##205# Adem s para eso tambi‚n hab¡a remedios: un poco de ®ginseng¯ por las ma¤anas en el desayuno y no hab¡a chaval que se atreviera a competir con ‚l. En cualquier caso eso era lo de menos. Porque lo que perd¡a en intensidad y frecuencia lo hab¡a ganado en maestr¡a. Claro que tambi‚n hab¡a perdido entusiasmo. En eso Jano ten¡a raz¢n. Hab¡a terminado por reconocer que el tema no daba para mucho, ­y no es que lamentara las energ¡as que le hab¡a dedicado durante aquellos a¤os!; no era eso, sino la convicci¢n de que lo importante tal vez estaba en otro lado. Adem s se hab¡a acostumbrado a un cierto pragmatismo y a no pedirle peras al olmo. Ya hab¡an pasado los fogosos a¤os del amor ¨rom ntico? No, en realidad nunca crey¢ demasiado en eso del amor. S¡ en el deseo y... y lo del deseo, ya se sabe, es cosa que conviene renovar que conviene seguir atizando porque si no... ahora con el tiempo hasta empezaba a entender a los eremitas... los cinco dedos, por ejemplo, ­La cantidad de quebraderos de cabeza que pod¡a haberse evitado y sobre todo la cantidad de tiempo que pod¡a haber empleado en...! ­Claro que tambi‚n tuvo su encanto...! Ahora, en cambio, se hab¡a acostumbrado demasiado a una cierta pasividad... no es que hubiera perdido la iniciativa, ni que pensara, como Ricardo, que lo mejor era una chica d¢cil y que no diera quebraderos de cabeza. Aunque hab¡a que reconocer que era eso a lo que tend¡a cada vez m s. Porque las mujeres de su edad estaban todas metidas en un rollo muy feo. Claro, la edad: incapaces de ir al grano y disfrutar sin comerse tanto el coco. Con las m s j¢venes la cosa funcionaba mejor. Por lo pronto estaban m s desinhibidas y adem s se hab¡an ya habituado a que no conviene hacerse demasiadas ilusiones. Aunque Maruja estuvo a punto de... pero Maruja era un poco distinta. ­Menos mal que se dio cuenta a tiempo de que el tema marchaba por derroteros no queridos y supo cortar a tiempo: t£ en tu casa y yo en la m¡a! ®Una pasta --hab¡a dictaminado Ricardo, en cuanto la vio--, de las que se hacen las aut¢nomas y en cuanto pueden te echan el lazo... Adem s t£ est s a punto de caramelo. Eres el soltero de oro.¯ Divorciado, puntualiz¢ Ernesto, pero sab¡a que Ricardo no se equivocaba. Maruja le hab¡a conocido en un momento de debilidad. Y la verdad es que resultaba tentador ese aire suyo como de ni¤a independiente que de pronto se volv¡a madrecita ordenada... Jano dec¡a que ellas, todas, son de otro g‚nero y en lo del g‚nero pon¡a no desprecio, pero s¡ un acento diferenciador que Ernesto estaba decidido a compartir. Antes, hac¡a a¤os, le intrigaba un poco esa manera suya de ser diferentes, y tal vez en esa diferencia, en ese modo tan peculiar de reaccionar ante las m s diversas situaciones, estaba el punto que le atra¡a; pero luego se dio cuenta de que aquello era un co¤azo, algo completamente ininteresante y que s¢lo conduc¡a a una especie de verborrea verbal, a un autoan lisis de primero de bachillerato y a una p‚rdida real de tiempo. ®Ellas s¢lo buscan ahogarte, castrarte, asfixiarte¯, sentenciaba Ricardo. ®T¢malas y d‚jalas¯, dec¡a Jano, que, por otra parte, se hab¡a metido en una historia absurda con una ginec¢loga de Barcelona, que le llevaba m s derecho que un... Claro que ‚l estaba convencido de que no era as¡, y de que ten¡a una relaci¢n moderna y c¢moda. C¢moda s¡ deb¡a serlo, porque la ginec¢loga pr cticamente no aparec¡a por Madrid... dos veces al mes y durante esos dos fines de semana Jano se dedicaba a su doctora con un entusiasmo de primerizo. Y Ernesto pensaba que Jano estaba atrapado y adem s atrapado por un sargento de caballer¡a. Porque la ginec¢loga era de armas tomar..., una de esas mujeres, que Ernesto aborrec¡a, de polvo programado y horario de visitas. Con los a¤os hab¡a aprendido que, aunque las cosas parecen muy f ciles, no lo son tanto. O s¡ lo son, pero no c¢mo ‚l cre¡a antes. Cada cual tiene lo que se busca. Maruja, por ejemplo, era una tipa que aparentemente no era muy complicada, de estas que se te entregan y est n dispuestas a seguirte, aunque no era tampoco una mu¤equita. Las mu¤equitas para Ricardo... A ‚l las mujeres ten¡an que distraerle... es verdad que la mayor parte de las veces no se enteran de la misa la media y tienen siempre en la cabeza el ovario, como dec¡a Ricardo; pero sin buscarlas marisabidillas--no hay cosa que menos soportara que una de esas t¡as que est n siempre a la £ltima en todo y quieren quedar en cualquier reuni¢n, en cualquier situaci¢n por encima de su hombre-- no, no resabiadas, ni co¤azos, pero s¡ con una cierta sensibilidad, con... porque... cuando uno se despierta... claro que luego viene lo del desayuno, empiezas por darte cuenta de que te gustan esos despertares y acabas tom ndote el zumito, los huevos fritos, un poquito de caf‚ caliente y... Y es que por otro lado tampoco lo otro es muy compensador: ir de caza como Ricardo es casi tan fastidioso como... Al principio la cosa tiene su aquel, pero poco a poco uno empieza a aburrirse de trasnochar, beber como un cosaco, tirar los tejos, esperar a que esa rubita... Adem s ‚l nunca hab¡a sido un don Juan y cada vez le daba m s pereza. Hab¡a conseguido ya, eso s¡, un cierto dominio de las situaciones, unas cuantas frases adecuadas y--ten¡a que reconocerlo, aunque volv¡a a ponerle de mal humor--un saber explotar su condici¢n de... ®Qu‚ m s quieres--dec¡a Ricardo--. Se te dan como hongos y es que... estamos en Jauja... querido... cuarentones de buen ver con un buen sueldo y... tampoco somos tontos que se diga... como hongos, te lo digo yo.¯ Y era verdad que no resultaba muy dif¡cil. Aunque s¡ cansado. La ventaja es que hab¡a comprobado que tampoco ten¡a ya las mismas necesidades... de vez en cuando, s¢lo de vez en cuando... uno se conserva m s joven si... Adem s, como anta¤o, segu¡a convencido de que lo que no se usa se gasta... Y luego la vanidad... ®Vamos de subida de moral¯, dec¡a Jano, cuando se le pon¡a el cuerpo golfo. Y realmente uno se sent¡a mejor cuando la noche no se daba mal y, por lo general, no se daba mal casi nunca. ®Si est n todas deseando, hombre, deseando.¯ ®Ellas lo necesitan m s que nosotros--comentaba Jano--. Para ti o para m¡ es, bueno, algo que hay que resolver para que no se atragante, para ellas... el mundo... Las j¢venes porque te ven como el mago de sus sue¤os, las maduras porque se sienten m s solas que la una y no tienen d¢nde caerse muertas y se derriten en cuanto alguien..., y las de nuestra edad porque todav¡a esperan que...¯ Esa distinci¢n a Ernesto le resultaba curiosa, pero sab¡a que era oportuna: maduras para Jano eran simplemente mujeres que lindaban los cuarenta, pr cticamente como ellos, mientras que las de su edad eran de las de treinta a treinta y seis, es decir ligeramente m s j¢venes, pero todav¡a... ®casaderas¯, sentenciaba Ricardo. ®Son las m s peligrosas.¯ ®Las maduras--dec¡a Jano--se contentan con poco: un polvito que las devuelva la sensaci¢n de que todav¡a siguen vivas y... apenas exigen nada m s... las j¢venes, a parte de que son un encanto, se atreven poco porque... aunque todas desean lo mismo: echarte el lazo, las m s j¢venes creen que no deben precipitarse, que eres demasiado importante para ellas, alguien con quien es peligroso jugar en serio y se dejan a ver qu‚ pasa con la esperanza de que acabes picando el anzuelo, pero al mismo tiempo sin mucha angustia. Los tienen a montones, los que quieran. Para ellas somos la voz de la ciencia, el querido papa... pero por eso apenas exigen... Pero las treinta¤eras..., ­fatal!, saben ya todos los trucos y todav¡a te miran como diciendo: y si t£ y yo, corazoncito, fu‚ramos capaces de arreglar nuestras tristes vidas solitarias..., t£ y yo ya sabemos que la cosa es complicada; hemos vivido mucho, ya no nos enga¤amos, sabemos los dos de d¢nde partimos y a d¢nde queremos llegar... en fin... todo eso de... sabidur¡a, experiencia, desenga¤os pasados y luego... y por fin juntos. ¯ ® Por eso--a¤ad¡a Ricardo--cuando me encuentro con una de ellas, cruzo de acera inmediatamente. Las divorciadas porque pierden el culo por recomponer lo que destrozaron y a¤oran desesperadamente: el hogarcito caliente, un pap  para sus nenas, una seguridad econ¢mica... y, no te enga¤es, incluso aquellas que son aut¢nomas o creen serlo, las peores; la ejecutiva agresiva es la peor de todas: presume de independencia, de cada cual su pisito, pero al final anhela desesperadamente al maridito o al tierno compa¤ero en casa... que la haga reposar de las faenas del trabajo y le d‚, por lo menos durante un ratito, la sensaci¢n de que sigue siendo mujer... Luego, cuando est s tan tranquilo, te salen con el rollo, siempre muy racional, de que lo de los dos pisos es un l¡o, que ­qu‚ p‚rdida de tiempo!, que con la vida tan complicada que llev is, trabajo, horarios, etc., el dormir en una u otra casa resulta un gasto de energ¡as absurdo, que no cambia nada por vivir juntos, que cada cual sigue siendo libre y que ya estamos de vuelta de todo como para pensar que un mismo domicilio puede cambiar la relaci¢n... En fin, ya me entiendes: cuando uno se da cuenta, est  metido de lleno en una de la que luego no hay quien salga... porque, adem s, son de las que te llevan al juzgado y te hacen firmar papeles, ya que acaban convenci‚ndote de que lo otro es una postura mema, irracional, algo que pretende no ser convencional, pero que en el fondo es lo m s convencional del mundo... y adem s, como est n acostumbradas a moverse en el mundo de los negocios, de la pol¡tica, de la empresa, acaban haci‚ndote creer, sin que apenas lo notes, que la cosa adem s es m s rentable socialmente, que lo de la pareja por libre es algo anticuado, del hippismo y cosas as¡ y que dos personas mayores, capaces, aut¢nomas e independientes deben vivir juntas... Misoginia. No. Lo contrario: se trataba de encontrar a Margarita. Desde hac¡a unos cuantos d¡as Ernesto volv¡a una y otra vez al tema de Fausto con una obsesi¢n que Jano habr¡a tildado de man¡aca y tal vez depresiva. Compr¢ de nuevo la ¢pera de Gounot y tatareaba ya pedazos enteros, busc¢ la edici¢n del Mefist¢feles de Marlowe y empez¢ a pensar que tal vez pod¡a convertir aquella repentina man¡a en tema de investigaci¢n, que le permitiera salir de esa especie de vac¡o mental en el que llevaba sumergido desde hac¡a ya casi dos a¤os. La inmortalidad. Podr¡a empezar por Gilgamesh, recorrer los mitos... remover en las antolog¡as de cuentos populares para acabar con las proyecciones modernas del tema y escribir un ensayo que... Porque, dijera Jano lo que dijera, ‚se era el tema crucial, el tema base, ya que era la primera vez en la historia humana que el hombre se encontraba convertido en... un kleenex, como dec¡a Ricardo: usar y tirar, pero no con el sentido er¢tico, un poco c¡nico con que ‚l lo dec¡a para referirse a sus amigas, sino en el m s terrible de... A veces, aunque eso no lo comentaba con nadie, y mucho menos con Jano o con Ricardo--que le hubieran mirado como si le hubiera dado un aire o comenzara a reblandec‚rsele el cerebro--, se quedaba pensando que tal vez... que las cosas no pod¡an acabar de pronto y ya est , paff, nada... Se palpaba los brazos, sent¡a o cre¡a sentir el correr de la sangre y escuchaba los latidos que se aceleraban o se retrasaban, disminu¡an o parec¡an detenerse--se echaba la mano izquierda a la mu¤eca derecha y aguardaba, mirando el cron¢metro y calculando y equivoc ndose casi siempre--con un terror infantil, un miedo que... y no era un rollo bueno, era uno de esos rollos que se meten en la cabeza y pueden acabar jodi‚ndote. ... Primero fueron los reconocimientos: esa punzada, mire que... y el m‚dico sin darle importancia. Y eso fue precisamente lo que m s le incordi¢: comprobar que ‚l mismo, por el hecho de estar all¡ en la consulta, no era m s que un caso normal, acumulado a los miles de casos similares. ­Qu‚ quiere usted!, la edad, claro, algunos problemas, son cosas normales... y adem s para los que tiene, est  usted estupendamente... Ahora... eso s¡... tal vez ha sido un primer aviso y eso tiene usted que tomarlo en cuenta... ya no es usted un ni¤o... la sabidur¡a popular dec¡a eso de ®de los cuarenta para arriba...¯ y, bueno, no es que haya que tomarlo al pie de la letra y no mojarse la barriga, pero s¡ tener un poquito de cuidado con las comidas, con el guisqui, con el tabaco. Lo mejor ser¡a que dejara de fumar... Aquel d¡a sali¢ de la consulta con una curiosa mezcla de sentimientos contrapuestos. Evidentemente no ten¡a nada: pura aprensi¢n, temores infundados, el coraz¢n perfectamente, como un chaval--­parece mentira que usted fume dos cajetillas al d¡a!--, pero al mismo tiempo con el convencimiento de que el ciclo se iba cumpliendo inexorablemente y que al m‚dico aquel dato no le inquietaba, porque era simplemente un dato habitual, un hecho reconocido, admitido, cient¡ficamente comprobado ®que el cuerpo, ya sabe usted, el desgaste, los excesos... las c‚lulas que no se regeneran... el pulso... Ahora, eso s¡, conviene que de vez en cuando se haga usted un reconocimiento, porque a partir de ciertas edades...¯. Y se vio a s¡ mismo como el narciso aquel, cuando lo de su madre. l hab¡a comprado aquella flor y la hab¡a llevado al sanatorio y, mientras ella agonizaba, miraba la flor con la tonta esperanza del milagro: ®Quiz  no se seque, quiz  resista... quiz  las plantas...¯, pero la flor se sec¢ y aquella misma tarde muri¢ su madre... un ciclo natural... ®Ha vivido lo que ten¡a que vivir... Debe usted estar contento porque por lo menos ha sido breve y no ha sufrido mucho...¯ As¡ que la muerte era eso, un ®por lo menos no ha sufrido mucho¯, una especie de umbral al que irremediablemente se llegaba. Parec¡a infantil, pero lo cierto es que nunca antes se lo hab¡a planteado de ese modo. La muerte era un hecho molesto, una realidad que les pasaba a los dem s y que pod¡a producir irritaci¢n, rebeli¢n o simplemente miedo. Pero de pronto aquella muerte tan cercana, aquella manera cotidiana y simple, natural de deshojarse la flor, de secarse, aquel irreparable y, por otra parte, normal acontecimiento le sumerg¡a, le devolv¡a esa imagen--no menos molesta por demasiado obvia--de una l¡nea descendente o m s bien una l¡nea que iba subiendo hasta llegar a un punto, para despu‚s--como en esos gr ficos de la bolsa que aparec¡an a diario en el televisor--quebrarse e iniciar un espectacular, sostenido descenso hasta un punto de m¡nimos, un punto de ya no m s, de... y eso si no se produc¡a antes un accidente fortuito, una interrupci¢n repentina. Era una muerte injusta la del joven, algo que mov¡a a reflexi¢n, a rebeld¡a, pero se integraba en lo imprevisible, en la cadena del azar y romp¡a un proceso que... vida-muerte... ahora s¡-ahora no... igual que una piedrecita ca¡da en el agua, que parec¡a romper la armon¡a natural... Pero lo otro... lo otro era aquello que hab¡a comenzado a percibir en su propia carne, en sus propios m£sculos, que se relajaban, en esa inc¢moda y poco a poco asumida disminuci¢n de la potencia sexual... uno ya... y es que en esa l¡nea que se quebraba intu¡a un precipitarse de acontecimientos que, paso a paso y de un modo cada vez m s acelerado, iban a conducirle a... Descenso. sa era la palabra. Como los alpinistas: escalar trabajosamente para luego... pero abajo no hab¡a multitudes que aclamaban, ni medallas... ni... porque ese abajo era un... ¨Y si...? Desde hac¡a unos meses se hab¡a aferrado a un extra¤o conjunto de signos arbitrarios, una especie de superstici¢n elegida, dotando a los objetos que le rodeaban de sentido... algo as¡ como signos premonitorios, defensas contra la sensaci¢n de que todo absolutamente transcurr¡a en medio de una inanidad donde nada... Cuando llegaba a este punto, Ernesto experimentaba algo similar a un mareo, un aumento de las palpitaciones y un miedo a que su propia obsesi¢n no fuera sino un s¡ntoma m s de que ya hab¡a comenzado a descender por esa especie de precipicio que inevitablemente... Y las palabras, a medida que las iba formulando con timidez y un poco de vergenza, daban vueltas imponi‚ndose con una inesperada terquedad: precipicio, irremediablemente... lo irremediable, lo que no tiene vuelta, el... Y le entraba una urgencia, un remolino, una molesta constataci¢n de cosas por hacer, que se agolpaban como si no quedara tiempo, como si el tiempo... Recordaba aquella absurda situaci¢n con Maruja, casi el primer d¡a en que la conoci¢. A Maruja le gustaba la pintura. Pero aquel d¡a, Maruja no le hablaba de colores, ni de l¡neas, ni de formas, ni de contrastes o proporciones, sino de la maldita alegor¡a por la que casi acaban peg ndose, precisamente cuando parec¡a que el asunto pod¡a comenzar a marchar. Era el cuadro de Bronzino, un cuadro vomitivo de una enorme cursiler¡a, un pastel, hab¡a dicho Ernesto sin entender aquellos ojos arrobados de Maruja, aquella boquita hinchada para decir: Bronzino, como quien adora al tiempo que saborea. Aquella tarde ella hab¡a estado encantadora, a punto de caramelo y de pronto comenz¢ a darle vueltas a aquel maldito cuadro y a decir que lo malo del amor era que siempre era vencido por el tiempo y que ¨para qu‚ iba a meterse en una historia si de antemano se sab¡a que todas se acababan? Y corri¢ a la estanter¡a y venga a darle vueltas a la maldita l mina y primero en plan juego y luego cada vez m s pesada: ®Por qu‚ va una a meterse en nada... T£ y yo ahora como esta serpentina, cuerpos blancos que se acarician, miel y aguij¢n, dulzura y nervio de la pasi¢n, que impune se prepara sin saberlo a la destrozona arremetida del tiempo; ese brazo incre¡blemente musculoso, miguelangelesco del anciano premonitorio de desventuras, de desamores; ese tiempo implacable personificado en los ojos airados, ojos que saben ya lo que ha de venir y esa mueca desdentada, brutal de la figura que se arranca los pelos ante la desesperaci¢n de los celos por venir, de las noches en blanco, del yo puedo, pero t£ no... los celos retorcidos en ese alarido a la espalda de los dos cuerpos inocentes en ese beso empalagoso...¯ ®Es una cursilada¯, dijo Ernesto entonces y quiso abrazarla all¡ mismo, re¡rse con ella de aquel amaneramiento de las formas, de aquel primor rebuscado de los contornos definidos; pero ella venga, insistiendo... como si supiera ya... ®El tiempo, el tiempo¯, repet¡a, jugando a ser experta, desenga¤ada, desafiando con aquella pataleta de ni¤a consentida a la oportunidad de aquel abrazo. ®Ahora dices que me quieres, pero... ahora nos queremos, pero...¯ ­Y qu‚ m s da!, pensaba Ernesto entonces en plan de toma lo que te dan, vive el momento, no preguntes; pero ella se enzarz¢ con la l mina en plan joderlo todo, habl¢ de los celos, de la pu¤etera posesi¢n, del horror de la entrega para luego... de la p‚rdida, de esa virginal y maravillosa inocencia del abrazo, que era acechada desde todos los  ngulos por las m scaras, por la cortina azul que se descorre y prepara el ocaso ya desde el primer momento... ®Deja ahora, olv¡date!¯ Pero nada: aquella tarde se hab¡a desgraciado, se hab¡a ido a la mierda y no hubo forma de tocarla, de conseguir que dejara aquella cabezoner¡a empecinada y Ernesto, que se las hab¡a prometido felices, que adem s--¨por qu‚ no admitirlo?--estaba un poquito fuera de s¡ y deseando irse de una vez a la cama o all¡ sobre la alfombra... Era lo que m s le gustaba y ella como que se dejaba hacer: primero la resistencia, aquel ®no seas impaciente aguarda, aguarda¯, y luego esa desvergenza, ese revolcar su sexo desnudo de gatita sobre el pelaje de la alfombra, y aquellas cosquillas sobre el pene... ®Es  spero, pero da gustito¯, dec¡a ella... Pero aquella vez no... A pesar de que Ernesto intent¢ bromear y mandar a hacer pu¤etas el desdichado libro, Maruja se empecin¢ con un no vale la pena y adem s pretend¡a que precisamente ‚l, Ernesto--que era consciente de esa levedad del amor, de esa nimiedad del deseo, que puede desaparecer y de hecho desaparece-- estaba jugando sucio, porque part¡a de ese inevitable derrumbamiento e iba s¢lo a recoger los frutos maduros en el momento justo sin preocuparse para nada de si eso pod¡a hacer da¤o, si ella por ejemplo, m s incauta, m s ingenua, pod¡a quedarse prendada, cogida en una trampa, desatenta al brazo musculoso del hombre de la barba blanca, tiempo cruel que echar¡a al traste todos los sue¤os que ella--por culpa de aquel y otros posibles abrazos--podr¡a llegar a incubar... El amor, dec¡a... ­el amor!, y hac¡a pucheros ante la insistencia de Ernesto por pasar a otra cosa, por quitarle aquella blusita blanca que dejaba adivinar los pechos, esos pechos de Maruja recogidos y prietitos, pechos de muchacha, que tiene mucho que aprender, casi andr¢gina, como la mujer esa de m rmol, la del cuadro y ‚l picar¢n, como el cupido cari¤oso, quer¡a s¢lo apretar aquel pecho blanco, como de n car, mientras ella se despegaba, se alejaba y consideraba trivial, aprovech¢n, desconsiderado aquel af n suyo por tocar y tocar, acariciar aquel pechito blanco como de ni¤a, igual que la del cuadro, y ante los chistes de Ernesto ella se irgui¢ y dijo: ®A ti, como a todos, eso te da lo mismo. Pues ya ves por d¢nde yo hoy no tengo ganas...¯ As¡ que el cuadro aquel con su est£pida alegor¡a s¢lo sirvi¢ para joder aquella tarde, que se hab¡a presentado tan prometedora y entonces Maruja recogi¢ el libro del suelo y comenz¢ a hablar del manierismo y de la modernidad y de... Pero Ernesto s¢lo estaba fastidiado y no ten¡a ganas de seguir elucubrando ni sobre pintura, ni mucho menos sobre el manierismo, que apenas sab¡a qu‚ era y en aquel momento le importaba tres cominos, ni desde luego sobre el tiempo que destroza el amor. ­Qu‚ pesadas son las mujeres con el rollo amoroso! Ten¡a raz¢n Ricardo, son todas unas... aunque tal vez ‚l hab¡a sido torpe, porque con haberle llevado un poco la corriente, decirle por ejemplo, que es verdad, que el tiempo es implacable que inevitablemente..., o no... todo lo contrario decir que el amor es eterno, que el presente, el amor es presente, eterno, presente-eterno; hubiera sido un buen discurso para salir del paso y no aquella actitud de impaciencia cabreada con la que reaccion¢ a sus sue¤os de mujercita culta, que quiere calentar mediante alegor¡as semipornogr ficas; porque el cuadro--eso pensaba Ernesto ahora--no serv¡a para levant rsela a nadie, pero era un cuadro lleno de recochineo morboso, por mucha alegor¡a filos¢fica que quisiera contar, y adem s funcion¢, porque aquella manita que apretaba el pecho, evocaba ese pezoncito tan duro y tan firme de Maruja, que pod¡a adivinar a trav‚s de la blusa... Porque tambi‚n pod¡a haberle dicho que s¡, tonta, que es verdad, que claro est  que el tiempo vence al amor, a la pasi¢n y a todo lo que se ponga por delante, pero que m s da... goza ahora, d‚jame tocarte, abrazarte, acariciarte, ese mechoncito jugoso sobre la alfombra antes de que... ®T£, como todos, eres un c¡nico¯, dijo Maruja y se levant¢ muy digna y fue a colocar el libro all¡ entre los dem s y luego dijo que ten¡a dolor de cabeza y que prefer¡a que se marchara: ®Vete ahora... No s‚ por qu‚, pero me he puesto de muy mal humor.¯ As¡ que Ernesto tuvo que replegarse, recomponerse, como un bachiller al que expulsan de la camilla despu‚s del calent¢n, y salir a la calle con aquella impresi¢n de que se hab¡a portado como un idiota, como un gilipollas, porque ®lo que deb¡a haber hecho era cogerla, y tir rmela all¡ sin tantos remilgos, porque ¨qu‚ se habr  cre¡do esa calientapollas de mierda, primero ense¤arme el librito y luego ponerse a divagar sobre el tiempo...