con los tonos del follaje y el rumor de las hojas pisadas. Solamente el paseo de la entrada principal estaba asfaltado. El resto del jard¡n se recorr¡a por estrechas veredas. Un arriate de hortensias bordeaba la verja a trav‚s de la cual los transe£ntes lanzaban miradas, unas curiosas y otras distra¡das. Desde distintos  ngulos del parque, yo contemplaba el palacio, neocl sico, con su s¢lida estructura de piedra, sus ventanales rasgados, sus columnas d¢ricas ante la puerta de entrada y en torno a la rotonda donde tom bamos el caf‚, y admiraba su armon¡a y su elegancia, aunque ya no me parec¡a tan grande el edificio como lo hab¡an contemplado, desde el otro lado de la verja, mis ojos infantiles est ticos. Lo m s admirable para m¡ era la rapidez con que me aclimataba a convivir con los Noriega, a pesar de que todo estaba all¡ rigurosamente medido, rutinariamente organizado, a horas fijas, por pasos contados, y esto chocaba con mi improvisadora bohemia habitual. En a primera semana, le cog¡ el tranquillo al trabajo y pronto hice grandes progresos en la biblioteca, donde permanec¡a hasta el mediod¡a, con aquel descanso intermedio, a las doce en punto, para el aperitivo y la conversaci¢n. Por la tarde trabajaba otras dos o tres horas, pero nadie me controlaba ni tiranizaba. Celso, si no ten¡a otra labor, aparec¡a por all¡ a las cinco y media, y a veces la tarea se convert¡a -a no ser que tocara el piano o viniera alg£n amigo- en horas de apasionante conversaci¢n sobre arte, viajes, literatura o divertidas an‚cdotas acerca de las mil personas y pa¡ses que conoc¡a. Resultaba un hechicero conversador; le encanta hablar, comentaba Horacio, y charlando se transformaba, por milagro de la elocuencia, en un hombre fascinante, expresivo, con la voz llena de inesperados matices y modulaciones, con las manos capaces de insinuar, en un adem n, el m s ardiente entusiasmo, con los ojos brillando tras las gafas descolgadas en la punta de la nariz. Era muy distinto de la ret¢rica -que ahora empezaba a parecerme demag¢gica- de Fonso y los compa¤eros, tan directa y tan brutal. -Celso, usted deber¡a escribir un libro de memorias de todo lo que ha visto y conocido-le dije un d¡a, entusiasmada por una descripci¢n de Egipto. -­Oh, no, Lola; ser¡a incapaz! S¢lo soy un dilettarlte de la literatura, como del arte y de la m£sica. Carezco de poder creador. Cuando a veces, he intentado escribir algo de lo que digo, me ha resultado p lido y desangelado, igual que cuando toco el piano o pinto un paisaJe. Seguramente ten¡a raz¢n. Su talento creador era s¢lo oral. A veces, tocaba el piano. en un lado de la biblioteca -Lola, ¨le molesto si toco? No, al contrario, me encanta-, pero no pasaba de ser un mediano ejecutante. Tambi‚n los cuadros que proliferaban en el taller eran obra suya, sin que ninguno rebasara los l¡mites de un buen aficionado. -Son hobbys, s¢lo eso. El arte es mi gran pasi¢n, pero como espectador. Con Olalla ten¡a yo otros temas de di logo: el jard¡n, las flores, la decoraci¢n del palacio, ropa, costumbres de ayer y de hoy... Su charla era lenta y sobria; menos habladora que su marido, menos expresiva, yo creo que menos sensible e inteligente, pero con aquella serenidad y sosiego que irradiaban de ella de un modo natural. A los pocos d¡as de estar all¡, ¨cuatro? ¨cinco?, advert¡ que me miraba de un modo inquisitivo, buceador, que empez¢ a desasosegarme: ¨me recordar¡a? De pronto, una tarde de la segunda semana, quiz s el lunes, mientras tom bamos caf‚ en la rotonda, se me qued¢ mirando fijamente, con la cabeza un poco inclinada sobre el hombro y aquella peculiar manera de entrecerrar los ojos, propia de su vista cansada cuando quer¡a fijarla en un objeto cercano: -¨No te parece, Celso, que ser¡a muy interesante modelar esta cabeza? -y, con las manos, trazaba una especie de nimbo en torno a mi cara. -T£ sabr s, querida; a m¡ la cabeza de Lola me parece preciosa, pero en cuanto a modelarla... -A mi marido le parecen preciosas todas las chicas j¢venes, no te creas -se ri¢ Olalla dirigi‚ndose a m¡-. No es un piropo muy valioso, pero tienes que agradec‚rselo. Aunque yo no me refer¡a a que seas guapa o no, que lo eres, desde luego, y ya te lo tendr s sabido, sino a que te encuentro un no s‚ qu‚... bueno, eso que un escultor o un pintor encuentra en una cara que desear¡a como modelo. -­Ah, pues yo, encantada! -me apresur‚ a contestar-. Por m¡... -¨Estas segura? No lo digas tan deprisa, que puede resultarte muy pesado. Ser¡an horas de posar, por las tardes, despu‚s del trabajo. ¨No te cansar s? Me parec¡a fascinante. Empec‚, entusiasmada, aquel mismo d¡a. Hab¡a quedado con Horacio en ir a ver la catedral (que ya conoc¡a, pero hab¡a que disimularlo), y all¡ mismo se concert¢ aplazar la visita para otra ocasi¢n. Sin embargo, el primer d¡a de pose fue un tanto decepcionante, porque Olalla se redujo a tomarme unas medidas y a preparar un mogote de arcilla. Pero, aquel d¡a y los siguientes, hablamos durante m s de una hora, y as¡ fue estableci‚ndose una especie de intimidad, o, al menos, yo la llamaba as¡. Me tuteo desde el principio, y yo la tuteaba; en cambio, Celso nunca ape¢ el usted. Ella me preguntaba pocas cosas y con habilidad, sin dar la impresi¢n de querer sonsacarme nada, ni siquiera opiniones sobre algo trascendente: si conoc¡a el norte de Espa¤a, si me gustaba m s Font n o Somavilla, si sab¡a nadar, porque abajo, en el s¢tano, dispon¡an de una piscina cubierta, poca cosa, el terreno no daba para m s, pero suficiente para hacer ella unos cuantos largos cada ma¤ana. -Para conservarme en forma, porque antes, aunque no te lo creas, era muy delgadita, y ahora tiendo a engordar. ­Ya lo creo que era delgadita! Yo la recordaba como un junco, aunque algo huesuda, con una estructura m s bien atl‚tica para mujer; quiz s, pensaba yo, estaba mejor ahora. Sus ojos me recorr¡an las facciones mientras las manos trabajaban amasando el barro, y charlaba distra¡da, como hablando consigo misma, con largas paradas entre ]as frases, a veces entre las palabras, porque prestaba m s atenci¢n a lo que hac¡a que a lo que dec¡amos. S¢lo le cont‚ detalles que no pod¡an comprometerme: que hab¡a recorrido Galicia, Asturias y algo de Catalu¤a; que, de momento, me gustaba m s Soma villa que Font n porque Font n no lo conoc¡a apenas; que me encantaba nadar, ya lo creo... Pero en vano esper‚ una invitaci¢n concreta para bajar a la piscina. Aquella tarde no lleg¢. -Celso, en cambio, prefiere las tertulias y el ajedrez. Es un ejemplar sedentario-dijo. -Sin embargo, se mantiene delgado. -En exceso; raya en flaco. Sacaba yo la impresi¢n de que hablaba de su marido con orgullo, pero no con amor. Hab¡a entre ellos demasiada finura y cortes¡a ir¢nica: ¨un poco m s de caf‚, querido?; gracias, amada esposa; ¨intentas quedarte pronto viuda?; la viudez es el estado ideal femenino, as¡ que procurar‚ matarte a fuerza de caf‚; ­c¢mo sabes abusar de mis debilidades! pero s¡rveme otra taza, que tengo testigos de que me matas dulcemente. Estos eran, m s o menos, los galantes florilegios amorosos que ambos c¢nyuges hab¡an intercambiado a la hora del caf‚, con nuestras c¢mplices sonrisas, poco antes de que Olalla me mirara fijamente y musitara lo de ¨no te parece, Celso, que ser¡a interesante modelar esta cabeza? Ese primer d¡a de mi paso por el taller, lleg¢ Horacio a buscarme para ir a la ruta del vino, y, de paso, tra¡a un recado: -Olalla, que ha llegado Pilar y te espera arriba. -­Ay, qu‚ cabeza! Se me hab¡a olvidado: tenemos una exposici¢n que inaugura hoy su sobrino. Ya subo. Pero, antes de llegar al piso, o¡mos la voz de la llamada Pilar, que bajaba a buscarla: -Olalla, despistada, apuesto a que te olvidaste. Deber¡a hab‚rtelo recordado por tel‚fono. -Perdona, perdona. Me arreglo en un dos por tres. Mira, voy a presentarte... -No hace falta. Ser s la bibliotecaria, ¨no? ¨Qu‚ tal? Y me estamp¢ un par de besos, sin sacarse las manos de los bolsillos del chaquet¢n. Tambi‚n a ella la reconoc¡ enseguida: era la hija del heroico capit n Quir¢s, la amad¡sima se¤orita Mari Pili de su cocinera Telva, siempre en competencia con la adorada se¤orita Olalla de mi t¡a Flora. Conservaba su belleza sanota, un poco tosca y fuerte. Record‚ que su marido, Agust¡n Tu¤¢n, un periodista arriscado y conflictivo, hab¡a sido uno de mis plat¢nicos amores adolescentes desde que hab¡a pronunciado una conferencia sobre la democracia, en el sal¢n parroquial de mi barrio, tras la cual hab¡a ido a parar a la comisar¡a. -No llegaremos, Olalla, y prometimos estar all¡ antes de que se abriera la exposici¢n. Mi sobrino est  como un flan, ­ qu‚ nervios, hija! Anda, que te espero en el jard¡n. Mientras sal¡a, nos grit¢: -­Eh, Horacio y la compa¤¡a! Si os apetece ver cuadros de un principiante que promete, pasad por la Caja de Ahorros, siquiera a hacer bulto. Pilar, a la que ver¡a despu‚s varias veces, sobre todo a la hora del caf‚, me cay¢ bien, al rev‚s que la joven Florencia, que llegaba inoportunamente a media comida, o cuando ya hab¡amos tomado el caf‚ y copa, o cuando est bamos trabajando en el taller. Seg£n Horacio, su abuelo hab¡a vivido en Italia durante su juventud como pintor (yo vi algunos cuadros suyos en el Museo Provincial de Font n), era un enamorado de Boticelli y de los Medici, e incluso hab¡a escrito no s‚ qu‚ libro, agotado, sobre ®la ciudad del Arno¯ y sobre Dante y su obra, seg£n le o¡ comentar un d¡a a Celso. El abuelo se hab¡a empe¤ado en que su nieta £nica llevara el nombre de la ciudad de sus amores. A m¡ me repateaba la ni¤a. En cuanto aparec¡a por el taller, como un torbellino, todo lo desbarataba: vengan risas, ch charas, desplantes, caprichos, hasta que consegu¡a su prop¢sito: que Olalla, con un suspiro de condescendencia, dijera algo como: -­Vaya! No quieres que siga trabajando, ¨eh? -Es que no vengo aqu¡ a miraros a ti y a esa chica como una papanatas. Me quedaba la duda de si lo de papanatas lo dec¡a por ella o por m¡, que siempre era ®esa chica¯, expresi¢n acompa¤ada de un despectivo levantamiento de barbilla hacia el alto asiento en que yo me instalaba. Nunca pronunci¢ mi nombre: o no lo sab¡a o, m s bien, alardeaba de ignorarlo. La antipat¡a era rec¡proca. Por desgracia, en ocasiones que luego fueron menudeando, cuando yo bajaba al taller, hacia las seis, ya estaba all¡ Florencia. Era m s joven que yo, alta, pelirroja (quiz s algo te¤ida, porque su cara no ten¡a el tono lechoso y pecoso de las aut‚nticas), con ojos grises y larga melena l nguida. No guapa, pero sin duda distinguida. Se vest¡a con elegancia deportiva de algodones ligeros, ropa camisera y faldas originales. Sol¡a calzar sandalias o alpargatas refinadas con bolsos a juego. Cuando no consegu¡a apartar a Olalla r pidamente del trabajo -­espera un poco, criatura, que enseguida acabo!- se sentaba, enfurru¤ada, o paseaba por el taller huroneando entre el barro, los cuadros, las esp tulas, los caballetes. -Pero, ¨t£ te crees, Olalla, que vas a sacar algo en limpio de esa cara? -soltaba plant ndose con los brazos cruzados ante mi futuro busto. -Yo creo que s¡-murmuraba Olalla, abstra¡da en sus medidas y con las manos llenas de pegotes de barro. -A m¡ es que esa cara no me dice nada-espetaba sacando el labio inferior, desde¤oso. -Es interesante. -¨Interesante...? ­Si t£ lo dices...! -y se pon¡a a leer o cambiaba de tema... -¨Sabes que se casa Chiqui, por fin? -­No! ¨Qu‚ me dices? ¨Cu ndo? -El d¡a de la Pur¡sima, ­f¡jate qu‚ fecha! ­Una horterada! Yo agradec¡a que Florencia dejara de ocuparse de mi busto por unos minutos al menos. Pero pronto volv¡a a mirarme fija, de trav‚s, con los labios despectivos apretados. ¨Qu‚ le hab¡a hecho yo? Repasaba mentalmente nuestros encuentros, all¡, en el taller, y no ve¡a motivo para aquella impertinencia. La hab¡a visto aparecer, por vez primera, al segundo o tercer d¡a en que yo posaba. Entr¢ sigilosamente y se situ¢ frente a m¡, a espaldas de Olalla, mir ndome descarada y ce¤uda. No salud¢ ni hizo ruido, pero Olalla se dio cuenta de su llegada siguiendo el curso de mis ojos, que miraban indudablemente con sorpresa. -­Hola, Florencia! ¨c¢mo tan silenciosa? -¨Ya has encontrado modelo nueva? -fue el saludo de la reci‚n llegada, con la boca torcida-. ¨De d¢nde la has sacado? Olalla eludi¢ la contestaci¢n directa: -Te presento a nuestra bibliotecaria. Se llama Lola. ¨No te parece una cabeza original? Creo que puedo sacar algo bueno, ya ver s, si consigo... Olalla sigui¢ hablando, lentamente, mientras trabajaba, como distra¡da, como sin darse cuenta de que Florencia no se molestaba en saludarme. De todos modos,la presentaci¢n no hab¡a sido mutua, ¨sedaba por supuesto que yo hab¡a de conocer a Florencia? ¨tan importante era la ni¤a? Luego supe que pertenec¡a, claro, a una de las m s conspicuas familias de Font n. Pero yo, entonces, ni sab¡a qui‚n era ni por qu‚ aparec¡a siempre a horas tan intempestivas. A veces trabaj bamos a las cinco de la tarde, en lugar de las seis -si Olalla ten¡a que salir a esa hora-, y tambi‚n ca¡a Florencia por el taller, con un exigente: -­Venga ya, deja eso, que vamos a echar una partida! ¨Una partida de qu‚? No me las imaginaba jugando a las cartas. Ya casi al final de mi estancia all¡ supe que se trataba de partidas de tenis en el cercano club. El lenguaje nos juega malas pasadas: la primera acepci¢n que me suger¡a la palabra partida era la de unos naipes o un parch¡s, justo la que correspond¡a a mi ambiente, cuando Fonso, que era muy aficionado a la baraja, soltaba: ­venga ya, joder, que estoy hasta los cojones de informes y de n£meros! ¨jugamos una partida? Lola, guapa, trae la baraja, anda. En casa de mis t¡os, en mi infancia, en cambio, la partida era de parch¡s. ­Y qu‚ mala uva la del t¡o, si perd¡a! D‚jalo ganar alguna vez, Mari, aunque s¢lo sea por no aguantarlo, me refunfu¤aba luego la t¡a Flora mientras fregaba los cacharros y yo se los secaba y recog¡a. Que aprenda a jugar, retrucaba yo. ­Qu‚ desagradecida eres! -suspiraba la t¡a, para quien nunca hac¡a yo suficientes concesiones que demostraran darme cuenta cabal de lo mucho que les deb¡a- ­ que hab¡as de besar por donde pisa este hombre, que te tiene recogida sin obligaci¢n, que, al fin y al cabo, no eres nada suyo! Olalla y Florencia se iban, pues, a jugar al Club de Tenis, que yo nunca hab¡a conocido m s que por fuera: sus altos paredones, sus verjas de hierro pintadas de verde, su portero uniformado, sus arriates bordeando el camino por donde se adentraban los coches. Para¡so cerrado para m¡, inasequible siempre, con sus canchas, sus salones, sus pinacles, sus piscinas, todo imaginado de o¡das y de fotos en peri¢dicos. Y tambi‚n ah¡ la palabra club me jugaba malas pasadas, porque para m¡ significaba siempre el Club de Tenis de Font n, de modo que, cuando entr‚ a formar parte, en mi barrio de Somavilla, de un Club Cultural, en un entresuelo oscuro, apolillado y sucio, con las paredes tapizadas de viejos carteles rotos, donde o¡amos charlas sobre el momento pol¡tico-£ltimos tiempos del franquismo- de Espa¤a, o sobre las figuras insignes de Machado, Lorca, Miguel Hern ndez y Alberti (siempre esas cuatro y no m s, de modo que llegu‚ a sab‚rmelas con pelos y se¤ales), la palabra club, por contraste con mis recuerdos infantiles, me hac¡a sonre¡r por lo pretenciosa. Otras veces, Florencia, para arrancar a Olalla del taller, dec¡a extravagancias como: -Ven conmigo a comprar un ba¤ador azul que necesito. Y yo me quedaba meditando c¢mo podr¡a necesitarse que un ba¤ador fuera, precisamente, azul. Otras veces revelaba un obsesivo amor filial: -Ya sabes que mam  nos espera en el gimnasio, as¡ que acaba de una vez. Tard‚ mucho en conocer a su madre, que ten¡a, m s o menos, la edad de Olalla y de Pilar, sus amigas ¡ntimas desde siempre, porque hab¡an sido compa¤eras de colegio. Era enjuta, rubia te¤ida, elegante y despistada: -Ahora mi hija es m s amiga tuya que yo misma, Olalla. Esta chiquilla est  enamorada de ti-gorgoteaba, superficial, un d¡a que vino a comer. Florencia machacaba insistentemente sus malos humores, ce¤uda, irritada, como si tuviera motivos muy graves para hallarse descontenta de su perra. -Aprovechar‚ antes de volver a Irlanda a aburrirme-era, su estribillo para justificar cada diversi¢n. -Te conviene dominar el ingl‚s, mujer. Con un a¤o m s te bastar  -le razonaba Olalla sosegadamente . -Ya lo hablo pasable, y nunca lograr‚ escribirlo bien, as¡ que sobra el sacrificio. -No seas negativa y aprovecha el tiempo. -¨En un colegio de monjas se puede aprovechar el tiempo? Su madre, al parecer bastante puritana, se sent¡a m s segura con que la hija se alojara en monjas cat¢licas. Creo que era el £nico punto en que, dentro de m¡, se sent¡a acorde con Florencia. Evocaba con horror mis largos, interminables a¤os, en el colegio donde mi t¡a me encerr¢, por recomendaci¢n de la se¤orita Olalla, con m s de correcional que de orfanato; residencia para j¢venes descarriadas, lo calific¢ una monjita un d¡a, y yo me sent¡ sublevada: ¨cu l era mi descarr¡o? ¨tener un t¡o rijoso y borrach¡n que se encend¡a ante mi adolescencia? ¨y una t¡a celosa y vengativa? Mi £nico pecado estaba en haber nacido mujer, as¡ que para ®protegerme¯, como se dec¡a en la instituci¢n a que pertenec¡a el colegio, me encerraron, mientras que dejaron suelto al culpable. A mi t¡o bast¢ con quitarle la tentaci¢n, pero a m¡ se me conden¢, durante a¤os, a padecer hambre, fr¡o, rezos de interminables rosarios, lecturas alucinantes sobre milagros de santos truculentos, bazofias para comida, mu¤ecos de trapo sobre la cama -para perpetuar nuestro infantilismo-, a tejer tapetitos de crochet que las monjitas vend¡an, y a la edificante compa¤¡a de madres solteras, mozas descarriadas, putitas incipientes y adolescentes desdichadas, expulsa das, como yo, de la familia. A veces. tambi‚n Florencia ven¡a a comer. En ese caso, yo la ve¡a pasear con Olalla por el jard¡n, durante la ma¤ana, y ya me sent¡a de mal humor, segura de que me atragantar¡a la comida, sobre todo desde el episodio del pl tano: -Es cosa rara que, a algunas personas, s¢lo les guste el pl tano, entre tantas frutas... -hab¡a dicho, burlona, vi‚ndome rajarlo torpemente con cuchillo y tenedor. -Cada uno tiene sus gustos -se encogi¢ de hombros Celso-. Yo prefiero las fresas. -Lola puede permitirse el lujo de comer pl tanos: est  delgada- intervino Olalla, quiz s ech ndome un capote. El lujo que yo no pod¡a permitirme era el de pelar manzanas, peras o melocotones con aquellas para m¡ herramientas, m s que utensilios, de plata grabada con las iniciales OC, que se me rebelaban entre las manos, sin valor, por mi parte, para ech rmelas a un lado y comerme la fruta a mordiscos, como ten¡a por costumbre, o, simplemente, troceada en cuartos. Se me iban los ojos tras las fresas, las cerezas, las ciruelas, pero fing¡a que no me gustaban para que no pareciera demasiado relevador comer exclusivamente las frutas f ciles. ­T£ es que eres idiota, cojones! -me dec¡a cada fin de semana Fonso. ­Dales de una vez una lecci¢n a esos pu¤eteros se¤oritos de mierda! Muy sencillo de decir desde nuestro apartamento de Somavilla, sentados por el suelo pinchando tacos de tortilla y lac¢n en equilibrio sobre rabanadas de pan, y mojado con tintorro y camarader¡a. Pero, en el comedor de los Noriega, lleno de plata, hilo bordado, encaje, terciopelo y raso, sin que se escuchara un murmullo m s alto que otro, un mordisco a una manzana hubiera sonado como el chasquido de un latigazo. Pero ya desist¡a de hac‚rselo entender a los amigos de Somavilla. ##214# Puse la idea en pr ctica, pero sin el menor resultado, o sea que lo que deb¡a andar fallando eran las pastillas. Consult‚ con Octavia, y recib¡ la primera bofetada que me dio en mi vida. --­Atr‚vete a pensar que la que estoy fallando soy yo, Mart¡n!--exclam¢ con much¡sima personalidad. Imposible ponerle la otra mejilla, dado mi estado catac£mbico pero Octavia, con gran bondad, me dio el primer beso que recib¡ en mi vida despu‚s de una bofetada. Primero me dijo perd¢n, Mart¡n, por lo enfermo que estaba, despu‚s sent¡ el calor de sus labios sobre el calor de su golpe, e inmediatamente fue trist¡simo cuando los dos empezamos a llorar a mares al darnos cuenta de que su beso no hab¡a tenido ni siquiera un efecto secundario contra In‚s. Octavia lloraba de dieciocho a¤os de edad y yo de treinta y tres, lo cual, la verdad, nos conmovi¢ bastante; a ella, por lo joven que era yo y por toda la vida de escritor que ten¡a por delante, y a m¡ por la tos espasm¢dica que le daba al llorar y porque si no regresaba al d¡a siguiente qu‚ iba a ser de m¡. As¡ empez¢ nuestro amor. Es decir, el de ella y el m¡o. Empez¢ cuando yo empec‚ a temer que no regresara al d¡a siguiente. En cuanto al amor de Octavia, hab¡a empezado meses atr s en su casa y de una manera que s¢lo puedo calificar de real maravillosa, porque Florence, la hermana mayor de Octavia, regres¢ una tarde de la Universidad de Nanterre y cont¢ que la gente se aburr¡a bastante pero que alguien le hab¡a dicho que en el Departamento de Espa¤ol hab¡a un profesor peruano tan taciturno como loco, un tal Mart¡n Roma¤a que no dictaba sus clases sino que las llevaba grabadas. --¨Est s segura que se llama Mart¡n Roma¤a?--le pregunt¢ Octavia. --¨Por qu‚?, ¨lo conoces? Octavia siempre hab¡a sido una muchacha muy alegre, pero demasiado imaginativa, excesivamente intuitiva y tremendamente sensible. Por eso su padre, que estaba escuchando la conversaci¢n, apenas si asom¢ la nariz por encima del peri¢dico cuando Octavia dijo dos cosas absolutamente contradictorias. --No lo conozco, Florence, pero s¡ lo conozco. Florence, que se preocupaba siempre por la inquietud permanente en que viv¡a su hermana, no quiso dejar el di logo ah¡. --¨Qu‚ quieres decir con eso, Octavia? ¨Que lo conoces de o¡das?, ¨que lo conoces a trav‚s de alguien? --Flo--la cort¢ Octavia, con un suspiro de pena y de cansancio--, Flo, dejemos el di logo ah¡, por favor. Inmediatamente despu‚s abandon¢ la sala y corri¢ en busca del tel‚fono. Lo desconect¢, lo llev¢ a su dormitorio, lo conect¢ all¡ e hizo tres llamadas. Estuvo horas hablando y, cuando Florence fue a ver por qu‚ hab¡a mandado decir con la empleada que no iba a comer esa noche, la encontr¢ llorando de una forma realmente espantosa sobre su cama. --¨Con qui‚n has hablado, Octavia? --Ya sabes con quienes he hablado, Flo. --­Con los tres? --He roto con los tres. --­Octavia, est s loca! --S¡, Flo. T£ sabes cu nto los quiero, cu nto los comprendo... Nunca pude darle la preferencia s¢lo a uno... Los adoro, Flo. --Pero entonces, ¨por qu‚ has hecho eso? Podr¡as haber seguido saliendo con ellos como siempre, como amigos... Era muy f cil, adem s. --Quiero estudiar en Nanterre. Quiero aprender bien el castellano. --Octavia, t£ lo que quieres es conocer a Mart¡n Romana. --Lo que quiero es ser su alumna. --¨Entonces lo conoces ya? --Flo, Flo... Me pasa algo muy raro... Me inquieta ese nombre. Necesito saber qui‚n se llama Mart¡n Roma¤a. Estas cosas, as¡ de incre¡bles y as¡ de ciertas, ya ver n, me las cont¢ Octavia en mi nuevo departamento parisino, tan poco alejado del anterior que la maldad de las viejas y dem s tipos de vecinos no pod¡a haber desaparecido. Cuando me dijo el nombre y el apellido de sus tres pretendientes, el de Par¡s, el de Lisboa, y el de Mil n, yo me sent¡ el hombre m s pobre y desapellidado del mundo. Y me dio much¡sima pena pensar que esa chica que hab¡a roto pr cticamente con tres coronas de Europa, al mismo tiempo, estuviese ahora llorando por un hombre que hab¡a perdido una sola esposa y con tan poco cuento de hadas. --No llores m s por m¡, Octavia--le dije--; esto no es m s que una reca¡da causada por una terrible operaci¢n y seguida por la partida de mi esposa. Muy pronto las pastillas volver n a sacarme adelante. Octavia me dio una bofetada, como siempre que le dec¡a que eran las pastillas las que me iban a sacar adelante. Claro, pobrecita, con s¢lo dieciocho a¤os y tres pretendientes menos, deb¡a resultarle sumamente doloroso que no reconociera los esfuerzos y sacrificios que hab¡a hecho y estaba dispuesta a hacer por m¡. --Octavia--le dije, tratando de disculparme--: lo que pasa es que cuando uno sigue un tratamiento debe tener fe en ‚l y en el m‚dico que se lo ha prescrito. Normalmente, despu‚s de una bofetada, Octavia me besaba en el mismo lugar, para borrar el dolor, o en la frente, para borrar el recuerdo y el dolor. En la otra mejilla jam s se fijaba, como si su ternura fuese muy anterior al cristianismo. Pero esa tarde ni me dijo perd¢n ni me bes¢ ni nada. --¨Qu‚ te pasa, Octavia? --le pregunt‚, porque el hombre es un animal de costumbres--. ¨Qu‚ te pasa? Por favor, para ya de llorar de esa manera tan desgarradora. Pobrecita. Lloraba sobre el div n que yo acababa de comprar, y yo la contemplaba desde aqu¡, desde mi reci‚n estrenado sill¢n Voltaire, en este mismo departamento, acabadito de alquilar, entonces, y si vieran c¢mo. --Octavia--insist¡--, ni yo ni mis pastillas valemos una sola l grima tuya (2). Quise decirle mi amor, por favor, no llores, pero pens‚ tan fuerte en In‚s que termin‚ teniendo que esconderle un nudo en la garganta a Octavia, faltando a£n dos horas para mi pr¢xima toma antidepresiva. No sab¡a qu‚ hacer, y los hombros le temblaban de tal manera que hasta tem¡ que se me fuera a morir por lo delgada que era, adem s de menor de edad, porque entonces a£n no se hab¡a dado en Francia la ley sobre la mayor¡a de edad a los dieciocho anos. Por fin, salt‚ del Voltaire y me arrodill‚ ante el div n, exclamando: --­No llores! ­No llores Octavia de C diz tan linda! ­No llores, Octavia, porque eres lo m s maravilloso que me ha ocurrido desde que en C diz supe que eras toda la fantas¡a que le faltaba a mi vida! Pero segu¡a llorando, menor de edad y alumna, y ya el asunto empezaba a preocuparme de una manera ego¡sta, si la o¡an los vecinos, si se enteraban en su casa, si ma¤ana no regresaba a verme... Esto £ltimo me produjo un nudito en la garganta que me hizo realmente feliz. --­No llores, Octavia!--exclam‚, alzando los brazos al cielo y siempre de rodillas, para obtener un efecto--. Me tienes con un nudo enorme en la garganta y te juro que el psiquiatra me ha dicho que conocerte es lo mejor que me ha podido pasar. --Mart¡n--logr¢ pronunciar Octavia, pero la tos y el llanto le impidieron continuar. Jam s hab¡a visto llorar a nadie tanto, y hasta pens‚ que ser¡a por lo enormes que ten¡a los ojos, aunque la verdad es que no s‚ si hay algo escrito al respecto, y francamente Octavia estaba manch ndome ¡ntegro el div n con sus l grimas maquilladas. Ver eso, cuando se marchara, pod¡a ser muy da¤ino para un hombre enfermo de tristeza como yo. ¨Qu‚ le pasaba a Octavia? Hab¡a pronunciado mi nombre con un sollozo atroz, pero segu¡a sin completar su frase y yo segu¡a en babias, ya empezaba a impacientarme. Digo esto, que puede parecer cruel, porque nuestra historia fue tan triste, y a veces tan a ocultas y arriesgada y a la carrera, que tuvimos que aprender muy pronto a sostener conversaciones completas, incluso por tel‚fono y a larga distancia, en medio de la tos y los llantos m s espantosos. Creo que fue la £nica cosa pr ctica que aprendimos para enfrentar a tanta adversidad. Pero esa tarde, Octavia se hab¡a quedado en Mart¡n y pasaba el tiempo sin que lograra agregar nada nuevo. Me incorpor‚, me arrodill‚ de nuevo a sus pies, pero con mayor fuerza y efecto que la primera vez, y le volv¡ a decir lo bien que me hab¡a hablado el psiquiatra de ella y que ya ver¡a tambi‚n c¢mo a la larga yo no podr¡a vivir sin sus visitas de cuatro a ocho, cada tarde. Aclaro, por si acaso, que en medio de todos estos enredos presentimentales, jam s dud‚ de mi venerado psiquiatra catal n, en quien segu¡ teniendo confianza absoluta aun cuando Octavia me dej¢ con la alternativa no matrimonial de las historias de los viejos y grandes tiempos heroicos. Simple y llanamente opt‚ por no molestar m s a aquel m‚dico y amigo. Eso es todo. --Mart¡n--volvi¢ a sollozar Octavia--, ¨qu‚ hora es? --Es casi el fin de las cuatro de la tarde cada tarde, Octavia; ya tienes que parar de llorar. --No puedo. --Pero, ¨por qu‚?, ¨por qu‚? --Porque no estoy llorando por ti sino por ellos. Casi me mata, lo cual no era nada dif¡cil, por aquel entonces, y ca¡ destrozado sobre el Voltaire que la propietaria me hab¡a encargado tanto cuidarle. Esas cosas me daban rabia, porque a Octavia le importaban un repepino, y en cambio yo en medio de los peores dramas ten¡a que fijarme hasta en la forma en que ca¡a destrozado sobre los muebles del departamento. O sea que estaba a punto de soltar una peque¤a vengancita, mencionando a mi adorada In‚s y el da¤o que me hab¡a causado su partida, cuando Octavia pronunci¢ la frase m s dulce que me hab¡an dicho en la vida, hasta ese momento. --Hoy me voy a quedar hasta las nueve, Mart¡n--dijo, son ndose hasta la tos, para que no fuera a darme cuenta de lo sentimental que era. Despu‚s se incorpor¢, se acerc¢ al sill¢n, y empez¢ a acariciar la cabeza del enfermo, con ese ataque de hipo que a m¡ me tranquilizaba tanto porque siempre le ven¡a cuando por fin hab¡a cesado definitivamente el ataque de llanto. --Te he hecho da¤o porque no has entendido nada, Mart¡n--agreg¢. --Te he entendido perfectamente bien y te agradezco en el alma que te quedes una hora m s. --Me quedo hasta las diez--dijo--. Voy a llamar a casa que tengo que comer donde una amiga. --Gracias, Octavia; no sabes el bien que me hace saber que le vas a quedar dos horas m s. --No has entendido nada, Mart¡n--insisti¢ ella, a pesar del hip hip. --Lo he entendido todo muy bien, Octavia. Es natural que llores por esos tres muchachos que so¤aban con casarse contigo alg£n d¡a. T£ misma me dec¡as que los quer¡as tanto que te desesperaba no poder decidirte por ninguno, y que al mismo tiempo te habr¡a desesperado decidirte por uno y no poder hacer felices a los otros dos. --Ya ves--volvi¢ a insistir Octavia--, no has entendido nada, Mart¡n. Si he llorado tanto es precisamente porque me daba una pena horrorosa estar llorando por ellos y no por ti. Se instal¢ sobre mis rodillas, con hipo y todo, pero no porque tuvi‚ramos ya tanta intimidad en nuestro trato, sino porque a un moribundo de treinta y tres a¤os las chicas como Octavia de C diz, aunque no hay chicas como Octavia de C diz, se le instalan por cualquier parte, y me pregunt¢ si esta vez le hab¡a entendido. A m¡ el psiquiatra me hab¡a recomendado ensayar en cualquier oportunidad mi agonizante sentido del humor, a pesar de la cat strofe a la que me hab¡a conducido, o sea que le dije: --Bueno, Octavia, esta vez creo que s¡ te he entendido. Tu frase, aparte de ser la tercera frase realmente conmovedora que has pronunciado en pocos minutos (la primera fue que te quedabas hasta las nueve y la segunda, hasta las diez), revela una ternura por m¡ que realmente no merezco. . . --S¡ la mereces--dijo Octavia, con firmeza y con hipo. --No me interrumpas--le dije--; todav¡a no he terminado. --¨Por qu‚ no has terminado? --Porque tu frase, aunque m s bien deber¡a decir tu llanto, revela que ahora ya no son tres las personas por las que sufres. Ahora somos cuatro. S¢lo que los otros son de cuento de hadas y yo soy un pobre profesor de porquer¡a, al que se le llama lector, ni siquiera profesor, quince a¤os mayor que t£, muy pobre, y demasiado enfermo. Octavia me peg¢ dos bofetadas seguidas, lo cual seg£n su c¢digo de honor y de orgullo quer¡a decir que se cesaba en el acto de hablar sobre un tema. Lo que no supe fue si me las peg¢ porque me llam‚ lector, viejo, pobre, y enfermo, o porque dije que ahora ‚ramos cuatro. Despu‚s, recogi¢ la enorme bolsa negra con la que andaba siempre y se march¢ a las ocho y cuarto. Como a las ocho y media me tocaba mi antidepresivo, solt‚ el qu‚ importa del deprimido, y me entregu‚ de lleno a la pena inmensa de que mi esposa In‚s se hubiese marchado para siempre. Y en cuanto a Octavia, sent¡ tambi‚n algo de tristeza, una ligera tristeza que encontr‚ muy correcta en un hombre que tiene un profundo sentido moral de la vida, y que se habr¡a considerado un gran ingrato, y hasta un desalmado, de no haber entristecido siquiera un poquito al pensar que esa muchacha, que llevaba varias semanas con un impresionante r‚cord de l grimas, hipo, y bofetadas, todo por despercudirme, por reanimarme y hacerme volver a vivir, no regresar¡a a tocar mi puerta jam s. Pens‚ incluso que abandonar¡a sus clases en Nanterre, pero ah¡ estaba a la ma¤ana siguiente. Ah¡, en la misma sala de clases en la que la vi aparecer atrasad¡sima, una ma¤ana, corriendo muy agitada hacia una silla, quit ndose un enorme sombrero negro en el camino, disculp ndose coquet¡sima porque llegaba tan tarde, mientras tomaba asiento, y mir ndome, mir ndome y mir ndome. ¨C¢mo me mira?, me pregunt‚, reaccionando ante algo que simplemente no pod¡a ser, pero result¢ que s¡ pod¡a ser y que en efecto me estaba mirando como si alguna vez nos hubi‚semos conocido milagrosamente en una playa de C diz. Y ahora s¡ ha quedado bien abierto este cuaderno rojo de navegaci¢n. Y a navegar se dijo. Y por estos mares de Dios. No presiento ya, sino que s‚ y siento muy bien lo que voy a escribir en ‚l, instalado como siempre en mi sill¢n Voltaire y con esa impresi¢n tan grande de que s¢lo el humor impedir  que esto sea lo £ltimo que escribo en mi vida. Lo hago por ti y para ti, Octavia, y para que quede un testimonio de que, en efecto, como t£ bien lo dec¡as, jam s se sabr  cu l de los dos habr¡a ganado una apuesta en la que el triunfador hubiese sido aqu‚l que tuvo la peor suerte. Y escribo, tambi‚n, para acabar con todo, porque a diferencia de lo que pensaba Orson Welles en La dama de Shangai yo estoy absolutamente convencido de que jam s vivir‚ tanto como para acabar olvid ndote (aunque mi padre dec¡a, m s bien, y tambi‚n como Orson Welles en La dama de Shangai, cuando Mart¡n empieza a portarse como un tonto, nadie puede detenerlo). Matusalem Romana se acordar¡a de todo con ternura y con horror, mi amor. Pero IMPRIMA, NO DEPRIMA ser  el lema de esta novela, porque ‚sa era la frase que usaba mi gran amigo Pepe Durand, cuando me escrib¡a en su af n de mantenerme en vida. O sea que empecemos por el principio y el principio es sin duda mi llegada al que habr¡a de ser nuestro principal escenario: mi nuevo departamento parisino. Era viej¡simo, y quedaba, como el anterior, en el coraz¢n del  rea m s antigua del Barrio latino, a unos cien metros de la rue Mouffetard y de la placita de la Contrescarpe. Y, si cruzamos oblicuamente la placita que cruzaban las cabritas que le llevaban tan pac¡ficas su leche a Pap  Hemingway, pues mi departamento quedaba a unos doscientos metros del famoso n£mero 74 de la rue Cardinal Lemoine, donde ya todos sabemos cu l de los miembros de la generaci¢n perdida escrib¡a de pie para crear un estilo inmortal e inventar una Ciudad Luz que le dio luz a mi vida, como dice el bolero, apag ndola despu‚s, porque as¡ sigue el bolero, mientras yo segu¡a con el dedo en la boca. Pero a m¡ me interesa mucho m s que crucemos la placita de la Contrescarpe en l¡nea recta, y que descendamos un poco por la rue Lac‚pede, porque ah¡ viv¡an los propietarios de mi nuevo departamento, o mejor dicho madame la propri‚taire y su marido que no era monsieur le propri‚taire, porque quien hab¡a heredado el departamento, seg£n el r‚gimen de la no comunidad de bienes con contrato, era ella. A m¡ me sorprendi¢ mucho que la pareja m s cat¢lica del mundo (la verdad, no he conocido nada m s cat¢lico que un cat¢lico franc‚s), optara por esos contratos que m s que nada est n destinados a evitar esos problemas que surgen en caso de separaci¢n matrimonial con odio. Pero en fin, qu‚ le vamos a hacer, sucede hasta en las mejores familias, y a veces hay que pintar al gallinazo de blanco para que parezca paloma. Y es que monsieur Forestier, que era juez, y que era, con respecto al departamento que yo iba a habitar, algo as¡ como el pr¡ncipe consorte de madame Forestier, era tambi‚n una mansa paloma. Ella, en cambio, aunque no se maquillaba porque Cristo muri¢ en la cruz y era mucho m s importante educar a nuestros hijos bajo ese modelo tan austero se empolvaba mucho porque sin duda ten¡a la piel muy grasosa, aunque yo desde el primer d¡a me di cuenta de que se empolvaba tambi‚n el alma. Nunca dije nada, por supuesto. A qu‚ santo iba a decir esta boca es m¡a si ven¡a huyendo de la maldad de mi anterior propietaria (s¡, digo mi), y necesitaba a cualquier precio un lugar donde me dejaran instalarme con mi hondonada a cuestas. El departamento lo abandonaban dos grandes amigos espa¤oles, Carmen y Alberto, porque regresaban a vivir a su pa¡s. En ‚l, como lo he dicho por alg£n lado en mi cuaderno azul, se hab¡a decidido mi matrimonio con In‚s, que ahora acababa de abandonarme, y regresar a las fuentes me parec¡a un acto m gico, simb¢lico, sumamente rom ntico, y tambi‚n una manera de tirarme en mi hondonada para revisar el c¢mo y el porqu‚ de un fracaso amoroso, pol¡tico, literario, humano, un fracaso total, en resumidas cuentas. Las cosas se presentaban bastante bien, porque Carmen y Alberto me contaron que el departamento estaba correctamente amueblado y que s¢lo la cama y el sof  les pertenec¡an. Se los llevar¡an, pues, y as¡ podr¡a instalarme con mi viejo somier con hondonada y colch¢n memorables y memoriosos. En cuanto al sof , podr¡a remplazarlo por un divancito cualquiera, que ellos mismos me ayudar¡an a conseguir antes de su partida. Los dem s muebles, que eran hermosos, antiguos, e incluso valiosos, pertenec¡an a madame Forestier, aunque no s‚ qu‚ problema hab¡a en torno al sill¢n Voltaire, que estaba a un lado de la chimenea. La verdad es que todo esto le entr¢ por una oreja y le sali¢ por la otra a un hombre que s¢lo deseaba un lugar en Par¡s para echarse sobre su desvencijado somier. Se hund¡a mucho menos sin In‚s, claro, y tambi‚n por la cantidad de kilos que hab¡a perdido yo, pero con dar unos saltitos tipo trapecista que cae sobre la red se pod¡a lograr el efecto deseado, e incluso un d¡a decid¡ hacer una prueba, que al principio me pareci¢ muy estimulante, pero que luego me result¢ tan triste que casi recaigo del todo de la enfermedad que ten¡a en el alma con incre¡bles efectos sobre el cuerpo, debido a los efectos secundarios de la pastilla llamada anafranil. Bueno, pero para qu‚ me extiendo. Ustedes recordar n. Recordar n que necesitaba ponerme una inyecci¢n para poder tener una erecci¢n. El dispensario con su monjita quedaba un poquito m s all  de la casa de Hemingway, que con toda seguridad jam s se puso una inyecci¢n en Par¡s, y fui. Ah¡ estaba la misma monjita de cuando tambi‚n estaba In‚s, o sea que le mostr‚ la receta con l grimas en los ojos, mientras ella elevaba los ojos al cielo un poco en oraci¢n y otro poco porque hab¡a que probar la jeringa. Media hora despu‚s ya estaba hecho un trapecista que ha ca¡do sobre la red, pegando de saltos y rebotando de espaldas sobre la hondonada que ahora s¡ se hund¡a como cuando estaba In‚s. Pero cuando vi que hasta la erecci¢n funcionaba como cuando estaba In‚s, pegu‚ un salto de trapecista que quiere volver a alcanzar su trapecio, que falla y cae de cara sobre la red. Yo ca¡ de cara sobre el suelo y ah¡ me qued‚ tirado hasta mi pr¢xima toma antidepresiva, In‚s. Claro, monsieur y madame Forestier, que encabezaban un hogar modelo que reun¡a, bajo el r‚gimen de la separaci¢n de bienes, a dos hijas, un piano para las dos hijas, una educaci¢n en colegio de monjas para las dos hijas, un juez sin propiedad, y su esposa que se comportaba siempre con mucha propiedad, jam s deber¡an enterarse de estas cosas. Les hab¡an dicho a Carmen y Alberto que, antes de alquilarme el departamento, que era de ella, quer¡an verme ‚l y ella. Me invitaron a tomar t‚, a las cinco y media de la tarde, o sea tres horas despu‚s de los antidepresivos de la tarde y tres horas antes de los antidepresivos de la noche. Era la hora en que normalmente tomaba conciencia de que estaba a medio camino entre dos impulsos, lo cual me hac¡a perder todo impulso. Pens‚ en llamar a Jos‚ Luis Llobera, mi psiquiatra catal n, pero aparte de matarse de risa, qu‚ pod¡a hacer ‚l por m¡ entre dos impulsos y desde Barcelona. Pens‚ en Maquiavelo, cuya obra le¡a por aquella ‚poca con la esperanza de alcanzar cualquier fin, ya que mi vida hab¡a perdido toda finalidad, y la verdad es que la idea que se me vino a la cabeza no me pareci¢ nada mala: ir donde la monjita, media hora antes de la cita. No pod¡a hacerme da¤o alguno, y en cambio pensar que pod¡a tener una erecci¢n mientras habl bamos de precios, muebles, dep¢sitos de garant¡a, el estado en que me confiaban un sill¢n Voltaire que, a lo mejor, no era de ellos, me pareci¢ cosa digna de Henry Miller. Hac¡a tiempo que no recurr¡a a Henry Miller, por culpa de Hemingway, o sea que fui donde la monjita y me prepar‚ para algo as¡ como una crucifixi¢n rosa con una taza de t‚ en la mano. Pero, aunque erecto, sal¡ deprimid¡simo de casa de los Forestier. La verdad, me dije, al llegar a la calle y recordar anteriores experiencias, yo jam s entender‚ en qu‚ consiste la propiedad privada. No s‚, realmente no s‚, pero tiene una manera de estar siempre en contra m¡a, la gente se burla de m¡ o qu‚. Bueno, el t‚ comenz¢ conmigo inyectado y absolutamente Henry Miller, gracias a un esfuerzo descomunal. Me hab¡a abierto la puerta la mujer de la limpieza, que me mir¢ con cara de ser propietaria de algo, y en seguida sali¢ monsieur Forestier, que me dijo que sal¡a primero, sin ser el propietario del departamento que yo deseaba habitar, porque todav¡a no se iba a discutir ese asunto. Cuando apareci¢ su esposa, monsieur Forestier me la present¢ como la propietaria del departamento que yo deseaba habitar, probablemente para que se me fuera quedando grabado en el alma. En seguida salieron las herederas, que me fueron presentadas como las propietarias del piano que les hab¡an regalado en Navidad. Las dos muchachas parec¡an llevarse bastante bien, a pesar de que hab¡a s¢lo un piano, aunque la menor, que parec¡a la mayor, parec¡a tambi‚n mucho m s desenvuelta, por lo que casi de entrada me pregunt¢ si yo hab¡a estado en Par¡s en mayo del 68. Negu‚ rotundamente, y a la pobre la castigaron sin salida el s bado. --¨Y d¢nde estuvo usted en mayo del 68?--me pregunt¢ entonces madame Forestier, agregando que mis amigos Carmen y Alberto le hab¡an dicho que hac¡a varios a¤os que viv¡a en Par¡s. --Estuve en Par¡s, madame, pero me abstuve por completo de mayo del 68. --Ah... los buenos, viejos tiempos--suspir¢ de pronto el juez, ensuci ndose todito el pantal¢n al tratar de limpiarse las cenizas que se le hab¡an ca¡do. La verdad, fumaba demasiado para ser tan cat¢lico. --Usted probablemente no conoce bien la historia de Francia--empez¢ a aclararme madame Forestier--: mi marido se refiere a tiempos muy anteriores a estos tiempos en los que ya no sabe uno qu‚ hacer. --Sin duda, madame--le dije--: el siglo xix. .. Charteaubriand que era tan cat¢lico... --El siglo XVIII, se¤or Roma¤a--me corrigi¢ ella--; la Revoluci¢n francesa, la verdadera, nuestra revoluci¢n. Monsieur Forestier trat¢ de intervenir para demostrar algo as¡ como una tard¡a nostalgia por Luis XVI y Mar¡a Antonieta, y hasta empez¢ a hablar de la grandeza de Versailles, pero su esposa no parec¡a compartir en nada esta especie de arrepentimiento mon rquico, tan extendido en algunos sectores de la sociedad francesa, y le bast¢ con una sola mirada para devolverlo a 1789. A estas alturas, el juez estaba ya inmundo con toda la ceniza que se le ca¡a, aunque m s que nada por tratar de limpi rsela, y yo estaba de acuerdo con todo, y tambi‚n el juez estaba de acuerdo con su esposa, que estaba educando a sus hijas para que estuvieran de acuerdo con ella, sin duda alguna porque ella estaba de acuerdo consigo misma. O sea que hab¡a un acuerdo general. --Se¤or Roma¤a--proclam¢ entonces madame Forestier--, a mi esposo, a m¡, y a mis dos hijas, nos alegra much¡simo saber que usted se abstuvo por completo en mayo del 68. Sin embargo, nos gustar¡a saber tambi‚n si estuvo de acuerdo con la forma en que actu¢ la polic¡a. --Absolutamente, madame--le dije--. Y adem s pienso que fue un error que inmediatamente despu‚s no se organizara una colecta p£blica en su favor. Bueno, a este respecto debe usted firmar tambi‚n este documento. Como ve usted, para todo hay documentos, menos para el monto del alquiler que, adem s, ya le he dicho que tiene que ser pagado en efectivo, por las razones que he tratado de explicarle y porque ni a mi esposo ni a m¡ nos gusta fiarnos de gente que no conocemos. No se ofenda usted, por favor, se¤or Roma¤a, porque digo esto de una manera muy general y no s¢lo me estoy refiriendo a los extranjeros, ya que hay gente, como sus amigos Carmen y Alberto, que siendo extranjeros logran vivir de una manera muy similar a la de uno. --Madame --le dije, concentr ndome fuert¡simo en que era japon‚s--, yo tratar‚ de vivir lo m s burguesa y similarmente posible. Conf¡e usted en su guardi n. --Sobre todo, se¤or Roma¤a, cu¡deme mucho el sill¢n Voltaire que est  junto a la chimenea. Por un asunto de herencia, no se sabe a£n si me pertenecer  a m¡ o a mi hermano. Pero cu¡delo como si fuera ya m¡o, porque en ese caso alg£n d¡a ser  de mis hijas, ¨me entiende? Yo deb¡a ser el extranjero m s inteligente que madame Forestier hab¡a visto en su vida, porque lo que es entender, lo entend¡a todo rapidisimo y Japon‚s. Y le entend¡ tambi‚n aquella £ltima aclaraci¢n de la que ya hab¡a empezado a hablarme. Consist¡a en que ella consideraba que su departamento era demasiado grande para un hombre solo, y en que, por consiguiente, se iba a reservar la habitaci¢n m s grande. A m¡ me dejaba un dormitorio, la salita-comedor en la que estaba el Voltaire y en la que instal‚ el div n que alg£n d¡a llevar¡a a cuestas conmigo, como la hondonada, porque si ‚sta fue maravillosamente de In‚s y m¡a, aquel div n fue maravillosamente de Octavia de C diz y m¡o, aunque es absolutamente falsa la p‚rfida historia que hizo circular el escritor Alfredo Bryce Echenique, seg£n la cual desde que me qued‚ para siempre solo, he venido durmiendo los d¡as pares en la hondonada y los impares en el div n, en un desesperado af n de rendirles eterno y proporcional homenaje a las dos mujeres que am‚ y, al mismo tiempo, de encontrar por fin Justicia y paz en mi vida, aunque tropezando siempre con angustiosos problemas de elecci¢n y preferencia en los a¤os bisiestos. Adem s del dormitorio y de la salita-comedor, madame Forestier me permit¡a cuidarle un cuartito en el que hab¡a una gran mesa de trabajo, digna de cualquiera de los escritores del boom, pero que yo siempre odi‚ por razones de lesa literatura que he contado ya en mi cuaderno azul (el asunto aquel de la novela sobre los sindicatos pesqueros que vergonzosamente escrib¡ por encargo). En ese cuartito estaba tambi‚n el tel‚fono, un aparato con el cual he mantenido siempre relaciones bastante extra¤as, mezcla de dignidad y amargura. Jam s llamo cuando me voy a morir de soledad, por ejemplo, y jam s respondo cuando alguien me puede salvar la vida. Y esto sobre todo los domingos, un d¡a de la semana con el cual mantengo relaciones muy similares a las que mantengo con el tel‚fono. En fin. Depender¡an tambi‚n de mis cuidados, gracias al consentimiento de madame Forestier, el min£sculo cuartito en que estaba el water y otro cuartito en el que uno pod¡a peinarse y afeitarse, porque hab¡a un gran espejo, pero en el cual fue imposible instalar un ba¤ito porque madame Devin, la vecina de abajo, y Dora, su perra, se hab¡an opuesto siempre a que les pasaran tuber¡as por su departamento. Por £ltimo, estar¡a a mi cargo la cocina, en la cual Carmen y Alberto hab¡an instalado, aprovechando que all¡ se hallaba la £nica toma de agua del departamento, una ducha que funcionaba m s o menos como un teatr¡n. Se pon¡a la enorme palangana en el suelo, y luego, con un sistema de poleas, se sub¡a y se bajaba una especie de tel¢n detr s del cual se ba¤aba uno. El agua ven¡a por una manguerita que se entornillaba al ca¤o del lavadero y se iba por otra manguerita que, en vez de echar agua, la absorb¡a y la vaciaba por el lavadero, gracias a un principio hidr ulico que jam s llegu‚ a entender debido a mi fuerte vocaci¢n por las letras. Madame Forestier me explic¢ y yo entend¡ sonriente, por supuesto, que ah¡ terminaban mis obligaciones de guardi n, aunque con el tiempo me fue haciendo saber que, gracias a su confianza, me agradecer¡a mucho si de vez en cuando, al hacer la limpieza, por ejemplo, le pegaba una buena barrida a la habitaci¢n que se reservaba para ella. Acept‚ encantado, debido a ese profundo inter‚s que tengo por el g‚nero humano, incluido yo. Y adem s le agradec¡ la enorme confianza que deposit¢ en m¡ al dejar sin llave esa habitaci¢n que ella visitaba a menudo, sin duda alguna movida por la gran inquietud que le causaba saber que hab¡a un intruso en su propiedad privada, deb¡a sentirse despose¡da madame Forestier, y por eso primero empez¢ a visitarme porque ten¡a que guardar la ropa de primavera, durante el verano, la del verano, durante el oto¤o y la del invierno durante el oto¤o, el verano y la primavera. Despu‚s, empez¢ a traer grandes cajas de manzanas de su casa de campo, que, ya ver  usted, se¤or Roma¤a, le van a dar al departamento un aroma pastoril. Y por £ltimo me trajo al propio juez Forestier, que me ba¤¢ toda la entrada en cenizas mientras ella me explicaba que en su despacho no encontraba la paz necesaria para meditar sus sentencias, aqu¡ trabajar  tranquilo, se¤or Roma¤a, no ser  todos los d¡as y adem s no se preocupe usted, ya hemos resuelto el problema de nuestra entrada al departamento, para no molestarlo, no tendr  usted ni que abrirnos la puerta, basta con que est‚ atento, nosotros tocaremos el timbre tres veces, esperaremos dos minutos para darle tiempo de ponerse c¢modo, en el caso de que se est‚ usted duchando, por ejemplo, y luego entraremos sin molestarlo en nada. Y as¡, tambi‚n, si alguien toca tres veces y pasan los dos minutos sin que se abra la puerta, usted sabr  que tiene visita. No me fue necesario explicarle a madame Forestier que yo ten¡a un reloj que marcaba minutos y segundos con la misma total precisi¢n que el suyo, porque ella ya hab¡a comprendido lo bien que yo hab¡a comprendido todo. Pens‚ que lo m s parecido que existe a eso de ir por lana y salir trasquilado, era entrar de inquilino y salir de guardi n, pero no pude seguir tan sombr¡o como andaba porque para madame Forestier hab¡a llegado la hora de un peque¤o brindis acentu¢ mucho lo de peque¤o), para festejar el habernos conocido en circunstancias tan favorables para un extranjero en Par¡s. Llam¢ a ese otro extranjero que era su esposo, le dijo que sacara tres copitas y que sirviera oporto, y luego hizo venir a las chicas para que se despidieran del se¤or Roma¤a. Le tend¡ la mano a la mayor, pero se puso roja como un tomate y permaneci¢ est tica. Bueno, me dije, probar‚ con la menor, ya que est  tan castigada, pero a la pobrecita la dejaron sin salida el domingo de la semana pr¢xima tambi‚n, por haber emitido tres gemiditos sonrientes y por no haber logrado permanecer est tica cuando le acerqu‚ la mano. --La reverencia--dijo r pidamente madame Forestier mientras el juez, entreg ndome una copita de oporto, le daba alguna raz¢n de existir a mi brazo estirado. Y ahora s¡, muy serias, las chicas Forestier se despidieron de m¡ con la £nica reverencia que hab¡a visto fuera del cine o del teatro. --No s‚ si lo merecemos--dijo el juez, contemplando lo cat¢licas que se retiraban sus hijas. --Tal como est  el mundo hoy, se¤or Roma¤a, hay que darle gracias a Dios--corrobor¢ madame Forestier. O sea que brindamos por Dios tal como est  el mundo hoy, y luego me puse de pie y anunci‚ mi partida con gran esfuerzo sonriente, porque la verdad es que no ve¡a las horas de estar en la calle para poder anonadarme un poquito siquiera. Pero no llegu‚ a la calle tan pronto, y para qu‚ seguir ocult ndolo. No, no puedo seguir ocult ndoles que me encerr‚ en el ascensor, en ese mismo quinto piso en que viv¡an los Forestier, que me abr¡ la bragueta y que a punta de sobarme el pene logr‚ una erecci¢n bastante aceptable, gracias a la monjita de mi inyecci¢n. Luego, pegu‚ una carrerita hasta la puerta de la se¤ora cuyo departamento iba a cuidar, a partir de la semana pr¢xima, le bendije la casa con tres golpes de pene en la cerradura y, al grito de ­pantorrillas!, sal¡ disparado. Los seres humanos somos as¡. Cuando pienso en la universidad francesa, se me vienen siempre a la memoria los nombres de Napole¢n Bonaparte y el de mi querid¡simo amigo, el gran poeta espa¤ol ngel Gonz lez, que, un d¡a en Chicago, durante uno de los mil viajes que hice para poder hablar tres o cuatro horas diarias en larga distancia con Octavia de C diz, porque eso a ella le encantaba, a mis amigos los hac¡a desternillarse de risa, y a m¡ me hac¡a gastarme, con una abnegaci¢n que s¢lo puedo comparar con el sentimiento patrio, hasta anticipos de mi herencia, me dijo, porque ¡bamos ya por el s‚ptimo whisky: --Mi querido Mart¡n: al cabo de tantos a¤os en Estados Unidos, estoy convencido de que abandonar‚ este pa¡s sin haber comprendido absolutamente nada. Algo muy semejante me ha sucedido a m¡ con la universidad francesa, que, como me dijo un d¡a en Nanterre monsieur Mercier, uno de los profesores de literatura espa¤ola que me despreciaba a muerte porque en Am‚rica latina jam s se escribir¡a el Quijote, ya no era, ya no es, se¤or Roma¤a, el coloso que nos leg¢ Napole¢n. Mire usted, basta con ver el estado en que nos han dejado las paredes las hordas salvajes que nos invadieron en mayo del 68. Est bamos en un anfiteatro, vigilando un examen, y antes de hablarme se hab¡a colocado tres escalones m s arriba que yo, por el asunto de la jerarqu¡a, y yo me hab¡a colocado la mano en el pecho porque Octavia de C diz estaba presenciando la escena muerta de risa, y porque monsieur Mercier tambi‚n se hab¡a colocado la mano en el pecho con profunda tristeza, aunque sin darse cuenta. Sent¡ unas ganas horribles de decirle que yo hab¡a estudiado en La Sorbona, antes del 68, y que no le hab¡a encontrado nada tan colosal al asunto, m s bien lo contrario, pero la verdad es que no me atrev¡ a meterme con Napole¢n, porque eso duele, y porque encontraba francamente conmovedor que un hombre que me despreciaba tanto me diera siempre la mano con muy buenos modales y me hablara del tiempo, todo el tiempo, como si yo fuese totalmente incapaz de abordar cualquier otro tema de conversaci¢n. Pero, en fin, todos tenemos nuestras limitaciones, y a m¡ siempre me pareci¢ muy enriquecedor darle la mano a un profesor de literatura que negaba rotundamente la existencia de una literatura latinoamericana, por obvias razones de degeneraci¢n de las especies, que ya hab¡an sido estudiadas por m s de un sabio franc‚s y que sin duda alguna me inclu¡an a m¡ tambi‚n, y por esa innata tendencia al caos hist¢rico de pa¡ses como Bolivia que s¢lo una presencia naval francesa habr¡a podido evitar. Monsie£r Mercier se jactaba de ignorar todo lo que despreciaba (de ah¡, sin duda, el que le atribuyera mar para la presencia francesa a Bolivia), y a ese nivel yo lo encontr‚ siempre much¡simo m s sincero que monsieur Desmond que se jactaba de ser nuestro primer especialista en historia de M‚xico, y que la £nica vez que not¢ mi presencia en Nanterre fue para decirme, delante del £ltimo grupo gochista que nos quedaba en el Departamento de Espa¤ol, un verdadero tesoro eran esos muchachos, que por qu‚ no me afeitaba ese bigote que me hac¡a parecerme tanto a Emiliano Zapata. A mucha honra, le respond¡, para quedar bien con los gochistas, y agregu‚ que prefer¡a mil veces parecerme a Zapata que al general Carranza. --¨Y qui‚n fue Carranza?