¯. Y ahora de pronto aquella imagen, aquel brazo musculoso, amenazador se le aparec¡a una y otra vez con un manto azul, igualito al del cuadro, un manto lleno de arrugas, que desvelaba caminos por recorrer, l¡neas sobre la piel, en la frente... porque no es que le preocupase a Ernesto que el tiempo mate al amor--cosa que ya sab¡a desde hac¡a mucho--, sino esa otra venganza del tipo del brazo como de camionero o m s bien de descargador de muelle, ese brazo poderoso creando un l¡mite. La muerte. Porque la muerte se le hab¡a hecho familiar, cotidiana, un extra¤o y siempre presente compa¤ero de viaje, que le hac¡a llevarse de vez en cuando la mano al coraz¢n y suspirar hondo, un ahogo, algo as¡ como un ahogo, esa punzada. Pero s¢lo eran gases. El coraz¢n no duele y ahora renegaba de su incultura cient¡fica, que le imped¡a conocer cada parte de su cuerpo, el funcionamiento minucioso de cada uno de los ¢rganos, percibir el deterioro, saber por qu‚... no era el colesterol, ni siquiera ese posible encogimiento prematuro de las arterias y luego... ese otro fantasma aterrador, esa palabra que nunca se atrev¡a a pronunciar del todo, palp ndose con una cierta desesperaci¢n cada grano, cada peque¤a p£stula, esa berruga repentina, no conocida, negra y dura, ah¡ en el cuello. Jano le hab¡a dicho: ®Mira. De algo tenemos que morir. Adem s ya hay demasiada gente... A este ritmo...¯ Y Jano se hab¡a perdido en consideraciones malthusianas, en porcentajes de poblaci¢n, necesidades de control, China, los m‚todos de esterilizaci¢n, los recursos naturales y despu‚s--con ese objetivismo a veces un poco lelo y a veces sobrecogedor--pas¢ a hacer una especie de canto a las guerras como m‚todo ideal de regulaci¢n y depuraci¢n y aquel d¡a acabaron enzarzados en una est£pida discusi¢n sobre los m‚todos naturales de la especie para aumentar o limitarse. Pero a Jano no parec¡a preocuparle demasiado su propia finitud; era un tema menor, algo que daba por supuesto y que no parec¡a perturbarle. ®Eres un aprensivo de mierda; te est s volviendo neur¢tico¯ concluy¢ Jano y Ernesto desisti¢ por el momento de la idea de un posible chequeo, una revisi¢n total, que volviera por un tiempo a quitarle los miedos, las peque¤as man¡as, esos ahogos repentinos, el sudor en la frente, una cierta aceleraci¢n del pulso, que no sab¡a bien si deb¡a denominar taquicardia o simplemente pavor... ®Lo que tienes es un miedo que te lo haces en los pantalones...¯ No miedo, espanto era la palabra: un espanto mezclado con rebeld¡a, como si fuera absolutamente injusto, idiota, que todo lo que era ‚l, ese conjunto arm¢nico de piernas no muy mal moldeadas, ese vientre, que cuidaba con esmero a base de saunas y ejercicios gimn sticos sistem ticos para impedir esa curva delatora, y, sobre todo, esa cabeza, que no hac¡a sino generar ideas--no siempre geniales, pero ideas al fin y al cabo--tuviera que desaparecer simplemente, tuviera que... y entonces miraba alrededor con una cierta sensaci¢n de estulticia, ve¡a las grandes construcciones, los £ltimos edificios, caer las casas y alzarse otras, y se descubr¡a con unas ganas terror¡ficas de decirse a s¡ mismo y de gritar al mundo que todo aquello, todo aquel gigantesco esfuerzo no pod¡a ser para nada, por nada; adem s ni siquiera ten¡a esa certeza algo tonta de que al menos su descendencia... y es que nunca se hab¡a planteado en serio el tema de los hijos..., ¨para qu‚?, hijos ¨para qu‚...? y ellas tampoco hab¡an sido muy testarudas. Maruja porque ni siquiera se le pasaba por la cabeza que a su edad... ®Ja, ja, madre a los veinticinco, t£ quieres hacerme una desgraciada¯, y Adela porque durante los cuatro a¤os que hab¡an vivido juntos no hac¡a m s que experimentar con nuevos y m s complicados m‚todos de control, porque lo que m s tem¡a era quedarse embarazada... Pero a Ernesto no le gustaba recordar a Adela. Adela hab¡a sido un episodio, largo y algo molesto al final, pero un episodio que, gracias a Dios, no hab¡a tenido muchas repercusiones. Y Ernesto agradec¡a al menos aquel sentido de previsi¢n, que le hab¡a librado entonces de la tarea de la paternidad que, por otro lado, s¢lo habr¡a servido para mantenerle ligado a Adela durante toda la vida. Como Ricardo. Ricardo no era un Padre cari¤oso, ni perd¡a demasiado tiempo en eso que suelen llamarse ®deberes conyugales¯ o m s bien ®deberes con los hijos¯, pero, por muy poco que se ocupara del tema, el tema estaba ah¡, y de vez en cuando le produc¡a quebraderos de cabeza. Y muy pocas o ninguna satisfacci¢n. La cuenta de Ricardo comenzaba el mes partida por la mitad y eso le produc¡a un sentimiento revanchista, de desquite, un cierto ®me las pagar‚is todos¯, como si el hecho de tener que alimentar, aunque fuera con cantidades bastante modestas, a una familia fantasma, que un d¡a fue suya, le provocara un amargo rencor, como si algo suyo le fuera robado mes tras mes... ®Son un desastre. Adem s la madre las est  haciendo a su imagen y semejanza.¯ La cara de Luisa, sus peque¤os delirios de se¤ora, su insensata creencia en un ®orden¯ natural del que ella se hac¡a detentadora, siempre hab¡an desagradado a Ernesto. Luisa era como un modelo mal terminado de esas antiguas se¤oras de sal¢n, sin el encanto de las libertinas y sin la gracia de las viejas glotonas de ingenio y arte. Cuando Ricardo se refer¡a a sus hijos, o mejor a sus hijas, porque s¢lo hijas pod¡a parir Luisa (era un comentario despiadado de Jano), Ernesto imaginaba a tres mu¤ecas cl¢nicas que iban reproduciendo los tics de amargura de la madre, aquel rostro estirado, esas faldas de un corte siempre impecable... Claro que ‚l no comprend¡a por qu‚ Roberto se cas¢ con ella y mucho menos porque accedi¢ a su af n de coneja paridora, que fue rodeando de hembras al amigo, hasta dejarle acorralado. Por eso el tema de la descendencia no serv¡a para tranquilizar a Ernesto, sino que m s bien le produc¡a un nuevo desasosiego, un confuso sentimiento de ®al menos yo he acertado¯, que se interfer¡a con el presentimiento de que parte de sus neuras y sus obsesiones estar¡an tal vez m s equilibradas si hubiera un Ernestito a la expectativa, otro que... Pero ni siquiera eso era seguro, porque un hijo no har¡a, pensaba, sino aumentar la convicci¢n angustiosa de que el tiempo transcurr¡a e iba cercenando, podando; la imagen de la siega era as¡ met fora de un proceso que en vez de atenuarse ante la presencia de un posible hijo, no har¡a m s que acentuarse, al contemplar el ascenso de un Otro, que vendr¡a a ser como un Ernesto haci‚ndose, reproduciendo con veinte o treinta a¤os de distancia los mismos errores y aturull ndole a£n m s con su presencia, ya que los posibles veinte a¤os del hijo ser¡an siempre un recordatorio molesto del tipo: ®T£ vas para abajo y yo en cambio...¯ Como Luis... abuelo ya... A Ernesto le gustaba compararse con Luis. Era uno de los pocos que serv¡an para devolverle la tranquilidad de que uno construye su destino. Luis parec¡a su padre. O no era exactamente as¡, pero esa frase la hab¡a dicho un d¡a Maruja, y desde entonces, cada vez que ve¡a al amigo, se dec¡a que s¡, que realmente Luis estaba hecho una pasa... porque una cosa es ser abuelo y otra ser abuelo. Cuando llegaba a este punto, Ernesto se sent¡a optimista y era uno de los pocos instantes en que volv¡a a creer que los a¤os no existen, que son s¢lo una construcci¢n, un modo de vivirlos. l era joven y siempre ser¡a joven, ‚l... eran las formas de vida, los caminos que uno elige, las opciones que uno hab¡a seguido las que iban configurando un rostro que... y ah¡ Ernesto recurr¡a a la vitalidad de Picasso, al cachondeo de Moravia, a... ®Mens sana et corpore sano.¯ Buena comida, buenos polvos y un poco de ejercicio y, sobre todo, tener la mente abierta, no dejarse llevar... Los creadores como Casals, como Russell, mujeres y cabeza despierta. Todo un plan de vida, una posibilidad. Y ah¡ Ernesto volv¡a a encari¤ar.se con el tema de Fausto. TODO EMPEZà CON EL ASUNTO de la m¡stica. No era precisamente un arrebato religioso, como dec¡a Ricardo no sin iron¡a, sino una curiosidad tal vez malsana, un af n de comprender: el m s all  en conexi¢n directa con lo terreno. Evidentemente Jano hubiera sonre¡do, habr¡a mirado a Ernesto con escepticismo y habr¡a hablado de la histeria, de impulsos sexuales, transposiciones de fen¢menos puramente f¡sicos. Imaginaba tambi‚n la broma de Ricardo sobre el ‚xtasis de la santa: ®A m s de una me gustar¡a contemplar en ese trance...¯ El dardo m¡stico y el  ngel encantador. Pero lo del orgasmo de la santa era una idiotez de la modernidad, Freud, chorradas del psicoan lisis mal entendido, que apenas le importaban. Pero s¡, por ejemplo el ®Adonde te escondiste amado...¯. No era muy aficionado a la poes¡a, pero le gustaba San Juan y adem s era uno de los pocos versos que podr¡a citar de memoria y ten¡a que reconocer que le hab¡a funcionado en m s de una ocasi¢n con fines no santos, por ejemplo con aquella estudiante de sociolog¡a que escrib¡a t¡midos poemas amorosos en sus cuadernos escolares y que se dej¢ impresionar por la repentina serenidad de un tipo de treinta y cinco a¤os que, durante un instante, agarr¢ sus manos, se puso excelso y habl¢ del gemido, de la soledad, de la nostalgia del amado. La soci¢loga en ciernes no tard¢ en desfallecer de amor entre sus brazos y sus gemidos provocaron por un instante el sorprendente efecto de inhibir en ‚l cualquier final glorioso. Le deb¡a a san Juan el desplome de ella, pero tambi‚n su derrota y tuvo la inc¢moda experiencia de convertirse para la muchacha en el amado que se esconde. Y es que hab¡a demasiada literatura en aquellos hipos entrecortados, y Ernesto, que por lo general sol¡a prestar poca atenci¢n al estado de trance de sus compa¤eras, se vio en aquella ocasi¢n convertido en un espectador superado por los acontecimientos. Ni los ojos en blanco, ni los ayes demasiado r¡tmicamente compuestos, ni aquella cabeza desmadejadamente colocada pudieron evitar que ‚l, tan eficaz en esos casos, se comportara como un primerizo algo inc¢modo y descolocado por los excesos, que le parec¡an demasiado compuestos, de aquella poetisa teatrera y arrebatada. Pero lo del gemido... Tal vez Jano tuviera raz¢n. Aquella estudiante de sociolog¡a, barrocamente envuelta entre cojines, esper¢ indebidamente el dardo del  ngel y Ernesto pens¢ que no siempre la literatura es buena compa¤era. L tigos ca¡dos no eran premonici¢n de ninguna derrota definitiva, pero Ernesto desde aquel d¡a hab¡a sido prudente y dejaba s¢lo para momentos muy especiales la cita del santo. Con Maruja incluso se hab¡a atrevido a trivializar, a jugar. Maruja se prestaba... pon¡a imaginaci¢n... era ciervo herido, venado... y ‚l cazador siempre certero. Con Maruja las cosas se daban porque s¡, sin que tuviera que poner esfuerzo de su parte... Se hubiera cachondeado de la m¡stica como Jano, pero en ella no hab¡a nunca ese lado doctoral, algo fr¡o del amigo, sino un ®d‚jate llevar¯, que convert¡a lo imposible en verdadero. Algo as¡ como un refresco de pi¤a colada en medio de un desierto. No era brillante Ernesto para las met foras, pero esa imagen, sacada de un anuncio, le devolv¡a m s que ninguna otra la frescura despampanante de Maruja, esa especie de espontaneidad blanquecina, casi lechosa de sus abrazos... Leche, leche... ped¡a ella y se re¡a mientras mamaba con una especie de gula siempre renovada, pero una gula desenfadada, similar a la del ni¤o que lleva ya tres helados y de repente se le antoja un pastel de nata de tres pisos. Los gemidos de Maruja eran suaves y parec¡a que se re¡a, como una ni¤a que en un momento del juego pierde el control y estalla en llanto, en l grimas... ®­Dios m¡o, c¢mo te quiero, dec¡a, dame ahora, dame ahora!¯, y luego, cuando todo hab¡a pasado, se quedaba quietecita, como una gata perezosa, acurrucada, y Ernesto se hab¡a acostumbrado a esos dedos suyos, recorriendo la espalda... a ese lent¡simo sacudirse de las yemas y al comentario de ella: ®No ha estado mal, verdad...¯, sin ‚nfasis, como si diera unas gracias generosas al mundo y se sintiera satisfecha por el hecho de estar viva... La vida para Maruja era siempre un don que aceptaba con la naturalidad del estudiante aplicado, hijo de padres ricos, que sabe que los regalos han de llegar y los acepta con j£bilo, pero con la constancia del merecimiento, como si nada costara demasiado, como si nada... A Maruja todas las obsesiones de Ernesto en este instante le hubieran parecido simples pajas mentales y los arrebatos de la santa y el frailecillo hubieran sido para ella modos gustosos de pasar el rato. ®Cada uno se lo monta como puede¯, habr¡a dicho y se habr¡a re¡do, removiendo tambi‚n ella entre los pucheros o fingiendo celos¡as para largas conversaciones susurrantes. Pero Maruja ya no estaba y tal vez porque ella ya no estaba Ernesto se hab¡a metido en eso que ya llamaba su investigaci¢n, un estudio que pod¡a distraerle de su rutinario trabajo cotidiano y que al mismo tiempo servir¡a para ayudarle a responder a todas aquellas preguntas, ahuyentando pavores y neuras; aunque en el fondo sab¡a que si hab¡a empezado a recoger bibliograf¡a y a encerrarse por las tardes en su casa, releyendo a Goethe, era sobre todo para paliar su creciente aburrimiento. Desde la ‚poca de la universidad Ernesto hab¡a dejado de plantearse temas de investigaci¢n que le divirtieran o le interesaran y la perspectiva de meterse en un desaf¡o como aqu‚l le produc¡a un hormiguillo de rejuvenecimiento, de modo que el simple hecho de empezar a trabajar sobre el tema serv¡a ya de alg£n modo de p¢cima, que devolv¡a la juventud y el entusiasmo perdido; le interesaban las experiencias de aquellos que han regresado despu‚s de traspasar el umbral de la muerte. eso del largo t£nel, que hab¡a le¡do en alg£n n£mero de divulgaci¢n cient¡fica y que tanto le hab¡a impresionado, pero le interesaban tambi‚n las experiencias de aquellas personas que creyeron ver o vieron. El Greco, le dijo Lola. Y, a pesar de que era un pintor que siempre le hab¡a producido arcadas, se dej¢ tentar por la verborrea de Lola: cuerpos que se traspasan... visiones... ojos que se desbordan... cuerpos que ya no est n... premoniciones. Lola no era precisamente una m¡stica, sino una concienzuda autodidacta, que compaginaba su eficacia como gestora de asuntos agrarios con ciertas veleidades adivinatorias. No era de las que se cuelgan del hor¢scopo, pero para una ejecutiva, que trabajaba sobre manzanas, agrios, c¡tricos y la remolacha como cultivo alternativo, soja y dem s, los misterios de los Rosacruz y ciertas aventuras de los templarios eran un lenitivo, una droga caritativa--y no demasiado costosa, ni da¤ina--que produc¡a un efecto let rgico, algo as¡ como una novela policiaca le¡da al final de una fatigosa jornada; y adem s Lola era asidua de cualquier exposici¢n retrospectiva o antol¢gica, siempre que pudiera, desde luego, hacerse con un buen cat logo. Fue ella la que le mostr¢ el cat logo del Greco y fue ella tambi‚n la que le cont¢ esa ®curiosa sensaci¢n de estar flotando, algo que habla de otro mundo, una espiritualidad como de brumas... un...¯. Ernesto desconect¢ en seguida, porque a pesar de todo prefer¡a a la Lola que hablaba de porcentajes y de malas cosechas, a la pesada profetisa de fin de semana, pero tom¢ nota y aquel mismo s bado se fue al museo. Hab¡a elegido bien la hora. No hab¡a mucha gente y durante un rato jug¢ a concentrarse, intentando relacionar aquellas im genes con los adjetivos de Lola: Espiritualidad concentrada en la mirada... Cuerpos arrebatados, alargados en un vivo sin vivir en m¡... A Ernesto de pronto le gustaba aquello, se dejaba llevar por aquel coro y una m£sica estridente de j£bilo y gracias se desprend¡a entre las nubes y parec¡a irradiar de los amarillos. Eso era. Un j£bilo del color, la osad¡a del verde, aquel naranja y esas nubes plomizas como retazos de escayola, densas, casi cortantes. Como un  cido, pens¢. Una visi¢n psicod‚lica de cuerpos alborotados y ademanes contra¡dos... un tembleque de arrobo que se sal¡a por los ojos y se comunicaba al espectador, produciendo escalofr¡os. La conciencia de su finitud, el miedo parec¡a relajarse ante aquellos impulsos amorosos, algo as¡ como una constataci¢n en carne viva de la llama que... --Un neur¢tico que adoraba los cuerpos. Si no hubiera sido por el culito resping¢n y aquella nariz ancha de india, una nariz absorbente y prometedora, Ernesto apenas hubiera prestado atenci¢n. Pero all¡ estaba la minifalda desafiante y sobre todo la nariz que parec¡a oler las capas de pintura y trag rselas, como si sorbiera el color a trav‚s del olfato... No era hermosa, pero resultaba y adem s hac¡a mucho que (en realidad pr cticamente nunca) no era abordado directamente por una joven con pinta de colegiala... y una persecuci¢n cinematogr fica a trav‚s de los corredores de un museo, un guante, una escena tremenda en la parte trasera del taxi... ¨D¢nde era? Ernesto no consegu¡a identificar. Miraba a la chica, sin decir todav¡a nada como esperando que continuara. El guante ca¡do en el suelo... La chica no llevaba guantes, pero se ofrec¡a generosa y hab¡a dicho algo de cuerpos. Cuerpos trat ndose del Greco... Brian de Palma, eso era... Vestida para matar... Mientras Ernesto miraba a la chica, sin decir todav¡a nada se iba animando. El museo, los guantes, el polvo apote¢sico en el taxi... --Es el pintor m s er¢tico que he visto nunca--dec¡a ella--, no sensual... eso es otra cosa. Er¢tico quiero decir. Estoy convencida de que era homosexual y que las pasaba putas. Evidentemente ol¡a el cuadro, lo absorb¡a por las narices y Ernesto tuvo una especie de v‚rtigo como si ‚l tambi‚n absorbiera las braguitas de la chica, en el taxi como en la pel¡cula... De aquellos a¤os Lorenzo hab¡a conservado su olfato de sabueso, que le permit¡a ver bajo las apariencias y colocar a cada cual en su sitio. No aplicaba ya esquemas de clase, ni pensaba en contradicciones primarias o secundarias. Pero aquel modo de indagar en las capas m s profundas de la sociedad, aquel modo suyo de analizar los hombres y las cosas como producto de un entramado complejo de interrelaciones, un cierto materialismo determinista y, sobre todo, un aprendizaje de la conspiraci¢n y sus entresijos, se hab¡an convertido con el tiempo en un arma formidable, casi policial, que colocaba a cualquiera de sus contrincantes en el mundo de la empresa o de la pol¡tica en posici¢n de pigmeos. Era m s inteligente que todos los dem s, o por lo menos m s concienzudo y adem s pod¡a controlar sus impulsos, porque desde su ‚poca de ascetismo revolucionario estaba convencido de que aquel que controla en pro de una idea es capaz de remover monta¤as. De una idea o de un proyecto. Y Alejandro, en cambio, era el t¡pico producto de esa clase que Lorenzo tanto despreciara: un hombre que lo hab¡a recibido todo de sus mayores y cuya £nica habilidad hab¡a sido la de hacer m s rentable un capital que, de alg£n modo, hab¡a trabajado por s¡ solo. Hombre duro, sin demasiados escr£pulos, dispuesto a defender y multiplicar lo que ten¡a, pero, de hecho, sometido a la l¢gica del dinero, que tend¡a sin m s a reproducirse y crecer. Fuerzas productivas, relaciones de producci¢n. Pasar de Marx a Keynes y a la econom¡a de mercado no era m s que un ejercicio intelectual, un juego en el que Lorenzo sab¡a manejar todas las cartas. Y era consciente de su superioridad en ese y en otros campos como, por ejemplo, en el de las relaciones humanas, concretamente las relaciones de servidumbre. El amo y el esclavo. Alejandro no era ya m s que una pieza en el tablero de intereses de Lorenzo. Por eso no era Alejandro lo que le preocupaba. Conoc¡a el lenguaje que el otro entend¡a y estaba convencido de que no iba a decepcionarle. Ni tampoco le inquietaba esa mujercita de remilgos y blusas de seda, que hab¡a velado para que su hija acabara haciendo una boda como realmente le correspond¡a. Marta madre consider¢ desde el primer momento--Marta, hija, se hab¡a encargado de cont rselo--un lamentable error que su hija con sus pimpantes veinticuatro a¤os fuera a unirse para siempre a un pelanas, un don nadie que s¢lo hac¡a unos a¤os no ten¡a d¢nde caerse muerto, un cuarent¢n ®que tiene la cara comida de viruelas y que es m s triste que un cementerio... un triste, hija, un triste con el que te vas a enterrar de por vida ¯ . Do¤a Marta removi¢ Roma y Santiago para recabar antecedentes sobre aquel intruso que, desde un puesto t‚cnico del Ministerio de Econom¡a, ®un puesto de responsabilidad, eso s¡ pero al fin y al cabo un puesto de funcionario, un empleado m s¯, se hab¡a atrevido a mirar a ese  ngel suyo ®porque no es que yo sea su madre, pero a Marta le sobran pretendientes¯ y en esos pretendientes se resum¡an todos los candidatos a la cama de la ni¤a que, por otro lado, se hab¡a pasado su adolescencia rodeada de ni¤atos que no ten¡an dos dedos de frente y que no parec¡an valorar los encantos de aquella muchacha sosa y desinflada que hab¡a pasado del colegio de monjas a la equitaci¢n y saltado de cama en cama con unas bobaliconas borracheras de ni¤a bien, que luce pantaloncitos inveros¡miles, fuma porros de vez en cuando y en los £ltimos tiempos se atiborra de rayitas que ®te dan una marcha que...¯. Marcha que, por otro lado, como muy bien conoc¡a Lorenzo, se limitaba a deambular de fiesta en fiesta o de discoteca en discoteca. Marta hija, sin embargo, completaba aquella tontuna blanda que tanto le irritaba con un aire de buscona caliente, que en un primer momentO sirvi¢ para estimular al dif¡cilmente estimulable funcionario de econom¡a. Entrar en una familia de las de toda la vida. En los planes de Lorenzo se hab¡a planteado alguna vez aquella posibilidad, pero siempre amortiguada por una pereza profunda, la misma que sent¡a ante cualquier asuntO que pudiera distraerle de sus objetivos inmediatos y pudiera apartarle, aunque s¢lo fuera moment neamente de lo que en realidad le preocupaba: la marcha correcta de su departamento y de los proyectos que ten¡a entre manos. Desde hac¡a tiempo, casi desde la infancia, hab¡a aprendido a delimitar los asuntos de trabajo de aquellos que ‚l nunca llamaba de cama. Porque no eran precisamente de cama los asuntos de Lorenzo. Una parte de ‚l ten¡a unas exigencias y la otra... Lorenzo al llegar a este punto se deten¡a, pero desde siempre supo que era bueno satisfacer a lo que con el paso del tiempo pod¡a llegar si no a convertirse en un problema. Para eso estaba el prost¡bulo. Como el water para satisfacer una necesidad cotidiana de la que evidentemente y con bastante buen sentido no se alardeaba en p£blico. Materia y forma. Lorenzo hab¡a heredado una cierta concepci¢n tomista de sus a¤os de estudiante, una concepci¢n que, por otra parte, no difer¡a mucho de la del resto de sus contempor neos y sobre todo de la del resto de los miembros de su departamento; el sexo era un tema que estaba ah¡ y hab¡a que resolver sin que se interpusiera para nada en los distintos aspectos de una realidad que ‚l por lo menos no consideraba escindida. Hac¡a tiempo que lo ten¡a claro. Cuando muchos de sus compa¤eros hab¡an pasado a una tonta idealizaci¢n del tema, all  por los setenta, Lorenzo sigui¢ pensando que aquello era s¢lo un modo de distraer y quitar energ¡as para la £nica actividad que contaba: la revolucionaria. Aquel desd‚n, unido a una cierta inseguridad ante las mujeres y a una no disimulada misoginia, le hab¡an servido entonces para crearse una imagen de hombre fr¡o, incorruptible, alguien para el cual el asunto del sexo era tema menor, cosa sin importancia, que estaba ah¡ y hab¡a que solventar sin alharacas. Cuando muchos de sus antiguos camaradas descubrieron a Brown y El cuerpo del amor y sustituyeron a Marx por una b£squeda acelerada del tiempo perdido, Lorenzo se limit¢ a contemplar con un rechazo de eremita aquel desmadre un poco fuera de lugar y sigui¢ concentrado en lo que consideraba importante. Eran los a¤os del exilio en Par¡s, que para Lorenzo se limitaron a muchas horas de reuniones en pisos indescriptibles, una asidua asistencia a la Biblioteca Nacional y a varios cursos de econom¡a en L'cole des Hautes Etudes. No era un hombre de mucha imaginaci¢n, pero tampoco la naturaleza le hab¡a dotado de grandes exigencias y lo que en otros hubiera sido m‚rito en ‚l era simplemente indiferencia y cierto resquemor jesu¡tico a la p‚rdida del control. Al llegar aqu¡, Lorenzo cerraba los pu¤os y pensaba en Paulette. Pero en Paulette prefer¡a no detenerse. Sentina de pecado, pozo de inmundicias. Bajo aquellas gafitas de culo de vaso, aquellos ojos de miope no ve¡an la realidad m s que como un conjunto de coordenadas que pod¡an dar unos resultados, si eran bien controladas. Lo dem s no contaba. Zona oscura. Y la verdad era que, dejando a un lado a Paulette, las pocas experiencias ®normales ¯, como ‚l las llamaba, que tuvo por entonces apenas le hicieron cambiar de idea. Julia result¢ ser una compa¤era de c‚lula y s banas que sin demasiada gracia y sin muchas exigencias le ayud¢ a perder su virginidad. Julia se tumbaba y ‚l saltaba encima. Ella se preparaba primero concienzudamente--hab¡a asistido a unos cursillos del Servicio Social, donde le hab¡an ense¤ado que era bueno y generoso restarle trabajo a la pareja--y ‚l derramaba sin mucha dificultad un semen triste de ni¤ato sobre un cuerpo que no se derret¡a bajo el suyo, pero que tampoco protestaba. Luego Saro. Pero aquello hab¡a sido ya en Par¡s y Lorenzo no quer¡a pensar en Par¡s y en Paulette y apenas pod¡a recordar a Saro, aquella estudiante de antropolog¡a social, que necesitaba fumarse cuatro o cinco porros y que al final se re¡a como una loca, mientras ‚l se limitaba de nuevo a realizar unos gestos m s o menos aprendidos, que le serv¡an para no quedar del todo mal (algo hab¡a aprendido con la sosa experiencia con Julia). Saro le hablaba de Malinowsky y de las costumbres de los pueblos primitivos, mientras ‚l la iba preparando mec nicamente y luego ella comenzaba a re¡rse y ‚l, como si se le diera la se¤al de partida, se colocaba sobre ella y no tardaba en descargar. Un d¡a Julia le hab¡a dicho: ®Vosotros los hombres apenas os ocup is de nuestro goce.¯ Pero no era un reproche. Julia le quer¡a a su manera, quer¡a sus citas siempre oportunas, sus impecables an lisis de las condiciones t cticas y estrat‚gicas y sus juicios sobre la situaci¢n pol¡tica nacional o internacional. Julia le ve¡a como ‚l quer¡a verse y eso le bastaba a ella y le bastaba a ‚l. Para Julia, como para ‚l, la gente se dispersaba... el puritanismo de Lorenzo, su amor al estudio y al trabajo y a la revoluci¢n, encontraban en Julia el perfecto aliado, el compa¤ero que nunca iba a hacerle un solo reproche y que no se hubiera atrevido a plantear que en aquellos encuentros amorosos, algo precipitados, faltaba pasi¢n y, sobre todo, faltaba goce. Pero eso del goce era otro asunto que le dejaba la boca seca con un cierto sentimiento de ®All  ellos¯. El goce era algo mec nico y que se parec¡a demasiado a una descarga de tensi¢n. Por eso la soluci¢n ideal eran los cinco dedos. La masturbaci¢n formaba parte de un modo casi cient¡fico del sistema de vida de Lorenzo. Como la comida frugal o la peluquer¡a cada quince d¡as, desde que hab¡a comenzado a ejercer puestos de responsabilidad. Algo se llena, conviene vaciarlo. Al principio la pr ctica masturbatoria le produc¡a un cierto desagrado, como si el recuerdo del colegio de curas y las reprimendas: te vas a quedar ciego o paral¡tico, le produjeran a£n un cierto temor. Pero de eso hac¡a ya mucho tiempo. Luego se hab¡a habituado a una pr ctica sistem tica, sanitaria--no cotidiana, pero s¡ cada cuatro o cinco d¡as--que realizaba con la frialdad del que se lava los dientes o se toma un medicamento por prescripci¢n facultativa. Ten¡a junto a la cabecera de la cama dos libritos, sobados ya y ligeramente sucios que formaban parte no del rito--no podr¡a llamarse rito a aquel ejercicio excesivamente codificado y en el que apenas cab¡an los arrebatos--. Los dos eran de Sade. Lorenzo despreciaba la pornograf¡a, pero consideraba a Sade te¢rico de un saber desaforado, pero saber al fin y al cabo y esa creencia le legitimaba. Hab¡a le¡do a Sade con detenimiento hac¡a ya muchos a¤os, pero La filosof¡a del tocador o Justine eran ya s¢lo lectura mec nica, elemento desencadenante de un proceso que apenas le robaba diez minutos de su tiempo. Cuando llegaba a casa fatigado se tumbaba en la cama, tomaba uno de los dos libros y lo abr¡a al azar. Le daba lo mismo el trozo en que se deten¡a, aunque al principio buscaba los p rrafos culminantes de los trances de Eugenie o las iniciaciones perversas de Dolmanc‚. Pero ahora ya no: el discurso pesad¡simo del marqu‚s sobre los males de la sociedad o las virtudes del onanismo o el l tigo, era para ‚l letra sin sentido, porque el gesto de abrir el libro y sumergirse en la lectura era un simple tic, un gesto que le permit¡a mene rsela sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo, sin poner ‚nfasis; algo que no requer¡a impulsos imaginativos. Luego cog¡a uno de los kleenex que guardaba siempre en el caj¢n de la mesilla, se levantaba y terminaba de limpiarse en el lavabo. Despu‚s volv¡a a tumbarse y, si estaba muy cansado, se quedaba pronto dormido; aunque £ltimamente eran tantos los temas que le preocupaban que ni siquiera consegu¡a conciliar el sue¤o. Una ligera cabezada, un atontamiento min£sculo y moment neo e inmediatamente su cabeza, como una m quina imparable, un ordenador encendido, comenzaba a funcionar... El goce... Y luego... lo otro, pero precisamente para no pensar en lo otro Lorenzo recurr¡a a Sade... Por eso, si no hubiera sido por Javier, probablemente nunca habr¡a pensado en casarse. Ante sus compa¤eros comenzaba a ser el solter¢n impenitente, el hombre de hielo, alguien a quien se teme porque no se le conocen asuntos de faldas, caprichos o canas al aire. Javier le present¢ a Marta en casa de los Santana y ella, que aquel d¡a no estaba especialmente inspirada, comenz¢ a preguntarle si aquellas se¤ales de la cara eran restos de metralla o... Una esposa, como todo lo dem s, bien llevada, no planteaba excesivos problemas. Lorenzo sab¡a que en el mundo en que intentaba moverse un matrimonio acertado pod¡a conferirle respetabilidad y sab¡a tambi‚n que a estas alturas y con determinados medios un matrimonio no iba a plantearle serios quebraderos de cabeza. Hab¡a observado a su alrededor y ve¡a c¢mo funcionaban las cosas. Nadie, empezando por la misma Marta, iba a exigirle un cambio de conducta, ni una entrega apasionada. Era un hombre de negocios, un hombre preparado, que seguir¡a al tanto de sus asuntos, con una mujer d¢cil o, por lo menos, no demasiado temperamental. Marta buscaba un papa y acept¢ pronto el soso galanteo de Lorenzo y en dos meses las cosas se hab¡an arreglado. Dentro de otros dos, o tal vez cuatro como mucho, se celebrar¡a la boda y, mientras tanto, lo £nico que a veces le importunaba era ese tipo de contactos familiares que a Marta le entusiasmaban y que a ‚l le produc¡an un ligero dolor de est¢mago y un profundo fastidio. Ni la casa de campo, ni el hotel en la playa, ni la barca le emocionaban. ®Es todo un braguetazo¯, hab¡a dicho Javier. Pero no eran los millones de Alejandro lo que buscaba o necesitaba. Ni tampoco el mundo de relaciones que pod¡a abrirle aquel matrimonio. Era algo m s impreciso: una convicci¢n de que era aquello y no otra cosa lo que le correspond¡a. Como quien cumple un programa que, desde hace tiempo, va desarroll ndose sin interrupci¢n. Como fondo estaba aquella mujercita que la primera vez pr cticamente le arrastr¢ a la cama y se qued¢ desnuda mir ndole, mientras ‚l muy despacio se iba desatando los cordones de los zapatos. Marta estaba algo borracha y le miraba hacer. ®Tienes algo de tripita... No te vendr¡a mal jugar al tenis. Si quieres puedo ense¤arte a montar a caballo.¯ All¡ estaba ella esperando y ‚l miraba al suelo y no pod¡a apartar de su cabeza la conversaci¢n que hab¡a tenido aquella tarde con el secretario del ministro. Si estaba atento y no se distra¡a, las cosas pod¡an irle bien. Lo de las Cajas de ahorro pod¡a resultar interesante; m s de lo que hab¡a pensado en un primer momento. Aunque estaba el mundo de la privada que por ahora... --¨Te gusta m s que me deje el liguero?--hab¡a preguntado Marta, y ‚l se volvi¢ hacia ella, comenz¢ a besarla y dijo: --As¡, de cualquier forma; me gustas de todos modos. --Las j¢venes no lo hacemos bien--dijo ella y ‚l asegur¢ que s¡, que todo hab¡a sido perfecto y Marta no tard¢ en dormirse mientras ‚l segu¡a pensando en el asunto de las Cajas. Y ahora, mientras bajaba en el ascensor, se dio cuenta por fin de qu‚ era lo que le ven¡a irritando desde que se hab¡a levantado. No era ni Marta ni su madre, ni Alejandro, sino la seguridad de que a aquella comida acudir¡a tambi‚n el hermano peque¤o de Marta... ese mariconcete de mierda que... Con los a¤os Lorenzo se hab¡a vuelto intransigente y, sin darse mucha cuenta, hab¡a trasladado sus antiguos odios de clase a ®toda esa pandilla de degenerados, gentecilla que nunca hace nada, est‚riles, ni¤os de pap , toda esa monserga de se¤oritos que ni siquiera son capaces de...¯. Maricones todos. Y Luisito le parec¡a el compendio de todo lo que odiaba: un peque¤o bastardo siempre a la £ltima, que hac¡a sus pinitos en el partido liberal y que se vest¡a como una t¡a. Lorenzo ignoraba todo sobre la vida sexual de su futuro cu¤ado, pero detestaba sus ademanes, su tup‚ rubio y aquella languidez, que cuidaba a base de gimnasia, pesas y ropa italiana, comprada en cualquiera de aquellos viajes rel mpagos--de estudios, los llamaba--que deslumbraban a Martita madre. Cierta concepci¢n maniquea de aquellos primeros a¤os, cierta visi¢n del mundo como un ring, donde se debat¡an buenos y malos, apoyados por la marcha de la historia, hab¡a ido concret ndose en una actitud intransigente para con todo aquel que parec¡a inclinarse del lado de los d‚biles. Los hippies primero y luego, con los a¤os, todo tipo de ®degenerados, maleantes, gente sin voluntad, tipillos¯--procuraba ser cada vez m s despectivo en la terminolog¡a, como si al denigrarlos, los destruyera--constitu¡an una especie de tumor social incapaces de luchar con energ¡a por un proyecto y d‚ construir su propia vida, ®pandilla de delincuentes¯, y en ese t‚rmino inclu¡a tambi‚n a los homosexuales y a todos los que no hab¡a sabido reaccionar cuando lleg¢ el momento, gentes vagas, absurdas, que segu¡an constituyendo una traba para la buena marcha de la sociedad. Impotentes, afeminados. Al haber sustituido con relativa fluidez la vieja concepci¢n din mica de la historia por una filosof¡a pragm tica, donde el m s h bil o el m s fuerte ganaba siempre sobre el d‚bil, hab¡a ido fortaleciendo su actitud de rechazo ante ®aquellos par sitos¯. Y adem s hab¡a algo en la desfachatez de Luis y en todos los que se le parec¡an que le molestaba profundamente. Hijo de pap . l, Lorenzo, se hab¡a hecho a s¡ mismo. Pocas veces miraba hacia la infancia y pocos lazos le un¡an ya con esa familia a la que de vez en cuando--cada vez m s de tarde en tarde--se ve¡a obligado a visitar. Su padre, un funcionario de correos, un pobre hombre, que acept¢ sin entusiasmo los excesos revolucionarios de su hijo y que, eso s¡, le anim¢ desde el colegio para que, si quer¡a ser alguien, estudiase una carrera. Y ella, su madre, una mujer sin mucha voluntad y de pocas luces, una de esas malcasadas, volcada en los hijos y que a veces cerraba los ojos y dec¡a: ®­Ay, Lorenzo, hijo, c¢mo has cambiado!¯, y que, sin embargo, estaba muy satisfecha con la pensi¢n que le enviaba regularmente. Poco m s. Ellos no entendieron su actividad en la ‚poca de estudiante, ni comprendieron tampoco la desatenci¢n de aquel muchacho concienzudo que, a la vuelta del exilio, hizo unas oposiciones a t‚cnico del ministerio y se encarril¢ en una fulgurante carrera pol¡tica. Pero Lorenzo sab¡a que eso s¢lo se lo deb¡a a s¡ mismo. Su padre hubiera querido verle sentado all¡, en un puestecillo de la central, ascendiendo dentro del cuerpo y ella so¤aba con esos nietos y esa vida peque¤oburguesa, apacible y tonta: el coche un poco m s grande y m s brillante, la casita en el campo, los nietos tir ndole de las faldas... ®Eres demasiado despegado, hijo¯, dec¡a, cuando iba a visitarla, o si no: ®Trabajas mucho. Deber¡as pensar m s en ti mismo.¯ Y ahora aquella boda. Lorenzo era lo bastante orgulloso como para no avergonzarse de sus padres, pero con el sentido realista que le caracterizaba pensaba que tal vez era preferible no tener padre alguno que ense¤ar, cuando llegara el momento de las presentaciones. ®Es gente con mucho dinero, hijo¯, coment¢ ella y el padre movi¢ la cabeza: ®Sab¡a que llegar¡as a donde te lo propusieras.¯ En cualquier caso, era una suerte que vivieran en C ceres. Eso le hab¡a ahorrado presentaciones y sobre todo le hab¡a ahorrado a Marta un encuentro que tender¡a a decepcionarla. ®Mis padres son buena gente...--cont¢ ‚l--, pero est n ya mayores y prefieren pasar de estas cosas.¯ As¡ que el viaje prometido para presentarle a la familia se hab¡a ido demorando y Lorenzo muy en el fondo ten¡a la esperanza de que los achaques de su madre y la sempiterna pereza de su padre le evitar¡an al fin el encuentro. En cuanto a su hermano... Gonzalo antes o despu‚s acabar¡a apareciendo y Lorenzo se preguntaba qu‚ ten¡a ‚l que ver con aquel harag n tozudo y corto de mollera que se hab¡a dedicado al comercio y hab¡a terminado vendiendo ropa de se¤ora por los pueblos de Espa¤a. Guisantes rugosos y guisantes lisos. Cuesti¢n de genes seguramente. El materialismo algo mecanicista de Lorenzo se hab¡a ido recubriendo de una capa de biologismo que ‚l, por tradici¢n, segu¡a considerando secuela del darwinismo social. Gana el que puede. Y en ese el que puede inclu¡a una brillante carga gen‚tica, que le hab¡a dotado sin duda de cualidades id¢neas para la lucha por la vida. Y en esa actitud reverencial hacia el gen se mezclaba alg£n elemento supersticioso, un agarradero en su visi¢n sin trascendencias. Algo as¡ como lo que est  escrito est  escrito. El respeto al libro. Y ‚l, de alg£n modo, el elegido. Evidentemente no se lo formulaba as¡, pero un lejano malthusianismo, pasado por conceptos extra¡dos del Reader's Digest, sumado a la antigua concepci¢n materialista de la historia le hac¡a sentirse destinado o m s bien capacitado de antemano, algo as¡ como un ®en potencia¯--aparec¡an aqu¡ de nuevo sus viejos esquemas tomistas-aristot‚licos-- que le convert¡an en apto para... frente a toda una multitud de ni¤atos, maldotados que evidentemente, como el pez chico, estaban destinados a ser comidos. Los que pueden. Y los que no pueden. Marta con esa desenvoltura algo est£pida de ni¤a que no se entera, pero opina de todo, le hab¡a dicho un d¡a ante un comentario suyo despectivo sobre su hermano Luis: --No es homo, es bi. --Como yo cura contest¢ Lorenzo fastidiado . A m¡ todas esas distinciones me parecen tan vacuas como los argumentos ontol¢gicos de san Anselmo. Marta ni siquiera reaccion¢ ante el nombre del santo y Lorenzo, inc¢modo, sigui¢ diciendo: ®Al que le gusta que le den por culo es...¯ --No est  claro--dijo Marta--. A todos os gusta. --¨El qu‚? --Eso. La naturalidad de Marta para cualquier tema relacionado con la cama o el sexo se ejercitaba en lo verbal. A Lorenzo le desconcertaba un poco aquella mezcla de sabidur¡a de burdel y una ingenuidad de virgen intocada. Para Marta el sexo era algo limpio y sin muchos misterios, algo que se hac¡a y que a veces, no siempre, daba gusto. --Les gustar  a todos esos amiguitos tuyos que son... --No. A todos--dijo Marta--. A ti tambi‚n. Es una zona er¢gena. Y no lo he le¡do. Lo he probado. --¨Qu‚ es lo que has probado? --Eso, claro. No hay ni uno que se resista. Y t£ porque eres un estrecho. Si me dejaras hacer, ya ver¡as. En cuanto les acaricias ah¡, se vuelven locos. El ah¡ qued¢ colgado sin que Lorenzo quisiera recogerlo. Pero ella insisti¢. --El punto G. Todos ten‚is el punto G. No es cuesti¢n de mariconer¡a. Lo que pasa es que cuando lo prueban luego ya... --¨Cuando prueban qu‚?... Lorenzo comenzaba a enfadarse, pero ten¡a curiosidad y adem s se encontraba paleto. --Bueno, suponte que a un chaval... eso... pues luego le gusta y se cree que es homo. Por eso abundan tanto. Pero no todos lo son. Hay t¡os que s¢lo van con t¡as, pero que les encanta. Lorenzo record¢ las descripciones de su libro de cabecera y sinti¢ asco. --Eso es una guarrada--dijo poni‚ndose en pie--. Por eso hay tantas infecciones. Marta se dio media vuelta y no dijo nada m s. Y a partir de aquel d¡a, cuando ella se demoraba en las caricias y buscaba m s abajo, ‚l se pon¡a r¡gido y dec¡a: ®He dicho que no. Estate quieta.¯ --Me encantar¡a desvirgarte--dijo ella otra vez--. Nunca pens‚ que un hombre de tu edad tuviera tantos miedos. ¨Sabes lo que dice Luis?... Lorenzo no lo sab¡a y le daba lo mismo. Pero ella como siempre, hablaba por hablar: --Dice que cuanto m s miedo tiene uno al tema m s... Y el m s tambi‚n qued¢ colgado. En otra ocasi¢n Marta hab¡a comentado: --Ahora entiendo por qu‚ los de tu edad se van tanto de putas. Me parece que sois todos unos reprimidos. Como mi padre m s o menos. Aunque mi padre en realidad siempre ha sido bastante lanzado. Ha tenido unas t¡as guay... Y lo de las putas qued¢ tambi‚n colgado, sin que Lorenzo dijera nada. --T£ no has tenido muchas mujeres, ¨verdad?--pregunt¢ ella y ‚l sinti¢ una ligera punzada de desaz¢n. --No he tenido demasiado tiempo--dijo--. No es un tema que me haya inquietado mucho. --Y sin embargo no lo haces mal--continu¢ Marta prendida siempre de su discurso y absolutamente ajena a cualquier reacci¢n positiva o negativa del otro ante sus palabras--. Bueno, a m¡ al menos me gusta. Aunque no a todas les pasa lo mismo. Tengo una amiga con la que no tendr¡as nada que hacer. Pero a m¡ me gustas as¡, a lo bruto, sin muchos pre mbulos. Y otro d¡a se le sent¢ encima a horcajadas y le remov¡a con los dedos el pelo canoso del pecho. --Eres un poco tosco--dec¡a ri‚ndose--, pero eso ya lo sab¡a yo. En cuanto te vi, pens‚ que eras de los que violaban. Y a m¡ me encanta que me violen. Toda aquella palabrer¡a le aturullaba un poco. A veces pensaba que ella le estaba tomando el pelo y otras simplemente que era una putilla descarada sin cuatro dedos de frente que no sab¡a lo que dec¡a. Lo importante era de todas las formas que Marta parec¡a contenta y, cuando estuvieran casados, las cosas se organizar¡an a su modo. Hab¡a hecho caso a Javier y tomaba todos los d¡as su dosis de Farmat¢n Complex. --A esas edades--hab¡a dicho Javier--es dif¡cil tenerlas contentas y tu Marta parece ya muy resabiada. Pero los viajes, el trabajo y todo lo dem s facilitaban la relaci¢n. En realidad no sol¡a acostarse con Marta m s de dos veces a la semana y en la mayor¡a de los casos era siempre despu‚s de una abundante cena, mucho vino y un poco de guisqui. Lorenzo hab¡a aceptado aquella vida social con la misma seriedad y empe¤o con que se planteaba sus asuntos de trabajo. El que algo quiere algo le cuesta. Y no era mucho lo que le costaba. Alternaba la lectura de Sade con los abrazos de Marta y hab¡a conseguido, por lo menos en parte, distanciar a Paulette y los fantasmas. Adem s hab¡a impuesto una condici¢n que Marta hab¡a aceptado: no retirarse nunca despu‚s de la una y media. --Eres un muermo--dijo el primer d¡a--. Ahora empieza la noche.--Y luego, como si sacara una conclusi¢n--: Un marido es un marido.--Y aprob¢ el horario, dispuesta a asumir obligaciones conyugales. Lorenzo intu¡a que los d¡as que no se ve¡an ella segu¡a saliendo con sus amigos y estaba convencido de que seguir¡a vi‚ndoles y trat ndoles despu‚s de la boda. Pero eso era precisamente lo que ‚l deseaba y adem s nunca hab¡a conocido los celos y estaba seguro de que no iba a sentirlos por aquella mujer que, despu‚s de dos meses, segu¡a sin emocionarle. Cuando lleg¢ al portal aguard¢ un instante a que el coche se acercara. Pablo baj¢ para abrir la puerta. --Buenos d¡as, don Lorenzo. --Buenos d¡as. Vamos al ministerio. Luego no voy a necesitarle. --Ya... A las dos menos cuarto pasar‚ a recogerle para ir al restaurante. Pablo olvidaba pocas cosas. Pod¡a confiar en ‚l. Lorenzo carraspe¢ y, antes de meterse en el coche, escupi¢ en el suelo. éltimamente lo hac¡a con frecuencia. Fumaba demasiado. --Enchufa las noticias--pidi¢ y se recost¢ en el asiento. Eran s¢lo las ocho y media. HAC¡A MUCHOS MESES que no se dejaba caer por all¡. Pero aquella tarde pasaba cerca y pens¢ que no estar¡a mal charlar con Perico, mientras se tomaba un daiquiri de esos que Perico preparaba como nadie. --El secreto est  en el lim¢n: ni mucho, ni poco. Lo justo. Y en el az£car. Perico mov¡a sus grandes carnes de eunuco detr s de la barra. --El otro d¡a vino Ricardo--dijo--. Ese chico se est  quedando demasiado delgado... Cuando Perico abri¢ el bar todos pensaron--de eso hac¡a ya quince a¤os--que era un capricho m s de aquel culo inquieto, que hab¡a regresado por fin de Ibiza. Un bar--dijo entonces--de los de toda la vida. Ahora Perico se hab¡a convertido en el tabernero modelo. Hab¡a engordado v se hab¡a ablandado: sus rasgos antes rubios --® sangre irlandesa, de caballo de raza¯, como sol¡a decir--se hab¡an vuelto de cera, una cera amarillenta, salpicada de manchitas rojas en las mejillas y en los antebrazos, pecas que no consegu¡an alcanzar el marr¢n. Y su voz se hab¡a ido aflautando, al tiempo que sus ademanes se hab¡an hecho m s pausados. A Ernesto le recordaba cada vez m s a Charles Laugthon en no se acordaba qu‚ pel¡cula, un Charles Laugthon ir¢nico y afable que, cuando encend¡a las pilas, dejaba escapar largos discursos sobre el mundo, la pol¡tica y la experiencia religiosa. En los sesenta--antes de dedicarse definitivamente a la granadina, la coctelera y el vinito de verdad, ®un vinito de la tierra, de esos de Rueda, ni demasiado dulce, ni demasiado agrio¯--hab¡a le¡do a Nietzsche y era un aficionado de los toros, la fiesta, las ®nenas¯ chiquitinas y las aceitunas; una explosiva mezcla de cosmopolitismo y folclore nacional. Luego pas¢ por el zen, el yoga, el tantra y varios cursos de astrolog¡a con una sudamericana gordinflona y voluptuosa, que le hab¡a acogido en su casa y con la que comparti¢ los encantos del peyote y una especie de ®filosof¡a trascendental¯, que aunaba a Castaneda con el superhombre y los extraterrestres. Y un poso de todo aquello se trasluc¡a en sus comentarios, cada vez menos mordaces y m s meditabundos, como si las palabras a imagen de sus carnes hubieran ido limando sus aristas: --Me digo yo--dec¡a, acolch ndose en el taburete y dejando desparramar sus nalgas casi hasta el suelo--. Me digo yo que eso del Ir n... Siempre hab¡a una chispa de inteligencia en sus observaciones, un espacio para la intuici¢n en aquella jerga en la que se mezclaba un cierto espiritualismo de andar por casa con predicciones de Nostradamo y un creciente entusiasmo por las angulitas en su punto o una buena oreja de cerdo con jud¡as rojas. Ernesto hab¡a conocido a Perico en la ‚poca de la facultad, como a Jano y Ricardo; militaron juntos un per¡odo muy breve, al final de los sesenta y luego hab¡a compartido con ‚l los primeros  cidos y las primeras camas redondas en aquellos veranos de Ibiza, cuando todav¡a la isla estaba por descubrir. Perico se qued¢ all¡ a pasar el invierno y en los a¤os siguientes Ernesto volv¡a a encontrarle en un estado cada vez m s id¡lico, malviviendo con alguna venta de hach¡s y sirviendo en distintos chiringuitos, cuando llegaba el verano. Despu‚s consigui¢ abrir el suyo y Ernesto dej¢ de verle hasta que lleg¢ a Madrid, a mediados de los setenta y tom¢ aquel bar donde ‚l, Jano y Ricardo comenzaron a acudir un poco por solidaridad y un mucho porque era el £nico lugar en el que se encontraban como en casa. ##206# El abogado de la defensa se limita a pedir clemencia en nombre de la generosidad de la Revoluci¢n. Antes de entrar en la cocina, repet¡ la ceremonia de degradaci¢n, simple y breve, a que son sometidos todos los presos pol¡ticos. El polic¡a te agarra por los hombros desnudos, pues la vestimenta del preso es una suerte de mono sin mangas, color caca infantil, elegido al azar, as¡ que una semana puede bailarte en el cuerpo y la otra ce¤irte como una camisa de fuerza; te coloca con la nariz apretada a la pared y se cuadra frente a la puerta cerrada. Entonces, engolando la voz con un tono que supone marcial, pero que sus dificultades fon‚ticas hace incomprensible, exclama: --Ten'te, edeten¡o soisitao poute hasuntante tacatr s. El p rrafo memorizado es muy pomposo