--me pregunt¢ ‚l, con imperdonable laguna hist¢rico-mexicana. Imperdonable e hist¢rica fue tambi‚n la cobard¡a con la que me abstuve de decirle que, en M‚xico, hasta los analfabetos sab¡an que Carranza fue el detestable traidor a cuya sombra se organiz¢ el asesinato de Zapata. Le dije, en cambio, que el general Carranza era el actual presidente de Panam , traicionando de esta manera a Zapata, al grupo gochista, el honor de mi familia, y a Panam , pero la verdad es que a los lectores se les renueva el contrato cada a¤o, y en Nanterre, que para mi gran desilusi¢n, m s que legado colosal parec¡a universidad peruana, bajo r‚gimen militar chileno, al menos a juzgar por el Departamento de Espa¤ol en el que trabajaba, una falta de disciplina tan grave como la del general Carranza pod¡a serme fatal. Pero no todos eran descendientes de Napole¢n en Nanterre, y hasta hoy recuerdo siempre a los grandes amigos que hicieron lo indecible por m¡, dentro y fuera de la universidad. Ingres‚ a trabajar all¡ de casualidad, porque un d¡a me encontr‚ con un amigo que estaba a punto de abandonar su puesto de lector latinoamericano y necesitaba alguien que lo remplazara. Ni pienses en m¡, le dije, explic ndole que estaba m s muerto que vivo y que nunca ser¡a capaz de ense¤arle nada a esa juventud rebelde que poco tiempo atr s hab¡a hecho temblar al poder en Francia. A m¡ ‚sos me matan, agregu‚, confes ndole todo lo que me hab¡a ocurrido en los £ltimos tiempos, c¢mo mi esposa me hab¡a abandonado porque yo era un s¢rdido rezago feudal de todo lo que ten¡a que desaparecer en Am‚rica latina, y c¢mo el marxismo-leninismo peruano de Par¡s me hab¡a declarado totalmente inepto para circular por la izquierda. Pero ‚l insist¡a, creo que m s que nada por la pena que le daba verme en ese estado tan calamitoso, y al final logr¢ convencerme con un argumento que encontr‚ no s¢lo muy bondadoso sino de una l¢gica implacable, adem s. --Mart¡n--me dijo--, por lo que veo est s realmente enfermo y sin mayores esperanzas de recuperaci¢n. Pronto necesitar s m s m‚dicos, pronto necesitar s ingresar a un hospital, tal vez. Piensa que si aceptas el puesto de lector tendr s seguridad social y que ‚sta cubrir  los gastos de... de... Le dije que no pasara de los puntos suspensivos, por favor, y agregu‚ que de acuerdo, que aceptaba remplazarlo en su cargo, y que gracias a su bondad volver¡a a circular por la izquierda, aunque esta vez protegido por la seguridad social. Mi amigo me palme¢ el hombro, cosa que me hizo un da¤o espantoso, porque siempre he preferido el amor y la amistad a la piedad, y me explic¢ que tendr¡amos que ir a hablar con el jefe lo m s r pido posible, porque estaba a punto de abandonar Nanterre y ya por ah¡ le hab¡an contado que el nuevo jefe del Departamento de Espa¤ol era un antiguo comunista que, aterrado por las juventudes del 68, se hab¡a vuelto racista, fascista, mandar¡n, grosero, inmoral, y vulgar, aunque esto £ltimo parece que siempre lo fue. --Y ahora que va a estar en el poder sabe Dios qu‚ venganza tramar --continu¢ explic ndome, pero yo le dije que esa parte de la historia de Francia me resultaba a£n demasiado impresionante e incomprensible, y que por favor me explicara m s bien qu‚ era un lector. --Es todo lo contrario del jefe, Mart¡n--resumi¢, mir ndome como quien regresa a un punto muerto. Y as¡ fui contratado por un jefe bueno y termin‚ trabajando bajo las ¢rdenes de un jefe mal¡simo, aunque m s bien deber¡a decir bajo las amenazas de un jefe incre¡ble. En realidad, ahora que lo pienso, nuestras relaciones fueron siempre de lo m s divertidas. Se llamaba monsieur Blenet y lo primero que hizo al llegar a Nanterre fue meter las cuatro, por ser tan sincero delante de alumnos y profesores. La verdad, el pobre no se hab¡a imaginado el p nico tan espantoso e irracional que le iba a producir el £ltimo grupo de gochistas que a£n nos quedaba, y se le ocurri¢ nada menos que ponerse a gritar delante de medio mundo que a ‚l no le iban a meter el dedo en el culo los negros, los catalanes, los jud¡os, los latinoamericanos, y otras razas inferiores. --­Yo vengo aqu¡ a mandar!--concluy¢, chillando y se¤alando a monsieur Duquesne, que era negro-franc‚s, a monsieur Feliu, un profesor catal n, exiliado, y anarquista, y al debutante lector peruano monsieur Mart n Roman , que ten¡a desconcertado a medio mundo porque dictaba sus cursos con grabadora y unos enormes anteojos negros, en pleno invierno, y porque lo £nico que parec¡a importarle en la vida era llegar a ser miembro de la seguridad social con cotizaci¢n al d¡a. Para qu‚ dijo nada monsieur Blenet. El pobre que cre¡a ser tan macho y que ya en otra oportunidad hab¡a afirmado que la £nica virtud de los latinoamericanos era el machismo, as¡ como la £nica de los jud¡os era su capacidad musical, no tuvo m s remedio que terminar humill ndose de terror y pidiendo p£blicas disculpas ante tanta gente inferior, porque tambi‚n la juventud era inferior y all¡ hab¡a mucho alumno. Primero, la reacci¢n fue un silencio general porque ni el grupo gochista, super dividido en diferentes tribus ideol¢gicas, seg£n me fui enterando, pod¡a creerse lo que acababa de o¡r. Claro, ellos segu¡an pensando que todo volver¡a a empezar, como en los viejos tiempos, aunque en Nanterre bastaba con ver el parking de los alumnos para comprobar que mayo del 68 hab¡a sido un incidente divertido para las deliciosas criaturas perfumadas que llegaban en impresionante mayor¡a a la Facultad de Letras en unos carrazos que para qu‚ les cuento, los de los profesores daban pena al lado de los carros de los alumnos. Dios m¡o, pensaba yo, cada vez que entraba a Nanterre y ve¡a los autom¢viles de unos y otros, qu‚ mal pagados est n los profesores en Francia, y qu‚ horriblemente mal pagado estoy yo que llego a trabajar en tren y que nunca podr‚ comprarme un auto, ni siquiera un auto de profesor. Ah¡ me agarraba la depresi¢n horrible, lo bajo que hab¡a ca¡do, ya ni siquiera en la jerarqu¡a, que ah¡ siempre estuve entre los de abajo, no, lo bajo y triste que era llegar en un tren donde no s‚ por qu‚ siempre me tocaba viajar en un vag¢n lleno de ni¤os mong¢licos y despu‚s llegar a Nanterre pero la estaci¢n no se llamaba Nanterre sino LA LOCURA, y debajo de ese letrero hab¡a otro m s peque¤o en el que dec¡a COMPLEJO UNIVERSITARIO. --Se me viene el mundo abajo--les cont‚ un d¡a a mis querid¡simos madame Chauny, monsieur Colas, y monsieur Bataille, que fueron siempre tan nobles conmigo, dentro y fuera de la universidad, y que se ganaron mi afecto incondicional desde la tarde aquella en que me ayudaron a llenar los formularios de ingreso a la seguridad social, porque yo no entend¡a ni papa y les hab¡a rogado que vinieran urgentemente a mi casa porque me estaba ocurriendo algo horroroso. Pobres, jam s olvidar‚ su bondad. Llegaron los tres aterrados y trayendo a un m‚dico al que tuvieron incluso que pagarle, porque precisamente yo a£n no ten¡a seguridad social. --¨Por qu‚ se te est  viniendo el mundo abajo?--me preguntaron, ya un poco acostumbrados a que se me viniera el mundo abajo, pero siempre con la misma bondad de dentro y de fuera de la universidad. --Porque miren el parking de los profesores y miren el de los alumnos--les dije, quej ndome por lo mal pagados que estaban. --Mart¡n--me dijeron, interrumpi‚ndose al hablar, porque me quer¡an mucho y siempre peleaban entre ellos por ser el que me hab¡a consolado--, aqu¡ el £nico realmente mal pagado eres t£. --Bueno, pero yo soy lector y en cambio ustedes s¡ tienen pedigree. --Jerarqu¡a--me corrigieron en coro, porque ellos siempre se preocuparon much¡simo en explicarme c¢mo funcionaba la universidad francesa, y en seguida empezaron a explicarme el mundo de los parkings. Que no era siemPre as¡, me dijeron, Nanterre era una de las pocas excepciones porque en Par¡s y sus alrededores hasta un cierto nivel de estudios, los alumnos estaban obligados a matricularse en la universidad que m s cerca quedaba del distrito en que viv¡an. Y Nanterre estaba rodeada de distritos de millonarios. --Entiendo--les dije--, pero en cambio ahora no entiendo por qu‚ mayo del 68 lo empezaron aqu¡ unos millonarios. La verdad es que ni siquiera me hab¡a enterado de que los gochistas eran multimillonarios. --Se ha visto casos--me explicaron--, pero en realidad la gran mayor¡a de nuestros gochistas viene de la comuna de Nanterre, que no es de millonarios y vota comunista. Eso s¡ lo sab¡a, porque una tarde que estaba dictando una clase sobre las barriadas en el Per£, las hijas de presidentes-directores-generales de important¡simas compa¤¡as, de prefectos de polic¡a y consejeros de Estado, y hasta de ministros, que eran la inmensa mayor¡a entre mis alumnos, sin duda alguna porque encontraban sumamente divertidas las arengas revolucionarias que yo grababa trepado sobre un banquito, en mi departamento, para obtener el efecto antidepresivo y poder obtener as¡ el efecto revolucionario, empezaron a pegar chilliditos de horror como dici‚ndome qu‚ pa¡s el suyo, monsieur Roma¤a. Empec‚ a subir el volumen de la grabadora, en se¤al de autoridad, pero me di cuenta de que en el Per£ la miseria desaf¡a a cualquier autoridad, cuando el volumen de la grabadora lleg¢ al tope y la chica que ten¡a el auto m s bonito del parking me dijo, tambi‚n al tope, que en adelante s¢lo quer¡a escuchar las cassettes sobre el Cuzco, Machu Picchu y la selva amaz¢nica. Era linda, era realmente la m s linda de todas, porque Octavia de C diz a£n no hab¡a aparecido, y para colmo de injusticias su pap  era ministro y en el Departamento de Espa¤ol se comentaba que hac¡a el amor con el m s popular de nuestros l¡deres gochistas, cosa que pude comprobar esa tarde al ver que todos mis gochistas evitaban los anteojos negros que yo siempre usaba para dictar mis clases. Eran los m s grandes y negros que se encuentran en el mercado, y me los hab¡a recomendado Jos‚ Luis Llobera en una de las cartas m s conmovedoras que me escribi¢ de Barcelona, como complemento de la grabadora, que tambi‚n hab¡a sido recomendaci¢n suya, anteriormente, porque no bien empec‚ a preparar mis clases comprend¡ que jam s lograr¡a contarles a mis alumnos toda esa miseria campesina, todas esas barriadas, todos esos golpes de estado, toda esa dependencia norteamericana, sin estallar en llanto o algo por el estilo. Hab¡a probado limitarme a la mera enumeraci¢n de datos estad¡sticos, con ciencia y no a conciencia, pero aun as¡ los nudos en la garganta y los desfallecimientos de la voz eran algo tan notorio que habr¡a sido imposible comenzar siquiera una clase. Fue entonces cuando Jos‚ Luis me sugiri¢ lo de la grabadora, que result¢ ser la soluci¢n ideal al problema. Grababa un poco, y cuando ya no pod¡a m s de realidad latinoamericana, bastaba con apretar el bot¢n de la izquierda, que dec¡a STOP, tambi‚n con dependencia norteamericana, para que vean bien el estado en que me encontraba. Me tomaba horas preparar una clase, por lo del STOP, pero siempre termin‚ a tiempo, gracias a ese sentido del deber que da la necesidad de dinero y a esa mezcla de angustia y emoci¢n que me produc¡a ser miembro de la seguridad social. Como que no lograba creerlo, y siempre sent¡a que estaba en falta, que hab¡a cotizado demasiado poco, no s‚, pero lo cierto es que el tiempo ha terminado d ndome la raz¢n, porque si nos limitamos a la mera enumeraci¢n de datos estad¡sticos, parece que no hay quien salve a la seguridad social en Francia, STOP. Me serenaba, volv¡a a tomar fuerzas, asum¡a lo del START, y as¡ una y otra vez hasta que quedaban bien preparadas mis clases. Lo malo, claro, es que cuando escuchaba ¡ntegra la grabaci¢n, hecha con una excelente voz de profesor de izquierda, debido a mi complejo de hombre de derecha, me surg¡a el problema de las l grimas y no tuve m s remedio que volver a molestar a Jos‚ Luis. Total, en Nanterre, eso a los alumnos les hac¡a much¡sima gracia, lo cual era el colmo de la indiferencia, pero yo no ten¡a m s remedio que seguir adelante porque era la grabadora la que hablaba, e incluso con el tiempo fui perfeccionando mis clases, grab ndolas trepado encima de un banquito, hasta que llegaron a ser profundamente de izquierda, debido a la reputaci¢n 68 de Nanterre, que result¢ siendo de derecha, a juzgar por el Departamento de Espa¤ol. Y como dice la gente, cu l no ser¡a mi sorpresa el d¡a en que la chica m s linda y m s injusta de toda la clase me grit¢ STOP, entre los chilliditos de las otras misses. --STOP--la call‚ yo, para gran sorpresa de todo el mundo, porque monsieur Roma¤a jam s hab¡a pronunciado una palabra durante sus clases. Y, aprovechando el desconcierto general, proced¡ tambi‚n a quitarme por primera vez los anteojos negros, en vista de que el asunto parec¡a ser cara a cara. --­Qu‚! --exclam¢ ella, con el mismo sentido de la propiedad privada con que se dirig¡a al parking, pero esta vez dirigido a monsieur Roma¤a, que a su vez se hab¡a dirigido a Jos‚ Luis Llobera, dici‚ndole es la primera vez en a¤os que en lugar de tristeza siento rabia, soy el m s sorprendido de todos, Jos‚ Luis. Jos‚ Luis nunca me abandon¢, o sea que no tuve m s remedio que hacerle justicia y volver a la carga. --­Dice el doctor Llobera que le repita a usted STOP!--le grit‚, pero mi frase de loco la llen¢ de cordura, en vez de desconcertarla por completo. --­Esto es una clase en Francia y no una revoluci¢n cubana! --se desesper¢ la pobrecita, llena de ese resentimiento patrio que en Francia se llama chauvinismo, poni‚ndose en seguida de pie con extrema elegancia, adem s de todo, y amenaz ndome con correr a contarle lo que estaba ocurriendo a monsieur Blenet, el nuevo jefe tan vulgar. --Se¤orita--le dije yo, aterrado por lo de mi seguridad social--, no empecemos otro mayo del 68, por favor. F¡jese usted que ser¡a un mayo del 68 al rev‚s. A Mademoiselle como que le encant¢ la forma en que le hab¡a hecho justicia y se aprest¢ a dialogar con democracia. --Se¤or Roma¤a--condescendi¢--, yo no he venido aqu¡ para convertirme en profesora ni porque necesito un diploma para trabajar. Yo he venido aqu¡ como diletante y ya estoy harta de o¡rlo hablar como si en Am‚rica latina todo fuera de extrema izquierda. --No es as¡, se¤orita--la inform‚--; en el Per£, por ejemplo, hay tambi‚n en estos momentos un partido comunista con apoyo cr¡tico al gobierno militar. --Tampoco me interesa, se¤or Roma¤a. Y estoy segura de que al decir esto lo hago en nombre de una abrumadora mayor¡a de alumnos. Despu‚s se volte¢ a mirar a la clase con un ¨s¡ o no?, cuya respuesta me dej¢ tan abrumado que no tuve m s remedio que realizar una profunda autocr¡tica. --Est  muy bien, se¤orita. Si‚ntese y c lmese, por favor. Y trate ahora de comprender que yo he entrado a trabajar a esta universidad bastante mal informado. Poco a poco estoy adquiriendo cierta experiencia, pero c¢mo quiere usted que un pobre latinoamericano sepa de entrada que Nanterre no est  a la altura de su reputaci¢n, sino todo lo contrario, y que el parking de los estudiantes... --La reputaci¢n de Nanterre hemos sido siempre nosotros, se¤or Roma¤a--me interrumpi¢, tan linda, que casi le digo que estaba totalmente de acuerdo con ella, desde el punto de vista est‚tico. pero eso habr¡a sido una frivolidad de mi parte y no me qued¢ m s remedio que continuar. --Eso es lo que ignoraba yo por completo, se¤orita--me autocritiqu‚--. Yo ignoraba por completo que ustedes eran la mayor¡a o, lo que es m s, la inmensa mayor¡a, y por eso me he dado el trabajo de preparar veintis‚is cassettes de extrema izquierda. --Pues c mbielas, se¤or Roma¤a. --Se¤orita, le ruego a usted que comprenda el trabajo tan horroroso que me ha costado preparar correctamente mis clases. ¨Cree usted sinceramente que a m¡ me hace feliz todo lo que les he venido contando? Ah, se¤orita, si usted supiera que las £ltimas cassettes las grab‚ trepado sobre un banquito, en un desesperado af n de cumplir con mi deber. Usted no me entiende, por supuesto, pero yo quiero que aqu¡ todo quede muy claro y por ello le voy a confesar algo que le ruego escuchar con toda la democracia posible, desde esa posici¢n tan inc¢moda que debe provocarle el pertenecer a la inmensa mayor¡a. --De acuerdo, se¤or Roma¤a: tiene usted la palabra. IMPRIMA, NO DEPRIMA: La vi aparecer atrasadisima, una ma¤ana, corriendo muy agitada hacia una silla, quit ndose un enorme sombrero negro en el camino, disculp ndose coquet¡sima porque llegaba tan tarde, mientras tomaba asiento, y mir ndome, mir ndome y mir ndome. ¨C¢mo me mira?, me pregunt‚, reaccionando ante algo que simplemente no pod¡a ser, pero result¢ que si pod¡a ser y que en efecto me miraba y me miraba como si alguna vez nos hubi‚semos conocido en una playa de C diz. Yo estaba sentado, como siempre durante mis clases, en una banca que hab¡a a la derecha del estrado sobre el cual se hallaba el pupitre, en se¤al de autoridad, porque desde ella pod¡a mirar a los alumnos de frente, gracias a mis anteojos negros, pero sin tener que hacerlo de arriba abajo, como en los viejos tiempos. Nos encontr bamos, pues, a un mismo nivel, seg£n las costumbres establecidas en mayo del 68, aunque la grabadora si ten¡a que ponerla encima del pupitre porque era el‚ctrica y el cord¢n s¢lo alcanzaba hasta el enchufe coloc ndola ah¡. A Octavia como que le encant¢ aquella instalaci¢n, a pesar de que nunca antes hab¡a asistido a una de mis clases, y continu¢ observ ndome sonriente mientras yo segu¡a disimulando todo lo que estaba ocurriendo dentro de mi, y como siempre toc ndome bastante obsesivamente los cinco bultitos que tengo en el cuello, porque mi amigo Enrique Alvarez de Manzaneda falleci¢ de un bultito en el cuello, a pesar de la incredulidad de que hizo gala tan tercamente In‚s. Hab¡a algo que s¢lo puedo calificar de doble, s¡, algo doble hab¡a en el parecido de la muchacha que acababa de entrar con la muchacha que yo hab¡a visto una vez en la playa, en C diz, cuando In‚s me mand¢ a pasear un rato porque acababa de surgir la primera tensi¢n real entre nosotros. Las dos muchachas ten¡an la misma edad, ahora, a pesar de los a¤os transcurridos, porque Octavia de C diz deb¡a tener dieciocho a¤os, y la chica que yo llam‚ Octavia de C diz, aquella vez, deb¡a tener dieciocho a¤os, entonces, y adem s las dos ten¡an todo lo de entonces ahora y todo lo de ahora entonces y yo estaba sintiendo el escalofr¡o m s largo y m s fuerte de mi vida porque la muchacha que acababa de entrar segu¡a siendo tambi‚n la misma Octavia de cada vez, la misma que apareci¢ en los peores momentos de mi vida, aqu‚llos de la enorme carencia de algo, de mucho, de todo, y la misma que me hacia decir extra¤amente Octavia de C diz cada vez que me olvidaba de algo, cada vez que me quemaba, cada vez que me tropezaba o algo as¡. Pero esa ma¤ana yo estaba dictando una de mis primeras clases de literatura latinoamericana, y nada pod¡a hacer porque la grabadora continuaba hablando del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. O sea que no tuve m s remedio que seguir adelante con el an lisis de su libro El pozo, pose¡do en cuerpo y alma por aquel escalofr¡o que empezaba a durar tanto que ya parec¡a pulmon¡a. Estaba lo que se dice helado, cuando la cassette lleg¢ a su fin con unas frases de Onetti que los alumnos, con excepci¢n de Octavia de C diz, escucharon sin mayor profundidad porque no eran m s que unos baratos diletantes, o aprest ndose a partir, porque ya era la hora, y en ambos casos porque eran unos cretinos incapaces de apreciar el esfuerzo que hab¡a tenido que hacer para grabar frases como El amor es absurdo y maravilloso... pero la gente absurda y maravillosa no abunda, en el estado en que me hallaba, ni mucho menos las frases mismas. Les di la espalda, mientras guardaba la cassette y desenchufaba la grabadora, porque tambi‚n yo s‚ ser diletante, cuando lo deseo, pero la verdad m s que nada porque all  atr s se hab¡a quedado Octavia de C diz guardando miles de cosas en su enorme bolso negro y yo no sab¡a qu‚ hacer con ese reencuentro tan inesperado y feroz, porque era un reencuentro y as¡ lo comentamos nosotros d¡as m s tarde en mi departamento y ella me abraz¢ muy fuerte como si todo lo supiera de antemano cuando le cont‚ que hab¡a sentido un escalofr¡o de muerte al verla. Pero Octavia me dijo monsieur Roma¤a, desde el fondo de la clase, y yo record‚, sin saber entonces por qu‚, aquellos versos de Vallejo: ¨qu‚ me ha dado, que vivo?, ¨qu‚ me ha dado, que muero?, y volte‚ a mirarla y vi que se estaba sonriendo y que desde tan lejos se hab¡a fijado en mis cinco bultitos, porque los estaba se¤alando y porque yo sab¡a que era eso lo que Octavia de C diz estaba se¤alando. Despu‚s comprend¡ que no s¢lo se hab¡a fijado en los cinco bultitos, sino que adem s se hab¡a fijado en todo lo de los cinco bultitos, porque lo primero que me cont¢, mientras segu¡a se¤al ndolos, fue que llevaba lentes de contacto porque era muy pero muy miope. Yo le sonre¡, tambi‚n, entonces, y Octavia empez¢ a re¡rse much¡simo de m¡, o de la situaci¢n, aunque esa risa era otra cosa adem s. Tard‚ varios d¡as en darme cuenta que Octavia era la primera persona en el mundo que hab¡a visto re¡rse as¡, con la m s profunda ternura, con la m s profunda atenci¢n. Pod¡a estarse riendo a carcajadas, con los ojos cerrados, o mirando a otra parte, pero siempre se estaba fijando en los dem s, siempre sab¡a qu‚ pensaban, qu‚ sent¡an los dem s, siempre estaba observ ndolo todo. ­Y qu‚ alegr¡a! Su risa era una fiesta, una invitaci¢n a la vida que yo acept‚ porque jam s hab¡a visto a nadie amar tanto la vida como a Octavia. Pero una mirada al vac¡o (hacia la eternidad, me corrigi¢ ella, en Udine... Escuch bamos el ta¤ir de unas campanas), una mirada al vac¡o la fue invadiendo poco a poco, cuando tambi‚n para ella la realidad empez¢ a ser muy diferente. Tanta y tanta tristeza, Mart¡n, me dec¡a, entonces, y que no hab¡a estado preparada para tanto sufrimiento que la hab¡an protegido demasiado. Pero no por eso me habr¡a sido imposible protegerla a£n m s, no, no por eso sino porque los dos sab¡amos que hab¡a sido ella quien me ense¤¢ a amar la vida de esa manera imposible ya. --Le he tra¡do mi ficha de inscripci¢n, se¤or Roma¤a--me dijo, rog ndome coquetisima que la aceptara en mis cursos, porque llegaba con varias semanas de atraso. --No veo m s inconveniente que el de la miop¡a--le dije, forzando la m s serena sonrisa, aunque no creo que lograra ocultarle en nada el asombro que me produjo leer su nombre: Octavia Marie Am‚lie. Su apellido, como el de otros tres o cuatro alumnos m s, me resultaba imposible de retener, por largo, aunque la verdad es que nunca en mi vida hab¡a visto un apellido a particule con tanta particute como el de Octavia de C diz. Al lado, hab¡a escrito su direcci¢n y, abajo, que no sab¡a muy bien por qu‚ se hab¡a inscrito en el Departamento de Espa¤ol pero que las frases de Onetti le hab¡an encantado. Quise decirle que as¡ no se llenaban las fichas de inscripci¢n, por m s linda que fuera su letra, pero ella se me adelant¢ y me ofreci¢ llevarme desde el parking de los estudiantes hasta mi casa. --Vivimos muy lejos, se¤orita. Su ficha dice que usted vive por el Bois de Boulogne y yo vivo en el Barrio latino. Nada menos que la margen derecha y la margen izquierda del Sena. --El puente Alejandro III me encanta. D‚jeme cruzarlo con usted, por favor. --La verdad, se¤orita, no me siento muy bien, y para mi como que todos los puentes son pardos de d¡a y de noche... --No insista, se¤or Roma¤a--me interrumpi¢ ella, justo cuando yo iba a decirle que no insistiera, por favor, pensando en In‚s. Fue as¡ como me encontr‚ sentado por primera vez en el carro de Octavia, habl ndole de usted y evitando todo el asunto de los bultitos, porque simplemente no ten¡a por qu‚ ser verdad para ella tambi‚n. El loco era yo y ella era la alumna, aunque una semana m s tarde no tuve m s remedio que rendirme ante la evidencia: Octavia me tra¡a siempre hasta la plaza del Panth‚on, con el pretexto de que le encantaba cruzar todos los puentes del Sena y de que quer¡a leer un rato en la Biblioteca de Sainte Genevieve, que quedaba al lado del Panth‚on y muy cerca de mi departamento. Pero me tra¡a casi siempre a horas en que la biblioteca estaba cerrada y, si estaba abierta, me dec¡a que en el camino se le hab¡an quitado las ganas de leer. Yo, por mi parte, no tuve m s remedio que aceptar, la £nica tarde en que no llevaba sus pantalones negros de terciopelo, que me hab¡a pasado todo el recorrido desde la universidad observ ndole disimuladamente las piernas mientras ella manejaba. Llevaba ese d¡a una falda escocesa y botas negras, pero me bast¢ con ver lo que se pod¡a ver de sus piernas, entre las botas y la falda, para saber que ‚sas eran las piernas m s divertidas del mundo Eran preciosas y muy delicadas, pero ten¡an adem s algo que me hacia much¡sima gracia, y mientras las observaba muy a la disimulada les descubr¡ el secreto: eran unas piernas lindas, realmente preciosas, pero se parec¡an a las de mi abuelita, que fue la mujer m s divertida que conoc¡ en mi vida. Entonces tom‚ conciencia, tambi‚n, de que Octavia caminaba como mi abuelita, de que caminaba como si estuviera cansada, como si su enorme bolso le pesara demasiado, como si estuviera haciendo un esfuerzo sobrehumano, pero sin perder jam s esa elegancia alegre y divertid¡sima, esa elegancia risue¤a y traviesa y simplemente divertid¡sima que era el secreto de la coqueter¡a m s adorable del mundo. Octavia, me dije, ser  tambi‚n una viejita linda, una viejita adorable, alegre, juvenil y traviesa. Y no bien me dije eso, me di cuenta, porque nuestros ojos se encontraron un instante, que desde el comienzo se hab¡a fijado en lo mucho que me estaba divirtiendo con sus piernas, mientras ella trataba de probarme que Par¡s era la ciudad m s maravillosa, si si, la m s maravillosa de todas las ciudades. --Lo debe ser para una muchacha como usted--le dije, al bajarme del carro, en la plaza del Panth‚on. Despu‚s camin‚ hacia el departamento, cargando mi peque¤a grabadora y pensando que hab¡a terminado un d¡a m s de clases, sin pena ni gloria, porque a diferencia de aquella muchacha que me tra¡a siempre en su carro y se alborotaba con cada detalle, cada matiz de cada color del cielo de Par¡s, que notaba hasta el m s m¡nimo de sus cambios, yo viv¡a en Par¡s sin pena ni gloria. Minutos m s tarde ya hab¡a arrojado mi viejo abrigo sobre el sill¢n Voltaire, hab¡a dejado la grabadora en su lugar, y estaba tirado como siempre sobre mi vieja camota. Pero esta vez estaba pensando adem s que realmente no sab¡a por qu‚ viv¡a en Par¡s. Orgullo de escritor frustrado, me dije, levant ndome con gran esfuerzo porque alguien estaba tocando el timbre insistentemente. Era Octavia, y antes de que pudiera saludarla siquiera, me dijo que hab¡a estado llorando por mi desde que me baj‚ de su auto, y se sigui¢ de frente hasta el div n. --T£ crees que no me doy cuenta de nada, Mart¡n, y perd¢name que te tutee pero t£ crees que soy una fr¡vola y est  bien, lo soy, si quieres, pero no soporto verte metido en un trabajo en el que nadie te entiende. ¨C¢mo puedes trabajar con esos profesores tan grises, tan vulgares, tan inferiores a lo que t£ eres? --No me gusta nada lo que acabas de decir. No todos en Nanterre son as¡, aunque si es verdad que trabajo porque necesito el dinero, eso es todo. --Pero, ¨por qu‚ te sientes tan mal todo el tiempo? ¨Qu‚ te pasa? Yo me hab¡a sentado aqu¡, en el Voltaire, y not‚ que me estaba costando demasiado trabajo entenderlo todo. Adem s no recordaba los nombres y apellidos que Octavia hab¡a escrito en su ficha de inscripci¢n. Hab¡a puesto tres nombres, pero yo s¢lo hab¡a retenido Octavia, por incre¡ble. --¨C¢mo te llamas? --le pregunt‚, excus ndome por haberla tuteado, y pensando que era un sentimental de mierda porque se me hab¡a hecho un nudo en la garganta debido a la fuerza con que deseaba tutearla. --Octavia Marie Am‚lie, Mart¡n. ¨Cu l de los tres nombres te gusta m s? --Octavia, definitivamente, pero ‚sa es otra historia. --¨Qu‚ historia, qu‚ historia, qu‚ historia, Mart¡n? Supe que estaba pensando que yo hab¡a amado much¡simo a una mujer llamada Octavia. Y supe que estaba sufriendo por eso y supe que hab¡a venido a consolarme por eso. Pero, ¨por qu‚ diablos hab¡a venido a consolarme por eso? --Dime c¢mo te llamas, cu l de los tres nombres usas. ¨O usas los tres? --Nunca. Me llamo Octavia. --Octavia no es un nombre franc‚s. --Mi abuela materna es italiana y mi mam  adora Italia. Por eso todos en mi casa me han llamado siempre Octavia. --¨Conoces bien Italia? --No, no he ido nunca, pero s‚ que adoro Italia. --Yo viv¡ un tiempo en Perusa--le dije, y que hab¡a visitado otras ciudades italianas. S¡, recuerdo que le dije eso, pero recuerdo tambi‚n, con la precisi¢n del que vuelve a sentir exactamente lo mismo, porque lo estoy sintiendo, recuerdo que