para el temperamento nacional; el polic¡a hace una pausa rel mpago y termina casi ahogado. --P¡o pedmiso pasedlo pas . Claro que si uno es cubano y lo ha o¡do m s de una vez, puede llegar a descifrarlo del siguiente modo: --Teniente, el detenido solicitado por usted hace un instante est  aqu¡ atr s. Pido permiso para hacerlo pasar. Desde dentro se oye un remedo de la voz de Fidel Castro, pues lograr, por lo menos, una inflexi¢n que se le parezca constituye el objetivo est‚tico y emocional de todo polic¡a cubano. --Concedido el permiso, compa¤ero. Puede hacerlo pasar. La primera vez que me llevaron a su oficina, Alvarez ten¡a puesto el uniforme de gala y actuaba con la ceremonia que se adopta para recibir a un general cautivo, despu‚s de un largo combate; pero hoy vest¡a el uniforme de descanso del ej‚rcito norteamericano, con la chaqueta ajustada al talle por un imponente cintur¢n verde, del que colgaba la no menos imponente pistola. Tem¡ que algo estuviese ocurriendo en el pa¡s, pues daba la impresi¢n de estar preparado para entrar en combate; su silencio y semblante turbado aumentaron mi inquietud. Adem s, esta vez no me orden¢ que me sentara. Estaba de pie, nervioso, frente al escritorio situado entre las sillas que habitualmente ocup bamos. A sus espaldas, por primera vez entreabierta, vi la puerta que me inquiet¢ desde el principio y a trav‚s de la cual se escuchaba el incesante teclear de varias m quinas de escribir, que sin duda copiaban los interrogatorios grabados para someterlos despu‚s al an lisis de los expertos. --Aqu¡ tenemos hace un mes a Mesi‚ Pier Golendor, connotado agente del enemigo. Sabemos lo que dijiste sobre su detenci¢n ®para demostrarme que Pier es culpable tienen que ofrecer las pruebas de su culpabilidad¯. ¨Y qui‚n eres t£ para tener que demostrarte prueba alguna? Guard‚ silencio, pero Alvarez no se detuvo. --Tenemos en nuestro poder todas las libreticas donde hac¡as tus apuntes ®literarios¯, que no son otra cosa que informes al enemigo. ¨Lo dudas? Dije que Golendorf era miembro del Partido Comunista Franc‚s y un amigo de Cuba. --Como t£, ¨no? Grit¢ entonces y extrajo abruptamente del caj¢n del escritorio el manuscrito de mi novela En mi jard¡n pastan los h‚roes. La reconoc¡ en seguida por las dos gruesas y duras tapas pl sticas que las empresas de exportaci¢n sovi‚tica emplean en sus cat logos y que yo utilic‚ como cubiertas. Eran inconfundibles. --Y aparecieron todas las copias. Hiciste m s ejemplares que el peri¢dico ®Granma¯, s¢lo que ®Granma¯ difunde las ideas de la Revoluci¢n, y t£ el veneno de la CIA. Acarici¢ las tapas relucientes y sonri¢ mientras miraba hacia la puerta. --Y tu mujer deb¡a estar aqu¡ tambi‚n contigo. Los dos est n cortados por la misma tijera. Dice que padece de claustrofobia, ya el m‚dico la ha calificado: es una hist‚rica. Dije que ella no ten¡a nada que ver con lo que yo hablaba, hac¡a o escrib¡a, no ten¡a por qu‚ sufrir mi misma suerte y mucho menos ser detenida sin raz¢n alguna. --¨Nos retas? Dije que no, pero sab¡a que era superfluo lo que estaba diciendo, que seguramente la habr¡an detenido momentos despu‚s que a m¡. Y as¡ era. No pude evitar que un fr¡o helado me recorriera de pies a cabeza cuando o¡ su voz surgiendo de una cinta magnetof¢nica, impugnando, tensa y angustiada, las acusaciones que este mismo oficial lanzaba contra ella. ¨Qu‚ relaci¢n ten¡a ella con mis poemas, mi novela o mis opiniones? ¨Por qu‚ se la encerraba injustamente en una de aquellas celdas? En realidad, nunca pude imaginar que recurriesen a tales procedimientos, £nicamente dictados por el m s injustificado de los odios. Lo m s grave era que si mi encarcelamiento por ®conspirar contra los poderes del Estado¯ era una patra¤a incalificable, el hecho de encerrarla a ella, cuyos padecimientos nerviosos conoc¡an perfectamente bien, s¢lo era concebible como resultado de una pol¡tica, que es el t‚rmino que se utiliza para tomar decisiones de altos niveles que, aunque injustas, son consideradas necesarias. De hecho era la venganza, dos a¤os despu‚s, por no haber logrado impedir que se me otorgara por unanimidad el premio nacional de poes¡a de la Uni¢n Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. A tal punto el jurado compuesto por personalidades cubanas y extranjeras hizo valer su criterio por encima de las presiones policiales, que mi libro Fuera del juego fue publicado por la propia instituci¢n, aun en contra de su voluntad. De mi novela se dec¡a que s¢lo buscaba un nuevo esc ndalo internacional. Les indignaba el t¡tulo En mi jard¡n pastan los h‚roes, porque pastar s¢lo pueden las bestias, por ejemplo, el caballo, que era el nombre que entonces la gente daba a Fidel Castro. Para dar una idea de la suspicacia con que la Seguridad del Estado lee la obra de los autores cubanos, se¤alar‚ el caso de Virgilio Pi¤era quien, al publicar sus poes¡as completas bajo el t¡tulo de La vida entera, incluy¢ ®Paseo del caballo>, aparecido en la revista Espuela de plata, en el a¤o 1941. Fue in£til que Virgilio mostrase el viejo ejemplar, la polic¡a suprimi¢ el poema a £ltima hora; pero como una iron¡a m s de la historia, en el ¡ndice de La vida entera aparece ®Paseo del caballo>, pues la eficiencia policial no lleg¢ hasta all¡. Puedo decir del t¡tulo de mi novela, que lo extraje de un brev¡simo poema de Roque Dalton, que empieza y termina con el mismo verso: ®En mi jard¡n pastan los h‚roes.¯ Roque era mi amigo de muchos a¤os, miembro del Comit‚ Central del Partido Comunista del Salvador, muerto en circunstancias que no han sido aclaradas por completo. Ten¡a un gran sentido del humor, de la s tira, y le entusiasm¢ la idea de que usara su verso como t¡tulo, pero cada vez que la novela era mencionada en los cen culos oficiales de la polic¡a, el ingenioso verso era como un insulto. Bien, no ten¡a dudas ahora de que venganza y odio pod¡an convertirse tambi‚n en pol¡tica, aunque no ve¡a la necesidad de extenderlo a mi propia familia. Se me hizo un nudo en la garganta, se me aguaron los ojos, Alvarez me observ¢ con condescendencia. --Si quieres, llora: es de hombre; pero antes de declararnos la guerra debiste preguntarte si le ten¡as miedo a las balas. Eres inteligente, no tenemos reparo en reconocerlo. Pero hab¡a que terminar con esta situaci¢n de los intelectuales en Cuba, si no queremos terminar como en Checoslovaquia, donde los escritores son abanderados del fascismo, como ese amiguito tuyo ruso, ese Evtushenko, que es un anticomunista y un antisovi‚tico. Evtushenko me hab¡a enviado un cable desde Mosc£, donde me felicitaba por el premio otorgado a mi libro Fuera del juego. ®Es un libro amargo--me dec¡a--pero las verdades amargas son tambi‚n verdades. Entonces respond¡, convencido de que no me servir¡a de nada, que yo estaba dispuesto a asumir mi responsabilidad hist¢rica. Alvarez grit¢: --S¡, claro, y con una taza de caf‚ al lado y un buen tabaco, para que despu‚s te conviertas en Presidente de la Uni¢n. --Es que usted tiene muy mala opini¢n de los escritores, teniente. --Porque todos son iguales. --¨Todos? --Todos--grit¢--, sin exclusiones. ¨Las hizo el Ch‚ cuando dijo que todos los escritores tienen el pecado original? Era el mismo razonamiento de Ra£l Castro. A¤os antes, en Praga, hablando con todos los que compon¡amos la misi¢n diplom tica y comercial de Cuba, al referirse a la pol‚mica suscitada en la URSS en torno a Soljenitzin, hab¡a dicho: ®En Cuba, por suerte, hay pocos intelectuales y los que hay est n siempre buscando las cuatro patas al gato.¯ Era el esp¡ritu y la letra de los editoriales publicados recientemente por la revista , ¢rgano oficial de las Fuerzas Armadas de Cuba, el verdadero m¢vil que promovi¢ el articulo ®Las provocaciones de Heberto Padilla" en sus mismas p ginas. Ra£l Castro lograba, al fin, su viejo sueno de depurar ideol¢gicamente el sector cultural como hab¡a intentado hacer con la moral del pa¡s, creando la memorable UMAP,* aquellos campos de trabajo forzado donde fueron hacinados cientos de homosexuales en la provincia de Camaguey. EL estilo era el mismo: la coacci¢n, la represi¢n, la c rcel. No olvidar‚ nunca el retrato que me hiciera de este hombre Waldo Frank en La Habana de 1960. Nos acompa¤aba un escritor cubano que me mir¢ aterrado. ®Alguna profunda anomal¡a gobierna a este hombre. Es fr¡o y cruel y puede llegar al crimen.> Mi amigo y yo comentamos con inquietud aquel juicio tajante; pero lo cre¡mos subjetivo. Frank estaba ya viejo y sol¡a medir a los hombres y acontecimientos de acuerdo con una peculiar ‚poca religiosa. --Ese momento llegar --dijo Alvarez, sin inmutarse--. Cuando cada ciudadano sea un miembro del Ministerio del Interior, como quiere Fidel. Entonces no habr  que detener a nadie. Pero hoy el Partido nos ha asignado esta tarea y la cumplimos. Tom¢ la novela de encima del escritorio y comenz¢ a darle golpecitos con una mano. --¨Sabes cu l es el verdadero t¡tulo de tu novela? ¨No lo adivinas? Se acerc¢ a pocos pasos de m¡. Y agarr¢ el manuscrito con una furia hasta entonces desconocida. Pero no vi, ni o¡ nada m s. Cuando abr¡ los ojos, no s‚ qu‚ tiempo despu‚s, no estaba ya en su oficina. Un peso enorme me oprim¡a la cabeza. Junto al tabl¢n donde yac¡a, el m‚dico me tomaba el pulso y me auscultaba: sali¢ despu‚s sin decir nada. Durante unos segundos trat‚ de reconstruir dolorosamente la escena anterior, pero sent¡a que mi cabeza triplicaba su tama¤o y que toda mi sangre acud¡a a ella; me zumbaban los o¡dos, y respiraba con dificultad, como si hubiera tenido una piedra gigantesca en el pecho. Entonces logr‚ incorporarme, me fui hasta el grifo de agua, empotrado en un rinc¢n del min£sculo retrete, que no era sino un simple agujero en el suelo. Me ech‚ agua fr¡a en la cara, en la cabeza toda y orin‚ un l¡quido sanguinolento y mi nariz comenz¢ tambi‚n a sangrar. Un fr¡o inexplicable en el mes de marzo se filtraba por las tres rendijas abiertas en lo alto de una pared para que pudiera penetrar el aire exterior; la celda estaba nimbada ahora por una especie de gasa incandescente que revelaba los muros garabateados a punta de cuchara--inscripciones pat‚ticas, despedidas del mundo, pedazos de oraciones, que me resist¡ a continuar leyendo. Hab¡a una bombilla, colocada en el umbral de la puerta, protegida por una fuerte malla de acero. Sent¡ voces que se acercaban por el pasillo, a trav‚s del cual nos desplaz bamos todos los detenidos pol¡ticos al ser conducidos a los interrogatorios. Nunca nos ve¡amos; para evitar la posibilidad de que ocurriera, los polic¡as utilizaban pitos para anunciarse cuando conduc¡an a alg£n detenido. En una ocasi¢n en que estuve a punto de encontrarme con otro detenido, sonaron dos pitazos al un¡sono y me empujaron de nariz contra la pared, hasta que lograron ocultar al otro y yo pude continuar mi camino. Sent¡a una gran debilidad, un gran cansancio, y regres‚ al tabl¢n, pero cuando intent‚ subirme a ‚l, me faltaron las fuerzas y ca¡ a todo lo largo de la celda, mis pies debieron golpear la puerta, el ruido debi¢ ser escuchado, no s‚; la luz de una linterna penetraba por la mirilla de la celda, ilumin ndome. Entonces la puerta se abri¢ r pidamente. Me encontraba en el Hospital Militar de Marianao. El sitio era amplio, ventilado y se pod¡an ver los  rboles a trav‚s de una alta ventana. La enfermera hab¡a terminado de hacerme un electrocardiograma y me ofrec¡a una toalla para que me limpiara los residuos del ungento. Una voz tonante, de hombre, llenaba todo el  mbito: ®Yo soy amigo de Ramirito Vald‚s y de Sergio del Valle.¯ Y segu¡a a¤adiendo nombres de dirigentes pol¡ticos a un inventario que nadie atend¡a, pues los polic¡as, m‚dicos y enfermeras pasaban a uno y otro lado sin inmutarse. Al poco rato se abri¢ la reja de mi cuarto y entr¢ una enfermera relativamente joven, fea, pero de semblante risue¤o, que me puso el term¢metro. Aprovech‚ la ocasi¢n para indagar sobre el hombre. Se limit¢ a decirme que estaba siendo atendido por los psiquiatras. --¨Pero si est  loco qu‚ es lo que hace aqu¡? --Est  siendo atendido; pero su caso, por supuesto, es distinto al de usted. He le¡do sus libros, los hemos discutido en la juventud, su influencia puede ser nociva para los j¢venes; pero tenemos instrucciones de atenderlo en este hospital lo mejor que podamos. Usted mismo escoger  su almuerzo y su comida. Es una orden. Tom¢ el term¢metro y lo mir¢ con preocupaci¢n, y yo se lo arrebat‚. --No era necesario--a¤adi¢ sonriente--. Tiene cuarenta de fiebre. Le dar‚ dos aspirinas para que le baje. Ahora el hombre mezclaba indiscriminadamente las figuras pol¡ticas, tanto del gobierno como del exilio. Era amigo de Ra£l Castro y de Ra£l Chib s; de Ramiro Vald‚s y de Hubert Matos. Era enloquecedor. --Est  loco--le dije a la enfermera y ella se volvi¢ un instante antes de salir. --Pero ten¡a su propia f brica de explosivos. Regres¢ para darme dos aspirinas y a la media hora la fiebre empez¢ a ceder, pero aquella lasitud que aumentaba a medida que bajaba la fiebre, me tra¡a la imagen de mi mujer, encerrada en una celda de la Seguridad del Estado, la de mis hijos--que no habr¡an ido a la escuela para evitar preguntas y comentarios de profesores y alumnos--, la de mis amigos a quien de alg£n modo afectar¡a mi detenci¢n. Porque ‚sta era, sin duda, el comienzo de una pol¡tica de mano dura que tanto hab¡a preconizado Ra£l Castro, que tanto hab¡a so¤ado dirigir ‚l personalmente. Vitali Voroski, que fue el primer corresponsal que envi¢ ®Pravda¯ a Cuba y quien sol¡a visitar a Ra£l, me dijo un d¡a paseando por la Avenida del Puerto: ®Ten mucho cuidado con lo que hablas, ten mucho cuidado.¯ Lo dec¡a con ansiedad. Vitali era de una naturaleza intensa, una inteligencia aguda, un hombre culto, miembro, adem s, del Partido Comunista de la URSS y combatiente de la Segunda Guerra Mundial. A la luz de mi experiencia actual, no tengo dudas de que era un agente importante de los servicios de inteligencia sovi‚ticos. Ese d¡a iba acompa¤ado por un joven escritor, cuyo nombre no quiero mencionar ahora, pero con quien en m s de una ocasi¢n volvimos a comentar con inquietud aquellas palabras. ¨Por qu‚ nos advert¡a de tal modo, estimul ndome a las m s inquietantes conjeturas? Se lo dijimos: --®Pravda¯ me ha comunicado que dentro de unos d¡as llegar  a Cuba un joven poeta ruso, m s o menos de la edad de ustedes, que se llama Evgueni Evtushenko. No lo conozco, pero sus poemas se publican en ®Pravda¯ y esto significa mucho en la URSS. Tampoco nosotros conoc¡amos a aquel nombre, pero ¨pretend¡a Voroski alertarnos acaso contra Evtushenko? --El Partido Comunista Cubano contin£a siendo stalinista--a¤adi¢ Voroski--. El peri¢dico ®Hoy¯ ni siquiera ha publicado el discurso de Krutshov ante el XX Congreso, y ve con disgusto el viaje de Evtushenko. Dicen que los anti-stalinistas de hoy son los anticomunistas de ayer. Les horroriza que Evtushenko se relacione con cualquiera de los j¢venes de gritaba en aquella asfixiante cervecer¡a cubana en que la orina compet¡a con el chorro amarillento de una cerveza horrible, servida al precio de un d¢lar en cualquier recipiente, porque jarras no hab¡a. El viejo sacaba de quicio a mis inolvidables acompa¤antes Hubert Mart¡nez Llerena y Alberto Mart¡nez Herrera, pero los tres sent¡amos la amenazante cuchilla en el mismo sitio en que la sufre el toro. De modo que el oficial de Seguridad tuvo raz¢n desde el principio: el verdadero t¡tulo de estas p ginas tendr¡a que ser La novela inconclusa. Y a tal punto lleg¢ la grotesca parodia de cuanto me ocurri¢ en Cuba, que al intentar reescribir los cap¡tulos perdidos, siempre me remit¡, sin poder evitarlo, a mi propia vida. Son inconclusos los destinos de cada uno de estos personajes, las situaciones en que est n envueltos, porque inconcluso y fragmentario es todo cuanto se escribe en una atm¢sfera pol¡tica de asfixia, cuando las p ginas de un libro deben ser escondidas y el "tiempo absoluto de la literatura¯ de que hablan los cr¡ticos y de donde afirman aparece la genuina calidad, se hace secundario y lo que prevalece es el peso, casi furioso, del mensaje. Los libros que se escriben en el socialismo son generalmente imperfectos, la est‚tica en boga o clandestina de estos pa¡ses los hace segregar siempre desesperaci¢n o neurosis. No es raro que en el extranjero se acepten m s por solidaridad que por un sincero reconocimiento literario; son libros prohijados, adem s, por el esc ndalo extraliterario. Yo viv¡a en Nueva York cuando estall¢ el esc ndalo en torno a la novela de Boris Pasternak. No olvidar‚ nunca aquel rostro de aguilucho turbado en la foto que llenaba todas las librer¡as de Nueva York. Le¡ la novela entonces, como muchos de mis amigos, sin percatarme de su otro valor. A¤os despu‚s, viajando y viviendo en distintos pa¡ses socialistas pude comprobar de qu‚ modo los lectores de aquellos pa¡ses le¡an este libro que circulaba entre ellos clandestinamente. Lo le¡an con el aliento suspendido, el coraz¢n en vilo y hasta con l grimas en los ojos; pero en Espa¤a un editor de vanguardia, Carlos Barral, al hacer el elogio de su poes¡a calificaba la novela como "mediocre o desproporcionadamente famosa¯. Y el novelista Juan Goytisolo escrib¡a que ®para enjuiciar la novedad e importancia de estos escritores, lo hacemos en funci¢n de su audacia tem tica, sin tener en cuenta, como es, por ejemplo, el caso del Doctor Jivago o las novelas de Solfenitzin, que su esquema, su construcci¢n, su sintaxis, repiten, sin grandes variantes, los procedimientos narrativos decimon¢nicos--un mundo anterior a Marx, a Freud, a Ferdinand de Saussure¯, porque seg£n ‚l Y ‚l le tendi¢ la mano, no ocult¢ su profesi¢n y dio la orden a sus acompa¤antes de que se alejaran. De estatura peque¤a, piel blanca, pelo rubio y lacio, ojos muy claros y una complexi¢n que iba de lo excesivamente obeso a lo extremadamente magro, de acuerdo con las oscilaciones de su enfermedad renal, la £ltima vez que lo encontr‚ sufr¡a mucho con el desajuste de su vida matrimonial. Se hab¡a divorciado y trataba de conciliar los mundos infantiles de dos ni¤as: la suya y la de su nueva esposa. Su hermano se suicid¢ en su oficina del Departamento de Filosof¡a de la Universidad, donde trabajaba, v¡ctima de conflictos emocionales. Pero Gustavo amaba su oficio, sent¡a un enorme orgullo de ejercerlo y su verdadera angustia radicaba en no poder exhibir en el Ministerio de Cultura o en la Uni¢n de Escritores, por donde merodeaba constantemente, aquel uniforme de Mayor que constitu¡a su m s alto blas¢n. Entr‚ en el avi¢n y me sent‚ junto a una de las ventanillas a trav‚s de la cual pod¡a mirar el aeropuerto por el que hab¡a entrado libremente durante tantos a¤os y que un d¡a me fue cerrado s£bitamente por decisi¢n de un solo hombre; ahora ese hombre--trece a¤os despu‚s--decid¡a abrirlo para m¡. En las terrazas llenas de gente que agitaban las manos despidiendo a otros que, como yo, hab¡an sido puestos en libertad, lo contempl‚ todo con una extra¤a sensaci¢n de irrealidad. Como en el verso de Keats ®Was it a vision, or a waking dream?¯ ...do I wake or sleep. Todav¡a situado a unos metros del avi¢n, a pocos pasos de los viajeros canadienses que sub¡an la escalerilla, el oficial de la Seguridad contemplaba la escena. Lo vi, por primera vez, desde una altura no moral, sino f¡sica. l estaba realmente abajo, en la pista asfaltada por donde rodar¡a el avi¢n; ‚l quedaba debajo, aparte, como el tiempo muerto de mis zozobras. Record‚ mi primer encuentro con Fidel Castro en mi celda del Hospital Militar, el estruendo de rejas que se abr¡an y el movimiento espectacular de la escolta abri‚ndole paso en un sitio en que hasta los objetos se habr¡an arrodillado para hacerlo pasar; record‚ los gritos que lanz¢ a los polic¡as: ®Salgan todos y esperen en el pasillo¯ en tanto sus guardianes se esfumaban como por ensalmo, y ‚l agitaba un file, una carpeta reluciente y daba grandes pasos a uno y otro lado evitando mirarme frente a frente, ®aqu¡ los £nicos que tenemos que estar somos nosotros dos¯. Se volvi¢ entonces teatralmente: ®Porque hoy tengo bastante tiempo para hablar contigo y creo que t£ tambi‚n; y, adem s, tenemos bastante de qu‚ hablar.¯ S¡, tuvimos tiempo sin duda para hablar, o para que ‚l hablara y se explayara a su gusto y se cagara en toda la literatura del mundo ®porque echar a pelear revolucionarios no es lo mismo que echar a pelear literatos, que en este pa¡s no han hecho nunca nada por el pueblo, ni en el siglo pasado ni en ‚ste; est n siempre trepados al carro de la Historia...