estaba profundamente conmovido, inexplicablemente conmovido ante la idea de hacer un viaje con ella a Italia. Nunca me provocaba nada, por entonces, y esa tarde, sentado ah¡, o mejor dicho aqu¡, en el Voltaire, encontr‚ realmente inexplicable que me provocara hacer algo con esa muchacha. Y tambi‚n recuerdo que volv¡ a fijarme en lo de sus piernas tan divertidas y capt‚ que los otros d¡as, al verla con sus pantalones de siempre, los de terciopelo negro, ya me hab¡a dado cuenta de esa manera enternecedora que ten¡a de andar cansada y entra¤able, s¡, entra¤able. La mir‚, y Octavia era preciosa. Preciosa y tierna y generosa y comprensiva como Octavia de C diz. Es ella, me dije, porque as¡ lo sent¡, porque sent¡ que era ella, y porque sent¡ que me estaba pasando de nuevo lo mismo que en aquella playa de C diz, cuando una muchacha me hizo salir huyendo a contarle a In‚s que me hab¡a ocurrido algo muy extra¤o pero muy comprensible en la playa, algo que entend¡ mejor todav¡a cuando In‚s rechaz¢ aquel intento m¡o de explicarle un hecho tan importante y me dijo que me dejara de tonter¡as, que a qu‚ tanta alharaca cuando lo £nico que hab¡a ocurrido es que por primera vez en mi vida hab¡a deseado tirarme a una espa¤ola guapa. Desde entonces comprend¡ que Octavia de C diz si exist¡a y la guard‚ para m¡, la guard‚ para mis silencios, y la guard‚ conmigo para que s¢lo existiera eso que yo hab¡a sentido tan diferente a lo que me dijo In‚s. Y ah¡, aqu¡, aquella tarde, volv¡ a sentir lo mismo, pero hab¡a una muchacha sentada en el div n, frente a m¡, pensando y sintiendo exactamente lo mismo que ahora s‚ que fue verdad: que nosotros pod¡amos ser Octavia de C diz y Mart¡n Roma¤a porque ella hab¡a existido en C diz y por nada en este mundo aquella escena de la playa era lo que In‚s me hab¡a explicado que era. Despu‚s pens‚ que la vida no pod¡a ser as¡, y me limit‚ a decirle algo sobre Italia, porque ella hab¡a hablado de Italia, y tambi‚n lo que yo hab¡a pensado siempre de Italia y de Espa¤a, para que la menci¢n de Espa¤a tuviera algo que ver con lo que yo hab¡a estado pensando y sintiendo. --A Italia se le adora, y a Espa¤a se le ama con pasi¢n. --¨Y cu l de las dos cosas es mejor, Mart¡n? --Las dos juntas. Ella sin duda estaba pensando que yo no deseaba hablarle de Octavia, la mujer que hab¡a adorado, la mujer que hab¡a amado con pasi¢n. No se equivocaba. En aquella ‚poca yo era totalmente incapaz de hablar de In‚s con nadie, y no ten¡a por qu‚ decirle a esa muchacha que por primera vez pon¡a los pies en mi departamento, tu £nico error, Octavia, es haberle cambiado de nombre a In‚s. Nos hab¡amos quedado sin tener gran cosa que decirnos cuando Octavia abri¢ su enorme bolso y sac¢ dos paquetes. --Son para ti--me dijo, pero en vez de entreg rmelos los puso a su lado, sobre el div n, y volvi¢ a cerrar el bolso. Hasta hoy no s‚ por qu‚ no me incorpor‚ para cogerlos, abrirlos, y agradec‚rselos. S¢lo recuerdo que entonces como que no se me ocurri¢ que pod¡an ser dos regalos para mi. No me atrev¡ a que fueran dos regalos para mi. No quer¡a que fuesen dos regalos para m¡. Y cuando Octavia me dijo que ten¡a que irse, hasta pens‚ que iba a recoger los dos paquetes y los iba a meter de nuevo en su bolso. Si, eso pens‚, y que pod¡a haber escuchado mal, a lo mejor ella no hab¡a dicho que esos paquetes eran para mi. Tambi‚n recuerdo que entonces me fij‚ mucho en ella, aprovechando que estaba ocupada en guardar sus cigarrillos y luego en ponerse el enorme sombrero negro que usaba siempre. Pod¡a estar en el fondo de la peor depresi¢n, de la m s grande tristeza, de la insoportable ausencia de In‚s, pero Octavia era morena y preciosa y ten¡a esa sonrisa tan alegre y esa inquietud permanente por todas las cosas que yo pod¡a estar pensando, imaginando, sintiendo. De esto me di cuenta, y tambi‚n de que se iba a ir sin que le hubiera hablado de la mujer que hab¡a adorado y amado con pasi¢n. Si, Octavia se iba a ir muy triste porque yo estaba mal, tan mal que era incapaz de hablarle de las cosas que pensaba o sent¡a, y porque me hab¡a negado casi a conversar con ella. Para qu‚, para qu‚ si despu‚s me iba a quedar solo y todas mis energ¡as ten¡a que guardarlas para quedarme completamente solo y comer algo y luego arrojarme nuevamente sobre esa cama vac¡a de la que jam s podr¡a hablarle. De pronto, Octavia hasta me pareci¢ una intrusa, su visita me pareci¢ una indiscreci¢n, una de esas libertades que se tomaban a veces mis alumnas con cualquiera porque eran bonitas o millonarias o simplemente traviesas. Pero volv¡ a mirarla en un instante en que ella tambi‚n me mir¢. --Nunca he visto ojos tan grandes y... --No es necesario, Mart¡n--me interrumpi¢, incorpor ndose--. Aqu¡ te dejo tus regalos. --Acomp ¤ame a abrirlos y despu‚s yo te acompa¤o hasta tu carro. El paquete grande era un disco de Vinicius de Moraes, que hoy me resulta imposible escuchar, y el peque¤o era un fin¡simo bol¡grafo de oro con el que inmediatamente trat‚ de escribir Octavia de C diz sobre un trozo de papel, pero que fallaba y fallaba hasta que nos dio risa el chasco. Octavia se lo llev¢ para cambiarle de carga, porque sin duda alguna ‚sa ten¡a alguna falla, pero al d¡a siguiente regres¢ con una nueva carga y volvi¢ a fallar, a pesar de que lo hab¡a probado en la tienda. A Octavia le dio un verdadero ataque de risa verme insistir e insistir y terminar enfureciendo porque el maldito bol¡grafo continuaba neg ndose a pasar de la palabra Octavia. Garabate bamos y garabate bamos, ella primero y yo en seguida, pero no bien logr bamos que escribiera algo, yo trataba de agregar de C diz y terminaba maldiciendo y ella ten¡a que calmarme con la promesa de que al d¡a siguiente me traer¡a una nueva carga. Eso sucedi¢ varios d¡as seguidos, y fue as¡ como de pronto las visitas de Octavia empezaron a convertirse en algo indispensable para m¡, porque ella siempre se las arreglaba para que ocurrieran cosas como la del bol¡grafo y ah¡ mismo empezaba a desternillarse de risa de esos colerones de viejo rega¤¢n que me agarraban a mi. Regres bamos juntos de la universidad, los d¡as que yo ten¡a clases y los dem s d¡as empezaba a echarme abajo la puerta a las cuatro en punto de la tarde y yo le abr¡a sin saber que la hab¡a estado esperando y ella se segu¡a de largo hasta el div n con cara de estar de paso por el Barrio latino y de que se le hab¡a ocurrido subir un ratito. Una tarde el bol¡grafo escribi¢ por fin Octavia de C diz y yo le expliqu‚ que mi esposa se llamaba In‚s y ella me dio un beso en la frente cuando le entregu‚ el trozo de papel en el que por fin dec¡a Octavia de C diz. --No es necesario, Mart¡n. --No conozco a otra Octavia de C diz, Octavia. No hay otra Octavia de C diz. ¨Me crees, Octavia Marie Am‚lie? Guard¢ el trozo de papel como si se tratara de algo muy importante tambi‚n para ella, y cuando me dispon¡a a darle mi primer beso en la frente, con toda la ternura del mundo, me sorprendi¢ con una bofetada, seguida de inmediato por un beso. --Perd¢n--me dijo--, pero es terrible todo lo que emana de tu esposa. Me aterra, Mart¡n, y yo necesito no sentir miedo jam s para poderte seguir viendo. ¨Por qu‚ hab¡a dicho eso Octavia? ¨Por qu‚ hab¡a dicho que necesitaba no sentir miedo jam s para poderme seguir viendo? ¨Qu‚ quer¡a decir seguir vi‚ndome? ¨Acaso no ven¡a a verme cada vez que lo deseaba? No hablamos de eso aquella tarde, porque para ella, pobrecita, ya ‚ramos Mart¡n Romana y Octavia de C diz. Y no hablamos de eso porque en medio de tanta y tan inesperada ternura, yo hab¡a vuelto a sentir, feroz, la ausencia de In‚s. --¨Sabes que yo so¤aba con ser escritor?--trat‚ de contarle, para que no le fuera tan insoportable el silencio. --No es necesario, Mart¡n. No te preocupes, ya van a ser las ocho. A esa hora la acompa¤aba yo siempre hasta la puerta y all¡ nos desped¡amos sin decirnos nunca que al d¡a siguiente nos ¡bamos a volver a ver. Despu‚s, yo ven¡a a sentarme un rato aqu¡ en el Voltaire, o iba a arrojarme de frente a la cama. Pero aquella noche me asom‚ a la ventana para verla caminar hacia su autom¢vil, y recuerdo que la llam‚ y que no me oy¢. No habr¡a sabido qu‚ decirle si me hubiese o¡do y hubiese volteado. ¨Que por qu‚ necesitaba no sentir miedo jam s para seguirme viendo? Imposible, porque ‚sos eran nuestros primeros d¡as y yo ni siquiera sabia que esperaba sus visitas cada tarde. No sab¡a nada, entonces, y tardar¡a a£n tres meses en aceptar definitivamente lo que Octavia Marie Am‚lie hab¡a aceptado desde la tarde aquella en que guard¢ para siempre en su bolso el trozo de papel en que yo hab¡a escrito Octavia de C diz: que era absolutamente necesario que fu‚ramos Octavia de C diz y Mart¡n Roma¤a, que ella era Octavia de C diz porque me adoraba y me amaba con pasi¢n y porque no habr¡a podido seguirme viendo con su verdadero apellido. Por eso era maravilloso que yo no me hubiese ni siquiera fijado en su verdadero apellido, por eso era maravilloso que desde el comienzo hubiese sabido que ten¡a otro nombre para mi, y por eso era m s que maravilloso que yo hubiese logrado escribir Octavia de C diz cuando hasta el bol¡grafo se negaba y se negaba. Fuiste maravilloso, Mart¡n, me repet¡a Octavia tres meses m s tarde en un hotelucho de Bruselas, y yo le ped¡a mil veces perd¢n por haber tardado tanto en darme cuenta que ella me adoraba y me amaba con pasi¢n. Pero ella segu¡a insistiendo: hab¡a sido maravilloso, todo es maravilloso y t£ eres maravilloso, Mart¡n, porque para ti siempre he sido Octavia de C diz, &e, &e que es verdad, Mart¡n, dime que soy Octavia de C diz, la misma de la playa, la misma que siempre te acompa¤¢ en tus peores momentos, &e, dime, Mart¡n. Y yo entonces insist¡a en pedirle perd¢n y no cesaba de repetirle que ella no s¢lo era Octavia de C diz sino adem s Octavia de C diz solamente y Octavia de C diz s¢lo para mi y que eso no lo iba a tocar nunca jam s nadie porque yo la adoraba y la amaba con pasi¢n y que gracias a ella hab¡a vuelto a ser Mart¡n Roma¤a y que gracias a ella iba a llegar a Par¡s por primera vez en mi vida porque ella era Octavia de C diz s¢lo y solamente y nosotros ‚ramos los h‚roes de las m s bellas y antiguas historias de amor, s¢lo que reales, Octavia. Que es cuando a m¡ realmente se me empez¢ a mezclar la realidad con la ficci¢n... IMPRIMA, NO DEPRIMA es lo que mejor viene al caso en estos casos tan dolorosos de puntos suspensivos, y heme aqu¡, pues, se¤oras y se¤ores, escribiendo sobre la ficci¢n que fue realidad, qu‚ maravilla, no se imaginan, y sobre la realidad que fue ficci¢n, qu‚ horror, no se imaginan. El primer aviso de la realidad vino de un pr¡ncipe que no se volver  a repetir, en B‚lgica, y vino tan r pido que ni la misma Octavia se dio muy bien cuenta. Creo, francamente, que era a ella a quien le correspond¡a darse cuenta, por haber consistido ese aviso en la cara de asombro con que nos mir¢ Su Alteza Seren¡sima Principe Leopoldo de Croy Solre, durante un almuerzo en su casa, y nada menos que al d¡a siguiente de la noche del p rrafo anterior, en aquel hotelucho de Bruselas de cuyo nombre y direcci¢n no quiero acordarme, aunque lo estoy viendo. Pero aqu¡ viene lo m s incre¡ble, algo tan incre¡ble que s¢lo podr¡a calificarlo de sanchopancificaci¢n de Octavia de C diz y de quijotizaci¢n de Mart¡n Roma¤a, si es que corresponde a la realidad, porque ya les dec¡a que aqu¡ andamos en plena confusi¢n entre ‚sta y aqu‚lla, que es la ficci¢n, porque mi vida jam s dej¢ de ser bastante exagerada. Octavia de C diz se hab¡a enamorado realmente, a lo mejor, de un Mart¡n Roma¤a que a lo mejor hab¡a empezado a enamorarse realmente de la Octavia Marie Am‚lie del apellido prohibido, por haber tenido ‚sta la enorme bondad de enamorarse del Mart¡n Roma¤a de la Octavia de C diz de C diz. Los dos tendr¡amos circunstancias atenuantes, en este caso, aunque no quisiera que por lo intrigante del asunto y por esto de las circunstancias atenuantes piensen ustedes que voy a caer en el g‚nero policial, ni tampoco por la cantidad de polic¡as que se nos meten luego. No, no trato de investigar nada. S¢lo quiero contarles que estoy escribiendo con el mismo bol¡grafo que primero se negaba y se negaba a escribir Octavia de C diz y despu‚s las cartas a mi madre y a mis mejores amigos, ya que hasta hoy sigue falla que te falla el condenado, a pesar de todas las cargas que le compro con sentimiento y con resentimiento, al mismo tiempo, porque no hay que dejarse arrancar las £ltimas migajas de ilusi¢n. Escribo con el mismo bol¡grafo para hacerles justicia a la realidad y a la ficci¢n, pues ambas me hicieron feliz, aunque con circunstancias agravantes, tambi‚n, como por ejemplo la vez aquella en que intervino la polic¡a y me dej¢ muy grave. Escribo con el mismo bol¡grafo para que sepan ustedes lo dif¡cil y duro que aun hoy me resulta escribir sobre Octavia de C diz y sobre Octavia Marie Am‚lie, la del apellido tan largo y valioso que hab¡a que contarlo en d¢lares, aunque su familia habr¡a preferido que fueran libras esterlinas, por razones de ars‚nico para mi y de encaje antiguo para ella. Y escribo con el mismo bol¡grafo porque es desesperada la lucha de un hombre que tiene que recuperar el humor con una historia tan triste como ‚sta. Y con la mirada aquella de Su Alteza Serenisima Principe Leopoldo de Croy Solre (que no se volver  a repetir), ya para siempre encima. ##215# Pensar que tres personas totalmente desprovistas de tacto, tres personas embarcadas en una empresa que, bueno, ya es hora de explicarlo, era nada menos y much¡simo m s que un m‚nage a trois, porque al final, de haber final feliz, del trois s¢lo deb¡an quedar dos personas pero sin excluir a nadie, que de eso no se trataba tampoco sino de todo lo contrario, aunque eso no exista. Era, pues, como se comprender  ya ahora, espero, una empresa en la que habr¡a que actuar con much¡simo tacto, y precisamente porque lo que iba a sobrar ah¡ era el tacto. Manual, labial, sexual, me refiero. O sea pues que aquello era una especie de Dios m¡o, a qui‚n se le ocurre, y nosotros tres sin el mayor tacto y Dios m¡o y nosotros tres con el menor tacto y Dios m¡o y tacto y m s tacto, al que me refer¡ antes, m s los animales: Lorita, verde y cotorr¡sima, Ramos el perro, Sandwich, o sea el gato, que era asi tico como la gripe y horrible tambi‚n, y el mono, cuyo nombre en este instante no se me viene a la memoria, pero ah¡ lo estoy viendo masturbarse una vez m s en lo que va del d¡a que entonces iba. En forma por dem s abrumadora, pensaba y pensaba, en aquel tren del adi¢s mujer, adi¢s, para siempre, adi¢s, que ya nunca m s volver¡a al departamento triste de Genoveva y Bastioncito. Tantas horas de ida y tantas de vuelta y s¢lo para devolverles las s banas de mi abrumaci¢n, aunque debo reconocer que las puso de hilo, la condenada, con profundo cari¤o y elegancia. Lo que s¡: eran heredadas, no reci‚n compradas como me quiso hacer creer Sebasti n, poniendo su mejor cara de Bastioncito, y aunque los tres y los cuatro animales... (Perd¢n, antes de que se me escape: Kong, el mono se llamaba Kong, y qued¢ para siempre masturb ndose en la tristeza de mis recuerdos y, a lo mejor, tambi‚n yo qued‚ tal cual, o sea masturbatorio, en el frenes¡ de su On n permanente, porque no creo que los monos tengan tristeza de sus recuerdos, Kong, en todo caso, no tendr¡a tiempo para ello, a punta de frenes¡ y de sucios placeres de vientre bajo.) ...Y aunque los tres y los cuatro animales debemos reconocer que, exclamando por la calidad del hilo y la herencia, pusimos, con gran tacto, las s banas en la primera cama ha de ser de piedra, de piedra la cabecera: --Bastioncito--le dijo Genoveva a Sebasti n, cuando, tras haber abierto s¢lo la maleta de las s banas, nos enfrentamos a la horrible ansiedad de las camas a la llegada--, Bastioncito, p sale las fundas de las almohadas a Felipe Carrillo para que las ponga en las cuatro almohadas. Debo reconocer, ante la hoja en blanco, que ya no en el tren de la ausencia de fondo, que, definitivamente, Genoveva no se dio cuenta cuando dijo cuatro fundas para cuatro almohadas, siendo nosotros tres y las camas dos, como los dormitorios, y que yo s¡ me di cuenta pero no dije la cuarta almohada es para la cabecita de Ramos, con gran tacto, porque entonces Bastioncito podr¡a haber gritado ­no!, ­la cuarta al mohada es para la cabezota de Sandwich!, y all¡ s¡ que se arma la grande; la primera grande del mill¢n, pero tampoco dijo nada, con gran tacto, tambi‚n, porque tambi‚n ‚l se hab¡a dado cuenta de todo. No, definitivamente, Genoveva no se dio cuenta de nada y, as¡, de la misma manera, los tres, varias veces no nos dimos cuenta de nada, definitivamente, por lo cual la cosa tard¢ bastante en definirse, en medio de tanta ansiedad de tenerte en mis brazos, Genoveva. Definitivamente. Aunque ahora que, por lo menos, ya se definieron mis tristes recuerdos, los tres deber¡amos reconocer que, si dijimos e hicimos cosas as¡, un mill¢n de veces cada uno, fue sin quererlo y sin darnos cuenta ni nada, pero yo me niego a creerlo y, por momentos hasta llego a pensar que ellos dos actuaron, desde the very beginning, o sea desde el primer instante, o sea desde el principito, de acuerdo a un plan preconcebido maquiav‚lica y de acuerdamente. Y los odio. Pero, tambi‚n por momentos, ante la hoja en blanco, que ya no en el tren de la nada, debo reconocer, y cu nto los quiero entonces, que si Genoveva dijo e hizo las cosas as¡, fue porque estaba luchando por desenvolverse con much¡simo tacto y que, aunque lo que cuento ocurri¢ en el ex-para¡so de Col n, norte del Per£, el a¤o en que el Fen¢meno del Ni¤o... Te puedo yo jurar ante un altar, Genoveva, que en esto del Fen¢meno del Ni¤o, hijo mejorado de Atila y los hermanos Karamazov, no hay alusi¢n alguna a tu Bastioncito. Recuerda, recuerda por favor cuando te expliqu‚ que, en el Per£, a la fr¡a corriente de Humboldt, que fue descubierta por el sabio alem n Alexander von Humboldt y viene del Polo Sur, templando y hasta enfriando el clima de gran parte de la costa peruana, desertiz ndola incluso, y haciendo con el plancton que se origina en los r¡os coste¤os un verdadero tesoro pesquero de nuestro litoral, la gente le llama, recuerda, por favor recuerda cuando te lo cont‚, Genoveva, para que no veas en ello alusi¢n alguna a tu Bastioncito, la gente le llama la Corriente del Ni¤o y te voy a explicar una vez m s por qu‚. Cada a¤o, Genoveva, m s o menos alrededor de la Navidad--por eso se le llama Corriente del Ni¤o Dios, tambi‚n--la corriente del Golfo de Guayaquil, formada en Australia y Polinesia. empuja hacia afuera y sumerge a la de Humboldt, de tal manera que sus aguas calientes bajan por la costa peruana, al desviarse y sumergirse la Corriente del Ni¤o. Ese movimiento se produce suavemente todos los a¤os, pero cuando la intensidad crece se presenta el Fen¢meno del Ni¤o que nos toc¢ vivir a nosotros y, como bien lo sabes, por experiencia propia, la cosa llega a adquirir niveles de cat strofe, barriendo carreteras, desapareciendo puentes, destruyendo ciudades. En fin, recuerda todo lo que pas¢ porque a la maldita Corriente del Ni¤o como que le dieron tremendo empuj¢n y se desvi¢ al m ximo, produci‚ndose de esta manera el Fen¢meno del Ni¤o. Por todo lo cual, Genoveva, te ruego una vez m s no ver la m s m¡nima alusi¢n a tu hijo en esto del fen¢meno ni en lo de la desviaci¢n m xima del Ni¤o ni en nada. Y recuerda tambi‚n, Genoveva, por favor, que aunque las s banas eran de hilo, eran heredadas y medio vejanconas con zurcidito y todo, y que el viaje al Per£ lo pagu‚ yo y que, a la larga, result¢ mucho m s caro que el alquiler de la casa, que t£ pagaste, y de la cual no qued¢ piedra sobre piedra por culpa del Fen¢meno del Ni¤o desviado y su diluvio, sin alusi¢n, ya lo sabes. Y recuerda, por £ltimo, que yo no dije esta boca es m¡a, en lo presupuestal, porque hasta Col n con gran tacto de los tres, llegamos pr cticamente huyendo de Madrid, volando en Iberia, adem s, porque CON IBERIA YA Habr¡a LLEGADO, seg£n la publicidad de esta compa¤¡a, y es que realmente nos urg¡a llegar al para¡so de Col n, cambiando de avi¢n en Lima, de ah¡ hasta Piura, y de ah¡ taxi hasta Col n, porque en Madrid todo lo nuestro funcionaba cada d¡a peor y Humphrey Bogart habl¢ en una de sus pel¡culas de la luna de Paita y el sol de Col n, lo machote que era Bogart, pero qu‚ tiene que ver esto con Bastioncito y ahora m s bien debo reconocer que el desviado m ximo soy yo... O sea que: , --Bastioncito --le vuelve a decir Genoveva a Sebasti n, y todos debemos reconocer ahora que lo hace sin darse cuenta de nada y esforz ndose por emplear ¡ntegro su tacto--: Bastioncito, p sale las cuatro fundas de las almohadas a Felipe Carrillo para que las ponga en las cuatro almohadas. --Gracias, Bastioncito--le dije a Sebasti n, y Genoveva tiene que reconocer que, con gran tacto, exclam‚, al recibir las cuatro fundas--: ­Que hilo, Bastioncito! Siendo peruano y todo, Bastioncito, tengo que reconocer que en este pa¡s de mierda, en esta fucking banana republic, como le llaman en gringolandia a todo lo que queda al sur del R¡o Grande y Johil Wayne, no se hab¡a vuelto a ver hilo como ‚ste, ni tocado tampoco, desde que se fue el £ltimo virrey de Espa¤a, dej ndonos tan solos, cuando lo de San Mart¡n, Bol¡var, y la Independencia. O sea que calc£lale unos ciento setenta a¤os, m s o menos, sin este hilo, al pobre Per£. Con enorme tacto, tambi‚n, lo reconocimos, estoy seguro, Genoveva y yo, Bastioncito solt¢ una carcajadita Ima Sumac para festejar lo m¡o, por tratarse de una broma hecha con gran tacto y todititita para ‚l, para que se sintiera feliz y todo empezara perfecto en Col n. Despu‚s dijo claro, ya lo creo, por supuesto, y qu‚ quer¡as entonces, pero Genoveva y yo nos apresuramos en reconocer, con grand¡simo tacto y con las justas, tambi‚n, que eso se deb¡a a los diecis‚is tiernos a¤itos de su hijo, que nunca cumpl¡a a¤os sino a¤itos, y que segu¡a siendo un ni¤o, no un ni¤azo, como se me escap¢ a m¡ una vez, sin querer queriendo, porque la verdad es que el de marras superaba lejos el metro ochenta y los noventa kilos fl ccidos, celul¡ticos y adip¢sicos, motivo por el cual estaba terminantemente prohibido llamarle Sebito, como se me escap¢ a m¡ una vez, tambi‚n sin querer queriendo. Dejando la intimidad de lado, Sebasti n s¢lo respond¡a a dos apodos: Bastioncito, en sus momentos de grandeza y serenidad, y Bastianito Ito, en sus momentos de extrema fragilidad y mam  no puedo m s, me largo, te ahorco, o vete a la mierda. Hab¡a que ver la extrema fragilidad de Genoveva en esos momentos. Puse las dos primeras fundas sin preguntar por supuesto de qui‚n era ese dormitorio, qu‚ falta de tacto hubiera sido, y me fui a poner las otras dos fundas sin preguntar tampoco para qui‚n iba a ser el otro dormitorio. La verdad, era facil¡simo saber que uno era el cuarto de Genoveva y/o, y que el otro ser¡a tambi‚n el cuarto de Genoveva y/o, ya ver¡amos con el tiempo, y por eso es que hab¡a que actuar con tanto tacto y que el m‚nage a trois era tan sui g‚neris, ya que en aquella etapa estaba destinado a que quedaran s¢lo dos en un cuarto, pero sin excluir a nadie, por supuesto, m s los cuatro animales anteriormente mencionados pero a£n muy insuficientemente descritos y que tendr n tan importante desempe¤o en esta historia de un amor como no hay otro igual, felizmente (1). Por eso, tambi‚n, y porque est bamos tan cansados al cabo de horas y horas de viaje y aeropuertos y escalas y cuatro animales vacunad¡simos, debo reconocer que nunca actuamos con tanto tacto como cuando decidimos dejar sin abrir ¡ntegro el equipaje (menos la maleta que conten¡a el hilo de Espa¤a), en la mitad equidistante del corredor que separaba el dormitorio de Genoveva y/o del dormitorio de Genoveva y/o, hasta que s¢lo qued ramos dos pero sin excluir a nadie o/y. Y as¡, durante los primeros d¡as, Sandwich y Kong durmieron en un cuarto, Ramos y Lorita en el otro, y nosotros segu¡amos durmiendo en la sala con un tacto que ustedes no pueden imaginarse y unos chaparrones que ustedes tampoco pueden imaginarse y que un d¡a duraron ma¤ana, tarde y noche, perdiendo de esta manera su calidad chaparrona para convertirse en las torrenciales lluvias de que hablaban los peri¢dicos, hasta que los peri¢dicos dejaron de llegar y se produjo el aislamiento y se vino abajo la casa de la familia Temple, linda casa, toda construida sobre pilares y ah¡ ya ni No‚ arreglaba las cosas y nosotros que, con gran tacto, a duras penas hab¡amos sacado jab¢n, toallas, lo de los dientes, y los frascos d'Eau sauvage de Bastioncito, nosotros, s¡, nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes m s... Esto £ltimo era letra de m£sica de fondo, pero en la radio y de pura, purita coincidencia, no vayan a creer que era yo, hasta que se cort¢ la radio y ni No‚, ya les dec¡a. Nosotros, siempre nosotros, los tres y los cuatro animales que hab¡amos viajado hasta el Per£ para disfrutar tanto del mar y el sol y las estrellas. Y tambi‚n, por supuesto, de las famosas puestas de sol en el para¡so de Col n, los tres y los cuatro animales empezamos a ponernos un poquito nerviosos porque Eusebia--no tardo en decirles qui‚n es Eusebia--, porque Eusebia, les dec¡a, no regres¢ un d¡a del mercadillo con el h¡gado para Sandwich y el medio kilo que quedaba de ayer no era suficiente y a m¡ tambi‚n me encantaba el h¡gado, hoy lo detesto, lo juro, y al d¡a siguiente Eusebia tampoco pudo regresar del mercadillo ni de su casa... Bueno, le toca a Eusebia. Eusebia era la empleada que hab¡amos contratado por recomendaci¢n de mi familia, en Lima, que ten¡a las mejores referencias de este pimpollo del pueblo norperuano, en quien yo vi, ingenuo de m¡, el descubrimiento de la carne a trav‚s del pueblo, por Bastioncito, ya que la mulata del h¡gado era un lomazo, de mamey, era, y qu‚ andares, Dios m¡o, as¡ de medio lado, tom ndose un helado, y qu‚ cantares, Virgen Santa, qu‚ filin, qu‚ singing in the rain, ay mam  In‚s. Bastioncito, sin embargo, nada. Nada pero lo que se dice nada. Y en cambio cada vez m s mam  por aqu¡ y mam  por all . Y con menos tacto cada vez. Lo matar¡a, lo mato, ­ah!, si pudiera matarlo sin matarlo todo. Y Bastioncito menos y menos tacto, todav¡a. Y a cada rato, y otra vez, mierda, lo estrangulo. Y Bastioncito, pero Bastioncito, m s y m s del otro tacto, en cambio, dale y dale con ese tacto tan sensual que en ‚l era como un poquito baboso, muy Sebito, digamos. Y no me digas t£ ahora, Genoveva, que estoy maltratando al metro ochenta y tantos, porque si lo hubiera deseado, de entrada le pongo Sebito y no Bastioncito, para mayor deleite de mis futuros lectores cuando se lo tengan que tragar baboso a !o largo de toda esta historia y lo odien tambi‚n por lo de la celulitis y el tiple, que seg£n la Real Academia es la m s aguda de las voces humanas. Y a su edad, fig£rense ustedes. Pero no debo adelantarme a los acontecimientos, porque de momento segu¡amos en la sala y tardando todo lo posible en abrir las maletas. Kong, por su parte, fue el que m s feliz se puso cuando Eusebia regres¢ con impresionante neorrealismo italiano en el vestir bajo la lluvia. La ve Vittorio de Sica y hay pel¡cula, les aseguro. Si hasta yo me fij‚ mucho. Yo, que a£n no hab¡a sido declarado culpable de las lluvias torrenciales. Claro que no me fij‚ ni goc‚ tanto como el mono, pero la verdad es que Eusebia regres¢ simple y llanamente acentuada. La naturaleza empapada realmente hab¡a hecho hincapi‚ en ella, pero, una vez m s, Bastioncito mam  por aqu¡ y mam  por all , y en cambio Kong, no pueden imaginarse ustedes el frenes¡ masturbatorio en que entr¢ Kong ni el espanto a gritos de Lorita, ante semejante espect culo: --­Indecente, Kong! ­Inmundo, Kong! ­Indecente, Kong! ­Bestia, animal, Kong! Eusebia, que adem s de irse acentuando peligrosamente, a medida que pasaban los d¡as result¢ ser una joya, una muchacha realmente llena d‚ tacto, abr¡a y bajaba los ojos, y yo estaba a punto de decirle no le haga usted el menor caso al mono, Eusebia, cuando Bastioncito se me adelant¢ con la siguiente perla: --Ahora va usted a ver lo que es la vida en familia, Eusebia. Era la segunda vez que lanzaba esta canallada en lo que iba del viaje. La primera vez fue en Madrid y, no bien Genoveva y Bastianito soltaron tremenda risotada, me soltaron tremenda risotada, para ser m s exacto, Lorita se incorpor¢ al d£o, y nada menos que en calidad de primera voz. C¢mo se carcajeaba la lora de mierda en su jaula de oro, heredada como las s banas, para ser m s exacto, tambi‚n, mientras yo, a buen entendedor pocas carcajadas, me incorporaba cuarteto al tr¡o, que no lleg¢ a ser septeto porque Sandwich, Ramos y Kong ven¡an en el taxi de atr s con Paquita, la Eusebia espa¤ola, quien, como la Eusebia peruana, ten¡a que saber estar en su sitio, o sea re¡rse s¢lo en la cocina, lugar donde, muy probablemente, todas las Eusebias del mundo hubieran deseado matarnos o, por cosas del desempleo, s¢lo que les llegara muy pronto su mes de vacaciones, Dios m¡o, qu‚ casa la que me ha tocado. Total, pues, que Paquita no se hubiera re¡do porque, adem s, el se¤orito venido de Par¡s pronto iba a ser de la familia, si es que, pero en la cocina no se piensa ni siquiera si es que, porque do¤a Genoveva, mi se¤ora, tiene una foto dedicada por el Rey en la sala, y porque el se¤orito venido de Par¡s es peruano y de inca s¡ que algo tiene en el acento y en lo feo que es, Dios m¡o, c¢mo habr  sido don Felipe Carrillo con sus plumas all  en las colonias, que les llaman, Dios m¡o, qu‚ casa la que me ha tocado. Total, pues, que Paquita, que no se hubiera re¡do, ven¡a sigui‚ndonos con el exceso de equipaje y con Ramos que s¡ se hubiera re¡do, ladrada, el‚ctrica, nerviosa y medidamente, lo cual habr¡a incitado a Sandwich a hacerlo tambi‚n, destrozando con sus u¤as orientales, ¡ntegro un asiento del taxi y al taxista tambi‚n, si ladraba, y el muy asqueroso de Kong habr¡a completado el septeto masturb ndose de risa. Y todo esto porque Lorita, que acompa¤aba a Bastioncito en sus estudios secundarios, lo primero que grit¢, no bien partieron ambos taxis rumbo al aeropuerto CON IBERIA YA HABR A LLEGADO, fue: --­Muera el Per£, carajo! Era un golpe bajo, baj¡simo, para ser m s exacto, porque yo andaba sinceramente emocionado y todo. Lora de mierda. Y ustedes, ¨por qu‚ demonios le hacen caso? Claro, no dije ni p¡o, porque Lorita, con sus estudios secundarios, habr¡a sido muy capaz de mandarme al taxi de Paquita con mis p¡o p¡o y los dem s animales, y porque era nuestra £ltima oportunidad, tambi‚n, carajo, no empecemos otra vez, ¨no se dan cuenta? Y as¡ los mir‚: con esa cara de ni p¡o y un poquito, eso s¡, no hay que mentir, pero s¢lo un poquito de ­Viva el Per£, carajo! --Ahora vas a ver lo que es la vida en familia, Felipe Carrillo--coment¢ Bastioncito. Total, pues, que ‚sa fue la primera vez en lo que iba del viaje. O sea en el primer kil¢metro. En el primer kil¢metro de esta m£sica de fondo, para ser m s exacto. La verdad, acabo de decidir que no habr  cap¡tulo primero en este libro. ¨Para qu‚? Basta con esa m£sica de fondo que llevamos ya un buen rato escuchando y que nos acompa¤ar  muy a menudo, como agazapada detr s de este relato. Y no, no es que pretenda introducir una sola gota de novela experimental en esta historia. Me sobra con lo experimental que fue mi vida desde que conoc¡ a Genoveva, a Bastioncito, y a Eusebia, sobre todo. Adem s, f¡jense ustedes, yo no logro creer en los libros experimentales, con cap¡tulos prescindibles e imprescindibles, por ejemplo, como Rayuela, porque cuando son excelentes, como Rayuela, por ejemplo, no s¢lo se convierten en cl sicos modernos sino que, por a¤adidura, los lectores se leen los cap¡tulos imprescindibles y los prescindibles y, hasta en casos tan ingenuos como el m¡o, que no aprendo nunca, se releen los prescindibles una y otra vez para ver qu‚ demonios pueden tener para que su autor los haya colocado en un segundo plano, por as¡ decir, prescindible, siendo tan buenos como los del primer plano imprescindible. Y, por £ltimo, ¨qu‚ le pasa a uno, como me pas¢ a m¡, cuando un cap¡tulo prescindible le gusta much¡simo m s que uno imprescindible y etc ? ¨ Valium ? No vayan a creer, tampoco, que estoy tratando de ocultarles algo para crear un mayor clima de tensi¢n o prepararlos para un final inesperado y sorprendente, por ser ‚sta la historia de un peligros¡simo experimento, o sea el de un tr¡o a trois del cual s¢lo debe quedar un d£o pero sin excluir a nadie, y de tal manera, por a¤adidura de cuatro animales, que el septeto logre funcionar con tres primeras voces, mientras que Lorita, Sandwich, Ramos y Kong desempe¤an un papel tan importante como el coro griego en el Edipo Rey de S¢focles, c‚lebre precursor de Sigmund Freud el siglo xx y Bastioncito, pero sin olvidar por ello a Eusebia, que ten¡a que saber estar en su sitio prescindible, con lo imprescindible que estaba la norperuana con lo sexy, con lo neorrealista, con lo cinematogr ficamente bien que le quedaba aquel inolvidable Fen¢meno del Ni¤o... (Gracias, Eusebia, te debo tanto desahogo durante aquel diluvio, la vida tambi‚n te la debo, gracias, pero muchas gracias, por haberme dado toda tu ternura, todo tu querer, gracias, pero muchas gracias, por besar mis labios, con tus labios rojos, que saben a miel.) ...No, por favor no vayan a creer que siendo todo esto as¡ o as , yo he querido suprimir un cap¡tulo para a¤adir suspense del tipo novela policial con impermeable, por ejemplo. Eso ser¡a, adem s de todo, caer en realismo socialista para embellecer la realidad de los acontecimientos. Que quede muy claro: el Fen¢meno del Ni¤o que yo presenci‚, empapado y en 1983, se dio mientras el Per£ viv¡a a¤os de r‚gimen democr tico, ancho y ajeno, y siglos de subdesarrollo tambi‚n ancho pero en carne viva. Un detalle m s, en lo policial con impermeable. Si hay algo que no puedo es mantenerle oculto al lector, con eso de que el asesino anda oculto, un dato que ya tengo anotado en un papelito, para luego pon‚rselo al final de la novela. El g‚nero policial me encanta, pero a m¡ nunca me quedaron bien los impermeables, y eso debe haber influido en mi temperamento tan profundamente que, no bien empiezo a contar una historia, suelto un ya mataron a la princesa, por ejemplo. Y c¢mo y por qu‚, tambi‚n. La verdad es que, de arranque, ya no me queda pr cticamente nada que contar, pero tampoco me queda m s remedio que seguir contando, contando para ello con la ayuda de Dios todopoderoso y Laurence Sterne creador fabuloso de la Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, rey de la digresi¢n y de la confianza en la ayuda divina, que muy seriamente lleg¢ a calificar de religioso su m‚todo de trabajo, porque ‚l s¢lo escrib¡a la primera frase de sus libros y el resto se lo confiaba a la ayuda, por dem s excelente, de Dios todopoderoso. En mi caso, todo esto funciona tanto as¡ que, al primer autom¢vil que compr‚ y estrell‚ en mi vida, lo primerito que hice fue pintarle con tremendas letrazas, para que todo el mundo viera, DIOS ES MI COPILOTO, y me salv‚ de milagro, como siempre, Dios es testigo, porque yo iba solo, felizmente. Dios, mi copiloto, tambi‚n es testigo de nuestra partida y llegada a Col n, inmensa playa peruana, a punto de ser arrasada por el Fen¢meno del Ni¤o. Recuerden, Sebasti n, alias Bastioncito, Bastianito Ito, y otros maternales apodos como Mi platanito, que no se pueden contar por pudor a Genoveva, o sea por un m¡nimo de respeto a la realidad; Sebasti n, repito, para que vean, no s¢lo anda suelto desde la primera p gina sino que, adem s, m s suelta no puede tener ya la lengua desde que tomamos el taxi rumbo al aeropuerto de Madrid, CON IBERIA YA. Y en complicidad con Lorita, para que vean tambi‚n, y porque los dem s animales iban en otro taxi con Paquita y el exceso de equipaje heredado, para que vean tambi‚n Sebasti n y Genoveva. No se trata de ocultar nada, pues. Nada de nada a nadie. Todo lo contrario. Porque lo que yo quiero es que a estas alturas del partido todo el mundo est‚ odiando al de los alias impronunciables por pudor a su madre, no a ‚l. Nada de ocultarle detalles al lector para vender el producto. Intentarlo ser¡a in£til, adem s, porque a Bastianito Ito no lo compran ni regalado. Nada tampoco de ser m¡nimamente experimental o de dejar lazos sueltos por ah¡ para que cada lector, con eso tan moderno de que cada libro es tantos libros cuantos lectores tiene, saque sus propias conclusiones, ate sus propios cabos, etc. Bastioncito vivo o muerto: de eso se trata aqu¡. Y, sin embargo, Genoveva... El sufrimiento de Edipo... Edipo Rey, alias Bastioncito, Bastianito Ito... Ellos dos conversando mientras yo acariciaba pac¡ficamente a Ramos y todo se pod¡a arreglar y los tres dese bamos que todo se pudiera arreglar y que todo, todo, no fuera m s que maldad de la gente que intentaba separarnos, en Madrid, por celos, por envidia, por qu‚ demonios ser¡a la gente as¡... Mi Genoveva de Brabante, como yo la llamaba en los grandes momentos, y la forma tan especial, diferente, en que Sebasti n y yo nos salud bamos, como nadie se saluda en Espa¤a, cada vez que yo llegaba de Francia... Genoveva... Sebasti n... Genoveva y Sebasti n... ¨Acaso no los quise tanto? ¨No le regal‚ a ‚l, no bien dijo un d¡a que quer¡a ser bibli¢filo, el libro m s incunable, o mejor dicho, en honor a la verdad, el £nico libro incunable de mi inexistente colecci¢n de libros valios¡simos...? Y ella... Ella que, desde el primer d¡a, me llam¢ Felipe Carrillo, para diferenciarme de cualquier otro Felipe, como si yo fuera £nico, como si ni Felipe Gonz lez, siquiera... Ella, el d¡a en que le pregunt‚ si tambi‚n me habr¡a llamado Juan Carlos Carrillo, temblando de celos. ¨Acaso no adoraba la foto dedicada por su Rey tan querido, tremenda fotazo enmarcada de lujo, coronando la sala? Yo ped¡a demasiado, sin duda, pero Genoveva, tras haber contemplado unos instantes, para m¡ eternos, dedicatoria y foto, como que recibi¢ la autorizaci¢n, porque con ligera, sobria y mon rquica venia, se despidi¢ de su Rey y volte¢ feliz a mirarme y decirme que s¡, que s¡ me habr¡a llamado Juan Carlos Carrillo. Pero Sebasti n no pudo con tanto y se despidi¢ con su habitual portazo, nos castig¢ con su habitual encierro en el cuarto de la m£sica, y nos hizo vivir su odio con su furibundo par de horas del rock m s duro, a todo volumen. Algo que siempre le agradecer‚ es que me puso al d¡a en materia de rock duro. Lo peor, sin embargo, ven¡a al cabo de esas dos horas, porque el pobre ya no aguantaba m s. Empezaba a golpear fren‚ticamente la pared, y entonces la pobre Genoveva tampoco aguantaba ya m s e intentaba incorporarse, correr a abrazarlo a com‚rselo a besos. Ah¡ es cuando interven¡a yo, pedagogo, bien intencionado, y descargando adrenalina como loco. Total que le retorc¡a ambas mu¤ecas a Genoveva y la manten¡a bien sentadita a mi lado, bes ndola mucho al mismo tiempo, porque la verdad es que hab¡a que apretarla como camisa de fuerza, mientras ella, orgullosa, altiva, y descendiente directa o indirecta, no de uno de los cuatro grandes de Espa¤a, mas s¡ de uno de los cuatrocientos mil medianos, lo cual tambi‚n pesa en Espa¤a, clavaba sus ojos en el enorme cuadro de Felipe II, que tambi‚n coronaba la sala enmarcado de lujo, y soportaba de esta manera el suplicio que le significaba lo de Bastianito Ito, m s el que le estaba aplicando yo, hasta que por fin me desarmaba completamente con la m s grande prueba de amor que he recibido en Espa¤a: --Felipe II es el rey que m s he querido en mi vida, pero aun durante su reinado te habr¡a llamado Felipe Carrillo. La esponja la arrojaba yo ipso facto, y hasta la acompa¤aba a arrojarse en brazos de Bastianito, a quien yo lograba abrazar y besar una media hora despu‚s, o sea no bien terminaba Genoveva. Y la paz habr¡a vuelto a mi futuro y tan anhelado hogar, pero ya era muy tarde: Sebasti n se hab¡a puesto ¡ntegra su indumentaria punk se nos hab¡a acicalado punk, tambi‚n, y lo sent¡a tanto pero la manifestaci¢n  crata lo esperaba en la primera fila del peligro. No, no se pod¡a quedar, le hubiera gustado much¡simo quedarse con nosotros, te lo juro, mam , pero la democracia es una farsa de mierda para cretinos como ­t£uuuuuuu, mam ! Nos mandaba otro portazo, uno punk esta vez en los bajos le gritaba ­esclavo! al portero, sub¡a nuevamente para recordarnos que a las diez le tocaba su h¡gado a Sandwich, a las once el pase¡to meativo a Ramos, y que por nada del mundo dej ramos estas cosas en manos de la hija de puta de Paquita, que era cuando yo le paraba el carro, apret ndole nuevamente ambas mu¤ecas a Genoveva y feroz: --Ojal  no dure mucho tu manifestaci¢n, so cojudo, porque Genoveva y yo pensamos casarnos esta noche y nos encantar¡a que asistieras. El silencio de Bastianito Ito era atroz, mir ndonos ah¡. desarmado. terriblemente desolado. Y ni hablar del silencio de Genoveva, desarmada, ferozmente desgarrada. El pen£ltimo silencio era el m¡o, el £ltimo el de Bastianito Ito al cerrar la puerta, realmente como si no hubiera puerta ni cerradura ni nada, y tanta paz la interrump¡a Lorita, desde la reposter¡a, grit ndole ­esclavo! al portero, en el preciso instante en que el ni¤o del tercero derecha pasaba disculp ndose con voz de seda, y rumbo al cine, tambi‚n con voz de seda. Genoveva arreglaba a propinazos aquellos detalles del portero, y yo nunca supe de tantas manifestaciones  cratas en el mundo entero como en ‚pocas de Bastioncito. Y hasta cre¡ que las hab¡a, al principio, porque no bien le soltaba las mu¤ecas a Genoveva, sal¡a disparada a encender radio Reloj, en su radio, radio Cadena, en la de Bastioncito, Radio Nacional, en la de Paquita, y dos canales de televisi¢n, tambi‚n, y todo al mismo tiempo. Sin embargo, las peores noticias las dio siempre Lorita: --­Muri¢! ­Muri¢ y ya lo llevan a enterrar! ­Iba en la primera fila y cay¢ a la primera descarga! ­Al suelo lleg¢ muerto! Lo incre¡ble es que ni siquiera la educaci¢n secundaria de Lorita calmaba a Genoveva. Todo lo contrario: como si fuera supersticiosa, se cre¡a una tras otra y al pie de la letra las palabras de Lorita. Una tras otra, lo juro. Y cuando yo, harto ya de tanta huevada, le aplicaba a muerte el torniquete mu¤equita linda, la muy necia lo m s que confesaba era que Lorita nos hab¡a soltado tremenda premonici¢n, porque los animales, a veces, t£ sabes que avisan, Felipe Carrillo. Y Felipe Carrillo, por hacer algo, bajaba donde el portero, le pon¡a su mejor cara de propinota, y le ped¡a por favor, de parte de la se¤ora, que no borrara la inmensa A de  crata que, lleno de audacia, corri‚ndose tremendo riesgo, hab¡a pintado el joven Sebasti n, con su circunferencia y todo, en el portal de do¤a Mercedes de Alatorre, madrina de Bastia... perdone, madrina del joven Sebasti n, con quien do¤a Genoveva ha llegado ya a un acuerdo sobre tan desagradable asunto, y viuda del general que en paz descanse desde el m s cobarde e imperdonable atentado. --El Barrio de Salamanca va perdiendo su fisonom¡a--se entristec¡a Ram¢n, el portero, comprometi‚ndose, como siempre, a no borrar el dibujito al spray del joven, hasta que no regresara a casa--. Es triste comprobar c¢mo un barrio va perdiendo su fisonom¡a--se entristec¡a m s y se encolerizaba el portero, porque el hijo de do¤a Genoveva enmendar , pero otros... Otros en cambio se desv¡an m s y un d¡a amanecen asesinos. Ah¡ cortaba yo por lo sano, despidi‚ndome cort‚smente, tras haberle entregado la propinota, y corr¡a a decirle a Genoveva que todo estaba en orden, y el rid¡culo asegurado, una vez m s, porque el barrio entero respetaba ya los dibujitos de Sebasti n y compadec¡a a esa pobre mujer, su madre. Una vecina incluso sugiri¢ dejarlos ah¡ para siempre, porque siendo de Bastioncito, a nadie pod¡an quitarle el sue¤o, y en cambio lo que debe gastar esa pobre mujer en sprays. Pero el colmo fue que un d¡a baj‚ al caf‚ Roma en busca de cigarrillos, y descubr¡ a Bastioncito obnubilado con una manifestaci¢n  crata, la £nica que en efecto tuvo lugar estando yo en Madrid. Ah¡ andaba sentadito, tom ndose una coca-cola, y realmente prendido del televisor, pero sin la cara de fiera que hab¡a dejado a Genoveva prendida tambi‚n a su televisor. No me vio, felizmente, y sal¡ disparado con los cigarrillos y tan excelente noticia. La de Brabante estuvo a punto de soltarme un Felipe a secas, por haberle descubierto una verdad m s sobre su hijo, y la mil‚sima verdad m s sobre ella y su hijo. --Pero si lo que yo quiero, Ge... --Lo estoy educando muy mal, Felipe Carrillo. --Y ‚l a ti, mi amor. La cosa es mutua, mutua y enferma. --Te ruego no ir tan lejos, Felipe Carrillo. --Pero, mi amor, es m s que evidente que algo se pudre en el reino... No me dej¢ terminar, la condenada. Me olvid¢ por el televisor. Me olvid¢ por completo y ah¡ se estuvo horas siguiendo paso a paso el resto de la manifestaci¢n. Lo dem s, lo adivin‚ f cilmente, Sebasti n llegar¡a m s punk que nunca, la entrada ser¡a triunfal, el golpe recibido, nada, nada en comparaci¢n con la pedrada que ‚l... S¡, s¡, Genoveva lo hab¡a visto todo, quer¡a frotarle su cabecita al h‚roe, prometi‚ndole adem s no derrumbarle ni un pelo lo punk del peinado, lo rebelde, lo feroz, lo rock duro y lo salvaje. Y comer¡an tambi‚n juntos en su dormitorio punki. Y ella no comer¡a si ‚l tampoco ten¡a hambre, porque ella tampoco tendr¡a hambre si ‚l tampoco ten¡a hambre. Y su hermana mayor al demonio porque se juntaba con hijas de fachas. Y felizmente que no hab¡a tenido m s hermanos. Y felizmente que ella no hab¡a tenido m s hijas. M s hijos, sobre todo, Bastianito Ito. Lo m¡o era un adivinar constante en mi bola de cristal. Y es que ah¡ los dos repet¡an palabra a palabra todo lo que yo iba adivinando. Al final, claro, se me oscureci¢ la bola, porque se metieron abrazaditos al dormitorio punki de Sebasti n El Terrible, y entonces lo que se escuchaba eran unos valses vieneses que acompa¤aban la ceremonia del masaje en la cabeza, que, en realidad, era la ceremonia del masajito en la espalda, porque Genoveva, para no arruinarle lo punk del pelo, le frotaba desde el cuello hasta el culito mientras yo compart¡a un buen trozo de h¡gado con Sandwich, en la cocina, un enorme trozo de silencio con Paquita, y a las once en punto bajaba con Ramos y lo ve¡a pegar meadita tras meadita, algo nervioso, sin duda, pero ya nos iremos acostumbrando, Ramos, t£ y yo tenemos que empezar a querernos, ¨sabes? Ramos era un perrito tan enano y el‚ctrico como car¡simo y alem n. Pero con toda su prosapia, con todo ese pasado de gloriosas peleas con enormes perros que terminaban siempre huyendo despavoridos, y que, no s‚ por qu‚, aunque lo adivino, se rindieron en masa, si bien yo puse un pie en aquel enorme departamento sombr¡o y marr¢n (caro, de lujo, amoblado con el mejor gusto y la m s elegante sobriedad, y, a pesar de todo, aun en verano, sombr¡o y marr¢n), Ramos, dec¡a, como que no llegaba a convencerme, caninamente hablando. Algo le fallaba, con todo lo pedigr¡ y alem n que era, y con todo lo que a m¡ me gustan los perros. A veces, incluso, ten¡a que concentrarme y repetirme que Ramos era un perro, para lograr acariciarlo y jugar con ‚l como a m¡ me gusta hacerlo con cualquier perro. Como el departamento, era car¡simo y de cinco estrellas, y por m s diminuto que fuera tampoco se pod¡a negar la diminuta esbeltez del gran Ramos. Hasta que, por fin, un d¡a adivin‚. Era eso, ­claro!, ­eso mismo!, Ramos era un bicho, eso no era un animal, eso era un bicho el‚ctrico con cara de insecto y ojos de sapo enano. Y cuando se pon¡a el‚ctrico de nervios con sus gotitas de pis en las enormes alfombras marrones, m s bicho no pod¡a estar. ­Ya est ! ­Lo matar¡a! ­Lo matar¡a! A otro que matar¡a era a Bastioncito. Y tambi‚n matar¡a a Genoveva, aunque a ella s¢lo de vez en cuando. El problema, claro, era a cu l matar primero, porque yo, por esa ‚poca, confieso que en el fondo realmente los quer¡a y deseaba ayudarlos porque me mor¡a de ganas de ayudarme a m¡ mismo. Y tambi‚n ellos, muy a menudo, intentaban ayudarse mutuamente, para luego, ya ayudados, poderme ayudar a m¡, que ten¡a mis d¡as, d¡as en los que incluso me invitaban a la ceremonia del vals vien‚s y me daban una pieza s¡ y una no en la agenda de una Genoveva inolvidablemente freudiana, lo cual en nada interrump¡a tan maravillosos momentos vieneses porque resultaba tan conmovedor que Sigmund Freud fuera nada menos que el creador de la Escuela de Viena. No lo dec¡amos, claro, porque esas cosas no se dicen, se sienten, se sienten y disfrutan como nosotros disfrut bamos nervios¡sim¢s con el pr¢ximo vals de Strauss, el que me tocaba a m¡, joven Werther, cuando me tocaba el papel del joven Werther y Goethe nos sublimaba con su pluma, como si fuera Freud o vien‚s, y Genoveva era Lotte y Bastioncito era el esposo de esa mujer de coraz¢n vals y segunda mitad del siglo XVIII en la verde Alemania y se llamaba Albert y al igual que Lotte se preocupaba tanto por mi futuro suicidio, que siempre imped¡an en el £ltimo instante con un nuevo vals en el que yo era Albert, te toca a ti, Felipe Carrillo. Pero entonces Bastioncito se transformaba r pidamente en Bastianito Ito y los peores alias, los del pudor y eso, porque cuando d‚bil, desafortunado, y al borde del suicidio, ‚l nunca se llamaba Bastioncito sino Bastianito Ito, etc etc y porque ah¡, vieneses los tres en el dormitorio punki, el muy cretino ya estaba desgarrando las vestiduras del sumamente desafortunado Werther, temblando todito ante el abismo de su amor por Lotte, una pasi¢n imposible porque para algo exist¡a Albert, alias Felipe Carrillo. No se imaginan ustedes la cantidad de atuendos punk que logr¢ desgarrar este joven Werther. Siempre era ‚l quien romp¡a el encanto y Genoveva abandonaba inmediatamente Viena y yo tiraba un portazo, grit ndoles: --­Ustedes, de vieneses, tienen lo que yo de suizo! Y me alejaba soltando, completamente suizo y reloj, mis c£-cu c£-cu c£-cu. No, si ah¡ cualquiera pod¡a volver a la normalidad y pensar, en cambio, que era un anormal. Porque ya lo hab¡an contagiado a uno, Viena se le hab¡a metido a uno en el alma con vals, Escuela de Viena y todo. ­ P£chica diegos ! Hab¡a que ver, porque todo ah¡ era incre¡ble, y eso que falta lo peor. Cosas, por ejemplo, como las de la novena... s¡, creo que fue la novena manifestaci¢n  crata a la que parti¢ el gran Sebasti n. No voy a contar c¢mo parti¢, porque un s¡ntoma de esta enfermedad consiste precisamente en que parten siempre igualito que la vez pasada. Lorita pod¡a agregar alguna novedad y Ramos ponerse m s el‚ctrico que nunca, pero, en fin, todo suced¡a como la vez anterior. Pero la variante de esta nueva manifestaci¢n s¡ que fue grave. Yo andaba tranquil¡simo, pensando que con lo de la £ltima vez, la de los cigarrillos y el valiente puta de Bastioncito sentado ante el televisor del caf‚ Roma, Genoveva habr¡a recuperado la tranquilidad, pero en cambio lo que hab¡a perdido por completo era la cabeza. Pues bien, me mand¢ en busca de cigarrillos y le dije que ya ten¡a. Me dijo que tuviera m s y le hice saber que ten¡a todo un cart¢n en la mesa de noche. Quiso empezar a fumar, entonces, y bueno, le ofrec¡ uno de los m¡os. No, me dijo, t£ fumas negros y yo prefiero probar los rubios, primero. Bueno, le dije, pero antes prueba un negro, a lo mejor te gustan, mi amor. Me apetece un rubio, Felipe Carrillo... --Genoveva --la interrump¡--: ¨c¢mo demonios puedes saber que te provoca un negro y no un rubio, si en tu vida has fumado? --No s‚, Felipe Carrillo, no s‚, pero bueno, es... es un antojo; s¡, eso: un antojo. A lo mejor estoy embarazada, Felipe Carrillo... --Genoveva, pero si t£ me juraste que tomabas la pilule. . . --S¡ la tomo, mi amor, pero ponte en el caso: con lo distra¡da que soy, a lo mejor me he olvidado de tomarla algunos d¡as. --No exageres, Genoveva, por favor: bien sabes que, adem s de tu pilule, yo tomo mis preservativos. ¨Recuerdas que nuestra primera gran decisi¢n, en el duro combate por la felicidad compartida con tu hijo, fue que no pod¡amos exponernos a tener otro por temor a la bastianitis? --No seas duro conmigo, Felipe Carrillo. --¨Por lo de la bastianitis o por lo de los rubios? --Por las dos cosas, Felipe Carrillo. Total que baj‚ por las dos cosas. Y que segu¡ bajando por las dos cosas, y que hasta hoy seguir¡a bajando por las dos cosas, de no ser por el d¡a aquel en que tambi‚n baj‚ por las dos cosas pero con fuga. Digamos, para simplificar, que en la casa de Col n, bajo el diluvio, se quedaron los cigarrillos rubios, empapados, sin duda, por las goteras, como todo lo dem s, y se qued¢ tambi‚n la bastianitis, cuya manifestaci¢n  crata, al no haber manifestaciones  cratas en Col n, desde que el acratismo apareci¢ en el mundo, consist¡a en la terrible amenaza de ba¤arse en el maremoto, no bien el mar pasara de brav¡simo a maretazo y de ah¡ a maremoto. Bastioncito se pon¡a la ropa de ba¤o con anticipaci¢n y todo, y Genoveva dale a arranc rsela, a tratar por lo menos, porque ah¡ lo que realmente arrancaba era todito el asunto del vals vien‚s, para el cual hab¡amos tomado las debidas precauciones en tocacassettes. Pero entonces hac¡a d¡as que t£, Eusebia, me hab¡as acostumbrado riqu¡simo, para desesperaci¢n de Kong. S¡, Eusebia: T£ me acostumbraste, a todas esas cosas, y t£ me ense¤aste, que son maravillosas. Sutil llegaste a m¡, como la tentaci¢n, llenando de ansiedad mi coraz¢n... Y Eusebia segu¡a, porque era de origen campesino sin tierras, aun despu‚s de la reforma agraria. S¡, por eso era ella la que segu¡a riqu¡simo, ah¡ en la cocina: Yo no comprend¡a, c¢mo se quer¡a, en tu mundo raro, y por ti aprend¡... Ah¡ la interrump¡a yo, porque despu‚s en ese bolero se habla de un abandono y m s cosas as¡ de tristes y yo a ella no la iba a dejar y m s bien tem¡a que ella me dejara a m¡. Ella, t£, Eusebia, t£ que como buena mulata y coste¤a adorabas los c‚lebres tristes con fuga de tondero y eran maravillosas las fugas que te mandabas bajo las goteras de la cocina. Tan alegre y sabroso era verte menear tu animad¡simo tondero, vulgo culo, como dec¡a mi padre, que yo dec¡a me fugo pero en voz muy bajita para que no se lo fuera a aprender Lorita, la muy hija de puta c¢mo nos espiaba, ¨te acuerdas, Euse? T£, lavando plato tras plato con agua de las goteras, que bastaba y sobraba, y adem s ya hasta las ca¤er¡as se hund¡an, se romp¡an, se bloqueaban, mientras los vieneses como que deseaban naufragar as¡ y se pasaban horas peleando con la cantaleta esa de que yo te salvar‚ la vida a ti, mam , no, yo a ti, Bastianito Ito. --Mam , si sigues en ese plan, me pongo la ropa de ba¤o para maremoto. Vistos as¡, de lejos, hasta eran admirables, ¨no, Euse? ¨No te parece que deb¡ quedarme, al menos para tener la certeza de que no murieran de incesto? Piensa en su familia, all  en Espa¤a... La pobre Mar¡a Cristina, la hija mayor de Genoveva... Hu‚rfana de madre y nosotros tan felices aqu¡ en Querecotillo y la hacienda Montenegro. --De tres cosas tienes que convencerte, Flaco: O se arrojaron al maretazo con el que tanto sonaban para salvarse el uno al otro, y ya se ahogaron los dos por tratar de salvar cada uno al otro primero; o lograron abrir los ojos a tiempo y llegar a Piura; o se los trag¢ el mar, primero, y la tierra, despu‚s, porque esta ma¤ana, en la tienda, do¤a Etelvina me cont¢ que hab¡a o¡do la radio, de madrugada, y que el locutor dijo que de Col n no ha quedado ni el sol de su fama... --¨ El sol ? --Seg£n do¤a Etelvina, el locutor dijo, testamento . . . --Textualmente, mi amor. --Ya me ir s ense¤ando, Felipe. Pero lo que el locutor dijo, as¡ como t£ dices y yo todav¡a no s‚ decir, fue que no se hab¡a vuelto a tener noticias del sol que hizo tan famoso a Col n. Ni tampoco de la luna que le dio su fama a Paita. --No puede ser, Negra... --Te puedo yo jurar ante un altar, Felipe. Ya yo ven¡a sintiendo algo delicioso en las palabras de Eusebia, en cada frase suya, pero s¢lo cuando me las dijo acompa¤ado de unas cuantas palabras de bolero, me di cuenta. Por primera vez en siglos, alguien me hab¡a llamado Felipe. S¡, Felipe, deliciosamente Felipe a secas. Con eso, con un detalle como ‚se, Eusebia, sin sospecharlo siquiera, se hab¡a acercado a m¡ como nunca. Lo que es la vida. Me arroj‚ sobre ella, como quien se arroja sobre una persona que lo ha detenido para siempre en... en... Digamos que en Querecotillo y en la hacienda Montenegro, por ahora. Pero el pueblo es lo m s jodido que