> El imponente jefe que se alzaba soberbio frente--debi¢ pensarlo as¡--al no menos imponente adversario vestido con un uniforme descolorido, con una cicatriz todav¡a sangrante en la frente, con todo el cuerpo adolorido por las inmortales patadas de la Historia. ­Inolvidable encuentro! Ya lo he descrito con todos sus detalles en mis Memorias, y conf¡o en que ‚l escriba alg£n d¡a su versi¢n de ese y de todos nuestros encuentros posteriores de modo que ambos quedemos en paz con nuestra conciencia. Record‚ la madrugada en que conoc¡ la cara m s impresionante que la Historia puede mostrarle a un hombre cualquiera. Ese hombre era yo. Como a las seis de la ma¤ana apareci¢ el oficial Alvarez acompa¤ado de otro de apellido Guti‚rrez. Dieron orden a la enfermera de que me entregaran la ropa con que me hab¡an detenido y me dijeron que me vistiera. --Vamos hasta la playa; t£ necesitas un poco de aire. El loco se agit¢ en su cama y lanz¢ un largo lamento. Ahora reiniciaba su angustioso inventario, nombres y m s nombres. Los oficiales se volvieron en direcci¢n a la voz. El jefe hizo un comentario--el jefe era el tal Guti‚rrez--, pero no pude entenderlo. Salimos y entramos en un carro com£n cuya £nica singularidad era la planta de control remoto mediante la cual ellos fueron anunciando a la Jefatura los sitios por donde pasaban. Al final de Guanabo, en un apretado boscaje que daba acceso a una playa solitaria, hermosa e iluminada por el amanecer, nos detuvimos. --¨No te sientes mejor? --me pregunt¢ Guti‚rrez. Alvarez se sent¢ en un pedrusco. Me invit¢ a que me sentara, pero yo rehus‚, aduciendo que prefer¡a estar de pie. --Pues si quieres mantenerte de pie debes pensar muy seriamente lo que est s haciendo. Nosotros podemos destruirte. Podemos destruirte aunque t£ sepas que legalmente no tenemos raz¢n alguna. No has hecho nada, no has puesto ninguna bomba ni has cometido ning£n sabotaje, ni has hecho contrabando de divisas; pero todo esto lo reconocer  la Revoluci¢n en su momento y no tendremos reparo en rehabilitarte, pero hoy t£ representas una tendencia peligros¡sima en el pa¡s y hay que destruirla. De modo que s¢lo tienes una salida: ponerte de acuerdo con nosotros... El regreso a la celda del hospital lo hicimos en silencio. Recuerdo que se despidieron sin a¤adir una palabra m s. Ya hab¡an dicho lo necesario. La enfermera entr¢ en mi celda, siempre sonriente, con un uniforme limpio. Cerr¢ lentamente la puerta al salir y se detuvo un instante. --En lo adelante se sentir  m s tranquilo para reflexionar. . . --¨C¢mo? --Ya no hay m s loco--agreg¢--. Lo han trasladado a la Seguridad. As¡ podr  estar m s tranquilo. Y en el asiento del avi¢n volv¡ a recordar tambi‚n al pobre hombre cuyos gritos empec‚ a echar de menos en aquella soledad silenciosa que aumentaba mi angustia. Ahora todo quedaba detr s, all  abajo, igual que el polic¡a que miraba hacia m¡. Volv¡ a apretar la bolsa de nylon donde estaba mi manuscrito; los motores del avi¢n comenzaron a funcionar. Sent¡ los primeros movimientos de las h‚lices como una liberaci¢n; al fin rod bamos sobre la pista y el oficial desapareci¢ de mis ojos. Cuando el avi¢n despeg¢, cobr¢ altura, se estabiliz¢ y o¡ la voz de la aeromoza que nos rogaba que no fum semos mientras durase el ascenso, mir‚ a trav‚s de la ventanilla la gran extensi¢n brillante, aquella mezcla de verdor y de luz que era tambi‚n mi patria. No s‚ qu‚ haya de Cuba en estas p ginas; pero algo, sin duda, debe haber. Nadie se planteaba si eran eficientes o no; lo que interesaba es que Cuba existiera en los continentes, en el mundo--la eterna ansiedad de las islas--, que todo fuese v¡nculo, que los aviones despegaran y aterrizaran en ella. Por eso los pasillos de los hoteles eran un rumor interminable de conjeturas pol¡ticas. Desde 1959 aquellos hoteles abarrotados de extranjeros eran la antesala de Cuba. Afuera continuaba debati‚ndose el clima contradictorio de la Isla, en la que un fresco amanecer pod¡a culminar con una tarde asfixiante. Ahora se desataba uno de esos aguaceros no se¤alados por ning£n pron¢stico del tiempo, s¢lo atendidos durante las temporadas cicl¢nicas. El carro estaba aparcado a s¢lo unos metros, pero correr esa breve distancia bajo tal chubasco lo empapar¡a en segundos. No obstante, iba a echar a correr cuando lo detuvo una voz a sus espaldas. --Se va a empapar--era el hombre que lo hab¡a estado observando durante su discusi¢n con el empleado. F¡sicamente no correspond¡a a la imagen t¡pica del cubano; m s bien alto, de pelo lacio y rubio, ojos azules, el ment¢n un poco exagerado, vest¡a al modo peculiar de los extranjeros. Julio descubri¢ de inmediato que se trataba de un agente de la Seguridad del Estado. Llenaban los hoteles, mezclados a los extranjeros, fingiendo ser uno m s, pero la expresi¢n acuciosa y alerta los traicionaba. Por lo menos, a los ojos de Julio. El viejo prejuicio racial del pa¡s, que la Revoluci¢n no hab¡a eliminado, identificaba a los polic¡as con negros o mestizos; jam s con la fisonom¡a de un antiguo miembro de los aristocr ticos clubes deportivos; pero en la selecci¢n de los nuevos agentes se escog¡a ahora a los tipos id¢neos para operar entre los probables enemigos, gente de su misma clase, incapaces de despertar sospechas. En los a¤os en que Julio desempe¤¢ funciones de mayor responsabilidad en el gobierno, le llegaban noticias sobre audaces acciones de viejos condisc¡pulos, entonces apol¡ticos e insensibles al menor sentimiento de justicia social que actuaban como agentes cubanos en el extranjero, se filtraban en las organizaciones contrarrevolucionarias y en los organismos de inteligencia norteamericanos. As¡ borraban su origen de clase, sus compromisos con la burgues¡a y as¡ tambi‚n se vengaban de sus resentimientos estudiantiles, adquiridos en las universidades norteamericanas, donde sus compa¤eros--mas o menos sajones--los designaban con aquel gentilicio discriminativo, latinos. Ahora estos latinos eran las mejores expertos en la idiosincrasia y en las debilidades del mecanismo social de sus ex condisc¡pulos. --Yo estaba presente cuando trajo a la muchacha. El empleado es un bur¢crata. Usted lo dijo: la burocracia nos va a tragar a todos. Hasta en el acento se pod¡a advertir la universidad privada. El hombre quer¡a ser amable, pero en aquella falsa cordialidad con que repet¡a sus propias palabras sent¡a las comillas del informe, la satisfacci¢n grotesca de los provocadores. Julio corri¢ hacia el autom¢vil sin responderle. Mientras se dirig¡a hacia el Malec¢n segu¡a pensando en el hombre. Se detuvo frente al sem foro de la calle L¡nea. A un lado, vio una de las grandes vallas con que se celebraba ese a¤o el aniversario del triunfo de la Revoluci¢n. Estaban diseminadas por todas partes. :Zaida y Fern ndez Junco se lo hicieron notar dos d¡as antes. Hab¡a uno emplazado en la esquina m s visible de la Quinta Avenida, a unos metros de su propia casa. Bajo la consigna de Ellos se¤alan el camino a seguir estaba pintado el rostro de Eduardo, muerto un a¤o antes de la toma del poder, en uno de los tantos enfrentamientos entre estudiantes y polic¡as. Era un recurso al que se apelaba por primera vez: aliar las figuras de los primeros m rtires de la lucha contra Batista con la ideolog¡a pol‚mica del presente; englobarlos a todos en una acci¢n y en un mismo ideario. Eduardo aparec¡a v¡vido, con una poderosa intensidad en los ojos y en la sonrisa l nguida de la fotograf¡a que Luisa conserv¢ durante alg£n tiempo en su apartamento de soltera. ¨D¢nde la habr¡a guardado? Al comienzo de sus relaciones, la foto presid¡a la sala como la de un hermano muerto, a la que Julio s¢lo prest¢ atenci¢n el primero de enero de 1959, casi a la medianoche de aquella jornada £nica en su vida. Luisa no hizo comentario alguno cuando hab¡a visto la valla. Mir¢ la imagen de Eduardo como si fuese la de un m rtir cualquiera. Actuaba como un hombre para quien el recuerdo de una mujer apenas constituye un pasado, por muy intensos que hayan sido sus v¡nculos. El tiempo acaba por disolverlos en una indolente realidad, en vagos est¡mulos difusos como en las asociaciones de la masturbaci¢n, cuerpos de alguien y de ninguna; un sexo impersonal, an¢nimo. Es el tiempo, los a¤os, lo que va elaborando la imagen obsesiva, el recuerdo de ciertas posesiones que no desaparecen, que se interponen a toda relaci¢n, a toda entrega. Y cuando sali¢ de la reuni¢n en que a cada uno le fue asignada su tarea, no quiso regresar a casa, sino que anduvo un poco por las calles, mezclado a la alegr¡a de la multitud. Desde la acera del Malec¢n sent¡a el rumor de la ciudad toda, de modo que se dej¢ llevar por el oleaje humano, avanz¢ hasta el parque Maceo y continu¢ hasta la Avenida del Puerto. Los botes de Casablanca estaban decorados con las banderas rojas y negras del Movimiento 26 de Julio y en la bah¡a se entonaban canciones revolucionarias, que antes ten¡an que o¡rse en secreto. ­sta era, al fin, la libertad! Al llegar a la plaza de la catedral, en el lugar que ocupaba el restaurante Par¡s, surgieron coros entusiastas; cuando estaba a medio camino sinti¢ que lo llamaban por su nombre. Una muchacha agitaba las manos frente a una de las puertas de la catedral: Luisa; de nuevo. Su cara juvenil y entusiasta. Se abrazaron como viejos amigos. Lo invit¢ a su estudio, en los altos del restaurante. Una habitaci¢n hermosa, adornada con buen gusto, con elementos coloniales: mamparas y vitrales. All¡ estaba el esbozo de sus teor¡as de hacer una arquitectura cubana, org nica al pa¡s, que m s de una vez le hab¡a expuesto. Me gusta s¡, le dijo, porque en realidad le agrad¢ la atm¢sfera inteligente y sensible que dominaba el estudio. Entonces vio la foto de Eduardo por primera vez y observ¢ el rostro s£bitamente triste de Luisa. --No pudo conocer esta alegr¡a, Julio. Y era el ser m s tierno y noble del mundo.--La escuch¢ sin apartar los ojos de la foto. --Bebe algo. --S¡. Bebamos. Ella sirvi¢ dos whiskys y se sent¢ en el butac¢n junto a ‚l. --Por la libertad--dijeron casi al mismo tiempo. Ella mir¢ al retrato. --Estuvimos a punto de tener un hijo. Fue la £ltima vez que hablaron de Eduardo; despu‚s se refer¡an a los planes concretos en que estaba envuelta ella. Quer¡a ofrecer sus ideas para la construcci¢n de barrios obreros con el estilo cubano que hab¡a iniciado el arquitecto Porro. Amaba los altos puntales, la abundante vegetaci¢n en torno, los vitrales que atenuaran, tamizaran la luz como lo hicieron los arquitectos espa¤oles de la colonia, atendiendo a la realidad del pa¡s, sin remedar sus estilos peninsulares. Meses despu‚s, cuando la relaci¢n cobr¢ una intimidad inevitable, el cuadro desapareci¢. El d¡a en que fue responsabilizado por el movimiento revolucionario para comunicarle a Luisa la noticia de la muerte de su compa¤ero, lo hizo como quien cumple un estricto deber. Nada lo ataba a Eduardo en el orden personal, ni lo hab¡a conocido en la universidad como a tantos otros, pero Humberto y Caruca lloraron con rabia e impotencia, cuando lo vieron desangrarse en el carro que ‚l, Julio, trat¢ de conducir lo m s veloz y cuidadosamente hasta la cl¡nica privada que la organizaci¢n revolucionaria utilizaba para estos casos. Diez a¤os transcurridos y no obstante el rostro sereno, un poco l nguido de Eduardo, pintado con precisi¢n, junto al lema del a¤o le se¤ala el camino a seguir, no hab¡a sido tocado por el tiempo. Sus veinte a¤os intactos; los que ‚l ya no ten¡a: Luisa hab¡a conocido, necesitado, amado aquella naturaleza que todo el pueblo aplaud¡a y respetaba. Era el tiempo que seguramente a¤orar¡a. Ahora ambos entraban en a¤os de madurez, frustrados, vulnerables, aunque ella, Luisa, luchara por ocultarlo; se lo atribu¡a al cansancio, a las horas de trabajo en el Ministerio de la Construcci¢n, dedicada al plan de los parques infantiles para ofrecerlos a la direcci¢n del Partido como alternativa econ¢micamente ¢ptima y educacionalmente muy superior a los C¡rculos Infantiles, que eran continuaci¢n de los viejos m‚todos de la Rep£blica, grandes moles represivas. Su proyecto aprovechaba las ventajas del clima cubano, la buena intemperie del tr¢pico; pero en los £ltimos meses ‚l advert¡a en la fatiga de Luisa ra¡ces m s hondas; en tanto su deseo sexual se manten¡a vivo, el de ella iba en declive; el cuerpo que pose¡a--no siempre con la regularidad deseada--apenas lograba responder a su ardor. ¨C¢mo habr¡a respondido ella al de Eduardo? Mir¢ otra vez, con angustia, al cartel elaborado en la Oficina de Orientaci¢n Revolucionaria, aquel Ministerio de Informaci¢n que no se atrev¡a a revelar su nombre, para evitar el recuerdo del que fue creado por Batista. El rostro de Eduardo, ilustrando los cientos de cartelones que llenaban todo el pa¡s, ocupaba los lugares m s visibles de La Habana. Un golpe publicitario sutil, como toda la propaganda de la COR,*  gil, elaborada, buscando los efectos de las viejas agencias publicitarias del capitalismo. Mientras se acercaba a la casa temi¢ encontrar a Zaida en el patio, ordenando aquellos viejos trastos apolillados que sacaba cuando ya no quedaba m s remedio. Probablemente tambi‚n Fern ndez Junco habr¡a soltado el perro para disfrutar de sus locas carreras alrededor del patio; pero al llegar, no vio a ninguno, de modo que pod¡a evitarse el saludarlos. La ansiedad no acababa de desaparecer. Las traducciones que cada semana deb¡a entregar puntualmente lo angustiaban a£n m s, y ahora le endilgaban la responsabilidad de servirle de int‚rprete a una sueca que, para colmo, s¢lo hablaba alem n. Acept¢ la encomienda por Humberto y por Braulio que se lo rogaron. Nadie en la COR hablaba alem n. ¨Con qu‚ nombre habr¡a ocultado la Seguridad a esta muchacha insignificante? Tal vez se equivocaba y ella misma hab¡a decidido su anonimato. De un tiempo a esta parte todo el mundo ten¡a la man¡a de la persecuci¢n. Se ape¢ del carro para abrir la verja y con los faros encendidos quit¢ el cerrojo. Le llam¢ la atenci¢n un cable que chisporroteaba bajo la lluvia, precisamente el que llevaba la luz al cartel con la imagen de Eduardo. Entonces se agach¢ lentamente mirando a todos lados, para estar seguro de que nadie lo ve¡a; agarr¢ un pedrusco y lo lanz¢ contra las bombillas hasta despedazarlas. Mir¢ otra vez en todas direcciones y sonri¢ satisfecho. La desaparici¢n de las luces aument¢ la penumbra del atardecer. La casa estaba a oscuras. Luisa seguramente se encontrar¡a en casa de Braulio y Caruca, y se alegr¢, pues as¡ podr¡a estar unos minutos sin hablar y olvidar la est£pida discusi¢n del hotel; pero al dirigirse a la entrada lo sorprendi¢ que en una de las paredes que daba al jard¡n, en aquella en que no hab¡a libreros ni cuadro alguno, se insinuaba una grieta que se extend¡a de un extremo a otro. La luz del atardecer entraba por ella. --Supongo que puedes esperar unos d¡as. --Mi terror son las lluvias--le contest¢--. Tengo miedo de que la casa nos caiga encima. --¨Es muy grande la grieta? --En realidad no la hab¡a notado hasta ahora. Pero es enorme. --¨Y no la hab¡as notado? --La he visto al entrar. --¨Est n construyendo alg£n edificio cerca? --Yo pens‚ lo mismo, pero no. Es la pared que da al jard¡n. Hay una gran distancia de aqu¡ a la puerta de hierro. No hay m s que  rboles y la casa de los Fern ndez Junco y la vieja Zaida. Lo dem s son los edificios de becados, t£ sabes. --De todas formas, no puede ser tan grave, Julio. --Yo creo que s¡. --¨No est s exagerando un poco? --Lo m s terrible es que crece por minutos. --La casa no es tan vieja. --De acuerdo; pero las paredes han comenzado a separarse y hay por lo menos un cent¡metro de abertura. Pod¡a ver el d¡a y los  rboles y la hilera de muebles herrumbrosos amontonados, el columpio y la noria y la higuera de Bengala seca y negra; pero no se lo dijo. --Mi preocupaci¢n mayor es Luisa --¨No puedes clausurar por unos d¡as la habitaci¢n o, por lo menos, evitar que ella entre? --Es lo que pienso hacer. Pero, viejo, esto era lo £nico que faltaba. Ya hemos clausurado siete. Pr cticamente vivimos en el cuarto y la biblioteca. Bueno, av¡same si puedes hacer algo. Colg¢ y de pronto pens¢ en una soluci¢n emergente. El cuadro de Ra£l Mart¡nez, una especie de secuencia mural, ocupaba la pared contigua y ten¡a las mismas dimensiones de la grieta. Podr¡a cubrirla por lo menos durante las primeras horas, sobre todo si no llov¡a. El cuadro encaj¢ perfectamente; s¢lo de vez en cuando lo mov¡a un temblor apenas perceptible. ®Si no hace mucho viento esta noche no se dar  cuenta de nada.¯ Sin embargo, la idea de que el cambio pudiese contrariarla perturbaba sus planes. En los £ltimos meses su ansiedad hab¡a tomado sesgos demasiado sutiles. Los libros, los b£caros, los ceniceros ocupaban un lugar y siempre el mismo. Hab¡a una especie de complacencia morbosa en aquel tono urgente que lo recriminaba por encima de la m quina de escribir. --Julio. Al volverse la ve¡a nerviosa, con el dedo se¤alando su error, su abandono. Era cierto. Siempre olvidaba que despu‚s de ba¤arse lo correcto era desplegar la toalla. Pero estas minucias fueron configurando una especie de c¢digo feroz que hab¡a acabado por regir hasta sus relaciones m s ¡ntimas. Incluso en el modo de poseerla (tarde en la noche, despu‚s de horas fatigosas de traducci¢n) ella le exig¡a aquel jadeo sim‚trico cuya m s leve alteraci¢n la pon¡a al borde del llanto. Este cuadro ah¡, en un sitio no elegido por ella, podr¡a agravar las cosas. Pero entre clausurar por unos d¡as la biblioteca (cosa que despertar¡a igualmente su curiosidad) y el sugerir un cambio en la distribuci¢n de los cuadros, para lo cual ‚l podr¡a emplear todos sus recursos persuasivos, no vacil¢ en optar por lo segundo. Lo primero era apagar la l mpara central y encender el velador; lo segundo, esperarla en la sala y conducirla al dormitorio con la excusa de una conversaci¢n que no deber¡a tenerse en una biblioteca demasiado observada por los alumnos de los edificios cercanos. Finalmente retenerla en el cuarto con un pretexto cual quiera. Encender la radio para o¡r una emisora de onda corta donde hablar¡a un viejo amigo exilado. Al d¡a siguiente todo resultar¡a m s f cil. La acompa¤ar¡a hasta la parada del autob£s y emplear¡a el d¡a en tratar por todos los medios de cubrir la grieta que ahora dejaba ver el resplandor de la tarde que hac¡a m s intensos los colores del ¢leo. Luego pens¢ en la £ltima alternativa: crear des¢rdenes simult neos en distintos lugares de la casa. Fue a la cocina, tom¢ caf‚ y dej¢ la taza sucia. Aplast¢ dos o tres colillas en el cenicero. Cambi¢ de lugar los b£caros, desorden¢ los libros, algunos diccionarios. Se estuvo un rato contempl ndolo todo y se dej¢ caer en la chaise longue, con las cuartillas sin corregir de la abominable traducci¢n de El fin de la utop¡a, de Marcuse, una discusi¢n tenida en la Universidad Libre de Berl¡n, recogida en libro con todas las caracter¡sticas de la estafa, porque del fil¢sofo germanonorteamericano s¢lo hab¡a unos p rrafos al comienzo y algunas respuestas al final bastante breves. El resto era comentario de profesores y alumnos. A pesar de la hostilidad que sent¡a por estas discusiones que se ve¡a obligado a traducir con la mayor fidelidad, tal y como se lo exig¡an, hab¡a sido ‚ste en los £ltimos meses su £nico medio de existencia. De pronto las tediosas sesiones de alem n que su madre le hab¡a impuesto con severidad (el viejo profesor austriaco mir ndole d¡a tras d¡a con desapego profesional) ahora lo ayudaban a no morirse de hambre en una isla extra¤a a su educaci¢n, una isla que desde ni¤o s¢lo hab¡a tocado algunos de sus sentidos: el olfato, el o¡do: el mal olor, el grajo, la percusi¢n y la bulla. Lo dem s era esa pl stica insolente: tipos cetrinos y gesticulantes, y las grandes palabras. Se sinti¢ endurecido y c¡nico, porque estos frecuentes pensamientos acababan por humillarlo. Esta isla calurosa y salvaje era lo suyo, y su misma hostilidad y desapego no pose¡an ning£n valor excepcional por encima de los defectos que consideraba intolerables. Su propio desamor fomentaba esos males. ¨Lo sab¡a el fil¢sofo alem n que hablaba del tercer mundo con matices que recordaban las viejas adoraciones al buen salvaje, y el culto a la vida primitiva, a los pueblos j¢venes? Le hab¡a prometido a Humberto realizar las traducciones y entregarlas sin comentario alguno. ( y seguidamente un trozo de reclamo tur¡stico: ®In Holland, where the good life begins¯ con una campesina holandesa a todo color, el regazo lleno de flores viv¡simas. Hab¡a otro pacientemente elaborado: una aeromoza sentada sobre el sombrero del T¡o Sam que cubr¡a la cabeza de un Goldwater enigm tico, el pecho atravesado de cifras y un texto breve: ®I saw soviet Cuba¯, con una cesta de manzanas y un Malakovsky cabeza abajo. La miraba fija y atentamente como un poseso. Fing¡a buscar en el diccionario, garrapateaba sobre la hoja de papel para hacerle creer que correg¡a alg£n texto, para verla completamente abandonada a s¡ misma tratando de buscar efectos imprevistos entre la letra y la imagen. A veces se paraba de pronto, analizaba el conjunto, ced¡a al tedio o al cansancio y se dejaba caer en la chatse longue a unos metros de ‚l, mirando el techo con ojos de impaciencia o alarma. No pod¡a observarla mucho rato sin llegar al punto de siempre: el desasosiego, que se mezclaba al celo m s primario. Mientras m s absorta la ve¡a, m s se obstinaba en situarla en su vida anterior, sobre todo con Eduardo. No hab¡a conocido a muchos hombres; tal vez a menos de los que la mayor¡a de las mujeres conocen; pero los tres o cuatro que la hab¡an hecho suya eran centro constante de sus obsesiones. Odiaba la pasi¢n que ella hab¡a puesto en esas experiencias, la m¢rbida curiosidad que la hab¡a arrastrado a esos extra¤os que s¢lo habr¡an retenido de ella la sorpresa de un cuerpo inexplicablemente torpe en una muchacha que se acostaba directamente y sin rodeos. Entonces la odiaba; empujaba la m quina de escribir para llamar su atenci¢n, respond¡a cualquier pregunta con monos¡labos cortantes, iba a la cocina y se servia caf‚ y tiraba la taza con una irritaci¢n que la dejaba fuera de ¢rbita, flotando como una idiota. Su silencio, el miedo que ‚l le adivinaba a su silencio, aumentaban su encono. La imaginaba zorra y elemental, frustrada y vuelta de sus aventuras agarr ndose a ‚l como una ahogada. Ninguna madurez, ninguna inteligencia lograban hacerlo contemplar con naturalidad la inevitable experiencia sexual de la mujer. Su comprensi¢n ten¡a los l¡mites precisos del ambiente en que hab¡a sido educado. Con los ojos cerrados, simulando fatiga o sue¤o, reclinado en el butac¢n, la sent¡a alejarse como una gata. Se iba al dormitorio, pensando que su presencia en horas de trabajo lo contrariaba y entornaba silenciosamente la puerta, se quitaba el vestido y se echaba en la cama respirando con ansiedad. l espiaba cada una de sus reacciones, por la rendija abierta entre las dos bisagras. Esta batalla muda le produc¡a una satisfacci¢n morbosa que articulaba sus mecanismos de defensa frente a los cuales ella quedaba impedida, imposibilitada, neutra. Que ella supiera que ‚l tend¡a las trampas, las distancias, que el fugitivo permanente era ‚l, el inasible, una corriente de agua entre sus dedos, el due¤o absoluto de esta uni¢n constantemente amenazada, puesta en peligro de antemano Siempre encontraba formas de suger¡rselo, al principio como una simple diatriba intelectual, desapegada y fr¡a: : primer premio, una motocicleta de 75 cc; segundo premio, un ciclomotor; tercer premio, mejor dicho, terceros premios, porque son cinco, cinco bicicletas. Con su amigo don Paco, que es hombre de mucho mando en toda la provincia, el viajero se da una vuelta a pie por la ciudad. Daniel Montes, el talabartero de Casa Montes, en la plaza del Doctor Rom n Atienza, muri¢ hace ya alg£n tiempo, hace veinticinco a¤os largos: descanse en paz. Su hijo Daniel, el ni¤o al que el viajero llam¢ Luisito de la otra vez, tambi‚n muri¢: descanse en paz; queda su otro hijo, Pedro, gobernando el negocio en la min£scula tiendecita en la que no caben, por rebosantes y cumplidas, ni la mercanc¡a ni la amistad. En la pared de la calle se leen los azulejos que conmemoran una ya lejana descubierta: ®Por aqu¡ pas¢ C. J. C. el d¡a que se dice. El ni¤o mira para el viajero, saca del caj¢n la pluma y la tinta y con una hermosa caligraf¡a de pendolista biso¤o pone detr s de la testera, sobre el crudo cuero: Casa Montes. Guadalajara, 6 de junio de 1941.¯ La taberna La Palentina, en la calle Mayor, no desplaza mayor arqueo que la talaharter¡a. --En este local no caben m s que tres dientes y, si uno es don Camilo, solo dos. Por la calle Mayor no dejan pasar los autom¢viles para que la gente pueda pasear a gusto. En la Palentina hay un letrero que dice ®Gracias por no fumar¯, pero Mariano, el hijo del due¤o, sabe que el adorno no reza ni con ‚l ni con la clientela: el due¤o se llama Daniel Rodr¡guez y es hijo o nieto de palentina. Los bizcochos borrachos son buenos en todas partes, en unos sitios mejores que en otros, claro es, pero buenos siempre. Los amos de La Mallorquina--en el r¢tulo de la tienda se aclara que son los herederos de Claudio Prieto--invitan al viajero a bizcochos borrachos. --Son buenos. --S¡, se¤or; est n hechos con productos naturales de primera calidad. ¨Quiere usted otro? --Venga; no me gustar¡a desairarles. El viajero, no m s que por no desairar a quienes le brindaron amistad tan generosa, se come diez bizcochos borrachos que ba¤a con otras tantas copitas de vino de M laga y despu‚s se despide. --A estas horas no me gusta cargar el est¢mago porque se me quitan las ganas de comer, se har n ustedes cargo. --Si, se¤or, ya nos hacemos cargo. El viajero saluda a algunos amigos, firma media docena de aut¢grafos, sonr¡e a unas damas y acaricia a un ni¤o con carita de raposo. --­Parece que va usted haciendo elecciones! --Pues, s¡, ­ya lo ve! A poco de andar, el viajero es alcanzado por Pedro Montes, el de la talabarter¡a, que viene con la lengua fuera. --­Cre¡ que se hab¡a ido usted! --Pues, no; por aqu¡ ando a£n. Pedro Montes tom¢ aire para restablecer el fuelle y poder seguir hablando. --Tome, aqu¡ le traigo esto; no vale nada, pero es para que no se vaya usted de vac¡o, para que se lleve un recuerdo. ­Ojal  que no tenga usted que deslomar nunca a nadie! --Muchas gracias. En la fachada se conservan en perfecto estado los azulejos que recuerdan otro viaje: ®C. J. C. durmi¢ en esta casa el 6 de junio de 1946. La cama es de hierro, grande, hermosa, con un profundo colch¢n de paja.