pueden ustedes imaginarse, y por primera vez Eusebia me rechaz¢. --¨Qu‚ pas¢, Negrita? --Te olvidaste de las s banas de hilo, Flaco. --­De qu‚! --De las s banas de la se¤ora, Flaquito. No te me hagas el loco. --A la mierda con las s bana, Negra. O se las llevaron o no pudieron llev rselas. Y en este caso deben andar flotando en el maremoto. --Dos cosas, Felipe, para que veas con qui‚n te has juntado. . . --Arrejuntado, Negra; me encanta cuando la gente dice arrejuntado... --No sigas haci‚ndote el loco, Felipe, y para bien la oreja. Dos cosas: La primera, una palabra que yo te voy a ense¤ar. Debe ser la £nica, pero por eso me da a m¡ m s gusto, para que veas. Se dice maretazo y no maremoto. Me re¡, mientras la abrazaba. Me re¡ mucho, much¡simo. --Gu ... O sea que el se¤or s¡ se r¡e cuando es una la que le ense¤a una palabrota. --Maretazo no es una palabrota, Negra. --Para m¡ s¡, porque es muy dif¡cil de decir. Eusebia, Euse, mi negra: al hablar le soltaba a uno cosas tan graciosas que desde entonces la llam‚ siempre Verbigracia, para mis adentros... Y sent¡ ganas de besarla, de re¡rme much¡simo m s, pero en cambio la abrac‚ con toda mi alma. La palabra palabrota qued¢ para otro d¡a, y empec‚ a besarla. --Espera, Flaquito, que no he terminado. --Negra... Ll mame siempre Felipe, por favor. --Mira, Felipe, yo no pod¡a dejar las s banas all , con tanto aguacero. Adem s, el muy baboso del Bastioncito andaba dale que dale el d¡a entero con que eran de hilo de Espa¤a y no s‚ cu ntas cosas m s: que si la arena las iba a ensuciar, que si con el barro se iban a podrir. Total que me las traje con todo lo tuyo, sin que t£ te dieras cuenta. All  ellos tienen las de la casa, y adem s t£ me dijiste que te tocaba cargarlas en el reparto del equipaje. Bueno, yo s¢lo quer¡a decirte que las colgu‚ detr s de la casa hacienda. El se¤or Eduardo Pipipo me dijo que las pusiera ah¡. --Negra de mi alma, el se¤or no se llama ni se¤or ni Eduardo Pipipo. Para m¡, como para ti, y para bien la oreja, t£, ahora, se llama Eduardo Houghton, y es como mi hermano desde que estudiamos juntos. Pipipo es un apodo que le pusimos en el colegio. --Feo, ¨no? --Bueno, cari¤oso, m s bien. Pero si no te gusta, puedes decirle Matador. Como a un matador de toros, porque mataba a las hembritas con s¢lo mirarlas, tremendo marabunta era ese m talas callando. Ese tambi‚n es un apodo del colegio. Pero lo m s importante, es que se llama Eduardo Houghton y nos ha salvado con su helic¢ptero. --¨Y de lo otro, de las s banas, qu‚? --Para nosotros, pues, Euse. Son riqu¡simas y por fin las voy a poder estrenar en paz. --Yo, en lo que toc¢ esa mujer, no duermo. Eso s¡ que no. Yo, sobre esas s banas no me echo ni de a caihuas. Y s¢lo una promesa te quiero arrancar Felipe: que se las mandes por correo cuando vuelvan a construir el correo. --Mira, Negra, a m¡ me encantar¡a decirles que sobre sus fin¡simas s banas de hilo puro, duermen hoy su ex cocinera y un servidor muy bien servido, por fin. . . --D‚jate ya de tonter¡as, Felipe, y dime de una vez lo que piensas hacer con las malditas s banas esas. Porque lo que es yo... --Hablando en serio, Euse, primero averiguo si lograron regresar a Espa¤a y despu‚s le escribo a ella. Porque alguna explicaci¢n le debo... --Explicaci¢n su madre, Felipe. --Bueno, s¢lo un par de l¡neas explic ndole que, por razones de fuerza mayor, desastre natural, y cat strofe nacional, sus s banas heredadas y zurcidas --esto se lo pondr‚ s¢lo por joder un poco--, se las trag¢ un furibundo Neptuno. --Con todas esas palabrotas s¡ que la convences, Flaquito. --D‚jame que te cuente, lime¤a... --De Sullana y a mucha honra, como tu amigo don Eduardo. --Mi amigo Eduardo o mi hermano Pipipo, Negra, no te olvides. Nada de don Eduardo. --Pues le dir‚ Matador. --Eso s¡ que le encantar . --M s encantada estar¡a yo si devolvieras esas s banas de mierda. --Esa s¡ que es una palabrota. --Mi‚chica, me se escap¢. Y a la se¤ora del Matador. . . --Jeanine, o la Gringa, en todo caso... --Pues nada le gustan a ella mis palabrotas, como t£ las llamas. S¢lo las suyas. Porque ni te creas, ella tambi‚n usa sus lisurotas, pero a las m¡as les hace unos feos as¡, de este tama¤o. Como ver n, nadie, nunca, ha expresado con mayor sutileza, con tal sentido de matiz, e ignor ndolo completamente, lo que es un problema de clases. Y esto, tal vez, porque Eusebia vino al mundo en Querecotillo, un pueblo de la provincia de Sullana, entre casas de ca¤a y camas llamadas barbacoas, porque son de p jaro bobo. Naci¢ con los pies en el suelo y as¡ los mantuvo durante sus pocos a¤os de primaria y sus muchas horas de voleibol con amigas. Su paisaje fue el desierto caluroso y el algarrobo terco en el viento. Sol¡a montar en piajenos, para trasladarse de un pueblo a otro, pero a las mulas les tuvo siempre miedo y los chivos los prefer¡a en la sart‚n. Sirvi¢ en casa de se¤ores, desde que tuvo edad, o sea desde que sus padres lo decidieron, por necesidad, y ahora cre¡a que iba a servir en la m¡a. Mejor dicho, estaba totalmente convencida de ello. O sea, pues, que la vida la hab¡a mantenido con ambos pies bien en el suelo, aunque ya usaba zapatos y le bastaba con una miradita en el espejo para comprobar que era una hembra realmente suntuosa. Y ah¡ est bamos ahora en Querecotillo, nada menos que en la hacienda Montenegro y en tremendo dormitorio y tremenda camota. El r¡o Chira nos acompa¤aba con el ruido de sus aguas, mientras yo pensaba que ese r¡o de mierda seguro que ni puentes ten¡a, con las infinitas cantidades de agua que ten¡an que pasar bajo los puentes del Sena y del Chira para que Eusebia y yo... En fin, para que yo dejara de so¤ar con Eusebia y para que Eusebia se permitiera so¤ar aunque sea un poquito conmigo. Y es que para ella, tendida ah¡ a mi lado, a pesar de esa camota nada barbacoa, de tama¤a cuja, como le llamaba ella, a pesar de mis caricias, de mis besos limpios como mis caricias y mi estado de  nimo y, de pronto, a pesar tambi‚n de mis sue¤os m s limpios, yo s¢lo me la pod¡a tirar y ella conmigo s¢lo se pod¡a acostar. Fallaban, pues, a gritos, los puentes de los r¡os, fallaban sus aguas, fallaba todo. Y adem s la Gringa no soportaba sus palabrotas. La Gringa, en cambio, fina y bella e inteligente, era para Eusebia cosa de telenovela, porque hab¡a nacido en tal alta cuna que, como dicen, ya parec¡a cama. Fue una adolescente preciosa, que alguna vez vi en Lima all  en el distrito de San Miguel, donde yo enamoraba a otra muchacha inteligente, preciosa, y tambi‚n de cine o telenovela para ,Eusebia. Salvo que le tocara servir en esa casa, por supuesto, que es donde se acortan las distancias audiovisuales y, parad¢jicamente, al mismo tiempo se agigantan las mismas distancias audiovisuales, por decirlo de alguna manera. En fin, ver telenovelas para creer, y ver uno de esos letreros que dice SE NECESITA MUCHACHA CON CAMA ADENTRO, para dejar de creer. El Matador, hombre adinerado y amigo de hacer favores, por decir lo menos de su inmensa bondad, tambi‚n vio a la Gringa en San Miguel y el asunto termin¢ en casorio. Yo andaba ya entonces por las Europas y vinieron a visitarme en su luna de miel. Fuimos juntos al Lido y al Moulin Rouge, y a alguno que otro restaurant donde evocamos los a¤os transcurridos en un entretenido y anacr¢nico internado ingl‚s. Desde entonces s¡ que hab¡an pasado aguas bajo los puentes del Sena, pero a Jeanine, apodada la Gringa y a Pipipo, los recordaba siempre como a dos hermanos. Y como dos hermanos se portaron cuando logr‚ enviarles un S.O.S. para que me "fugaran¯ de Col n. Claro, ni yo me imagin‚ que el asunto iba a ser en helic¢ptero, ni ellos se imaginaron tampoco que el asunto iba a ser con Eusebia. Por eso me instal‚ r pidamente en el helic¢ptero, bes‚ con pasi¢n a tan suntuosa mulata, y me abstuve por completo de pedirles explicaci¢n alguna sobre tan suntuosa aeronave. En fin, todos nos abstuvimos de todo, ah¡, hasta que despu‚s vino lo del hecho consumado, entre la alegr¡a de un encuentro tan inesperado y en circunstancias tan incre¡bles, adem s, y la reacci¢n de Jeanine y Pipipo no debi¢ ser tan negativa porque desde que llegamos a la hacienda nos instalaron en el dormitorio de la camota consumada. Cuando Eusebia pronunci¢, sin sospecharlo siquiera, una frase que a Marx le hubiera ense¤ado tanto, llev bamos ya una semana en el confort de la hacienda Montenegro. Los atardeceres y las noches los dedic bamos a revivir el viejo colegio, nuestras andanzas lime¤as, nuestros recuerdos adolescentes, nuestras excursiones y almuerzos campestres y, sobre todo, las fiestas con hembritas. Pipipo y yo record bamos los nombres de todas las chicas que nos hab¡an gustado, que hab¡amos enamorado, que nos hicieron caso o nos hicieron sufrir. Desfilaron todos los amigos y el ilusionista que tanto nos gust¢ en el Lido de Par¡s. Gozaba Jeanine, goz bamos Pipipo y yo, y se dorm¡a Eusebia, a punta de incredulidad, o porque esas cosas se ven mejor en la televisi¢n. Pero hasta esto creo yo que se pod¡a arreglar con el tipo de amigos que tengo, por ser ‚stos de todo tipo. Adem s, ¨acaso en el colegio no me llamaron siempre el Loco, el Exc‚ntrico? Felipe es diferente, se dec¡a siempre de m¡. Y as¡ se me aceptaba y se me quer¡a. Lo dif¡cil era lo otro, aquello que con tanta precisi¢n acababa de decir una suntuosa mulata llamada Eusebia. ¨C¢mo hacer para que a la Gringa (menciono a Jeanine s¢lo porque est bamos en su casa) no le molestaran las palabrotas de Eusebia, que tambi‚n ella conoc¡a y hasta usaba, si le daba su real gana? No hab¡a l¢gica alguna en todo eso. Ni nadie lograr¡a explicarme jam s semejante reacci¢n. Demonios, me dije, entonces, como quien regresa de muy lejos, pero si Eusebia y yo reci‚n and bamos en lo de las palabrotas y las s banas. Y as¡ era, en efecto: --Insisto, Felipe: yo ma¤ana plancho esas s banas y t£ se las llevas a esa mujer. --Yo, ¨qu‚? --¨Acaso no vas o volver all ? --Mira, Negra de mi alma, el all  de ellos es Madrid, y eso queda en Espa¤a, y el all  m¡o es en Par¡s, que queda en Francia. Creo que lo £nico que entendi¢ fue lo de Par¡s. Por lo de la cige¤a, me imagino. --Las llevar‚, Negra --le dije, s¢lo para poder encender la radio y buscar un bolero. Un buen bolero, para repetirle--: Fuera de bromas, Eusebia, me gustar¡a que te vinieras conmigo a Par¡s. Pero las lluvias segu¡an en la regi¢n y todo se oy¢ p‚simo, menos Tchaikowski, que yo detesto. Mierda, me dije, si me sale un cuarteto de Beethoven me mata, porque casi todo Beethoven me encanta. Y a Eusebia le hubiera sonado tan mal como sus malas palabras a Jeanine. Mi Negra se hab¡a ido a prepararme un caf‚ en la cocina. Me incorpor‚ para acompa¤arla y, con los pies bien firmes en el suelo, pens‚ en Genoveva y en Sebasti n. Era un problema sin soluci¢n. Eusebia, en cambio, no me sonaba tanto a problema sin soluci¢n. Bueno, me dije, para dejarme por fin en paz, existen dos tipos de problemas: los que se resuelven solos y los que no tienen soluci¢n. Justo en ese instante escuch‚ la voz de Eusebia, tarareando all  en la cocina. Ella cantaba boleros, me dije, sonriendo. Pero la de las turgentes formas tarareaba nada menos que uno de Armando Manzanero, realmente muy apropiado para la situaci¢n: Casi me mata la negra. Parado ah¡, como un imb‚cil con los pies lej¡simos del suelo. No s‚, pero me agarr¢ de golpe todo el camino andado, algo mucho peor que la vida entera. Y ese camino lo invadi¢ hasta lo andado con Eusebia, tan reciente y que sin embargo me hablaba desde muy lejos. Ella se acostaba conmigo y yo me la tiraba a ella. Y, a lo mejor, era al rev‚s. ¨Por qu‚ no? Apenas unas semanas con Eusebia, all  en Col n, y apenas una semana realmente con Eusebia, en Querecotillo, en la hacienda Montenegro, como quien espera que el r¡o, las aguas y los puentes lo arreglen todo. Definitivamente, mi negra daba para mucho y en muy poco tiempo. Despu‚s, por esas cosas de la vida, totalmente explicables, pero que la gente insiste en considerar inexplicables, me puse a pensar en mi discoteca. Adem s de Bach y Beethoven, todos los dem s. Adem s de Verdi, Wagner, Bizet y Richard Strauss, todos los dem s. Y el arte flamenco. Y estaba repleta de Beatles y Rolling Stones y repleta de jazz. Y tambi‚n de todos los dem s: Frank Sinatra, Dean Mart¡n, Sammy Davis, Perry Como, Bing Crosby. La verdad, no paraba hasta Al Johnson. M s la m£sica  rabe y la hind£ y el canto gregoriano. Y estaba repleta de mil cosas m s, distintas, muy distintas, por no decir opuestas, como opin¢ alguien que alguna vez mir¢ con atenci¢n mis discos. Pero la mayor secci¢n de mi repleta discoteca, ¨no era acaso la peruana, que a Eusebia le encantar¡a, y la de los tangos, afrocubanas, rancheras, boleros, y mucho pero mucho m s? En mi discoteca me esperaba casi el disparate y hasta el disparate sin casi. Me esperaban los caminos andados, mis nostalgias e iron¡as, mi re¡rme de esas palabras de tangos, rancheras, valsecitos, boleros, que s¢lo a nosotros los latinoamericanos nos pueden decir tantas cosas. Ah¡ se cruzaban mil caminos. Y se deten¡an noches enteras. Ah¡ me re¡a de m¡ mismo, pero tambi‚n, cu ntas noches, una copa m s y bajo el ala del sombrero, una l grima empozada, yo no pude contener... Eso era tan cierto como que Eusebia era La que se fue y Mar¡a Bonita, Noche de Ronda y Cambalache, porque el mundo fue y ser  una porquer¡a... Y esto era tan cierto como que Jeanine y el Matador viv¡an en la hacienda Montenegro. Y todo, todo era tan cierto que yo... Bueno, que yo tom‚ una decisi¢n; ir a la cocina y tomarme ese caf‚. Lo mismo acabo de hacer hace un instante: una pausa-caf‚, aqu¡ en Par¡s. Y reci‚n me doy cuenta de lo mucho que me he desviado por culpa de Eusebia. Literalmente por culpa de Eusebia. Me trag¢ una fotograf¡a suya que tengo sobre mi mesa de trabajo. Todav¡a la escucho tarareando mientras me preparaba un caf‚. Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas t£... El disco de Armando Manzanero que tengo ah¡, pero resulta que ahora me gusta mucho m s tarareado por Eusebia. ¨ Pedirle que me mande un cassette? La estoy viendo re¡rse de mi idea y de m¡. Tendr‚ que acostumbrarme nuevamente a la versi¢n de Manzanero. Ser , adem s, la £nica manera de seguirles contando esta historia en paz. Ya ven, casi me voy hasta el desenlace mismo de esta historia, con eso de andar insistiendo en los datos y personajes que en ella intervienen. Y la verdad es que ya s¢lo faltan los secundar¡simos, como el padre de Sebasti n, rico industrial vasco que abandon¢ Madrid, no bien se divorci¢ de Genoveva, y que en la actualidad reside en Bilbao. Sobre Mar¡a Cristina, la hermana mayor de Bastioncito, bastar¡a con decirles que prefiere mil veces vivir con su padre y que ha realizado pr cticamente todos sus estudios en esa ciudad vasca. Me queda, eso s¡, Andr‚s Zamudio, a veces pol¡tico y a veces escritor mexicano, que no tarda en entrar en escena, o sea que mejor lo dejamos para su debido momento. Y basta de alaracas te¢ricas sobre la ausencia del primer capitulo. En definitiva, si no lo cuento es porque me meter¡a en terrenos que no son los de esta historia, alarg ndola in£tilmente. Baste con saber que una larga etapa de mi vida se hab¡a cerrado para siempre, cuando apareci¢ Genoveva, y que a ella pertenecen veintis‚is a¤os en Lima, una carrera de arquitecto, y un gran amor; luego, trece a¤os en Par¡s--duros los primeros, de gran ‚xito profesional los £ltimos--, y otro gran amor: un matrimonio feliz con una muchacha, tambi‚n arquitecto, tr gicamente fallecida en un accidente. --C¢mprale algo, por favor, Felipe--me ped¡a mi cu¤ada--. Y pas‚alo tambi‚n. Y que vea gente, toda la que puedas presentarle; y museos y hasta otras ciudades. Porque ya ver s, Felipe, que el pobre Andr‚s Zamudio se las trae. No s‚ por qu‚, pero se las trae. Te bastar  con verlo para entender lo que sufre con ‚l su esposa. Naci¢ en la ciudad de M‚xico, pero por m s que ella hace, siempre parece que acabara de ponerse el primer par de zapatos de su vida. Horrorosos, por supuesto. Esper‚ que llegara por casa un tipo sumamente divertido, pero en cambio me encontr‚ con una especie de Maquiavelo pueblerino hasta dar pena. No le importaba conocer gente valiosa, pero era capaz de cualquier cosa con tal de interesar a un cr¡tico o a un profesor de literatura en su persona. Y alg£n poder deb¡a tener, porque durante las semanas que estuvimos juntos, Andr‚s Zamudio prometi¢ tantas invitaciones a M‚xico cuantas personas crey¢ importantes para su carrera literaria. Hab¡a decidido hacer un par‚ntesis en su carrera pol¡tica, por ser ‚sta mexicana, o sea que s¢lo me toc¢ verlo en el terreno de su ambici¢n como escritor. No me extra¤aba que usara siempre la misma ropa, tan impresentable como me la hab¡a descrito mi cu¤ada. La explicaci¢n era f cil: todo el resto del equipaje consist¡a en libros. Este era uno de los pocos asuntos que me consultaba. Como no hab¡a podido traer m s ejemplares, por razones de peso, a menudo me preguntaba si era mejor regalarle un libro a tal escritor o a tal profesor, a este cr¡tico o a aquel traductor, tambi‚n por razones de peso. Porque de M‚xico se hab¡a tra¡do tremenda lista de cr¡ticos, profesores universitarios. escritores. traductores, y qu‚ s‚ yo. Y lo peor de todo es que lo £nico que sabia decir en franc‚s, era: Oh, la France ‚ternelle!, abriendo una boca enorme, un verdadero modelo de dentadura postiza y sonriente, sin duda alguna para ser utilizado en su carrera pol¡tica, en M‚xico, y, aqu¡ en Par¡s, en vez del idioma. Era todo un caso el tal Zamudio, y monsieur Mercier, el portero del edificio, hasta ahora me pregunta por mi amigo el odont¢logo. O sea que a Zamudio me lo llevaba cada ma¤ana a mi atelier, y Jeanne, la secretaria bilinge, se encargaba de sus llamadas telef¢nicas. Pero el tipo quer¡a vivir, tambi‚n, o sea que no me qued¢ m s remedio que comprarle una ropa m s adecuada para la France ‚ternelle. Algo rar¡simo ocurri¢, sin embargo, porque la tienda era de las mejores de Par¡s, y la ropa se la escogimos toda entre el mejor dependiente y yo, tras haber comprobado con verdadero espanto que Zamudio estaba eligi‚ndose ya todo aquello que no iba con nada, y que esto £ltimo tambi‚n lo estaba eligiendo ya. Intervinimos con car cter de urgencia, y lo pusimos bien, lo mejor que pudimos, en todo caso. Pero cuatro d¡as despu‚s regresamos, le volvieron a probar los pantalones y sacos que hubo que arreglar un poco, y justo cuando yo empezaba a decirme: ®­Pero qu‚ demonios pasa aqu¡! ¯, el dependiente, feliz porque hab¡a estado en M‚xico con su esposa y les mariachis, vous savez, monsieur Carrill¢, much¢ picant‚ en Mexic¢, solt¢. ##216# Pero la vida, lo que llamamos vida, que son los movimientos cotidianos en que nos disimulamos, es menos exigente, mucho m s sencilla, es m s insensata, por faltosa. Un cierto margen de credibilidad basta. Anoche no pude dormir. Cuando los pensamientos se relajaban, confundi‚ndose en sus bordes, se desprendi¢, ascendente como fuego fatuo, el recuerdo de mi madre. El  nimo se irgui¢ y la imaginaci¢n traz¢ el tr nsito del deseo: llegarme al cementerio, abrir su tumba, quedarme un rato contemplando su definitivo sue¤o. Verla, s¢lo eso. No me obsesionan sus pupilas dilatadas por el asombro al recibir el golpe, no. El empuj¢n lo hab¡a olvidado ya en el mismo momento de la ca¡da. Dar¡a mi vida, o lo mejor que me quede de mi vida, por volver a sentir la torpeza animal de sus manos, palpando mi cara, reconoci‚ndola, en un lento remedo de caricia, cuando vuelta en s¡ de la conmoci¢n cerebral, encontr¢ mi rostro vigilante sobre ella. Ya s‚ que ella no pod¡a saber ni pensar qui‚n era yo. No pod¡a relacionar nombres y caras, no ten¡a memoria ni expectativa. No hubiera sabido decir si yo era su hija o su madre. Ni siquiera conoc¡a--por haberlo olvidado--el sentido de ser madre o de ser hija. Y sin embargo, de ese magma inquietante en que la arteriosclerosis hab¡a convertido su mente, de esa computadora descerebrada de la que sal¡an palabras t¢pico y sintaxis inconexas, emerg¡a, a veces, en la mirada y en el tono de voz, el complemento de una ternura aut‚ntica y real, o un regocijo enfatuado, o un vago temor, un desconocido temor a algo amenazante que se ocultara en la sombra de un paraje periclitado. Pero no temi¢ a su hija, que fue su peor enemigo. Ni tem¡a los reflejos que confund¡an sus sentidos y que la extraviaban y la hac¡an trompicar, y la hicieron herirse. Su cuerpo la enga¤aba, sus sentidos le tend¡an trampas en las que ca¡a frecuentemente. A ‚l tambi‚n le achaco que me incitara a abandonarla. No es que busque con quien compartir mi culpa. No quiero c¢mplices; yo soy la sola responsable del descalabro final de mi madre. S‚ que mi culpa es indivisible, que no puede achicarse o diluirse implicando en la falta a los otros. Y s‚ que esta imposibilidad me acompa¤ar  de por vida, como un mal end‚mico al que nos habituamos, pero que nunca llegamos a olvidar, que est  ah¡, molestando sordamente, casi insoportablemente. No obstante, ‚l me incit¢ a salir, a viajar. Despu‚s de la muerte de F‚lix, pasada una etapa prudencial, ‚l concibi¢ la necesidad de un viaje, de un cambio de aires para m¡. Parec¡a, tambi‚n, como la primera vez, como la escapada a Sevilla, que no era pedir demasiado. Me dej‚ convencer. Era tan f cil, dejarse, abandonarse a los planes de los otros, no estar sobre m¡ misma. El £nico inconveniente era mi madre que viv¡a conmigo desde hac¡a dos a¤os y cuyo estado se hab¡a deteriorado progresivamente hasta l¡mites incre¡bles. Pero tambi‚n su cuidado quedaba asegurado con la presencia constante de una persona de confianza que ya ven¡a atendi‚ndola desde la enfermedad de F‚lix. ‚l se encarg¢ de los billetes de avi¢n y de las reservas de hotel. ‚l fue tejiendo una mara¤a de planes en los que se cruzaban el arte, las compras y los men£s. Traz¢ itinerarios de seducci¢n. Hab¡a, adem s, en el planeamiento de esta escapada un ingrediente in‚dito: mi nueva situaci¢n legal, mi viudedad cancelaba las notas de lo prohibido y lo secreto de nuestra intimidad. No hab¡amos vuelto a estar a solas desde aquellas fugaces huidas de la cl¡nica en que yo me deshac¡a brevemente de la estudiada compostura. Empezamos a reunirnos como dos camaradas que planean una excursi¢n. Alleg bamos noticias e informaciones complementarias a los planes primeros. Ambos conoc¡amos Londres separadamente y aport bamos experiencia y sugerencias al plan com£n que ¡bamos construyendo sobre el tablero de la mesa de cualquier cafeter¡a. Me gustaba pensarme fuera de mi entorno, verme movediza en la punta del l piz que se desliza sobre el plano tur¡stico de la ciudad. Al imaginarme lejos, en el espacio simb¢lico del mapa, parec¡an recomponerse las piezas dispersas de m¡ misma en ese ser coherente que deb¡a iniciar una nueva vida, o una nueva etapa de una siempre misma vida. Esa yo, separada de m¡, minimizada en ese punto que se deten¡a a contemplar la perspectiva en St. James's, o que corr¡a a embarcarse en Westminster, era m s concreto, m s real, que este ente informe y huidizo que me siento ser desde mis entra¤as y desde los latidos de mi coraz¢n. Y ‚l era la persona que en esa escena en  mbito extranjero yo quer¡a tener a mi lado. ‚l era la £nica persona que yo pod¡a soportar a mi lado. Paulatinamente, fue gan ndome el inter‚s, luego, en v¡speras de viaje, la impaciencia. Mi madre era mi £nico problema. El avanzado estado de su arteriosclerosis hac¡a temer un desenlace pr¢ximo. El ¡ndice de probabilidades del dictamen m‚dico, dado el deterioro progresivo, se inclinaba por una consumici¢n paulatina que abocar¡a a una muerte sin sufrimiento y acaso repentina. Me inquietaba pensar que pudiera ocurrir en mi ausencia. Por otro lado, yo me sent¡a maternalmente enmadrada. A pesar de su fr gil cuerpo devastado, de su mente perdida, de la inseguridad de sus movimientos y sus palabras, segu¡a teniendo una voz clara, una pronunciaci¢n perfecta, en la que yo segu¡a identific ndola. La cabeza disminuida, abreviada, como comprimida desde dentro, en su rostro no aparec¡an los signos de su vejez prematura, y sus finas facciones y su piel transparente y sin arrugas le daban un extra¤o aire ani¤ado que provocaba la ternura y la protecci¢n. A los ojos claros, vivos y alegres por cualquier puerilidad, asomaba a veces la profunda extra¤eza de no saber nada, de sentirse desalojada en el caos, de comprender que no ten¡a referencia alguna a que asirse. "¨En qu‚ piensas, mam ?¯, le preguntaba. ®En nada. Ya se me olvid¢.¯ Y, en efecto, tras de aquella mirada no hab¡a nada, una pantalla de datos emborronados. Pas‚ muchas horas con ella, teni‚ndola a mi lado, mientras le¡a o preparaba alg£n tema, observ ndola, queriendo descifrar los arcanos de su mente enferma. Levantaba los ojos de las p ginas y encontraba su rostro sonriente contempl ndome, vigil ndome, cercior ndose de mi presencia inalterada, sus manos entretenidas en los movimientos convulsivos de alg£n juego reiterativo, respondiendo con frases consabidas a cualquier pregunta m¡a, o pidiendo intempestivamente la merienda o la cena, con absoluta confusi¢n horaria, pero desistiendo de su petici¢n si yo hac¡a adem n de levantarme y ausentarme para complacerla. ®No, no te vayas.¯ ®No, no me dejes sola.¯ La vida de mi madre estaba consumida, pero a m¡ no me parec¡a que tuviera edad de morir. En realidad, un padre o una madre no tienen edad. ®¨Era ya mayor?¯, me han preguntado ahora, despu‚s, queriendo consolarme de su p‚rdida con la l¢gica naturalidad del desenlace. ®S¡, pero, ¨qu‚ importa la edad?¯ La edad no tiene nada que ver. Ni siquiera la edad avanzada puede dar carta de naturaleza a la muerte. La muerte de F‚lix fue un accidente, fue una violencia, fue un acto de terrorismo del destino, porque fue una muerte antes de tiempo. La muerte de mi madre--que quiz  yo adelant‚ en varios meses, en un tiempo inmedible--, aunque pueda llamarse una muerte normal, ®la consumici¢n de una vela que se apaga¯, como dijo el m‚dico, ser  as¡ para los otros, para los extra¤os, no para m¡. En el caso de mi madre, su desvalidez, su indefensi¢n, la inocencia en que la preservara la total irreflexi¢n de su etapa final, hac¡a todav¡a m s triste, m s inhumana, m s inaceptable la idea de su muerte. En las noches precedentes al viaje dorm¡ mal. Me despertaba sobresaltada, iba al cuarto de mi madre, escuchaba su respiraci¢n tranquila, acariciaba su frente en la vaga penumbra de una l mpara velada. Esa fugaz contemplaci¢n del rostro dormido de mi madre aplacaba la tensi¢n de mi desvelo y sol¡a dormirme de vuelta a la cama. A veces no, segu¡a inquieta, dando vueltas, cambiando de postura y teniendo que rendirme a un hipn¢tico. No era tanto por el viaje, por los doce o quince d¡as de ausencia en los que no era previsible un desenlace fortuito, era que iba aferr ndome a la vida de mi madre como una embarazada a su feto muerto, era que iba intuyendo su final y me revolv¡a contra ‚l. Mientras ella viviese exist¡a un cord¢n umbilical que me ligaba a mi ni¤ez y mi juventud, que me ataba a mis hermanos, desaparecida ella, tendr¡a que aprender la dif¡cil lecci¢n de existir sola, radicalmente sola. Desde su enfermedad, hab¡a pensado frecuentemente en su muerte; en los diagn¢sticos m‚dicos y en las conversaciones con mis hermanos consider bamos que hab¡a llegado a la etapa final de un trayecto que conclu¡a. Yo hab¡a imaginado su muerte, ego¡stamente, como un descanso de mi responsabilidad, como un alivio a mis preocupaciones. Pero cuando ya la sent¡ inminente hubiera querido aplazarla en un futuro indefinido. --Comprendo tu temor, tu preocupaci¢n--me dijo ‚l--. Pero ese cari¤o tuyo por tu madre se est  haciendo obsesivo y desesperado. Necesitas descansar tambi‚n de esta nueva obsesi¢n. Ten¡a raz¢n, la frialdad y la distancia con que ‚l pod¡a enjuiciar mis problemas, la m s l¢gica despreocupaci¢n juvenil, le hac¡a verlos con claridad. Mis temores se desvanecer¡an en cuanto pisase la escalerilla del avi¢n. Empec‚ a imaginar las horas futuras, los primeros pasos de ese itinerario de evasi¢n que hab¡amos planeado. El reencuentro ¡ntimo, el abrazo, en un marco distinto, sin connotaciones contrariantes. Ambos hab¡amos rehuido proximidades arriesgadas o caricias incitantes, como reserv ndonos para ese espacio ajeno y propio, donde amar ser¡a f cil y bueno. Sab¡a yo cu nta timidez, cu nta paciencia, cu nta morosidad, son capaces de interpretar dos cuerpos que se desean pero que se retardan, prolongando el deseo en los l¡mites exasperantes de los sentidos hacia una resoluci¢n siempre repetida y siempre distinta. Empec‚ a fijar mentalmente las escenas, la frivolidad de los di logos, los preliminares del juego er¢tico. En las horas antecedentes al vuelo, viv¡a ya del otro lado, m s en el futuro que en el presente. Me despegu‚ un tanto de mi madre y de su cuidado. En parte, por ir desavez ndola de mi presencia y, tambi‚n, por los £ltimos preparativos del viaje. Cuando ya hab¡an bajado la maleta y con el abrigo en el brazo me dirig¡a a la puerta, desist¡ de marcharme sin verla. Para m¡ era m s tranquilizante darle un beso de despedida, o, en todo caso, la irreflexi¢n desbarat¢ la l¢gica fr¡a: sent¡ que no pod¡a irme sin asomarme a ver a mi madre. Algo en mi aspecto la alert¢ incomprensiblemente. Se puso en pie, me tom¢ del brazo y me pidi¢: "Ll‚vame contigo.¯ ®No, mam , es ya de noche y vamos a dormir.¯ ®Ll‚vame contigo¯, insisti¢. Trat‚ de calmarla, de convencerla, de explicarle que iba a cenar y, luego, a la cama. De que yo me quedar¡a en la habitaci¢n de al lado, de que no me iba. Pero ella me miraba asustada, sin comprender mis palabras, pero interpretando los signos de mi apariencia como los inequ¡vocos indicios de alguien que se va. ®Engracia va a darte la cena y vamos todos a dormir¯, segu¡ queriendo tranquilizarla, pero mis palabras surt¡an un efecto contrario al previsto. Cada vez su rostro expresaba mayor temor y cada vez sus manos, atenazantes los dedos, sujetaban mi brazo con mayor desesperaci¢n. ®No me dejes.¯ El telefonillo de la porter¡a son¢ dos veces y se colm¢ mi paciencia. De un tir¢n brusco arranqu‚ aquellas garras que me reten¡an. El envi¢n la hizo tambalearse, vacilar, sus ojos se desorbitaron y se cay¢ suavemente, como un cuerpo de trapo, golpe ndose en la cabeza contra la esquina de la pared. Al tratar de recogerla, de enderezarla, vi la sangre que brotaba de la herida de su cr neo. No era grande ni sangr¢ abundantemente, pero hab¡a perdido el conocimiento. No lo recobr¢ hasta ocho d¡as m s tarde. Habiendo salido de la conmoci¢n cerebral, no parec¡a deducirse un fin inminente. Vivi¢ dos meses, recobrada la desmemoriada conciencia anterior al golpe. Los intensivos cuidados ganaron d¡a a d¡a esos dos meses. ¨Hubiera vivido m s? ¨Hubiera vivido menos? Nadie puede decirlo, porque nadie puede hacer nada por m¡. El mal que le hice el adem n del odio repentino que la impaciencia me urgi¢ a ejecutar y la imposibilidad de calibrar el montante exacto de la violencia en horas, d¡as y sufrimiento, son mi r‚mora, afectan e infectan todo proyecto, todo intento de conciliaci¢n conmigo misma. Anoche no pude dormir. Lo peor es que los insomnios pertinaces me obligan a aumentar las dosis de barbit£ricos para alcanzar un sue¤o amodorrado de cuatro o cinco horas. Primero dese‚ verla; no resucitarla que era irracional, sino verla tal como se encontrase ahora; ver su cuerpo muerto. Tal vez la impresi¢n me la har¡a olvidar m s pronto. Ella que no quer¡a estar sola, que la dejara sola, ha quedado abandonada y tapiada en el fr¡o cemento. Dese‚, con la agudizada insensatez de mi sensibilidad noct mbula, acercarme a ella, llegarme a ella. Me conform‚ con abrir el caj¢n de la c¢moda donde he recogido sus objetos ¡ntimos. Algunas de sus joyas las he usado con el convencimiento fetichista de que me traen suerte. Es descabellado lo s‚ pero, ¨c¢mo racionalizar la muerte? En el lech¢ del caj¢n de caoba los peque¤os objetos de su £ltima convivencia yacen tambi‚n solitarios y abandonados, sin sentido, sin destino, vacantes. Sin embargo, cu nta vida tienen para m¡. El apego senil por el anillo de la amatista, que bailaba en su anular cence¤o y la obligaba a mantener los dedos juntos en apretada rigidez, o los abr¡a, olvidadiza, dej ndolo resbalar al suelo, o lo apretaba en el cuenco de su mano, apu¤ ndolo, clav ndose las u¤as en la palma por asegurarlo. El peine de carey, fin¡simo, todav¡a conserva el tenue aroma de sus cabellos de su cabeza; algo de ella, lo m s viviente de ella, sutilizado, ha quedado, o queda a£n entre las p£as. Las tijeras, el dedal, pa¤uelos, cajitas y monederos, con las huellas y la p tina de las yemas de sus pulgares gast ndolos, apres ndolos, hinc ndose en esos pedazos de pertenencias sin funci¢n, in£tiles, pero s¡mbolos todav¡a, en lo m s alejado de su mente desgastada, de propiedad, de ®suyo¯. Tom‚ el medall¢n del Sanjos‚; esmalte engarzado en plata afiligranada, la leontina, gruesa y pesada, de la que cuelga, est  ennegrecida por el ¢xido. Como por el grosor del medall¢n parec¡a fuese relicario o guardapelo, aplicando el filo de una navajita consegu¡ presionar en la l¡nea que la trencilla abodocada encubr¡a; en efecto, se abre, es relicario: una cartulina oblonga se aloja en el interior tras el esmalte de la fachada. La cartulina es el recorte de una vieja fotograf¡a y representa la joven cabeza de un hombre que no me recuerda a nadie. Volv¡ a cerrar la aplastada cajita. Dej‚ el Sanjos‚ sin trasfondo y la fotograf¡a la he guardado en un sobre en el caj¢n de mi mesa. ¨Qui‚n es?, me pregunto. He vuelto a mirarlo de d¡a y en sus rasgos no consigo reconocer ninguna fisonom¡a familiar. Repasar‚ con calma los  lbumes de viejas fotos a ver si consigo descubrir la identidad del extra¤o habitante del medall¢n de mi madre. Regres‚ a la cama m s inquieta y despabilada que antes de mi exploraci¢n. ¨Con qu‚ intenci¢n llevaba mi madre esta fotograf¡a? Yo siempre he recordado este medall¢n pendiente de su cuello. Lo he acariciado y besado siendo ni¤a. No s‚ de d¢nde vino o cu ndo lo adquiri¢. Tal vez fuera heredado de alguna t¡a suya... o de la abuela, de quien heredara - esto s¡ me lo dijo-- la devoci¢n por san Jos‚. De ser heredado, acaso ni ella misma supiera la existencia de la fotograf¡a en el interior. As¡, este hombre joven de la imagen, que gui¤a ligeramente los ojos, con un mech¢n de pelo desmandado sobre la frente (lo que indica que es una foto tomada al aire libre), habr  vivido guarecido en el seno materno de una se¤ora que desconoc¡a. Pero no es veros¡mil. Sin duda estaba all¡, yac¡a sobre vaivenes y suspiros, intencionadamente. Recuerdo que se les muri¢ un hermano. Mi madre siempre coment¢ el disgusto de los abuelos cuando de una prole de seis v stagos se les muri¢ el £nico hijo var¢n. Acaso sea ‚l, el hermano malogrado. No, no puede ser, ahora recuerdo que muri¢ siendo ni¤o a£n, de diez o doce a¤os. Tenemos una fotograf¡a de este ni¤o, de primera comuni¢n, de marinero, con misal y velita, adem s, era muy moreno. No, no es ‚l. ¨Qui‚n podr  ser? La calidad del papel y el amarillo malsano de su decoloraci¢n son indicios que permitir¡an a un experto datar la fecha del revelado sin equ¡vocos. Mi desasosiego y mi insomnio lo han "revelado¯ por segunda vez, ahora surgido del olvido. Con el pretexto de querer distribuir sus prendas entre los hermanos, escrib¡ a t¡a Natalia pregunt ndole ella, hermana de mi padre, vivi¢ largas temporadas con nosotros en Carabias--si conoc¡a la proveniencia del medall¢n del Sanjos‚. El caso es que la impertinente fotograf¡a ha venido a trastornar, a corromper, la porfiada y dulce rememoraci¢n de los £ltimos momentos de mi madre. Me obliga a traspasar a¤os y visiones hacia atr s, a atravesar distancias inalcanzables, volvi‚ndome hacia el ambiente de su posible origen, hacia ese ayer que estaba desplazado de mi contemplaci¢n habitual. T¡a Natalia ha sido precisa: ®...cuando tu padre se recuper¢ quiso recompensar la dedicaci¢n de tu madre, quiso distraerla, sacarla de aquel retiro; ella se hab¡a vuelto muy reconcentrada y melanc¢lica, como si la preocupaci¢n y el esfuerzo por cuidarlo a ‚l hubieran minado su salud o torturado sus nervios. La llev¢ a Par¡s. Yo me qued‚ con vosotros en Caba¤aquinta. En Par¡s adquirieron el medall¢n, o de aquel viaje lo trajo. Dices que es de esmalte, no s‚, yo cre¡ que era de porcelana de Limoges. Pero debo de estar confundida y de Limoges ser  alg£n otro objeto que trajeron de Francia... a tu madre le gustaban mucho las porcelanas...¯ La respuesta descarta a la abuela y a las t¡as abuelas, pero tampoco aporta nuevas se¤as de identidad. ¨Y si el medall¢n lo adquirieron en una almoneda y por parecer pieza enteriza nunca lo abri¢ mi madre? Entonces, la imagen reliquial y amarillecida tiene un origen incierto, perdido en las brumas misteriosas del afecto for neo de su anterior posesora, fuego de Eros o v¡nculo de sangre, qui‚n sabe. Pero, ¨por qu‚ fantasear cuando la realidad puede ser simple? Lo que me conmueve es pensar las reliquias de secretos y misterio que cada cual guarda en su almario y se lleva a la tumba. ¨Podr n los hombres alg£n d¡a saberse enteros, de arriba abajo, unos a otros? Lo que a m¡ me trastorna es pensar que esa anciana desvalida, con una mente en blanco que se asomaba al asombro constante de su mirada, conservara a£n el s¡mbolo sigiloso de un vago secreto pasado. Si por una casualidad yo hubiera topado con la foto recortada y se la hubiera mostrado a ella, indagando el nombre, la relaci¢n, la identidad, no hubiera sabido responderme; estos rasgos ya no pod¡an convocar en su cerebro sonidos y s¡labas que restituyesen la memoria de una presencia o una imagen. S¢lo le quedaban palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras ajenas y huecas..., ‚sa fue la pobre limosna que le dejaron los a¤os. No recordaba la vida; la £nica ventaja es que tambi‚n ignoraba la muerte. Entonces, ¨por qu‚ sent¡a ese terror a quedarse sola? ¨Qu‚ experiencias pod¡an informar ese miedo? ¨Qu‚ nuevo significado ten¡a para ella la soledad? ­Cu l era el referente temido? No soy capaz de pensar algo concreto sobre ‚l y sobre m¡; algo que se pueda formular en palabras o escribir de seguido en una receta, como un diagn¢stico. Me invita a dar el salto, a apropiarme de la meciente seguridad que me ofrece el ahora. ¨Y si acepto subirme y en un descuido me empuja de nuevo al abismo? ¨C¢mo no teme ‚l que yo lo traicione igual que traicion‚ a F‚lix por ‚l? Quiz  lleguemos a una transacci¢n. Hay espacio suficiente para no estorbar al otro; puede haber cortas traiciones, no ser  necesario llegar al l¡mite. Quiere dar el salto, que nos situemos en esa plataforma de la conveniencia social. Superados los obst culos, somos libres para sujetarnos, para atarnos definitivamente, indisolublemente... Como una resaca que socava mi estabilidad, el vago deseo de ir all , de volver a Carabias, me arrastra imperceptiblemente. Como si not ndome extra¤a tuviera que volver all¡ a encontrar la ¡ntima, la que parezco haber perdido. El destino--como ‚l dice--me ha quitado las £ltimas ancladuras y me noto suelta, flotante. Tengo deseos de escarbar, de ara¤ar la tierra, de hundir mis manos en el solar, y, a u¤aradas, topar con las ra¡ces, o que, como los mangles americanos, mis manos en la ara¤adura se enra¡cen. Lo que menos me interesa es esa inmensa regi¢n intermedia--media vida-- que se extiende desde el anteayer al hoy. En esa zona de mi desinter‚s est  ‚l y lo que representa. Tambi‚n, es verdad, est n ®ellos¯, pero ellos estaban antes, estuvieron siempre. Quiero volver a aquel existir a ciegas en donde los otros no hac¡an de espejos para devolverme una imagen favorecedora. Demasiado tiempo exist¡ queriendo ser esa imagen que me daban los otros. Quiero, si acaso, ser espejo donde se maquillen las crispaciones de los otros, donde se aplaquen sus remordimientos. Quiero volver a aquel antes en que iba aprendi‚ndome a m¡ misma, por trozos, sabi‚ndome poco a poco, en contacto primero con las cosas y las palabras. Quiero desguazar las horas lejanas y desandar los d¡as sin fecha, como quisiera desenterrar el cuerpo de mi madre y asomarme al misterio de su muerte. Anoche no pude dormirme porque esa tentaci¢n me volvi¢ a la cabeza. ¨Por qu‚ las tumbas tendr n las losas tan pesadas? No tem is, no, que se os escapen. Anoche dese‚ ardientemente poder ver a mi madre, poder volver a verla f¡sicamente, a pesar de saberla enterrada. Si yo hubiera tratado de llevar a cabo mi deseo, hubieran dicho profanaci¢n o locura. No, no lo era, yo s¢lo quise poder levantar la tapa de su ata£d, poder mirarla, acaso tocar sus manos, apacentarme todav¡a contemplando su dormido perfil. Supongo que habr  sido por razones higi‚nicas en un principio, ampar ndose en razones religiosas, por lo que hemos distanciado a cal y canto la muerte. La tumba y la pesada losa son la met fora del espacio mental que cerramos o se nos cierra a la muerte de un nombre. Es una mordaza a lo imprevisible, a lo novedoso que pudiera traernos la relaci¢n con ese nombre; es la conclusi¢n de un trato. Mi madre no era capaz ya de comunicar novedades con ese rosario de palabras prestadas que era su dote. Ni yo podr¡a interrogar la inc¢gnita de su vida, ni desvelarme ella su misterio, pero segu¡a--sigue--siendo su s¡mbolo indescifrado, como esa fotograf¡a enterrada en el medall¢n, de la que no s‚ si es imagen de ser viviente o fantasma que me importuna. Desde que he vivido la muerte de cerca me obsesiona. Desde que he vivido la muerte de cerca todav¡a se me oculta m s lo que es, lo que ser , esa extra¤eza que va a ser mi propia muerte. Hace meses vi atropellar a un perro en la autopista. Pas‚ por el mismo lugar, a distintas horas en d¡as sucesivos. No hab¡an retirado el cad ver. A los tres d¡as ya no hac¡a falta ni hubiera sido posible hacerlo. Aquel bulto sanguinolento, aquella cabeza desparramada, fueron comprimi‚ndose, enjut ndose, hasta adquirir la dimensi¢n laminar, apisonados una y otra vez por las rodaduras de veh¡culos sucesivos. Al final, una superficie plana, lisa, pasta o conglomerado inorg nico, y luego, part¡culas de esta superficie, polvo en el polvo, nada. Eso seremos. ¨Y lo otro? ¨Y todo el mal y todo el bien que hemos hecho?. No quise que viniera a casa ni yo ir a la suya. Nos encontramos en un caf‚ como una pareja de conocidos. Estaba segura de que me aguardar¡a, de que esta vez no me har¡a esperar, de que se hab¡a anticipado a la hora de la cita como en los primeros tiempos; mi desgana despierta forzosamente su impaciencia. --Est s mejor--asegur¢, sin preguntar, queriendo decir que mi aspecto hab¡a mejorado desde la £ltima vez. Queriendo, quiz , persuadirme de que las cosas volv¡an a entrar, como mi cara, en un  rea de normalidad, de bienestar. Me cedi¢ la derecha en el div n, llam¢ al camarero, apostill¢ ®cortado¯ a mi escueto ®caf‚¯, y observ¢ mi expresi¢n en suspenso, pidiendo sus ojos la acotaci¢n que debiera marcar la suya. No s‚ cu l fue la respuesta de mi cara, pero en la de ‚l se configur¢ una sonrisa que persist¡a en su mirada cuando con r pido adem n--se quit¢ las gafas. Apoyo mis manos en el tablero de la mesa y recuerdo la plataforma ficticia en que mi imaginaci¢n ®nos sit£a¯ a los dos, sobre el oc‚ano de dudas y de pasado irreversible. Lo miro, pens ndolo medio sumergido, sosteni‚ndose en sus seguridades como siempre. . . --¨Qu‚ tal tus clases?--pregunta. --Bien. Normal--contesto. --Este a¤o el Ministerio va a dar dos semanas de vacaci¢n oficial, que, con el puente de antes y los rezagos de despu‚s, ser n tres. --S¡, eso he o¡do--le confirmo, y me apresto mentalmente a rechazar cualquier plan de viaje, de convivencia, si a continuaci¢n surgiera el previsible: "qu‚ vas o qu‚ vamos a hacer¯. No surge. l ha debido captar mi escasa emoci¢n por el encuentro, por su proximidad, por sus palabras tanteantes, por su beso resbaladizo, por el fuerte apret¢n de su mano en mi antebrazo. Nada me ha conmovido; he actuado como una aut¢mata y he auscultado mi impresi¢n con objetividad, a¤adiendo a la desgana el pensamiento sobre la desgana. Se pierde en una larga enumeraci¢n de temas universitarios y administrativos. Las elecciones £ltimas del claustro, los pactos, la asamblea multitudinaria, los enfrentamientos entre Justino Ramos y los de Comisiones... Luego, pasa al Ministerio, por fin, al Departamento, al nuevo director general, a los nuevos modelos de sociomatrices que est n aplicando, a los coeficientes... Yo asiento con la cabeza, pesta¤eo, como interes ndome, sorbo mi caf‚ despacio (tampoco se libra de mi cr¡tica: ®no es bueno y, para colmo, est  fr¡o¯, anoto tambi‚n in mente), y con un gesto de ballet de mi mano aparto una mosca que planea sobre el tablero de nuestra mesa, espant ndola. El adem n de mi mano ha tropezado en sus gafas posadas cerca de la taza. Las coge y se las pone. Me mira (leer , tambi‚n exhaustivamente todas las huellas que el paso de los a¤os ha dejado alrededor de mis ojos y que su miop¡a mitiga). Me someto al escrutinio con una mueca de Gioconda resbalando en los labios distendidos. Se quita de nuevo las gafas y, entra¤ando el tono, pronuncia, apenas audible: --¨C¢mo est s? --Bien--le contesto, porque, en efecto, de salud estoy bien. --¨Quieres que vayamos a casa? Escucharemos m£sica; tengo nuevos discos que no conoces: Le piege de M‚duse, de Erik Satie, ¨no te encanta el t¡tulo? Yo pienso en el Erik Satie pl stico, el £nico que recuerdo: el bohemio triste de un cuadro de Rusi¤ol. --Y otro m s: Celle qui parle trop. No te des por aludida: es el t¡tulo de la composici¢n--bromea; me sonr¡o--. Estoy seguro de que te van a gustar... Le digo que no reiteradamente con la cabeza y el monos¡labo; consulto el reloj, insinuando un l¡mite temporal a la entrevista. --No debes empe¤arte en mirar hacia atr s. Est s enviciada en la contemplaci¢n de tu tragedia. Lo que te ha ocurrido es normal y cotidiano; la mayor¡a de estas personas (se¤ala a los clientes del caf‚) han recibido golpes parecidos. A todos se les ha muerto un padre, un hermano, un marido. Los peri¢dicos est n llenos de esquelas, pero la vida sigue. Lo que te digo, es verdad, son t¢picos, pero los t¢picos como los refranes est n cargados de raz¢n vital. Has pasado una mala racha; hay que olvidar y mirar hacia adelante. --Lo peor que pod¡a ocurrirme, me ha pasado ya. No es extra¤o que me sienta anonadada. Puedo decir que he vivido lo peor de mi vida. ¨Qu‚ me queda? --Entonces tienes que pensar que lo que te queda por vivir es lo mejor, o lo menos malo, y encararlo abiertamente. --No lo hab¡a pensado, pero creo que tambi‚n lo mejor ha pasado. Siento como que lo mejor y lo peor son simult neos, experiencias paralelas que se contrastan en momentos cr¡ticos. Cuando m s te quise fue en v¡speras de tu viaje a Choisy para casarte con Laurence. S¢lo supe lo que realmente F‚lix significaba para m¡ cuando diagnosticaron su c ncer. Al menos en mi vida, las risas y las l grimas han promiscuado. Como si la felicidad exigiera el contrapeso de la desgracia, o como si el dolor suscitara la pasi¢n o nos hiciera acreedores a vivirla vehementemente. As¡ ha sido, al menos a m¡ as¡ me ha ocurrido. Parec¡a que la alusi¢n a su boda fuera un reproche, pero habl‚ con sinceridad, al dictado de mi pensamiento, recordando que la curva m s alta de mi pasi¢n hab¡a coincidido con los planes inconfesados de ‚l de casarse con Laurence. No s‚ si fueron d¡as o semanas antes de anunciarme sus intenciones, yo hab¡a reconocido sin tapujos mentales el amor que subrepticiamente se hab¡a despertado en m¡, y rend¡a al sentimiento un tibio culto en mi interior. Todo mi vivir adoptaba el ritmo de este saber que me enfatuaba--aunque no tuviera la certidumbre de que fuese compartido--por el hecho de ser capaz todav¡a--y en mis circunstancias tan adversas--de sentir con intensidad la presencia ¡ntima de otro ser: un temblor bajo la piel y una calma de infalibilidad en cuanto hac¡a o dec¡a, porque aquel nuevo latido me daba la seguridad de una presencia ausente y rememorativa que me embargaba como una onda c lida. Tambi‚n aquella vez nos citamos --fue iniciativa suya--en un lugar p£blico, en el hall de un hotel, como dos conocidos. Tuve que PosPoner otros planes. inventar una disculpa en casa, fingir un imprevisto, porque en su llamada hab¡a urgencia y apremio. No se quit¢ las gafas durante la entrevista. Explic¢ todo como quien enuncia el gui¢n de una conferencia. La novedad urgente que ten¡a que comunicar me la espet¢ en seguida: se casaba. Al d¡a siguiente sal¡a para Francia. Yo prest‚ mi cuerpo, mi cara y hasta mis palabras, para que adoptasen una actitud digna, comedida, generosa. Ni un reproche. ®Que esta relaci¢n sin exigencias se rompa sin rasgu¤os¯, decid¡ de inmediato. "Que ‚l no sepa cu nto da¤o me hace.¯ Escabull¡ el rostro al dolor, posponi‚ndolo, haci‚ndome fuerte frente a ‚l. Todav¡a fui capaz de desearle mucha suerte. Es verdad que ‚l no habl¢ de rupturas, de despedidas, de finales.... pero estaba en su l¡nea. Los de su generaci¢n ya no dramatizan: ni exigen ni niegan arrebatadamente. Me desped¡ entonces con la muerte en el alma, admirando y alegr ndome mi capacidad de reacci¢n, mi compostura ante lo inevitable, el haber podido acallar aquel grito desgarrado: ®Y yo, ¨qu‚?¯, que era lo £nico que entend¡a, que escuchaba, que sent¡a bramar en mis entra¤as, mientras ‚l ensartaba justificaciones, explicaciones, dudas, y no excesivo entusiasmo hacia el futuro. ®Que no se d‚ cuenta¯, ®que nunca sepa que momentos antes de la noticia hubiera podido hacer los m s asombrosos descubrimientos en el alma de su amante¯. De entonces ac , ha llovido mucho; han pasado un mont¢n de d¡as y de meses, de experiencias dolorosas, de pasi¢n renovada, pero ya nada fue igual. Ahora, est  aqu¡, tan pr¢ximo y tan lejano, queriendo insinuar un prop¢sito o un proyecto que yo no le ayudo a configurar. Ahora, todo ha cambiado. Pero Yo ya no tengo fuerzas ni para fingir ni para emprender, mejor dicho, no me empe¤o ni en lo uno ni en lo otro. El expl¡cito silencio entre los dos ha durado lo que un juicio sumar¡simo; yo lo he procesado y en sus ojos puedo reconocer el reproche. Ninguno de los dos pronuncia la sentencia. ¨Por qu‚ no rompe, hoy, ahora? Acaso porque espera una segunda ocasi¢n en que duela. Hoy no encontrar¡a bulto; sus palabras definitivas no encontrar¡an un eco dolorido. --Has pasado una mala racha--dice . De ahora en adelante el tiempo trabajar  en tu favor, el tiempo siempre va a favor de la vida. Sin darte cuenta, antes de lo que crees, te despertar s un d¡a llena de urgencias y proyectos. No s‚ en qu‚ sentido se orientar  tu cambio..., esa--parece no atinar con el t‚rmino--: esa evoluci¢n, pero suceder , porque tienes una salud de hierro y la inercia no te va. Romper s a vivir por cualquier costado. Pondr s un puesto de alfileres en el Rastro, o ganar s una beca March para estudiar algo extravagante..., o te dedicar s a los negocios... Ahora, lo s‚, las cosas y las personas no tienen consistencia para ti, pero muy pronto, empezar n a delinearse sus perfiles, volver n a tomar consistencia. Y yo--pareci¢ dudar, reservar parte de lo que quer¡a decir, o hacer memoria--... te agradecer¡a me tuvieses al tanto de tus pr¢ximos indicios de resurrecci¢n para saber a qu‚ atenerme. Escucho su larga parrafada sorprendida, halagada por esa atenci¢n que parece poner en la descripci¢n sintom tica de mi "estado¯. No puedo comprender c¢mo ‚l no ha dado la espantada. Es m s joven, m s fr¡o, tiene intereses profesionales dispersos, la vida lo ha maltratado poco a£n... ¨Qu‚ hace a mi lado, al lado de este n ufrago que yo soy. que ni dejo nadar ni me salvo? Acaso lo retiene a mi lado el remordimiento, ¨o ser  la complicidad? Antes de despedirnos, miro su boca. Su boca es el £nico rasgo de su fisonom¡a que todav¡a me conmueve. Puedo imaginarla aut¢noma, desligada de su persona; sus labios gruesos entreabiertos configuran una criatura perdida, terca y sola. Quisiera escuchar el rumor de mi sangre y no conturbarlo. Decir con ella las palabras sobre m¡ misma que me amisten conmigo misma, A los otros los creo desde dentro, a partir de los pocos datos que me facilitan y que, a veces, malinterpreto, o no.escucho. No importa, los datos son contingentes, nada puede preverse con exactitud; somos un manojo de datos provisionales, ni la temperatura ni el pulso ni el  nimo son constantes. S¢lo en el pasado puedo aprehenderme, seleccionar instantes, proyectar mi visi¢n desfiguradora sobre ellos, incluirlos en los hechos m s significativos de mi vida, tratar de aceptarme en la que fui, ya que no soporto el peso de la que soy. Las palabras definen los contornos y las cosas. Tienen referencias contantes. Las cosas, pesadas, perfiladas, constituidas, est n ah¡ como en un banco de cr‚dito, respondiendo por las palabras que las nombran. ¨Y las otras partes, las otras cosas, las otras presencias, sin l¡mites ni peso espec¡fico? ¨C¢mo nombrarlas? ¨C¢mo hallar su referencia? Puedo hablar y escribir palabras sobre el olor del  rbol de las lilas del huerto de mi infancia, o podr¡a decir del calor, de la temperatura del roce del cuerpo de mi madre envejecida, o intentar expresar el ‚xtasis m¡stico que viv¡ en el breve espacio de tiempo anterior a la traici¢n de ‚l, en aquel ef¡mero intervalo en que asomada a c lidos interiores abisales, no pod¡a sospechar el duro golpe que en el exterior se estaba fraguando contra mi sentir. Pero, ¨ de qu‚ hablar¡a?, ¨qui‚n podr¡a comprobar, el perfume, el tacto, el sentimiento?, ¨qui‚n garantizar mi verdad? El olor a lila es la fragancia de ese  mbito espaciotemporal ilimitado y vers til en que las cosas acontec¡an por ®de repentes¯. De repente, un olor fuerte, dulce, £nico y consabido, era el se¤uelo que me llevaba al rinc¢n m s apartado de la huerta-jard¡n de mi casa. El  rbol de aquella orilla esquinada dejaba asomar, por entre el tr fago de ramas y hojas oscuras, el morado l¡vido, delicad¡simo, atemperado de unos racimos apretados de flores min£sculas que alentaban un perfume almibarado. Aspiraba el aroma ahincadamente, queriendo embebecerlo, sorberlo, y, as¡, conocerlo y, tal vez olvidarlo. Y el olor aquel era colorido, inseparable del tono lila, o amasado con los delicados matices de los ramilletes pendulares. Y aquel perfume, que era una atm¢sfera sutil, de haberlo absorbido yo en una aspiraci¢n voraz, hubiera sonsacado el pigmento, y las m¡nimas corolas tubulares habr¡an empalidecido hasta la anemia, o al menos as¡ imaginaba el proceso simult neo de la actividad de los sentidos. El color lila, tan inusual en la naturaleza, lo aprend¡ en primaveras repentinas, en transacciones arom ticas; me entr¢ por los sentidos primeros, el olfato y la vista, y, ahora, sobre los objetos color lila o por entre las vaharadas de perfume lil ceo, se posa, como una p tina, o como un acento olfativo, la imagen de aquel  rbol ramoso en la esquina de un huerto--que tal vez no exista va--. contemPlado desde dentro Y desde abajo, desde la altura imprecisa de la mirada de una ni¤a que abr¡a sorprendida los ojos a la vida. Y si he de bajarme en la imagen de la memoria para reconocer y revalidar el olor a lila o el color lila, todav¡a alcanzo a sentir, muy cercano en el tiempo, el calor tibio del cuerpo envejecido de mi madre, pegado a la mano o al antebrazo. Esa tibieza que como una mancha se restregaba a mi piel mientras rodeaba su cintura por debajo del vestido, desfaj ndola, para sentarla en el retrete. Es un temple distinto a cualquier otro --todav¡a parezco sentirlo--, que se demoraba all¡, adherido a los tactos largo rato, compitiendo con la pereza, con el mal olor, con la impaciencia de mis ademanes, con la prisa mental con que cumpl¡a esas cotidianas diligencias. La tibieza de su piel cuestionaba mi impertinencia y mi desgana. Aquella tibieza impon¡a un ralent¡ a la brusquedad de mi gesto, desment¡a la sensaci¢n de inutilidad de mis ademanes, atendiendo la desvalidez de mi madre. El calor tibio del vientre de mi madre quedaba ah¡, pegado a la piel de la mano ind¢mita para la ternura, se agarraba a ella--mientras se deslizaba con precisi¢n, eficacia y prisa-- y la reten¡a un instante, la frenaba en su brusquedad, gratific ndola sutilmente de esa breve p‚rdida de tiempo. Cuando yo era capaz de recoger ese recado celular, una savia--¨sabia?