¯ Marcelina Garc¡a, el ama del parador, ya ha muerto: descanse en paz. Su hija Segunda Paniagua, la mujer que pregunt¢ al viajero--hace casi cuarenta a¤os--si iba a tomar vino, ya ha muerto: descanse en paz. Saturnino Catal n, el marido de Segunda, ya ha muerto: descanse en paz. A Saturnino Catal n le dec¡an el Moreno. Saturnino, mientras Dios le dio vida, se sub¡a de vez en cuando a una escalera y limpiaba los azulejos con primor. --Con el polvo que levantan los camiones, se ponen perdidos. --S¡. Saturnino Catal n, en el a¤o 1971, le regal¢ la cama al viajero. --­No, hombre, no! ¨C¢mo me voy a llevar la cama? Est  bien donde est . Manolo Paniagua, el mozo--en tiempos idos--que cantaba jotas al estilo de Arag¢n, sigue vivo, a Dios gracias. --Ten¡a muy buena voz, ¨verdad usted? --­Ya lo creo! A Manolo Paniagua le dicen Manolo el Chisp£n. El Chisp£n comerciaba con sal y llegaba con su mercanc¡a a los m s remotos confines de la Alcarria. El Chisp£n era due¤o de dos mulas y del macho Morito, que ten¡a m s fuerza que ning£n otro. --¨Usted fue novio de la Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud? --¨Y a usted qu‚ m s se le da? --¨Mande? --Digo que a usted qu‚ co¤o le importa. --­Ah, ya entiendo! ­Ahora me hago cargo! Volviendo al hilo del cuento. Saturnino y Segunda tuvieron dos hijos: Mar¡a Luisa, la ni¤a que hace casi cuarenta a¤os fue por vino para el viajero, y Saturnino, que es buen amigo suyo y se pone muy contento cuando se ven. Algunos, a Mar¡a Luisa le dicen Consuelo; aqu¡ debe haber una confusi¢n. Con Mar¡a Luisa y Saturnino est n algunos amigos y parientes. --Ll‚vese usted la cama, se la regal¢ mi padre y se la vuelvo a regalar yo. --No; la cama no me la llevo pero podemos llegar a un acuerdo: es m¡a ya, bueno, pero se queda aqu¡ en dep¢sito. --Vale. El viajero piensa ahora que si Mar¡a Luisa y su hermano Saturnino quieren dejarla a la fundaci¢n que, poco a poco, va naciendo en Iria Flavia, no tienen m s que decirlo; para ese fin ser¡a aceptada y recibida con todo honor y se conservar¡a ya para siempre. --Y quede claro que el colch¢n no era de paja sino de lana. --As¡ lo har‚ constar. Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud, con quien tuvo que ver no fue con el viajero sino con su primo Mat¡as, consumero en Villarreal de los Infantes, Castell¢n, antes de la guerra. Marujita, la de los Lesmes de Guadamajud, era de natural alegre y ten¡a mucho talento para el cachondeo; la pobre muri¢ a resultas de la tunda que le arre¢ una viuda que la culpaba, sin raz¢n, de haber sido la causante del ¢bito de su difunto, que se conoce que no pudo asimilar el vaiv‚n que la Marujita le imprim¡a al jerg¢n. --¨Y su primo Mat¡as? --Pues mi primo Mat¡as, cuando la Marujita fin¢, se fue fraile y ya no volvi¢ a saberse nunca m s de ‚l. Mi primo Mat¡as tuvo buenos amigos aqu¡ en Torija: Juan Francisco, el alcominero, que vend¡a alcominos y azafr n y pimienta blanca y negra y piment¢n y clavo y toda clase de especias para la matanza; el alcominero era muy ceremonioso y amable, muy bocal n y amigo de reverencias, pregonaba su mercanc¡a con buena voz y una melod¡a muy bonita y daba recuerdos para sus maridos a las clientas. El alcominero mand¢ decir una misa por el alma de la Marujita, cuando descans¢ en paz. --¨Hace otro tinto? --Hace, s¡ se¤or. Al t¡o Conde le llamaban as¡ porque era tan cojo como el conde de Romanones, menos listo pero igual de cojo; vend¡a sardinas frescas, es un decir, que llevaba bien apretadas de sal en las albardas de su borrico. El Deogracias tambi‚n vend¡a sardinas, pero ‚ste iba en moto con sidecar. Torija fue siempre villa de personal valiente. Al sacrist n lo llamaban para cantar en los entierros de pueblos muy distantes; lo hac¡a bien y, claro, su fama trascendi¢. El sacrist n--no recuerdo ahora su nombre--tambi‚n tra¡a el cine que se pasaba en el sal¢n municipal, a peseta la entrada; el cine era mudo pero el sacrist n lo explicaba de viva voz. A£n se recuerda El crimen de Pepe Conde, de Miguel Ligero. Al final de la sesi¢n, el sacrist n se dirig¡a al p£blico de forma muy sentenciosa: Aqu¡ todos contentos --dec¡a--, ustedes robados y yo con los cuartos. --¨Y no le dieron nunca con la mano? --No, se¤or, por aqu¡ la gente es tranquila y quiere vivir en paz. Algunos sabios distinguen entre picota y roll¢ pero el viajero piensa que eso es hilar demasiado delgado; el nombre va en usos, seg£n lo m s probable, y en cada pueblo le llaman como quieren y adem s hacen bien. La picota de Torija est  a la entrada del pueblo y bien conservada y es muy solemne, de mucha gallard¡a; el viajero hubiera preferido que no la convirtiesen en farol pero, claro es, se aguanta y disimula. Los torijanos est n muy orgullosos de su picota. --¨Y a cu ntos habr n empicotado ah¡? --­Uf! ­Vaya usted a saber! No creo que nadie se haya entretenido llevando la cuenta. Los descendientes j¢venes de los empicotados y los empicotadores de aquellos tiempos se reun¡an hasta hace pocos a¤os en la pe¤a La Cordera, que pas¢ a mejor vida sin que nadie la empujara; ahora piensan resucitarla y llamarle La Barbacana, centro cultural, para ver la televisi¢n y jugar el futbol¡n. --¨Y por qu‚ no juegan a los bolos o a la pelota, o sea al front¢n? --­Yo qu‚ s‚! El viajero se aloja en casa de su amigo don Jes£s, pintor de limpio pincel y escultor de bien perfilado cincel. Do¤a Delia, la mujer de don Jes£s, tiene todo muy bien dispuesto y cuidado, al viajero le da miedo manchar el piso o desordenar los muebles o los objetos, y procura portarse bien y mirar por donde pisa. --¨Necesita usted algo? --No, se¤ora, nada, muchas gracias. El viajero, tras lavarse las manos, sale a cenar con unos amigos al mes¢n de Sancho, de Angel Sancho, no de Sancho Panza, que est  por donde ha venido, desandando un poco lo ya andado y no lejos de la gasolinera de Felipe Salguero, c¢nsul de la amistad y la lealtad. Sentado ante una mesa y con una pepsi-cola delante est  un cura pelirrojo, de alzacuello y en buen estado de aseo y compostura, que se dirige al viajero. --Soy Armando Mond‚jar, el ni¤o que le acompa¤¢ unos hect¢metros, ¨recuerda?, en su primera salida de Guadalajara; pasaba por aqu¡, supe que ven¡a usted a cenar y esper‚ para saludarle. --­Pero, hombre, Armando! ­Qu‚ alegr¡a! ¨Qu‚ ha sido de ti, digo, de usted? --No, no; puede usted tutearme, ­no faltar¡a m s! ¨Que qu‚ ha sido de m¡? Pues, nada, ya lo ve, viviendo, que no es poco. Algunos cre¡an que me hab¡a muerto y otros hasta llegaron a pensar que era un alma en pena, un espectro. --¨Por qu‚ lo dice? --No, por nada; yo ya me entiendo. Armando Mond‚jar le explic¢ al viajero que estuvo en la legi¢n, l.a bandera, tercio de Don Juan de Austria; que despu‚s regent¢ una herborister¡a en Bocairente, La Menta del Para¡so; que m s tarde se cas¢ en Orihuela del Tremedal, donde vivi¢ hasta que a su se¤ora, la Sacramento Higueras, la mat¢ el mal aire cucal¢n y que a rengl¢n seguido--y harto ya del mundo y sus desenga¤adores oropeles--le dio la vocaci¢n y se fue cura. Ahora es can¢nigo penitenciario de la catedral de Burgo de Osma y el viajero sabe de buena tinta que goza de muy justo renombre como orador sagrado y director espiritual de j¢venes descarriadas. --Los usos eclesi sticos se acomodan a mi manera de ser y me siento muy reconfortado y dichoso porque la paz tomo asiento en mi esp¡ritu... --­Co¤o! --... y el sosiego me invade por doquier. --­Vaya, menos mal! El viajero, al llegar a este trance del di logo, lleg¢ a pensar si no estar¡an en lo cierto quienes sospecharon que Armando Mond‚jar era un espectro. En Espa¤a hay hoy d¡a, vivos y reci‚n contados, siete Pascuales Duarte, once Camilos Cela y ning£n Armando Mond‚jar L¢pez. El viajero, por si acaso el cl‚rigo era el demonio, se santigu¢. --¨Te quedas a cenar? --No, muchas gracias; no quer¡a m s que saludarle. Siete virtudes tiene la sopa: saca el hambre, sed da poca, hacer dormir, digerir, siempre agrada, nunca enfada y pone la cara colorada. Las sopas de ajo con su huevo y su tocino son alimento de esforzados varones; las damas tambi‚n pueden tomarlas, pero deben cuidar que no les crezca el bigote. Los jud¡os dicen que anguilas y caracoles no es comida de se¤ores; bueno, que digan lo que quieran. Primero se fr¡e la anguila bien troceada y a fuego lento; despu‚s se la cuece con cebolla, perejil y guisantes machacados, se le suman dos yemas hervidas con laurel y sal y se le a¤ade aceite y un poco de leche de cabra; cuando deja de hervir se le pone una meadita de vinagre, casi nada. Las codornices caen bien tras la anguila. Una vez limpias, a las codornices se les embucha un diente de ajo, pimienta negra, manteca de cerdo y sal y se rehogan a fuego lento, claro es; se meten en pimientos morrones destripados que se ponen a fre¡r en aceite hirviendo y se sirven escurridas. Sancho, el del mes¢n, debi¢ ver flojos y desnutridos al viajero y a su compa¤¡a porque a£n les dio tajadas de cabrito con piment¢n y ajo, aderezado con el h¡gado rustrido con m s piment¢n y m s ajo y un generoso chorret¢n de vino. --A esto le llamamos caldereta. --Bueno, la verdad es que el nombre es lo de menos. --¨Qu‚ van a querer de postre? El viajero prefiri¢ salir al fresco aire de la noche, que tanto baja el condumio como aleja los malos pensamientos; antes entr¢ en el meadero, que nunca es desperdicio mear el sobrante, y vio, con no poca sorpresa, que estaba limpio. S¡, es evidente que algo est  cambiando en este pa¡s. --¨Subimos a pie? --¨Usted cree que podremos? El repecho es duro pero como el viajero no tiene prisa y toma las cosas con cierta calma, el tiempo se le va en un vuelo. --¨Se cansa? --S¡, pero no importa: lo malo que le puede pasar al hombre en esta vida no es el cansancio, todos nos cansamos alguna vez, sino el aburrimiento. Cuando Dios se harta de alguien, lo anega en aburrimiento. Las ranas croan en un bals¢n que queda en la hondonada mientras la luna, con un orgullo distante y bien medido, alumbra todos los trances de la noche. --¨Verdad usted que ese  rbol parece una se¤orita en pa¤os menores y con un clavel mismo pegado al culo? --Pues, no s‚; puede que s¡. En estas violentas curvas hay un resbaladero en el que suele estrellarse, de cuando en cuando, alg£n cami¢n que se desboca. La se¤orita Exuperia M rquez, alias Marilyn Monroe, rubia te¤ida, tetona al borde de la imprudencia y puta de oficio que parece sacada de un anuncio de las Pilules Orientales, explica al viajero que cuando en el silencio de la noche se oye el estruendo de un cami¢n que se va al carajo, los vecinos se levantan con presteza, parecen liebres, y caen como raqueros sobre la mercanc¡a desbaratada y ciscada. La relaci¢n de los £ltimos botines es muy varia: sobre de sopa, detergente para lavadoras, botes de tomate frito, bidets (por aqu¡ les dicen lavapi‚s), papel higi‚nico, latas de almejas al natural, dent¡fricos con o sin fl£or o clorofila, fregonas de pl stico de variados colores, etc. El viajero no acaba de cre‚rselo demasiado pero piensa que a lo mejor esto es lo que se llama la econom¡a sumergida. En cualquier caso la Marilyn est  muy buena, que es lo principal. --¨Se va trabajando? --Pues, s¡, la verdad es que no puedo quejarme. El viajero durmi¢ un sue¤o reparador y satisfactorio en casa de don Jes£s. Cuando se despert¢ era ya de d¡a y, en medio de la paz y la hospitalidad, desayun¢ el caf‚ con leche con fritillas y pesti¤os que le dio do¤a Delia. --Muchas gracias, se¤ora, que Dios le conserve las ma¤as para la reposter¡a y la buena disposici¢n hacia los hu‚rfanos, los n¢madas y los desasistidos de la fortuna. --Bueno. En esta villa naci¢ el culto poeta don Jos‚ Mar¡a Alonso Gamo, traductor de Catulo. Torija, seg£n voz autorizada, la de don Paco el de las truchas, hombre de muy raras sabidur¡as de quien ya se hablar  a su tiempo, tiene f brica de harinas, taller mec nico con gr£a, molino de piensos, veterinario, farmacia, taxi y casa cuartel de la guardia civil. En la carretera hay un apeadero para socorrer el apret¢n de las lib¡dines desbocadas; ahora duermen a pierna suelta las socorredoras, porque el tajo es nocturno. Por una callecica pasa, dir¡ase que con aplomada solemnidad, un burro en cueros y con hechuras de gara¤¢n jubilado, que se detiene, rebuzna, cocea al aire, ense¤a los dientes de la color de la calabaza y se esmo¤iga sobre el santo suelo con un desprecio infinito; es el £ltimo burro de Torija y ya no trabaja, ya est  jubilado y vive sus £ltimos d¡as paseando de un lado para otro y respetado por todos. El aire est  medio revuelto, no parece el Corpus, y un vientecillo tartamudo pinta gui¤os y jeribeques en la atm¢sfera; a ver si hay suerte y no acaba lloviendo. --¨Vamos por Valdegrudas? --No, vamos por Fuentes y volvemos por Valdegrudas, tenemos tiempo para todo. La carretera discurre por una llanura de bell¡simo y verde cereal, se ve que es a¤o de buena cosecha, salpicada de malas yerbas de colores hermosos: rojo, violeta, blanco, amarillo, azul. La carretera es buena y est  asfaltada y el terreno pronto empieza a ondularse con suavidad en vaguadillas que no llegan a arroyadas aunque tampoco les queden demasiado lejos. Al camino se le ha ido el misterio que tuvo y el incierto aire de aventura; ahora ya no se ven sino domingueros zascandileando y gordas mareando, rasc ndose y murmurando. Por el cielo vuela el alcot n barriendo nubes y espantando la fantasma del £ltimo ni¤o muerto de garrotillo. Una culebra cruza sobre el asfalto en busca de cualquier reguero escondido y un cuervo de nobles trazas carniceras la mira sin decidirse a presentarle batalla. El viajero da gracias a Dios por haberle querido brindar un espect culo antiguo, decente y aleccionador y, para festejar su alegr¡a, detiene la caravana y pide a sus juglares que le canten un romance de amores imposibles. --¨Quiere usted el que dicen Romancillo de la infanta bizca que cas¢ con mocito barbero? --Venga. Poco m s adelante, a la derecha, sale el desv¡o que va a Fuentes de la Alcarria y Caspue¤as --y a£n m s all -- siguiendo el cauce del r¡o Ungr¡a; un moj¢n advierte que el primer pueblo que se dice est  a I km y 832 m. --¨No cre‚ usted que eso es mucho precisar? --No s‚, a m¡ me parece que s¡. En los puentecicos que dicen las Alcantarillas, el Empecinado sacudi¢ estopa al conde Joseph Leonard de Hugo, padre del poeta V¡ctor Hugo, general de Napole¢n y gobernador militar de Madrid durante la francesada, famoso porque fue quien detuvo y ahorc¢ en Italia al bandido calabr‚s Fra Di volo. Fuentes se levanta sobre una cresta de monte rodeada de barrancas por todas partes menos por una, que la une al resto de la Alcarria; Fuentes es como la tajamar del viento, talmente como una pe¤¡scola navegadora por la mar del viento. Por la Alcarria llaman alcarrias a los terrenos altos y rasos; Fuentes se alza casi en equilibrio en el filo de una alcarria. A los de Fuentes les dicenberreros y angelillos o angelitos, el viajero no sabe si ha o¡do bien. Los angelillos son listos de natural y discurren y se las apa¤an con aprovechamiento. Por aqu¡ se dice, de quien se quiere ensalzar, que es como el herrero de Fuentes, que ‚l se lo fuella (o se lo suella) y ‚l se lo macha y ‚l se lo saca a vender a la plaza; hace ya alg£n tiempo hubo un herrero de Fuentes que todos los a¤os se recorr¡a la comarca vendiendo cerraduras, tr‚bedes y tenazas. Fuentes es buen mirador, desde sus tajos se ve mucha Alcarria; la taberna de Fuentes se llama Mirador de la Alcarria. --Una servidora no se cansa jam s de ver tanto mundo como se alcanza desde aqu¡ con la vista, ¨verdad usted? --No le quepa la menor duda. Las fichas de los jugadores de mus son chapas de gaseosa y otros refrescos. El personal de Fuentes es muy amable y muestra su pueblo con orgullo; la frase ®sal£dame a los de Fuentes¯ se refiere a que los naturales de esta villa van por el mundo con mucha dignidad y la cabeza alta. --All  enfrente nace el r¡o Ungr¡a, que siempre lleva agua, y a la fuente que mana al lado contrario le decimos el Borbot¢n. En Fuentes quedan veinticinco familias, unos setenta y cinco habitantes, m s o menos. De aqu¡ fue el beato Miguel de Urrea, a lo mejor no era beato, traductor de los diez libros de la Architectvra de Vitruvio. En la casa que fue de un familiar del Santo Oficio luce un escudo de armas arropado por una frase en lat¡n que dice: Nulla silva talem profet fronde Florez cermin; la frase tiene dos erratas--profret por profert y cermin por germin, abreviatura de germine--y est  tomada del himno lit£rgico Crux fidelis, que se canta el Viernes Santo, sin m s que cambiar el substantivo por el apellido del due¤o de la casa, Fl¢rez o Flores. La traducci¢n del verso latino ser¡a: Ning£n bosque tal produjo en fronda, flor y fruto. --¨De d¢nde saca usted tan cumplida ciencia? --­Ah! Al viajero le sopl¢ al o¡do las sabidur¡as un amigo suyo, cl‚rigo Cerbatana venido a m s porque acert¢ las quinielas, al que dec¡an el latinista M‚ndez, sin m s; nadie sabe ni supo nunca c¢mo se llamaba de nombre e incluso hab¡a quienes aseguraban que no ten¡a nombre propio ni segundo apellido porque era hijo de soltera. El latinista M‚ndez era el representante de Consuelito la Borde, artista del batacl n de m s temperamento que renombre y otras condiciones, hembra que habla estado arrimada a un sargento de intendencia natural de Tocina que se ahog¢ en el Guadalquivir a poco de acabar la guerra --Decid, ni¤o, ¨c¢mo andaba Consuelito la Borde? --Consuelito la Borde andaba como un banderillero, circunstancia que pon¡a muy cachondo al personal. --Bien. Decidme ahora, ¨c¢mo bailaba el foxtrot Consuelito la Borde? --Consuelito la Borde bailaba el foxtrot a la remanguill‚ o sea cojeando un poco del hueso dulce. --Muy bien. Decidme, por £ltimo, ¨Consuelito la Borde fue siempre fiel a su sargento? --No, padre: Consuelito la Borde enga¤aba a su sargento con un ingl‚s que se llamaba James y vend¡a gaseosas por los pueblos. El viajero piensa que el puntual se¤alamiento de las artes e industrias de Consuelito la Borde podr¡a empa¤ar la nitidez del hilo del relato y debe quedar, por ende, para ocasi¢n m s reposada. La picota de Fuentes de la Alcarria es modesta y no demasiado bien conservada, su columna se alza sobre tres gradas y, ­vaya por Dios!, se remata con tres bombillas de luz el‚ctrica. La fuente tiene un chorro para los cristianos y un abrevadero para las bestias. El viajero no se explica c¢mo puede llegar hasta aqu¡ el agua de la fuente. --Pues ya lo ve, por su propio peso. Detr s de la picota y de la fuente, unos caballeros de buena presencia juegan a los bolos; los bolos son seis y delgados y largos, de m s de una vara, y se ponen en dos calles de a tres y al hilo de los jugadores; las bolas son del tama¤o de un bal¢n de reglamento y pesan puede que m s de media arroba. Antes tambi‚n se jugaba al tejo, que era medio parecido al chito, y se tiraba la barra castellana de a doce libras, o sea entre cinco y seis kilos; estos juegos y deportes llegaron hasta los a¤os cuarenta. --Fue una l stima que se perdieran y ahora va a ser ya m s dif¡cil resucitarlos. Un hombre trae a un burro del ronzal para fotografiarse con el viajero. --¨Le gusta? --S¡, es un burro muy bonito. --Y muy noble, s¡ se¤or; se llama Lorenzo y es muy noble. ¨Le gustan a usted los burros? --S¡, mucho. Yo tengo un burro que se llama Cleof s, que es nombre antiguo y de mucho fundamento. Al calvario se lo llev¢ la trampa de la guerra, nadie sabe d¢nde fue a parar; la iglesia es grande y luminosa y tambi‚n sufri¢ mucho en la guerra, por aqu¡ anduvieron los milicianos y los italianos y, entre unos y otros, desbarataron todo. En el atrio de la iglesia campea el nombre del ca¡do de Fuentes: el sargento Ciriaco Viejo. ¨No habr  habido m s? --Pues, s¡, lo m s probable. El pueblo tiene una santa patrona, Nuestra Se¤ora de la Alcarria, y un santo patrono, San Agust¡n. San Agust¡n est  en Fuentes. San Macario, en Valdesaz. Y bajando cuesta abajo, en Archilla, San Rom n. La puerta de la muralla tiene un encanto artesano y derrotado, casi fantasmal y po‚tico. El ayuntamiento viejo est  en ruinas y, como hoy es el Corpus, el viajero se da con un garaje tapizado de hermosas colchas de colores, convertido en altar. Las calles est n todas en cuesta y, en general, bien de piso, y las gallinas no andan sueltas. --¨Por qu‚ las tienen encerradas? --Pues ya ve usted, para que no se las lleve el raposo. A los horchanos tambi‚n les llaman cabezudos, quiz  por cabezotas, y los de la viga atraves , igual que a los panaderos de Loranca, que queda aguas abajo del Taju¤a. --¨Y los de cada pueblo tienen su apodo? --Pues, s¡, m s o menos; lo que pasa es que, a veces, no se sabe o nadie lo quiere decir. El viajero piensa que los motes suelen colg rsele al pr¢jimo apoy ndose en dos socorridas muletas: la mala leche y la envidia. La mala leche suple testigos sin examinarlos; esto no lo dijo Quevedo pero tampoco le anduvo demasiado le)os. --¨Y la envidia? --sa es a£n peor porque jam s se sacia. El viajero supone que tiene ganas de estirar las piernas, manda a Oteli¤a que eche el freno y se da un medio garbeo medicinal hasta el umbr¡o molino de Fuentes, rodeado de olmos a¤osos en los que canta el ruise¤or su melodiosa reverencia. --­Si la envidia fuese la ti¤a! --S¡, se¤or, diga usted que s¡; si la envidia fuese la ti¤a, m s de medio pa¡s andar¡a rasc ndose. --Claro. ¨Y qu‚ me dice usted de la mala leche? --Pues le digo que si valiera lo que el petr¢leo, los espa¤oles nos comer¡amos el mundo entero con los leche-d¢lares. ­Nos ¡bamos a re¡r de los  rabes, hermano, a poco que la mala leche subiera de precio en el mercado internacional! ­Nos ¡bamos a re¡r las tripas! A los de Armu¤a les llaman salitres o salitrosos porque, seg£n se dice, tienen buena disposici¢n para cortarle un sayo y desollar vivo al primero que no se espabile. --¨Y eso no ser  exagerado? --Pues, s¡, puede que s¡. El agua mana con alegr¡a por todas partes y una mula, la primera que ve el viajero en su viaje, se ense¤a, mayest tica, solemne y punto menos que estatuaria, en un prado que se adorna con la blanca flor del mastuerzo. Los valdesace¤os tienen fama de ahorradores, aunque los motejen de belitres, como a los de Muriel, en la sierra, y a los de Aldeanueva, en el hondo valle del Matayeguas; el viajero piensa que debe haber error porque los p¡caros, ruines y de viles costumbres, sea aquellos a quienes cabe el nombre o acomoda el adjetivo, no suelen ahorrar m s que infamia y sobresaltos. El r¡o Matayeguas nace en Valdegrudas y va a caer al Ungr¡a. En el charco del Cura, que est  en el r¡o Matayeguas y poco m s abajo de Centenera, se ahog¢ hace no mucho, el d¡a de San Antol¡n del a¤o pasado, la Alberta Hernando la de los Lobatos, hembra de rompe y rasga y de muy armoniosas cualidades f¡sicas y del temperamento que hab¡a tenido amores con el fiscal de tasas de una provincia de secano con obispo y capit n general. --¨Dice usted don Patrocinio de Mohernando y M‚ndez? --Es usted quien lo dice. Al viajero le duele que se vayan muriendo poco a poco los m s lucidos eslabones de la cadena sin fin que es la vida de cada cual. Una mujer joven lleva a un ni¤o rubito de la mano; el ni¤o se llama Jer¢nimo, que bien mirado no parece nombre de ni¤o peque¤o, y va chupando un chupachup. --¨Ve usted esos mozos que juegan al front¢n? --Bueno, pues son todos veraneantes. El agua de la fuente del Huevo Podrido, que huele a pedo de lombarda, es buena para los acn‚s, eczemas, sarpullidos, granos, barrillos y dem s c nceres de la piel. --¨Pica? --S¡, todav¡a pica pero yo creo que ya menos. Se dice que San Macario, que era ecologista y medio boyscout, anduvo por estas trochas comiendo yerba y haciendo penitencia y buenas obras all  por el siglo VII. Macario es nombre muy propenso a la virtud; en el martirologio romano hay lo menos una docena de santos que se llaman as¡ y el viajero, claro es, no sabe cu l de ellos fue el que respir¢ este aire saludable. --A esa piedra le dicen la picota, pero para m¡ que no lo es; para m¡ que Valdesaz no tuvo nunca una picota como es debido, una picota de piedra berroque¤a y como Dios manda. --Puede. Los valdesace¤os son industriosos y ma¤osos y lo mismo sirven para un barrido que para un fregado. El t¡o Mart¡n vend¡a jab¢n; en el 39, al acabar la guerra, los nacionales le dieron un fusil para que defendiera el pueblo contra los maquis pero, como ten¡a parkinson, con los temblores apret¢ el gatillo sin querer y se le dispar¢ el arma; la bala atraves¢ la pared de adobe y mat¢ al borrico, y la mujer le armo tal bronca que el pobre se tir¢ a la presa del molino y muri¢ ahogado. --¨No cree usted que los hay que se precipitan? El molino de Valdesaz sigue moliendo, aunque puede que con no demasiado entusiasmo, y adem s arrima fuerza a una sierra de carpintero. Tambi‚n vend¡a jab¢n el t¡o Deogracias, que no debe confundirse con su tocayo torijano que traficaba en sardinas, caballero en su moto con sidecar; el t¡o Deogracias vend¡a jab¢n y compraba huevos y era un empedernido y muy h bil jugador de tabas--si sale carne, ganas; si sale culo, pierdes; con la chuca y la taba, pasas--y de chapas--si salen dos caras, ganas y sigues; si salen dos cruces, pierdes; Si sale cara y cruz, pasas--que ya viejo y derrotado se escap¢ del asilo donde lo hab¡an metido, nadie sabe Si por caridad o a puntapi‚s. --Debe dar rabia que le encierren a uno por viejo, ¨verdad usted? --S¡, se¤or, la mar de rabia. El personal de este contorno fue siempre muy variado y eficaz. Dami n el sastre iba andando con su hermano, siempre de un lado para otro y sin cansarse jam s, y cortaba ropa a la medida por los pueblos: chaquetas, pantalones, zamarras, capas, lo que se terciara. --¨Y cos¡a bien? --S¡, se¤or, muy bien, y ten¡a dientes en todas partes porque adem s fiaba. Eusebio, el herrero, hac¡a romanas y se perdi¢ en el camino de Archilla, a lo mejor se cay¢ al Taju¤a; en los r¡os se ahoga mucha gente, son muy traidores. Alejo y Pr xedes, a quienes llamaban los Ro¤as, compraban huevos; el t¡o Fraile, que era motil¢n rebotado y hombre de hechuras muy corpulentas, vend¡a telas de adorno, de necesidad o de abrigo, a elegir; el t¡o Isa¡as era tratante en mulas y vendimiaba vides, pescaba truchas y cazaba murci‚lagos a trallazos; Le¢n L¢pez, el capador, era propietario de cinco duros de plata que llevaba siempre encima para ense¤ rselos a quien los quisiera ver. Y as¡ sucesivamente. El personal de este contorno fue siempre muy habilidoso y ameno. Caspue¤as aparece algo m s adelante, en su monte bajo en el que vive a gusto el conejo: Caspue¤as y Gajanejos, buena tierra de conejos, dice el refr n. --¨Es verdad lo que se cuenta de que el conejo de las  nimas era de Caspue¤as? --Eso dicen. - Lo que se cuenta es que un cazador, tan devoto de las  nimas como lerdo en el manejo de la escopeta, se dio de repente con dos conejos juntos y distra¡dos; ante tan grata visi¢n se ech¢ el arma a la cara y dijo: ­benditas  nimas del purgatorio, si mato a los dos, os doy uno a vosotras! Entonces dispar¢, mat¢ a uno y, mirando para el que escapaba, dijo: ­qu‚ barbaridad!, ­c¢mo corre el conejo de las  nimas! Por esta latitud tambi‚n se cr¡an perdices, codornices, tordos, t¢rtolas, palomas torcaces, palomas zuras y otros animalitos. Entre Valdesaz y Caspue¤as empieza la selva de agua de las truchas, que late y bulle en otros tres viejos molinos: el de Torija o del Conde o de Arriba, que de estos varios modos le dicen, est  mismo al pie del barranco de Pe¤avieja, m s cerca de Trijueque que de Torija y en un paraje recoleto y misterioso; el de Trijueque, que queda m s cerca de Torija que de Trijueque y en un decorado menos fresco, y el de Caspue¤as, que es la capital de las truchas, el puesto de mando desde el que se gobierna la dehesa--que no el corral--de las truchas. Una dehesa se distingue de un corral en muchas cosas, por ejemplo en el temple de las bestias que cobijan, que puede ser bravo o manso. La tierra de la dehesa es m s noble, o parece m s noble, que la del corral. La dehesa es buen escenario para la aventura y los lances peligrosos y de emoci¢n, mientras que en el corral crecen el aburrimiento y la monoton¡a envueltos en su menesteroso polvo dom‚stico. Las normas que rigen la vida de la dehesa vienen directamente de la ley natural y, por el rumbo contrario, los usos que gobiernan el latido del corral est n escritos, con mejor caligraf¡a que sintaxis, en un reglamento. En la dehesa pacen gloriosamente los toros de lidia y salta la caza gimn stica, y en el corral rumian las vacas de leche y se reproduce la mal‚vola plaga de los conejos que, cuando les llaman de corral, por algo ser . En la dehesa dan sombra al suelo la encina y el alcornoque y el roble, y en el corral no vive ni la yerba porque se la comen las gallinas. --¨Ve usted claro lo que se quiere decir? --S¡, se¤or, m s claro que el agua. Antes de entrar en Caspue¤as el viajero manda parar la caravana y ruega a sus juglares que le canten algo; al viajero le hubiera gustado o¡r una habanera o un corrido mejicano o una samba pero, claro es, no se atreve a pedirlo para que no lo tomen por un ignorante. La Anselma Sanemeterio, la de la Caja de Ahorros, se lo ten¡a dicho bien claro: cuando se es acad‚mico, doctor honoris causa, hijo predilecto, hijo adoptivo, catedr tico de universidad, ex senador, cartero y m‚dico forense honorarios, etc., se deben guardar las formas y proceder con sumo comedimiento para que las instituciones no sufran ni se deterioren. --¨Usted cree que, de lo contrario, se jode la marrana? --Exacto, o como dir¡a el poeta Rilke, que siempre fue m s recatado en la expresi¢n, se mea la perra. En la cuneta est  sentado un viejo al que le falta una mano, que se lamenta de que no puede tocar la guitarra. --Bueno, la verdad es que tampoco s‚ y eso hace que mi desgracia sea m s llevadera. ¨Podr¡a socorrerme con la voluntad? Caspue¤as, entre carrascas y olivos y con el agua corri‚ndole por todas partes, es un pueblecito terciado y bien dispuesto, de grata presencia y muy certeras industrias y acomodos. Caspue¤as es pueblo asentado con mucho sentido com£n, en una suave ondulaci¢n del terreno y mirando al mediod¡a. A los de Caspue¤as les dicen agalloneros. En Caspue¤as se hace realidad la teor¡a de la simbiosis, el discreto y honesto prop¢sito de la convivencia que se rige por el aforismo que preconiza ense¤ar deleitando y hace suyo el lema de los tres mosqueteros, el que aconseja darse sin reservas: uno para todos y todos para uno. --¨A usted le gusta Alejandro Dumas? --¨Cu l, el padre o el hijo? En Caspue¤as se ha experimentado con ‚xito evidente el funcionalismo arquitect¢nico tanto espiritual como material, y as¡ la iglesia--que dicho sea de paso tampoco tiene m‚rito mayor--aloja en su atrio a la taberna, presta su muro de poniente para que los mozos le peguen a la pelota y da apoyo y hasta cabida a los toriles donde se encierran los toros de la funci¢n; este complejo religioso-vin¡cola-deportivo-taurino suele llamar mucho la atenci¢n de los forasteros. --¨Y no se le podr¡a a¤adir algo m s? --Pues, no; a m¡ me parece que no. ­Como no quiera usted poner estafeta de correos, casa de socorro, estanco, funeraria y sauna! En la plaza hay una fuente de cuatro ca¤os, de muy airosa traza campesina. La plaza de Caspue¤as se llama y se llam¢ siempre de la Constituci¢n, se conoce que por aqu¡ no pas¢ la guerra. --­Anda, que si fuera verdad! El mayoral de la dehesa de las truchas se llama don Paco, que es nombre de mucho predicamento. Don Paco es buen amigo del viajero y le tiene preparado un cumplido y noble yantar ya que, como bien se ice, mejor se quiere buen nutrimiento que oro y argento. Lo que don Paco mand¢ disponer fue lo siguiente: aceitunas ali¤adas, o sea, picadas, aguadas y sazonadas; jam¢n alcarre¤o curado en sal seca y con su tocino, como Dios manda, que m s cristianos hizo el jam¢n que la Santa Inquisici¢n; chorizo, morcilla, lomo de olla y blanquillo para untar en pan; truchas de las siete maneras, dicen que una por cada uno de los siete pecados capitales, tripa cagalana a la brasa, que lo mejor del carnero son los sesos y el culero, cabrito asado y ensalada de pepino y or‚gano para acompa¤ar y, de postre, nueces con miel o en alaj£, queso del pa¡s, rosquillas, cerezas y zarzamoras, todo regado con clarete de Y‚lamos, que es vino de muy suave y gustosa embocadura. A la comida se apunt¢ mucha gente, hab¡a lo menos treinta personas o m s, y do¤a Toya hizo los honores con naturalidad, esmero y eficacia; eso de que todav¡a queden se¤oras es algo que siempre reconforta. --¨Verdad usted que las se¤oras son £tiles? --­Toma, ya lo creo! Antes de sentarse a comer el viajero preside, ­y ya van dos presidencias en dos d¡as!, el jurado que falla el premio de poes¡a R¡o Ungr¡a, dotado con cien mil reales y una trucha grabada en plata. El viajero piensa que la Diputaci¢n bien debiera rascarse el bolsillo y subir el premio hasta el medio mill¢n de reales, lo que tampoco da para condenarse. --¨Y eso no ser  demasiado para un poeta? --­Hombre, no! Los poetas suelen arregl rselas con poco, pero tambi‚n tienen sus necesidades. --S¡, eso s¡. Entre los comensales, el viajero se encontr¢ con un se¤or norteamericano llamado don Louis, poeta en ingl‚s y en espa¤ol, que le dijo que conoc¡a a un hijo suyo. --¨Un hijo m¡o norteamericano? No s‚; puede que s¡, pero no recuerdo..., vamos, que no caigo. Comprenda usted que, al llegar a ciertas edades, resulta muy dif¡cil no perder la cuenta. --A ver si le hago memoria. Su hijo se llama Oliver A. (que quiere decir Amadeus), bueno, ‚l dice que es hijo suyo. Vive en Fredericksburg, una peque¤a ciudad de Virginia a orillas del r¡o Rappahannock y cerca de la frontera de Maryland, y es due¤o de una compa¤¡a muy pr¢spera que se dedica a llevarse los coches mal aparcados, o sea la gr£a, es un negocio bien organizado y de perspectivas econ¢micas holgadas. Me dijo que quer¡a ampliarlo. --­Vaya! Me alegro que se las arregle bien. --S¡, se¤or, muy bien. Por el cielo cruzan, pintando l¡neas quebradas, las golondrinas, las avecicas que son el paradigma de la memoria. --¨Y dice usted que no lo recuerda? --Pues, no; as¡ de momento, no. ¨No podr¡a darme m s detalles, el nombre de la madre, por ejemplo? Eso siempre ayuda, h gase usted cargo. En Caspue¤as no hay m‚dico ni botica y el cura no asoma m s que los domingos, dice su misa y se va. Los Rondanes son dos; los Rondanes son morcilleros, vamos, atanzoneros. Los de Atanz¢n pagan, como tantos otros, como los de Alcorc¢n, Belinch¢n, Saced¢n, el duro precio de la fuerza del consonante: en Atanz¢n, en cada casa un ladr¢n, y en la del alguacil, hasta el candil; esto no es verdad pero cae en verso. Domingo el Rond n trata en caballer¡as, mayores y menores, y en pellejos monteses o mansejones, le es lo mismo de lobo, de raposo o de gardu¤a, que de buey, de cabra o de carnero. Su hermano Pablo vende legumbres y compra lo que se tercie: chatarra, nueces, sacos, botellas vac¡as, lo que caiga. Pablo el Rond n se camina todos los a¤os m s de media provincia jinete en su mula Pastoreja y llevando del ronzal a la borrica Zalea, que perteneci¢ pro indiviso al t¡o Angel, el capador de puercos, y al se¤or Esteban, propietario. --¨Va usted a dormir la siesta? --­Hombre, c¢mo se lo dir¡a! ­Si se me permite! El viajero, despu‚s de dormir la siesta abacial con la que Dios premia a los bien alimentados, se ech¢ de nuevo al camino para seguir viaje; a£n est  el sol muy alto en el firmamento y a£n quedan varias horas de d¡a por delante. A Valdegrudas, en el camino de Torija, villa por donde otra vez ha de pasarse para volver a tomar el rumbo de Brihuega, se llega subiendo y bajando repechos, todos algo cansados aunque ninguno demasiado duro. Valdegrudas est  en un hond¢n y es lugar m s ameno que pr¢spero y m s gracioso que de inter‚s mayor --¨Paramos a refrescar? --No, ¨para qu‚? No nos hemos secado todav¡a. En un recodo de la carretera, una mujer talluda, altiricona y desgarbada, parece una estantigua, mea de pie y espatarrada como las mulas; en la cara se le pinta la beatitud de quienes vac¡an la vejiga a gusto y deleit ndose en la descansadora suerte. --¨Y poni‚ndose el mundo por montera al tiempo de usar la corteza del planeta como bacinilla? --Tal cual usted lo dice, amigo m¡o, tal cual usted lo dice. Un seminarista con vocecita de grillo n£bil meti¢ baza sin avisar. --¨Y eso no ser  delectaci¢n morosa, padre? --No, hijo, eso no pasa de regodeo y est  admitido tanto por la ley de Dios cuanto por la costumbre. Aldeanueva queda aguas abajo del Matayeguas y no demasiado lejos, pero el viajero marcha en la direcci¢n contraria. De Aldeanueva era el Ver¡simo, vamos el t¡o Pilar¢n, hombre grande como un castillo y con m s fuerza que una mula. El t¡o Pilar¢n trajinaba con arroz, az£car y chocolate, coloniales que cambiaba por jud¡as porque no se fiaba del dinero; el t¡o Pilar¢n se hab¡a pasado la guerra ahorrando y despu‚s, cuando vino la paz, le dijeron que su dinero no val¡a y, claro es, escarment¢. El t¡o Pilar¢n era capaz de echarse un saco de seis arrobas de jud¡as a la cabeza y cargarlo durante dos horas sin pararse y casi sin pesta¤ear. --Entonces todav¡a quedaban hombres, ¨verdad usted? --Bueno, usted lo dice medio en co¤a pero yo creo que es verdad, entonces todav¡a quedaban hombres. Poco m s adelante, un taxi de Madrid est  arrimado a la cuneta con una rueda pinchada y rodeado de ni¤os peque¤os; el ch¢fer y la madre de los ni¤os, de los cinco ni¤os, Paquito, Pepito, Lourdes, Rafita, y Mariv¡, est n sentados sobre una piedra y con cara de tomar las cosas con resignaci¢n. --¨Necesitan ustedes algo? --No, nada, muchas gracias..., la rueda de repuesto tambi‚n est  pinchada y, claro, no podemos seguir..., esto pasa a veces..., ya hemos pedido que vengan a echarnos una manita..., ya no pueden tardar. Torija, tomada por este lado, queda medio fuera del camino y pronto se cruza. El viajero saluda al puro esp¡ritu de Juli n de Rebollosa, cristiano ya fallecido que se pateaba el mundo, o al menos la Alcarria, en bicicleta y que iba de pueblo en pueblo vendiendo telas, camisas y pantalones; su sobrino Sen‚n Casado, el hijo de su hermana Encarna vende ahora niquis, polos y chandales de anuncio: University of Minnesota, University of Texas, Wayne State University. --Mi t¡o Juli n, q. e. p. d., en el lecho de muerte fue y me dijo dice: a los clientes no hay que darles respiro, Sen‚n, si te conf¡as, tambi‚n se conf¡an ellos y el negocio se va a hacer pu¤etas porque la gente confiada no compra, esto es al rev‚s de lo que se piensa, la gente compra por desconfianza, vamos, por miedo; la cosa no est  muy clara pero yo te juro que es as¡. Sen‚n Casado hizo un alto para tomar aliento, sonri¢ y sigui¢. ##208# ¨O no conoce el precio verdaderamente escandaloso de las matr¡culas? Siente el deseo, la urgida necesidad, de tornarse m s dram tico, de aprovechar tan inmejorable coyuntura para darse gusto con el alza de los v¡veres y echar pestes del gobierno y denunciar a gritos el incontenible apetito de la mafia financiera. Desahogarse de una vez, por ‚l y por todos los sufridos padres de familia de este resignado pa¡s. Por un momento se olvida de los matices de su vindicativa meditaci¢n para saborear, en conjunto, el orgullo de pertenecer a una cofrad¡a de m rtires. Pero cada uno de aquellos temas resulta tan irruptivo y apetitoso que no sabe d¢nde elegir. Est  confuso. Ya ha elegido, sin embargo. Est  derrochando el sudor de su padre, se oye decir sin mucha convicci¢n, defraudado de antemano, un poco altisonante. Es injusto, pues. Tambi‚n con su madre. La est  se¤alando pat‚ticamente, tratando de aprovecharla como c¢mplice. Ella, por la noche, a pesar del cansancio (no es para tanto; c lmate, no me metas en tu fest¡n, le est n reprochando tiernamente el gesto y los ojos de ella) le ayuda en sus tareas. ¨Qu‚ pasa entonces? Se ha ido entusiasmando tanto con el rega¤o que ahora tiene que mirar un hijo, casi escu lido por el azoro, tan culpable de no haberse aprendido sus lecciones, de haber chachareado un poco m s de la cuenta y de no conocer el origen divino de las letras de cambio o la consigna para evitar un desahucio del para¡so. Oye borbotar sus palabras muy lejos, retomadas de otro que est  todav¡a m s lejos, dentro o fuera de ‚l mismo. Aquello que tiene delante promete cambiar con el brillo de unos ojos dorados, con algunas incoherentes excusas, con un rubor que se le extiende hasta las orejas, con ese cuello que se ha alargado un poco desmesuradamente las £ltimas semanas. De pronto adivina, casi atrapa (ha visto cruzar un rel mpago, la silueta furtiva) al hombre que se esconde en ese ni¤o. Lo ve erguirse un instante con su completa carga de estupor y sufrimiento, lo ve terminado y hasta con las huellas y cicatrices de una perezosa molienda. El hombre futuro est  a punto de llorar. La madre, sonriendo amargamente, lo ayuda, lo ampara un instante de ese y de todos los instantes que a£n le quedan sobre la tierra. Tambi‚n titilan un poco sus ojos. Ambos, ella y su hijo, dejan de ser familiares y cercanos y se funden en un s¡mbolo duro, inescrutable, que--al aislarse defensivamente, al rechazar todo abusivo manejo de la situaci¢n--desarma su insulso palabrer¡o. Record¢ al amigo. ¨Para qu‚ tanta bulla con las tales calificaciones?, ¨de qu‚ sirven a fin de cuentas? Si eres listo, no necesitas ninguna baratija. ¨De qu‚ te sirvi¢ tu diploma de bachiller con tan formidables calificaciones, por ejemplo? Para tenerlo ah¡ colgado (se¤alaba un punto del aire, en la bulliciosa cafeter¡a, como si se¤alara el diploma en la pared de su casa) poni‚ndose cada vez m s mohoso, eso es todo. Le hab¡a entrado, muy profundo, una duda que le retorci¢ los intestinos y le arm¢ el deseo de desga¤itarse y vomitar una aplastadora justificaci¢n, viendo el ce¤o despectivo, dirimitorio, casi iracundo a fuerza de interrogativa burla, detr s de los lentes del amigo, sobre el vaso de cerveza. Ahora vuelve esa misma duda y lo afloja. Est  a punto de ceder. Sin embargo, que la pr¢xima semana traiga un parte decoroso, con voz de padre que espolea y hace caracolear su rega¤o. El muchacho, doblegada la cabeza, lo sigue prometiendo. Tambi‚n conoce su papel, emplea sus trucos y distribuye astutamente su sumisi¢n, la temible y demoledora fuerza de su sumisi¢n, al igual que la madre. Pero demasiado caro, pens¢, tiene que pagar el pobre su desatenci¢n en el aula. Nada podr  compensarlo de esta humillaci¢n--o¡r este serm¢n barato, aguantar esta p‚sima interpretaci¢n de un padre severo--nada en lo m s m¡nimo. Se siente agredido por una arrasadora autocompasi¢n a trav‚s del hijo. Se aprieta y se soba la nariz. Se ve a s¡ mismo rega¤ado por su madre en una infancia lejana, mientras contempla, sin detectar bien lo que contempla, el patio de un colegio lleno de tamarindos. Y otra vez, demasiado n¡tidamente, est  siguiendo los ademanes del negro que parec¡a un futbolista con su camisa a rayas, regando los tulipanes y los lirios bajo la ventana del economato. Recuerda la opaca y sin embargo desesperada defensa que le hizo el rector y los verdes desconocidos ojos de la madre en aquel rostro de alumbre, rechazador, irreconocible, bajo las aplastadas alas de un peinado que no le hab¡a visto nunca. Cambia de postura en la silla. Intenta, como si ya empezara a olvidar o a desde¤ar o a cansarse con ese libreto abrumador, mantenerse digno, incluso admonitorio. Se agrieta por muchos lados a la vez. Siente que sus dos testigos tambi‚n se est n agrietando. Aquello le sienta peor que mal Definitivamente no est  hecho para estas lides caseras. Hace una se¤al de disgusto, de caminante que necesita aire y claridad, que no le estorben el paso, que le quiten bultos o basuras de encima. El muchacho empieza a retirarse mientras ‚l observa--con paciente fijeza, casi bestializado por el exceso de atenci¢n--sus cuerdudas pantorrillas, el abatimiento de sus hombros, su forma de entrar en el cuarto, la libreta de calificaciones olvidada en su mano derecha, como si entrara al exilio. Maldijo, en lo m s profundo de s¡ mismo, a quienes hab¡an fraguado aquellas calificaciones, a quienes lo hab¡an humillado a ‚l en aquel ni¤o, a quienes lo hab¡an obligado a descubrir y lamer aquellos tempranos s¡mbolos de la derrota y la soledad en el cuerpo de su hijo. Los maldijo en su coraz¢n y sinti¢ alg£n alivio. Entonces, claro, ten¡a que ser entonces, oy¢ el viol¡n (siempre con la misma arredradora puntualidad) que, en alg£n apartamento del mismo edificio, atormentaba el desconocido aprendiz. Era la pena m s in£til. Como descuartizar el aire--por nada, sin raz¢n ninguna, por la simple man¡a de ejercer la destrucci¢n-- con met¢dicos navajazos. Y despu‚s, la sevicia. Pasaban y repasaban un arco sobre cuerdas clamantes, puros nervios sin piel. Entre la noche, las peticiones de auxilio. Aquel viol¡n se multiplicaba, entonces, en miles y miles de violines sufrientes. El universo entero, de rodillas, pidiendo perd¢n, se atragantaba con el suplicio de todos sus violines: en los rincones de las sacrist¡as; sobre escritorios y pasadizos de abandonadas oficinas; revolc ndose de dolor y atac ndose unos a otros, con locura de escorpiones en llamas, sobre lechos en que segu¡an quej ndose mu¤ecos despedazados en lo m s profundo de teatros polvorientos. Violines enterrados en vida, llorando solos, siempre llorando, devorados por bichos de m£ltiples ojos e incontables tenazas; violines chirriquiticos, nonatos, puro aserr¡n, que ped¡an resucitar en las maderas de carcomidos ata£des o disolver sus clavijas en el  cido de todos los retratos que creyeron alcanzar su salvaci¢n escondi‚ndose en ba£les y escaparates desaparecidos. Un cambio en los gemidos, y sufr¡a una visi¢n de fam‚licas mujeres emascuyando a dentelladas, en atroces caballeros, a ca¡nes antiqu¡simos, sin rostro y de mu¤ones suplicantes, que hu¡an entre rojos crep£sculos. Esos mismos ca¡nes reaparec¡an despu‚s (las se¤ales para reconocerlos se relacionaban con la intensidad de las crispaturas en el coro de los violines condenados) en forma de ni¤os muertos, con bucles de oro sobre cuellos de encaje, sentados en sus tumbas, entre cruces y verjas de hierro que viajaban en la niebla. Entonces o¡a estrujadas espumas y descifraba n¡tidos gritos de socorro entre ciudades hundidas en un agua morada. Y tambi‚n, ya en la cumbre de su insaciado delirio, d¡as s£bitos, milagrosos, £nicamente habitados por amantes que se entrelazaban frente a arenas azules para ser engullidos por lentas casladas de baba en que u¤as brazos y ojos sin pesta¤as resbalaban en perezosos abismos. S£bitamente el aire, ese vilipendiado tramo de la imaginaci¢n y de la noche, quedaba sin justificaci¢n, vac¡o. El aprendiz se hab¡a detenido. El viol¡n, tiritando por el reciente suplicio y el futuro pavor, solitario e indefenso (lo ve¡a sin saber d¢nde estaba, se condol¡a furiosamente de su terror en ese instante, alcanzaba incluso a comunicarse con ‚l y darle alg£n consuelo) tornaba al sarc¢fago que ten¡a su misma forma. Y su memoria de oyente, todav¡a en lucha con los aprensivos desperdicios, se iba, lenta, fatigosamente, incorporando a los inmediatos, pac¡ficos, amados ruidos de la casa. Ella atraves¢ la luz de la ventana. Fue un lujo de colores. Ahora extend¡a la s bana frente a ella. Por un instante, de perfil, alz¢ los brazos, en un ruego extra¤o, r pido, sobre la cal de un muro. Ahora extend¡a y alisaba esa s bana sobre la cama. Su figura, flexible, maciza, se recog¡a y ensanchaba r¡tmicamente. Canturreaba. Casi pod¡a decir que era alegre y hasta afirmar que la amaba o que pod¡a amarla que, para el caso, pod¡a ser o dar lo mismo. Lo acompa¤aba, ¨todav¡a?, lo hab¡a sufrido, ¨que m s pod¡a pedirse? A m s de aquel callado hero¡smo de vivir y tolerarse a s¡ misma, todav¡a encontraba tiempo y disponibilidad para tolerarlo a ‚l, a otra vida en su vida. Y hab¡a recorrido, feliz con sus nuevas zapatillas y su viejo sombrero, un sendero color az£car y le hab¡a se¤alado (recordaba ese dedo un poco ajado, con la huella de su trasteo en la cocina, saliendo, reiterativo, de entre los otros dedos de aquella mano que, alguna vez, tuvo el mismo color y la misma tersura de la orqu¡dea que prensara a su hombro--sonriendo con deliciosa, con incre¡ble lozan¡a-- en aquel baile remoto) un puntito muy blanco, casi invisible, en el azul de una tarde y hab¡a llorado y parido y acariciado un gato y segu¡a viviendo. Oy¢ su murmullo, su palpitante zureo, animando la cocina. Las cosas estaban m s a gusto al comp s de su presencia, sinti‚ndola respirar. Las ollas, las cacerolas y el chorro del lavabo parec¡an estar en lo suyo, haber encontrado su justa actividad y su justo sitio, cuando ella los manipulaba. Igual con el jab¢n, el fregador y las toallas. Sab¡a manejar la intimidad. Con id‚ntico alborozo limpiaba los minutos de tedio y groser¡a que limpiaba el piso de manchas y basuritas. El no sab¡a en qu‚ radicaba el amor, as¡, a secas, de que otros le hablaban. Tal vez ni siquiera lo necesitaba. Se hab¡a acostumbrado, en cambio, a desentra¤ar y respetar este conjunto de sensaciones. Eso que todos los d¡as (tal vez el amor