-- calma me embargaba. Hasta el final me apacent¢ la temperatura del cuerpo de mi madre. Un cuerpo mec nico, unos ojos sin memoria, una mente sin reflejos, pero una temperatura intacta, conveniente a la m¡a, una piel arrugada y colgajosa, pero entibiecida con el temple exacto y reminiscente de la ternura. Era un punto de calor que me aturd¡a, porque parec¡a aludirme inadvertidamente. Me llamaba desde muy lejos o desde muy hondo, entra¤a o atm¢sfera en la distancia, y la llamada persist¡a largo rato, como llev ndome Por el breve contacto a lejan¡as pret‚ritas. Las experiencias m s verdaderas de la vida las vivimos solos y adem s son intransferibles, incomunicables. No puedo dar a oler a nadie aquel perfume del lilo ni explicar el aplacamiento apaciguante que el roce ¡ntimo del cuerpo devastado de mi madre me transmit¡a. Como tampoco lograr¡a decirlo todo si tratase de decirle a ‚l c¢mo el sentimiento de nuestra relaci¢n fue cambiando, c¢mo de ser un juego vital y espont neo empez¢ a volverse una referencia constante, un n£cleo irradiador de afanes y alegr¡as, que ejerc¡a en la distancia cada vez m s poder, cada vez m s atracci¢n. C¢mo aquella amistad amorosa, circunstancial, estaba a punto de convertirse en la pasi¢n de mi vida, exactamente en el mismo momento en que ‚l reflexionaba si s¡ o si no deber¡a cambiar de vida, casarse con Laurence. Y fue s¡ su decisi¢n y aquel injerto extempor neo de pasi¢n hubo de sofocarse por el dolor, por la dignidad, por el despecho de ®la noticia". Y tampoco ‚l acertar¡a a entender el tal dolor, o el tal despecho, o la tal dignidad. Hab¡amos llegado a la relaci¢n ¡ntima sin compromisos, sin protestas, sin declaraci¢n alguna de derechos o deberes, s¢lo el deseo intermitente de estar juntos, de vernos con frecuencia, de sentirnos cerca despu‚s de d¡as o meses de alejamiento, confinados en nuestras respectivas tareas y en existencias paralelas. Una llamada, una cita inapelable, un abrazo espont neo, eso era todo. En muy escasas oportunidades el abrazo se ampli¢ a encuentro breve que se alarga dos o tres d¡as. Fue a ra¡z de uno de estos encuentros, que ‚l llamaba par‚ntesis, y que en realidad lo eran, s¢lo que a m¡ la met fora ortogr fica me parec¡a desmerecedora. Esos par‚ntesis para m¡ eran peque¤os cielos, como nubes acolchadas a las que me encaramaba desde este valle de l grimas. Lo de aqu¡ abajo quedaba est tico, detenido, como en un relato surrealista, mientras yo viv¡a ®el encuentro¯. Fue a ra¡z de una de estas escapadas cuando yo empec‚ a darme cuenta de que aquella relaci¢n estaba tomando una consistencia imprevista, estaba gravitando con peso espec¡fico, tirando de m¡ en todas direcciones. Como si la atm¢sfera de la nube me hubiera acompa¤ado aqu¡ abajo, segu¡an oy‚ndose palabras amorosas, susurros; rehac¡a en soledad las caricias de sus manos, buscaba el aislamiento para entregarme al recuerdo reciente, lo alargaba de modo inflacionista, lo llevaba pegado a los ojos y lo estampaba, como una calcoman¡a sobre el suceder cotidiano; una reverberaci¢n generalizada me sorprend¡a adondequiera que mirase. F‚lix, de ser m s desconfiado, hubiera podido barruntarlo. Yo sent¡a y viv¡a la presencia del otro en todo lo que hac¡a. Fue despu‚s de aquel encuentro £ltimo cuando mi pensamiento me entreg¢ al recuerdo de su trato, a la imaginaci¢n de nuevas situaciones, al soliloquio enajenante. En alg£n momento pensaba cu l ser¡a la reacci¢n de ‚l, pues no nos hab¡amos vuelto a hablar y cre¡a que cuando los sentimientos se desbordan y anegan una personalidad, habiendo brotado de un trato ¡ntimo, la reacci¢n en los part¡cipes deb¡a de ser parecida. Tal vez ‚l estuviera asombrado, asustado, de comprobar la envergadura que tomaba en s¡ mismo aquella relaci¢n, si no fr¡vola en sus comienzos, s¡ totalmente liberal. Yo no hac¡a ning£n plan material, me contentaba, sin vista, sin o¡do y sin presencia del amado, con enriquecer lo rememorado e imaginar pr¢ximos encuentros, proponi‚ndome no desperdiciar ninguna oportunidad que me dejase mi situaci¢n matrimonial y que los contingentes planes de ‚l me ofrecieran. No, los copart¡cipes a veces van desacordados. ‚l no tem¡a ni se asombraba de la magnitud del sentimiento, ‚l hab¡a tenido que tomar una decisi¢n importante que iba en contra del sentimiento, que lo sofocar¡a. Conoc¡a a Laurence desde hac¡a a¤os; se ve¡an en vacaciones y se escrib¡an asiduamente. --Es una amiga con quien paso ratos muy agradables. Tiene una gran formaci¢n. Es generosa, volcada hacia los dem s. Si pensara en casarme, ella ser¡a la mujer ideal. Pero no necesito casarme, ni quiero casarme. A veces pienso que vivir‚ y morir‚ solo, como un ogro. --Yo ir‚ de vez en cuando a la guarida--respond¡ yo en broma, conjurando el leve peligro que los elogios a Laurence pod¡an suponer para nuestra relaci¢n. --Nadie lo impedir  nunca--aseguraba ‚l, con la generosa ret¢rica a ultranza de los j¢venes. Laurence, en ese momento preciso en que yo parec¡a caminar sobre ascuas de un sentimiento que pod¡a quemarme, en ese tiempo en que me hab¡a olvidado de su existencia, y en que pens‚ que tambi‚n ‚l la hab¡a pospuesto de su horizonte, Laurence, la generosa Laurence, hac¡a planes para s¡ misma, y en esos planes est bamos implicados y afectados otros seres. Laurence hab¡a solicitado formar parte de una misi¢n etnol¢gico-ling¡stica, dependiente de la UNESCO, para realizar investigaciones en la zona amaz¢nica de Brasil. De ser aceptada su petici¢n, deber¡a firmar un compromiso por tres a¤os. Se lo comunic¢ a ‚l, le pidi¢ su opini¢n, le dijo que ‚l era la £nica persona capaz de hacerla cambiar de prop¢sito. A ‚l, perro del hortelano, no le cay¢ bien la decisi¢n de ella, lo envisc¢. Quiso que lo discutieran, que se viesen. Ella vino a Madrid antes de recibir la respuesta de la UNESCO. Estuvo veinticuatro horas--me cont¢ ‚l--. Regres¢ a Francia decidida a renunciar, a cambio se llevaba la propuesta en firme de matrimonio. Las condiciones, seg£n ‚l, fueron dur¡simas. Ni partes de boda, ni ceremonia con invitados, ponerse a vivir juntos, legalmente unidos ella no hubiera aceptado por sus convicciones religiosas otro tipo de convivencia--, con respeto mutuo y sin exigencias de ninguna clase. Es innecesario recordar los detalles de aquel desventajoso trato previo a la boda con Laurence. ‚l se empe¤¢ en contarme pormenorizamente la situaci¢n de que quer¡a partir en esa experiencia de matrimonio liberalizado. Yo apenas pod¡a creer lo que estaba oyendo, yo deseaba no escuchar, no saber, y ten¡a que esforzarme en adecuar mi actitud a la m scara de elegante indiferencia y de afecto comedido con que quer¡a encajar el golpe. No es un hombre guapo, pero aquel d¡a lo encontr‚ hermoso, hab¡a en su rostro esa irradiaci¢n inconfundible de quien ha tomado una decisi¢n esencial. Se le notaba tambi‚n orgulloso de haber presentado lo que ‚l llamaba sus ®duras condiciones¯ y de que le hubieran sido aceptadas. En su gesto, en el adem n con que encend¡a el cigarrillo, hab¡a una especie de desbordamiento contenido que me her¡a m s que una grosera alegr¡a. Las explicaciones, las confidencias, la sinceridad y la necesidad de dec¡rmelo todo antes de irse para Francia, indicaban hasta cierto punto, s¢lo hasta cierto punto, una atenci¢n hacia mi persona, una consideraci¢n hacia el significado de nuestra relaci¢n, s¡, pero eran una atenci¢n y una consideraci¢n corteses, correctas, externas--aun siendo confidenciales sus palabras--; ten¡an que ver con los usos sociales, con el ®quedar bien¯ o el ®portarse bien¯, no ten¡an nada que ver con la persona, con ese otro ser al que un par de meses antes abrazaba estrechamente. Yo nunca pude exigirle nada, menos entonces en que su actitud parec¡a apelar a la escueta correcci¢n. ‚l nunca me hab¡a jurado celibato eterno ni me hab¡a pedido que yo abandonase a mi marido, ni siquiera hab¡a creado nunca problemas con requerimientos caprichosos. Pero pod¡a comprender que detr s y dentro de la mujer correcta, educada, ®con clase¯, estaba la otra, la mujer sin m s, la que se entregaba fuera de s¡, la que gozaba y hab¡a llorado de emoci¢n en sus brazos. Para ‚sa no tuvo una sola palabra. La exterior, la comedida, la mundana yo, pudo sentirse resarcida. Los motivos que ‚l aduc¡a--ni siquiera los entend¡ muy bien--pod¡an configurar el remedo de una disculpa, pero para la otra no hab¡a ni una sola palabra. La desnuda de trajes, de se¤as, de posici¢n, la que muda atestiguaba su amor, no era tenida en cuenta en la despedida, no recib¡a disculpas, ni explicaciones, ni agradecimientos; quedaba rota, en la oscuridad de las horas de amor, tendida al lado del camino que lo llevaba a ‚l a la vicar¡a. S¢lo cantamos justo en las ramas de nuestro  rbol geneal¢gico. Querido Max Jacob, hay quien tiene mal o¡do y desafina en toda ocasi¢n; y de ‚stos, de los que desafinan, hay quien lo sabe y hay quien lo ignora y nos ensordece con sus trinos desentonados. Siempre me gust¢ sentirme p jaro, sentado en un alero solitario, escuchar los desvar¡os de mi coraz¢n, o p jaro geneal¢gico que recorre la enramada familiar, picotea aqu¡ y all , y, acaso, trina guturalmente. Me tra¡a por las ma¤anas un cestito lleno de cerezas recientes. Frescas, amanecidas, albas, rojas, las com¡a con gandici¢n, con gula. Pero, acaso, pienso ahora, se trataba de interpretar una gula glotona, asignada a m¡ misma por la expectaci¢n de mi padre; ten¡a que corresponderle, comiendo a la tr gala, empapiz ndome, como los perros sorben la leche. No me cab¡a la actitud desganada o despectiva, ‚l aguardaba mi entusiasmo atragantado ante el agasajo fruct¡fero. Hab¡a cerezas sueltas, cerezas pares, tr¡adas de cerezas. El apetito se estragaba despu‚s del suculento despertar. Ya no me acuerdo del sabor sazonado de las cerezas. Ya no s‚ si la ni¤a fing¡a o devoraba con ansias. Ya no s‚ si existe el  rbol que daba cada estaci¢n su fruto. No existe el hombre que lo recog¡a al alba para regalar ma¤aneramente a la ni¤a... Hubo otras ma¤anas de brusco despertar. Unos brazos desmesurados la arrancan de las s banas, la arrastran al exterior. Tal vez una mu¤eca queda desparramada en el suelo. Unos p jaros grises sobre el l¡mpido cielo azul lanzan r fagas de fuego a las casas, a los hombres, a los ganados. A la ni¤a la entierran en una vara de hierba. Miles de alfilerazos la pinchan, un vaho ardiente la oprime, el abrazo del heno seco la ahoga. La sacan desmayada del refugio cuando los buitres han desaparecido. Ya no hay buitres en ese cielo sino p jaros convencionales. Ya nadie arrebata a la ni¤a de su sue¤o. Ya no ametrallan las casas, los ganados..., s¡ siguen ametrall ndose los hombres. Necesito silencio, estar sola, irme, volver all . Quisiera tener, como so¤¢ solicitar Salom¢n, discernimiento de juicio para conocer el bien y el mal, para reconocerlos en la conducta, en la de ‚l y en la m¡a, sobre todo en la m¡a. En realidad, m s que aceptarlo a ‚l, o aceptar su propuesta, me importa aceptarme a m¡ misma, ser capaz de pensarme sin despreciarme, sin odiarme, sin condenarme. Pero un coraz¢n juicioso no se tiene con quererlo, ni a dios ninguno le es dado conced‚rnoslo. Despu‚s de muchos despertares en el error, en la equivocaci¢n, en la intransigencia, acaso, en la traici¢n, el coraz¢n empieza a querenciar la estabilidad del ®fiel¯. Como si su despedida y su partida inmediata para Choisy hubieran desencadenado todos los malos augurios sobre mi hor¢scopo, al dolor de coraz¢n se unieron las molestias f¡sicas, una fuerte sinusitis--versi¢n moderna de las l grimas de amor cort‚s medieval-- Contemplo mi vida hacia atr s, como un panorama del que estuviera separada. Como ventanas o como lienzos en la pared, puedo captar etapas, momentos. La infancia en Carabias, lo de dentro y lo de fuera; los olores caseros, las masas de dulce, en trenzas o medias lunas, la caldera de la confitura, el calor de la lumbre, la seguridad y el engreimiento de unas palabras de reprimenda. Y lo de fuera..., el olor silvestre, los frutos que por primera vez configuran sus redondeces entre las ramas, los cielos, los montes, los otros... Y mi madre, como una presencia, sin rostro. No s‚ ver la cara que mi madre ten¡a en mi ni¤ez; la sent¡a a trozos, por partes: o unas manos, o un perfume cosquilleante, o un regazo..., no s‚ figur rmela entera, de una pieza; no s‚ destacarla a ella sola en perspectiva. De mi madre joven, s¢lo sabr¡a decir que era una mujer seria, tan comedida..., tan contenida..., que parec¡a amargada. Y sin embargo, la £ltima, la de la cabeza perdida, la insegura de gesto y palabra, la desvalida y titubeante, la tengo siempre presente, incluso como premonici¢n.... s¡, me pasa a veces: a veces, en un gesto, al calzar un zapato, al agarrarme a un pasamanos, en un cierto titubeo, me parece estar anticipando la que ella fue, la ella £ltima y anciana. Me siento ser, en esos fugac¡simos ademanes, en fulguraciones espor dicas, v stago y copia, como si la sangre corriese por sendas precisas que anuncian lejanamente la esclerosis y la torpeza de la que ser‚. Joven y fuerte todav¡a, capaz de arrebato y de pasi¢n, en alg£n escorzo intuitivo, en cierto adem n desma¤ado o precavido, sin materializar la sospecha, algo me retrotrae al futuro, a la futura yo, y la compadezco y la envidio a la vez, y una especie de ternura ben‚vola--que no s‚ si es por m¡, si es por ella, por la copia que de ella yo ser‚--me apacienta y me desasosiega. De la adolescencia afloran escenas uniformadas, de colegio, reflejadas en una superficie acuosa, como de estanque entorpecido, al que lanzo piedras para borrarlas y desparramarlas en ondas conc‚ntricas. Luego, fascinada, vuelvo a mirar cuando se produce el milagro de su resurgimiento. La colegiala aplicada, la colegiala traviesa, los comadreos de las monjas, las primeras envidias, los primeros rencores, los grandes ef¡meros amores... El s¡mbolo de la uniformidad se concentra en el cuello duro, blanco, almidonado, en que tamborilean las puntas ociosas de los dedos. Los tres cuellos duros que renovaba cada semana, que recog¡amos cada s bado en el taller de la planchadora, albos, redondos, pinchados con un alfiler en el extremo de la tirilla, envueltos en papel de seda. El olor del taller de planchado, a vapor embebecido, a ropa blanca, c lido, aplaciente. Y ese saber que era un conocer implacable que nos echa encima la vida: ®el oficio de planchadora es muy insano; casi todas acaban enfermas del pulm¢n¯. Y, as¡, las cosas m s simples, m s sencillas, se van llenando de connotaciones, van haci‚ndose m s s¢lidas, m s opacas. Lanzo otra piedra al estanque y aparece un patio de recreo: una escena parada, que la distancia congel¢, arranca de nuevo: guardapolvos blancos sobre uniforme negro, las colegialas revolotean. Como palomas que se envician en la querencia de una plaza antigua, los coros se hacen y se deshacen, las manos se trenzan en parejas, los hombros se juntan en grupos, en un clima alternado de abandono, de rencillas, de favoritismo... O veo un despacho severo y renacentista donde conozco la humillaci¢n por no haber llevado el dinero para una limosna, o para una imagen religiosa, o para un regalo--ya no me acuerdo--..., que hab¡a solicitado la superiora. ®No somos ricos¯, la justificaci¢n de mi madre resuena con rabia, sin rostro, sin figura, como una herida enconada, como un odio indestinado... Y la frase, sin boca y sin bulto, se entra¤a, se hace eco dolorido, y golpea muy adentro, muy hondo, toda una larga tarde, mientras apoyo los codos en un pupitre y hago que leo las p ginas de un libro: ®no somos ricos¯, ®no somos ricos¯. La etapa juvenil, de flirteos, de espejismos amorosos, de titubeos, de indecisiones, de ramalazos m¡sticos, o de sue¤os rom nticos, destienta mi atenci¢n. La inestabilidad de prop¢sitos, me da una imagen abocetada de m¡ misma de la que me desintereso. No s‚ por qu‚ dicen que la juventud es la mejor etapa de la vida. All¡, en aquella juventud desma¤ada bes‚ por primera vez, bes‚ mis propios labios en la boca que reflejaba la fr¡a superficie del espejo. Mi aliento calentaba el cristal en un vaho empa¤ado y el espejo devolv¡a el roce imperturbable; los ojos de mi mirada se retiraban extra¤ados de esa proximidad tan ¡ntima Y desacostumbrada. La imaginaci¢n puede abarcar la etapa del matrimonio como un todo. Si en los primeros a¤os me rebel‚ contra aquella insolubilidad que compet¡a con la idea de libertad, de independencia, de individualidad, si renegu‚ de aquel estado que clausuraba afectos anteriores, que suspend¡a intereses, que controlaba desplazamientos y palabras, que frenaba espontaneidades, subrepticiamente fui sinti‚ndome encajada en ‚l, hasta llegar a la naturalidad. Cuando alguien para halagarme, para afirmar mi aspecto juvenil, preguntaba, asombr ndose: ®pero, ¨es usted casada?¯, yo respond¡a: "Tengo la impresi¢n de que he nacido casada.¯ A tal punto lo anterior hab¡a quedado relegado en las brumas de un tiempo quim‚rico. La mujer se define en relaci¢n al hombre. La mujer no es nada o no sabe lo que es en general--hasta que no conoce al hombre. Y no hay otra forma de conocer al hombre que la de hacer el amor con ‚l noche tras noche. Las tesis feministas que sostienen la prescindibilidad del var¢n son una deformaci¢n, una transgresi¢n natural, que lleva a la idolatr¡a de la matriz y a la formulaci¢n de esl¢ganes tan hiperb¢licos como ‚se que circula por ah¡ ahora mismo: ®El £tero es nuestro, la producci¢n de lo vivo nos pertenece.¯ Yo empec‚ a encontrarme a m¡ misma a trav‚s del abrazo con el hombre. A medida que el cuerpo iba liber ndose de prejuicios y aceptaba la realidad del placer, las verdades inmutables eran cuestionadas e iban perdiendo validez, consistencia, permanencia. Y la mujer que las cuestionaba adquir¡a la solidez que perd¡an las verdades provisionales, una solidez hecha de ambigedades, de relatividad, de suspensi¢n de juicio. Dentro del bloque compacto que es mi etapa matrimonial, hay vetas, incrustaciones, transparencias, n£cleos cristalizados que s¢lo se presienten por entre el magma de la costumbre de convivir. El recogimiento de una gota cristalina que perfor¢ pacientemente la dureza y asent¢ su claridad incontaminada en el tr fago de experiencias superpuestas. Su brillo centellea oculto y humilde, gui¤ando en lo oscuro, se¤alando la humanidad de su tesoro. En toda relaci¢n yacen dormidas palabras preciosas, como gotas de roc¡o, que se acostaron un d¡a para quiz  nunca despertar a la luz. En toda relaci¢n hay tambi‚n palabras odiosas, palabras met licas, de acero, que atraviesan como cabezas de lanza la piel del recuerdo. Ahora que mi etapa matrimonial ha quedado bloqueada por la muerte de F‚lix, puedo recogerla en la memoria, moldearla como una masa d£ctil, exponerla a la perspectiva de la luz, o hacer que las sombras jueguen en sus huecos, o se asomen a trav‚s de sus espacios abiertos. Puedo acercarme, abarcarla con mis brazos, o recular, contemplarla en una perspectiva que rectifico a voluntad. Exactamente como veo a F‚lix, como puedo--ahora que no est --estar con ‚l sin estorbos de ninguna clase. Ahora que ‚l ha suspendido definitivamente el juicio sobre m¡, es cuando yo puedo encontrarlo, m s all  de las sospechas y de los disimulos, m s all  de las traiciones, en ese espacio exclusivo, suyo y m¡o, que nadie ha podido invadir nunca, que nadie ha podido disputar. Ha tenido que morirse para vencer yo mis escr£pulos, para llegar a conocer la buena ley de mi fidelidad, para convencerme de que nunca, en el abrazo al otro, yo lo estaba ultrajando. Ahora que nuestra relaci¢n es ya un pasado es cuando yo tengo conciencia clara de todo su valor, de toda su riqueza, de los distintos matices que la hicieron ser la que fue y no otra. El pasado ha quedado definido, limitado, quiz  inconsiderado a£n, pero ya no puede ser modificado por el futuro. Exactamente igual que su enfermedad: ya no puede aparecer una nueva met stasis. Ya no voy a despertarme sobresaltada, o la angustia no va a sacar bocados en el hueco de mi esperanza cuando un s¡ntoma equ¡voco plantee un interrogante fatal. Ahora tengo el cuadro cl¡nico completo. Ahora puedo enfrentarme al hombre verdadero, al que fue, y puedo ofrecerle el careo de la mujer que yo fui para ‚l. Y ahora que ‚l se ha ido, es cuando puedo volver al pasado de nuestra relaci¢n sin miradas de soslayo, sin bajar los ojos, sin temer las palabras, sin que lo de fuera perturbe. Ahora que nuestra relaci¢n no puede ser ya afectada, ahora que yo no puedo ya conseguir nada de ‚l: ni su alegr¡a, ni su perd¢n, ni su comprensi¢n, ni su dolor, ni su odio, ni su indiferencia, es ahora cuando desde la sinceridad, desde la verdad inafectable de mis posibles confesiones, podr¡amos mirarnos ®de hombre a hombre¯, y aceptarnos incondicionalmente. ¨Todo consiste en la palabra, pues? Al menos la palabra es la que prefigura el acto y la que lo describe; pero la palabra es, asimismo, una entidad perteneciente al vocabulario, donde aprendemos su significado, y ese vocabulario primero, por el que s¢lo nombramos, remite a otro y a otros. Remite a un vocabulario moral, o a un directorio moral, o a un c¢digo de valores o de costumbres, y en esos vocabularios segundos es donde el receptor de la palabra encuentra, definidos por la ley, por la moral, o por la costumbre, la respuesta o la acepci¢n £ltima que debe dar a la palabra: alegr¡a, perd¢n, comprensi¢n, dolor, odio, indiferencia. Los vocabularios y los c¢digos son universales mientras que nosotros nos sabemos £nicos y diferentes. Lo que nos lleva a obrar es un c¢digo personal inestable e irrepetible que libremente nos requiere y libremente nos obliga. Desde la transparencia de nuestros c¢digos personales que informaron nuestros hechos de conducta, podr¡amos entendernos. Es esa transparencia de mi c¢digo personal la que se me revela ahora frente a la conciencia muerta de F‚lix. Este todo que es nuestra relaci¢n, tomado en el conjunto de sus a¤os de duraci¢n y en la completez de su realizaci¢n, me posibilita mantener un di logo sincero con ‚l, rehacerme yo frente a ese existir rec¡proco. Y ese ser definido ya por la muerte es una presencia inmortal en mi vida que no condiciona mi sinceridad. Para siempre puedo ya volver a la memoria de nuestro pasado en com£n y aceptarlo y aceptarme en ‚l, porque todo el mal que dese‚ e hice queda compensado por todo el bien que dese‚ y de que fui capaz, y porque hay un n£cleo £ltimo de fidelidad que nunca ha sido violado. No puedo decir lo mismo-de mi relaci¢n con mi madre. Se trata, sin duda, de-un cari¤o irracional, m s instintivo, o m s primitivo e incontrolado. Pero yo siento que traicion‚ a mi madre. Ante su recuerdo no puedo absolverme. F‚lix ha adquirido ya su perfil definitivo. La muerte, testigo de cargo, ha dicho la £ltima palabra sobre su biograf¡a. Ahora puedo yo abrirme a la verdad,-ya no necesito obedecer las ¢rdenes rigurosas del cirujano, y negar evidencias; ya no estoy obligada a ocultarle a ‚l nada, ni siquiera mi dolor; no tengo que sorber la angustia, ni que discurrir en alta voz sobre los s¡ntomas, a favor de la sospecha, primero, para, luego, m s eficazmente refutarla. Ya no tengo que sofocar las ganas de llorar,-o las ganas de dormir, de dormirme, horas, d¡as, largo tiempo. Porque las l grimas, l grimas secas que no afluyeron, enjutados los tejidos, rasos los iris, vinieron a irritar m s tarde, a pedir salida m s tarde, o a configurar un desahogo, m s tarde, mucho despu‚s, antes no. Porque antes que las l grimas empozadas fueron la frialdad y la dureza del golpe las que me sobrecogieron. Como si me hubieran estampado contra un muro, me confundi¢ la noticia. El diagn¢stico fatal era inapelable. ®F‚lix tiene c ncer de pulm¢n, con varias met stasis; la tumoraci¢n de la cabeza es una de ellas.¯ No s‚ c¢mo en t‚rminos bioqu¡micos se habr  producido la penetraci¢n de la noticia y la reacci¢n en mi cerebro; pero, despu‚s de las frases aut¢matas que pronunci‚, ®¨c¢mo es posible?¯, ®¨qu‚ se puede hacer?", ®¨cu nto... cu nto tiempo?¯, despu‚s, despu‚s, fue cuando a solas recog¡ el recado de muerte y desolaci¢n que acababan de comunicarme y una heladora claridad se produjo en mi discernimiento: ®Nunca me hab¡a pasado nada hasta ahora". La vida hab¡a sido un tanteo de cosas buenas y malas, una aproximaci¢n al dolor y la nausea, un torpe ensayo general. All¡, en aquel espacio de la sentencia de muerte, yo comprend¡ que todo lo sufrido hasta entonces hab¡a sido un aprendizaje, f cil y c¢modo, vagas premoniciones, del golpe duro y seco, fatal, que me aguardaba a la esquina de mis cuarenta a¤os. Golpe de una traici¢n absoluta, golpes ®como del odio de Dios", los llama el poeta, y yo hasta entonces no supe calar en verdad el poema. Me sent¡ estafada; para recibir esta afrenta no me serv¡a mi experiencia anterior, nada de lo vivido, ninguna otra impresi¢n ten¡a equivalente. No ten¡a nada que ver con una frustraci¢n social, con un enfado o una discusi¢n de amistad, o una ruptura de familia, no pod¡a compararse a un fracaso o a un error profesional... En cualquier ®mal¯ momento (entrecomillaba el mal conocido porque la referencia pecaba de deflaci¢n, ante la radicalidad con que ahora se connotaba), hab¡a surgido, paralela al abatimiento, una recomposici¢n del mundo, o una rehabilitaci¢n posible, o una duda, o una explicaci¢n, o una venganza. Ahora ning£n recurso mental me hac¡a reaccionar, el peso de la noticia me atenazaba la garganta y colgaba como un badajo que golpease en hueco las hondas paredes del alma. Y sobre aquel dolor impar, se impon¡a, adem s, la receta m‚dica, la orden de disimular: ®que ‚l no sepa¯, ®que sus sospechas se contradigan, que siempre quede destruido por el razonamiento el p lpito del temor¯, ®negar, negar siempre, negarlo¯. Y la puesta en pr ctica de inmediato de las etapas de la terap‚utica a seguir, prevenir los detalles, alertar a la familia, saber yo, saber lo m s posible sobre el caso. No, no pude recogerme en aquel dolor y vivirlo exhaustivamente; no pude apartarme, como animal acorralado, a un rinc¢n fosco, y abandonarme al halo de dolor de la carne exfoliada. No, tuve que actuar el disimulo, la naturalidad, la intrascendencia. Por primera vez la realidad me her¡a con el golpe ciego de una mano invisible, la vida se me revelaba como una resistencia invencible, y la vida misma me impon¡a unos gestos, unos ademanes, unas palabras, que contrariaban mi deseo de disoluci¢n en el dolor, de aniquilamiento. "Que la vida no nos d‚ todo lo que somos capaces de soportar¯, le hab¡a o¡do decir repetidas veces a mi madre, cuando nos quej bamos de algo. En efecto, todav¡a se pod¡a sufrir m s. ®¨Todav¡a m s?¯ S¡, sin duda. Sin embargo creo que la sensibilidad al sufrimiento tiene un tope, al que llega desgajada de la normalidad, y que ese tope, aleaci¢n de instinto e inteligencia, levanta una pantalla imaginativa para que la atenci¢n del sentimiento herido no se desmande. Sobre aquel dolor primero, impar e intransferible, celosamente guardado empez¢ a configurarse la actuaci¢n de la persona qu‚ en aquel trance F‚lix necesitaba a su lado ¨C¢mo iba a mirar a aquel hombre que en el transcurso de un tiempo brev¡simo hab¡a sido sentenciado? ¨Como tener el valor de hablarle de temas inanes cuando su vida iba a ser acometida a traici¢n inocente y desprevenido de la infamia que se tramab  contra ‚l? ¨C¢mo poder convivir, configurando proyectos inmediatos o haciendo suposiciones de futuro en las que ‚l --ignor ndolo--ya no estar¡a? ¨C¢mo asumir la crueldad del destino y pensar t citamente, detr s del ®cuando...¯ futuro, el ®t£ ya no estar s¯ o ®t£ no est‚s" Cerrarle la puerta al ma¤ana, a las cosas hermosas, a las novedades, a los cambios, al descubrimiento constante, a la aventura, modesta o extraordinaria, que es ‚l. El ®cuando t£ no hab¡as nacido¯ de mi incursi¢n a la vida, era como un remordimiento ajeno, era una pelota que me lanzaban y que yo no era capaz de apresar con mis manos gordezuelas e inexpertas, pero el ®cuando tu no est‚s¯, in‚dito, que apostillar¡a tantas frases suyas o m¡as o de los otros--s¢lo en la amenaza de muerte nos damos cuenta de cu nta parte de futuro en proyecto desaloja nuestro presente--, era un remordimiento propio, un abuso de confianza, el injusto disfrute de un privilegio. ¨Por qu‚ ‚l, por qu‚ no yo, por que no otros?... El suertero lo hab¡a elegido a ‚l, pero todos ‚ramos un poco culpables.