pod¡a ser la costumbre--modeladora, aparentemente inalterable, casi abusiva por lo que exig¡a en codiciosa intimidad--que iba siendo cotidianamente enriquecida por m¡nimos pero sucesivos asombros o, tal vez, pod¡a consistir en esa fantas¡a de eternidad (siempre vivir‚ aqu¡ con ella, en este mismo sitio, siempre) que le produc¡a el timbre de los cubiertos en los platos o cuando ella, acerc ndose misteriosamente, le regalaba el verdadero perfume y hasta el verdadero significado de su cuerpo con s¢lo extenderle una fruta acabada de pelar) pod¡a ser comprobado, respirado, manoseado, expiado y ennoblecido, en un atroz y secreto agradecimiento, por todos sus sentidos. Y siguen hablando del turpial. Un poco triste, el pobre. Por eso ya no puede cantar de corrido. La viajera debe ser, tal vez cambi ndole el alpiste. S¡, tal vez con eso y del saldo de los v¡veres en la tienda. Pero hab¡a sido --la mujer insiste, sigue con su turpial entre los sesos, lo sigue oyendo en sus mejores d¡as-- ¨te acuerdas?, un lindo p jaro. No tanto un lindo p jaro, aclara ‚l, sino un p jaro que cantaba muy lindo. Al principio, retobado, sin ganas, resentido de verse prisionero, ni se distingu¡a casi en la esquina de la jaula. Y despu‚s, ­qu‚ trinos aquellos! Como el di logo de muchas flautas. Se estremec¡a la casa, algo suced¡a, llegaban visitantes en la brisa. Y todo por aquel trocito de plumas rojinegras. El gorjeo sal¡a de muchos lugares al mismo tiempo. Una vez se detuvo a observarlo en pleno canto, balance ndose en el liviano trapecio, en el centro de su jaula. Hac¡a g rgaras con las notas y despu‚s, mirando hacia arriba, hacia el cielo que parec¡a pintado en la ventana, expulsaba unas l¡neas vibrantes, visibles, embebidas de una intensa y victoriosa dulzura. Se hab¡a quedado all¡, inm¢vil, conmovido, asistiendo al milagro de que en un ser tan breve pudieran hospedarse tan ricas y poderosas resonancias. De eso hab¡an hablado al atardecer, sentados frente a frente en sus mecedores, como cuando eran novios, en el pretil de la casa de ella en Cedr¢n. Y lo oyeron de nuevo cuando estaban hablando. No, esa cortadita en la mejilla no vale la pena, hija. Pero ella ha tra¡do el frasco de alcohol (se ha deslizado entre los muebles, decidida, resuelta, hundi‚ndose un instante en su reino de agujas, botones y frasquitos de yodo y mertiolate, regresando con su trofeo) se lo unta primero en su dedo y despu‚s lo aplica all¡, justo donde escuece un poquito, apenas un tan casi poquito que ya es casi nada, hasta sabroso. Y ahora se contempla reflejado en su ojo derecho como si su rostro, ilusorio por lo reducido, estuviera tost ndose en una brasa circular. Alcanza a distinguir all¡ hasta el punto de tiza en que se ha convertido el pa¤uelo. Recuerda entonces que debe recordar algo. Nada serio debe ser desde que se olvida tan f cilmente. Basura, si acaso. Despu‚s de todo, por el simple hecho de levantarse m s temprano no tiene derecho a ning£n perd¢n (no sabe de qu‚ o de qui‚n, pero siempre est  en trance de solicitar o de recibir o de otorgar un perd¢n) lo sabe perfectamente. Pero as¡ todo est  mejor, tan much¡simo mejor que ya ni siquiera recuerda la cortadita en la mejilla. Ahora baja la escalera, se inclina y recoge un pedazo de papel que, por su brillo tal vez, le ha llamado la atenci¢n (recoger cualquier cosa, en cualquier sitio, ese trozo de papel o de pan, o esa alima¤ita reseca. Sobarla o estrujarla un poco, hablarle un momento, besarla tal vez. En todo caso alg£n acuerdo, alguna se¤a, darle como un £ltimo adi¢s; que no se hunda sin una caricia o rescoldo de alguien en la pavorosa disoluci¢n) en uno de los pelda¤os. Hay casi una s£plica o una disculpa de ella mientras la observa, casi urgi‚ndolo a que la reconozca, con su boca, sus ojos y sus narices masticables, de fruta plenamente madura mientras ‚l contin£a sintiendo en alg£n lugar de su est¢mago, aquel rezago fecal, nunca completamente expulsable. Ya hasta puede palmearle los tobillos --¨c¢mo eludir otra vez, ahora mismo, este hecho inevitable, tan de ella, tan de ‚l, de mirarse s£bita intensamente (ahora de abajo hacia arriba, y a la inversa) como si estuvieran a punto de despedirse y emprender un amargo largu¡simo viaje por separado y del cual ni pueden ni deben ni es necesario regresar?--y ella le dice algo en la cumbre de la escalera (de aquel arrecife donde se cumple el adi¢s) tal vez sobre el posible olvido de las gafas o del paquete de cigarrillos o del frasquito con las gotas de sucaril y ‚l est  respondiendo algo ya previsto y, sin embargo, extra¤o y dolorosamente nuevo, palp ndose, comprobando su previsi¢n o su olvido en los bolsillos. Porque de morir tenemos, aquel cura. De morir, es cierto. Y, mientras tanto, qu‚ hacer con todo ese mont¢n de cosas mientras se muere. Desarruga el papelito que ha levantado del pelda¤o. Lee algo, arco iris, as¡ se llama, Lavander¡a arco iris. Y Jehov  le prometi¢ al viejo barb¢n (al indisfrazable John Huston, embreando la madera del arca entre el resople y balanceo de unos elefantes dom‚sticos y mirando a su prole de orangutanes, jirafas y marsopas con ojos de tatarabuelo dips¢mano) que no habr¡a m s diluvio. Quien se atenga a semejantes promesas. Para comenzar, pues ah¡ tenemos la aguacerada de ayer no m s. Mira que nada menos que siete barrios inundados, centenares de ratas en las avenidas, vomitadas por las alcantarillas, cosas as¡, repetidas hasta el cansancio por la tele, por la radio, por los altavoces, por los vagos de esquina, por los compa¤eros de oficina. Los altavoces exig¡an cooperaci¢n a todos los ciudadanos (el se¤or presidente de la rep£blica aprovech¢ la oportunidad para denunciar una confabulaci¢n internacional contra la patria y analizar el deterioro que una oposici¢n sistem tica hab¡a creado en la balanza de pagos a prop¢sito de una bonanza del caf‚ y conden¢ (aqu¡ el payaso se puso muy serio en su comedia televisiva, amagando a muchos lados a la vez con temblorosas ondulaciones) la difamaci¢n a que £ltimamente le hab¡an sometido sus enemigos escritos y hablados, p£blicos y privados, abusando, como siempre, de su ejemplar y democr tica tolerancia) para evitar que se ahogaran m s ni¤os y nadaran m s ratas, pendejadas. Jehov  no cumple su palabra, arco iris, te aseguro que no la cumple. Pero mis hijos est n ahora en esa ventana del segundo piso, mirones y pensativos, despidi‚ndome. Tener, repito compasi¢n de m¡ mismo. Ten compasi¢n de m¡, te lo ruego, le suplico a algo que vive y se permite cambiar de postura, un poco molesto por haber sido invocado sin preparaci¢n, sin rito ninguno, en lo m s profundo de mis tripas, donde tal vez se ensucie y alimente de mi alma. Los ni¤os contin£an mir ndome seriamente, sonriendo (¨qui‚nes ser n estos seres extra¤os, con facciones y miradas extra¤as, que se han metido en mi casa, en mi intimidad llam ndose mis hijos?; ¨de d¢nde han venido y qu‚ hacen a mi lado?; ¨por qu‚ me envejecen y me atropellan sin exigir, en silencio?; ¨por qu‚ me piden amor o comprensi¢n o, siquiera, aproximaci¢n, sin ped¡rmela en ning£n momento, y me golpean con sus ojos, mientras yo, creyendo que los amo, convencido de que los amo, los atropello y me desconozco al no entenderlos, al no tener los instrumentos para entenderlos, y, en silencio, les suplico que nunca se vayan, que no me dejen solo y que me amen que horrible e inexplicablemente me amen a pesar de todo?) repitiendo, remedando el adi¢s con sus manos y sus ojos. ¨Qu‚ hacer? No es lluvia, pues. Son tiritas de seda que ellos han lanzado y lo que ‚l est  viendo ahora ocurri¢ hace tanto, tant¡simo tiempo, que bien pudo no haberle ocurrido o haberle ocurrido a cualquier otro. A aquel ojeroso doncel, por ejemplo, que amanec¡a fumando colillas y jugando veintiuna junto a una mujer abundosa y triste, que no jugaba ni fumaba y que lo £nico que suplicaba era esperarlo pacientemente, mientras ‚l ganaba o perd¡a sumas irrisorias, para acostarse con ‚l, acariciar sus mejillas y sus manos (con la misma pesarosa, por lo tozuda, por lo atrozmente gratuita, mansedumbre de una bestia lamiendo una cazuela llena de alimentos pero herm‚ticamente sellada) y vigilar su sue¤o en el silencio. Y, sin embargo, me ocurre, me est  ocurriendo en este preciso momento y ya empieza a formar parte del recuerdo (que ha de borrarse sin ruido, sin compasi¢n, sin batalla) de esta presente, incolora indescifrable ma¤ana de junio. Alg£n d¡a se ir n esos ni¤os de esa ventana, se borrar n del todo, ser n apenas brisa en las ramas de un parque, mientras yo camino pisando las hojas en un sendero de ese parque o duermo simplemente bajo la tierra. Se vuelve a poner en guardia contra sus elementales pero devastadores sentimientos, quiere hacer alg£n chiste, a costa de su alma o de su orfandad o de cualquier otra cosa que le llegue oportunamente. Echar mano de algo que lo defienda de s¡ mismo. Pero se sorprende de su incapacidad para eludirse y seguir pensando en el misterio de la familia. Sus componentes arden un instante, cualquier instante, sentados, por ejemplo, en sus sillas, ante la mesa del comedor. Se ha cumplido la cita. O cantan en voz baja o abren esa puerta o cuchichean en los rincones, mientras juegan al escondido. R¡en porque uno de ellos ha tropezado y ca¡do o llora el otro por una sajadura en un codo. Est n en la edad de las cicatrices, piensa. Regresan orejones, y como m s altos y huesudos, de la peluquer¡a. Uno de ellos ha visto una flor, una brusca y espl‚ndida flor, en el hocico de un perro, al lado de una se¤ora que espera el cambio de luces de un sem foro, cosas as¡. Pero un d¡a ya no ser n, se habr n ido s£bitamente, sin despedirse, mire usted, as¡ no m s, idos. Se aterra de aquella monstruosa simplicidad. Y ahora est n ah¡, en esa £nica ventana, cumpliendo la cita. Est n creciendo, alej ndose cada vez m s (mientras me piden la moneda para comprar un cartucho de helado o el permiso para ir al estadio o limpia alguno de ellos, en el lavabo, ensimismado, fervoroso, las manchas de su pantal¢n, est n cercados por el fragor de la nada. Algo invisible, henchido de lento implacable furor, los deshace sin ser o¡do, aqu¡, ante mis propios ojos--­Dios m¡o, est¢mago m¡o, alma m¡a!--y yo no puedo auxiliarles porque tambi‚n yo estoy braceando sin poder salvarme) y un d¡a uno de ellos, quiz  el m s tierno y pensativo de los cuatro, ese que ahora me est  mirando con sus ojos de caballito de gui¤ol, apretar  los dientes y los pu¤os con un s¢lido destructivo deseo, parado ante un espejo, con el ment¢n embadurnado antes de afeitarse. Los cuatro ni¤os --sus hijos, sus entra¤ables desconocidos e inexplicables hijos--lo siguen mirando, pues ‚l ha vuelto la cabeza varias veces. Est n fijos y tristes, inventados por la misma tristeza que inventa la ventana y el aire cruzado por las vagas, y ya antiqu¡simas y olvidadas, pelusillas de seda. Y la mano de ella, tan insegura y vol til como las otras, quiz  m s peque¤a y t¡mida que las otras, dici‚ndole adi¢s. Y ellos, en alguna ocasi¢n, tambi‚n le dijeron adi¢s, le recordaron (lo hacen en este momento) que seguir¡an all¡ esperando su regreso, que lo amaban y que alg£n d¡a morir¡an. No era a ninguna hora determinada. En cualquier momento pod¡a llegar aquello. Inclusive en los momentos de mayor ajetreo. Cuando se estaba a la b£squeda de un dato importante, important¡simo, recalcaba, sin tomarse el trabajo de hacerlo con palabras, alguno de los funcionarios. Y aquello se instalaba all¡, en el vasto sal¢n lleno de escritorios. Algunas veces casi pod¡a tocarse, verlo brillar sobre las cabezas inclinadas o en los ojos so¤adores (dejaban de o¡r, se ensimismaban, descifraban algo en los lejanos  rboles del parque, en las nubes que erraban, sucias y leves, al fondo de las ventanas) de los estad¡grafos o los contabilistas que fumaban. O en las secretarias que, s£bitamente, afloraban la guardia de sus facciones bajo la pintura quedando, envejecidas y tristes, con su carga de pesar desnuda en cada rostro. Aquello llegaba y se instalaba sin ning£n anuncio. Entonces el rayito de sol que entraba por la ventana del doctor Iduarte--el vig‚simo segundo funcionario en importancia, dentro de la compleja comisi¢n que investigaba el origen de los esputos morados en las aves de corral-- se iba convirtiendo en un largo vibrante venablo, que terminaba hundi‚ndose en alg£n posible costado de la oficina. La oficina en cruz, as¡ era. Destilando sangre, sangre invisible. Se o¡an sus gotas. Y el cuchicheo que sal¡a de gavetas, vitrinas y rincones. Era aquello. El quedaba postrado Ten¡a que dejar a un lado los papeles, con sus respectivas e imponentes sandeces para ser consultadas personal o telef¢nicamente, y despreocuparse por entero de su trabajo. S¢lo ten¡a sentido para aquello. O¡a esos ruidos, lentos, sigilosos, esculcadores, de las horas mordiendo los pupitres, id‚nticas a aquellas fijas y obsesivas tres horas de cada tarde en la escuelita p£blica de Cedr¢n. Entonces el olor de todos los condisc¡pulos se hac¡a s¢lido y un nime, sin ning£n resquicio de aire Olor a cabellos tostados de sol, a dientes con sarro y saliva reseca en las comisuras, a sudor fermentado, a rezagos de flatulencia y ventoseo escondidos en los fondillos, entre empellas y sobacos o entre nalgas apretadas y molidas contra la madera de las banquetas. Un olor tan compacto y animal que pod¡a partirse con las manos, elegir una raci¢n y deglutirla. Se miraba con los o¡dos y se respiraba, se tentaba lo respirado, con los ojos. El calor era una grasa del tiempo, un pac¡fico miedo a las paredes descascaradas, al tablero, a los trocitos de l piz y a los libros abiertos, deteriorados, con las p ginas vilipendiadas por el manoseo, que resist¡an en silencio. El maestro--un anciano de risue¤a pesadumbre, resignado a la progresiva obturaci¢n de sus venas--dirig¡a la resistencia con la tiza en alto, frente a la mesa de tinteros azules. Orden, les exig¡an sus canas a los rufianillos; esperamos que cada uno de ustedes cumpla con su deber, les recordaba el £nico bot¢n de su saco; la tierra perdurar  y el hombre perdurar  sobre ella, les promet¡an sus extremidades pecosas, reptadas por gruesas venas, pugnando por erguirse y triunfar del recinto amarillo. Pero sus ojos dec¡an otra cosa, hab¡an desertado, no estaban all¡ con sus dem s facciones, lo hab¡an abandonado. S¢lo quedaba, como un s¡mbolo banal o como el testimonio de un deber y hasta de un h bito o una obsesi¢n invencibles, su mano errabunda y morena trazando cualquier nader¡a gramatical en el tablero o su palmeta sobre el basurero de cuadernos y libros de calificaciones apilonados en la mesa derrengada o sus narices, oliendo mansamente lo que hab¡a muerto (de s¡ mismo y de los otros, del d¡a) y ya empezaba a corromperse con el asedio de la tarde. Ratas de eternidad, eso eran. Horas roedoras, diseminadas en minutos y segundos roedores, desliz ndose entre los d¡as; trepando por las medias, los pantalones o las faldas de los oficinistas, engull‚ndolos. Entonces los ve¡a tal y como eran en realidad: encadenados a sus bancos (se aferraba, sin poder evitarlo, a la vieja y socorrida met fora en que un musculoso Ben-Hur jadeaba resignadamente) como galeotes. S¢lo que no remos sino estil¢grafos, infolios, m quinas de escribir o calcular; pero remando, remando siempre, remando duramente. Con tambor v todo. A£n cuando nada hiciesen. a£n cuando fuesen simples espectros o detentadores de la incuria. A veces llegaba uno de aquellos misteriosos dignatarios del s‚ptimo piso y ordenaba una aceleraci¢n. Se o¡a el tambor: velocidad de ataque, de batalla plena, de abordaje, seg£n fuera. Y trepidaban las paredes, se le sent¡a a la oficina un bamboleo de barco acezando, como si estuvieran a bordo del Lura o en la caverna del ba¤o turco. El mar debajo, a los costados. Y ellos adentro, encadenados, remando a lo que dieran sus muchos temores a ser despedidos. Y aquello instalado all¡, victorioso y agobiador, invisible pero omn¡modo y resplandeciente. Se o¡an voces. Pronto, lo m s pronto posible ese documento, m s r pido, a ver, el subsecretario de la prefectura de la subsecretar¡a general lo est  esperando. Es urgente, urgent¡simo, ¨se ha dado cuenta?, para que este funcionario lo lleve a otro eminent¡simo funcionario que, usted sabe, ha de elevarlo, ¨pero para qu‚ perder mi precioso tiempo explic ndole?, a potestad o sacramento p£blico, por ejemplo. Hab¡a un crucifijo, con la cabeza ladeada, que, sempiternamente, parec¡a contemplarse en el espejo, convexo, repulido y casi ustorio de la calva del doctor Estroncio, el jefe de los galeotes, el impasible y reverendo eunuco que manejaba las diferentes velocidades del buque. Y el retrato de una se¤ora, que nadie supo nunca qui‚n era. Una mujer madura, de ojos autoritarios pero decepcionados, en el centro de un rostro que adelgazaba una especie de tenaz y hasta depravado sentido de la caridad. Esa frente, de aquello no cab¡a la menor duda, hab¡a acariciado por muchos a¤os la realizaci¢n de alguna insensatez evang‚lica. Parec¡a una protesta viviente contra cualquier ayuntamiento carnal y sus p rpados, desde la cumbre de una botonadura viril, despreciaban, asqueados, las caricias masculinas. Y un Coraz¢n de Jes£s, protegido por un vidrio entre su marco dorado, con el coraz¢n exactamente afuera, sobre el pecho, y las manos abiertas. Ten¡a el aspecto de un muchacho que ignora el crecimiento de sus barbas y a quien le diera pena que le hubieran colocado tama¤o artefacto en semejante lugar. Este objeto (parec¡a explicar a quien lo mirase con alguna participaci¢n en su rubor) me lo han puesto aqu¡ sin consultarme, pero ­qu‚ le vamos a hacer--continuaba defendi‚ndose con sus ojos resignados, pueriles, dulc¡simos-- si en todas las litograf¡as se han confabulado para hacerme lo mismo? Y un retrato de Antonio Rica£rte ( tampoco se supo nunca por qu‚ de ‚l, precisamente) en el momento de dirigir una pistola descomunal (la pistola, en efecto, era muy grande) contra un barril en que descansaba su rodilla izquierda y que el buen enterado en historia patria deb¡a presumir lleno de p¢lvora. Su perfil, desconfiado pero henchido por un irreprimible fanatismo (el mismo del terrorista o del escolar que mira a muchos lados antes de cometer su atentado o su pilatuna). La ventana de la oficina parec¡a un cuadro vivo donde llameaban en la brisa  rboles, edificios y nubes. So¤aba, entonces, con los incontables pero siempre important¡simos informes que deb¡a estampar de su pu¤o y letra y donde deb¡an quedar pormenorizados en pulcros legajos (en esto el doctor Estroncio era sencillamente implacable, pues el m s simple amago de incorrecci¢n o desaseo, en cualquiera de sus casillas o renglones, era castigado con la estricta repetici¢n de todo el folio) el n£mero de consumidores, por kil¢metro cuadrado, de las infusiones de hojas de guan bana para los malestares hep ticos o el dato preciso de los micifuses que, cada dos a¤os, mor¡an de pechiche matronal, arrechera pel mbrica o c¢lera testicular o de otras alarmantes (pero no tan vistosas ni ruidosas) epidemias en los tejados, callejones y tinacos de la capital o el de posibles usuarios de los solideos que, cada semana de cada a¤o, desechaban --no pudiendo permitirse el estado, ni menos la suprema jerarqu¡a, semejante derroche de tela bendita, seg£n antiguas pero nunca atendidas prevenciones de algunos ministros del ramo--los diferentes sacristanes, gerentes y maromeros que regentaban las arquidi¢cesis, comisar¡as, planetarios y salchicher¡as y hasta el n£mero exacto y la precisa ubicaci¢n de los m£ltiples expendios con sus consabidos estipendios de rosarios y estampillas para cheques esp£reos y miniaturas tot‚micas y hasta de diferentes ex votos que hab¡an sido abandonados, en plena y flagrante producci¢n, por artistas de brocha gorda y delgada, notarios, senescales, novelistas, reguladores d‚ tr nsito, cr¡ticos de teatro y hasta por mimetizados, aunque distinguidos, tenaces y aun filantr¢picos usureros. Tambi‚n deb¡an estar minuciosamente registrados en los pulcros legajos el color de las puertas y cortinas y el di metro de los escritorios--enumerando, as¡ mismo, los respectivos diplomas, medallas de lata, de cart¢n o de cobre, cruces de Bacat , tapas de gaseosas y distinciones de cualquier ¡ndole a que se hubiesen hecho acreedores en el ejercicio de su profesi¢n--en las oficinas de los alienistas, xen¢fobos, vendedores de chicharrones y moluscos al por mayor y al por menor, hacedores de hor¢scopos, libretistas de radio y televisi¢n, elegantes sodomitas de la modister¡a, la pol¡tica o la vanguardia literaria, comedores de copra y trazadores de urbes Todo esto, l¢gicamente, para poner orden en las estad¡sticas, mantener la confianza general en el gobierno y detectar, en el momento justo de iniciar su mod‚lica curaci¢n, los puntos enfermos en el organismo presupuestal. Para controlar, en suma, el impulso del centro hacia la periferia con que la sangre estatal estaba dispuesta a irrigar--as¡ lo hab¡a afirmado textual, severa y casi brutalmente el se¤or presidente de la rep£blica en su £ltima alocuci¢n--aun las m s lejanas, y aparentemente abandonadas y an‚micas regiones de la patria. Hab¡a tambi‚n un retrato enorme, entre un liso y estrecho marco de n¡quel, que ocupaba gran parte del espacio en la pared del fondo. Muchas personas reunidas en un patio, de pie o sentadas en la grama o en unas sillas Detr s del grupo se elevaban unas edificaciones de tipo claustral y en el puro centro, destac ndose sobre un fondo de apacibles colinas, la escultura de algo que parec¡a una musa. Siempre le interes¢ aquel ser indefinible. Alg£n enigma personal, que jam s podr¡a estar en capacidad de descifrar por s¡ mismo, parec¡a haber encontrado all¡ su consagraci¢n o su refugio. La cabeza de la estatua, rematada por dos trenzas arcaicas, se inclinaba sobre el lado izquierdo; los ojos, embelesados en una idea, en un sue¤o fijo, contemplaban una c¡tara o un libro (aqu¡ la humedad y las polillas se hab¡an encargado del conjeturable elemento) al final de sus brazos; un dulce viento rizaba sus muslos con peque¤as olas de m rmol. Detr s, en la colina que la persistencia de una gotera hab¡a convertido en una gran oruga, se insinuaban sombras arb¢reas y quim‚ricos senderos. Delante y a los costados de la estatua, toda la fauna burocr tica: caras de batracios y p jaros, de lobos, renacuajos e inclasificables insectos, se apagaban y encend¡an sorpresivamente sobre cuellos entiezados, corbatas listadas, chalinas, corbatines de punto y enaguas espumosas. Llamaba su atenci¢n un rostro definitivamente castrense, de violentos bigotes, sobre un chaleco cruzado por una leontina. Era el de un espl‚ndido perro de caza, enteramente satisfecho de las presas que le hab¡an tocado en suerte. Y un hombrecillo id‚ntico a Jos‚ Mart¡: con sus mismos ojos melanc¢licos bajo la nobleza frontal y hasta con sus mismos pantalones, estrechos y arrugados, de pap  que se acaba de levantar de un mecedor, sobre sus zapatos de c¢mico. Le gustaba aquel retrato comunal. Cuando amenguaba el peso de aquello sobre la oficina, se iba de asueto, largo rato, por entre sus arcadas y rostros y sus senderos en la monta¤a, a o¡r fenecidos cuchicheos y roce de esqueletos enfundados en telas removi‚ndose en los pret‚ritos asientos. Hab¡a descubierto, adem s, un minucioso placer, consistente en reducirse imaginativamente a tal extremo que pod¡a, en contemplativo embeleso, girar en torno a ®su¯ musa. Entonces sab¡a que los brazos, el ¢valo impasible y las trenzas de la vetusta doncella eran, de veras, recorridos por un aire, entre f£nebre y dichoso, que aumentaba su misterio. Alguna vez oy¢ al doctor Estroncio a su espalda, con un tono amable y correccional al mismo tiempo, refiri‚ndose a sus ojos arrugados por la minuciosa curiosidad: --¨Se le ha perdido alguna pulga en ese retrato?--. No pudo emitir nada parecido a una respuesta, s¢lo ese carraspear dos o tres veces que lo mismo remedaba una excusa o un balbuceo. ¨Qu‚ iba a decir, c¢mo explicarse? ¨No era, de veras, de un indefensable bobor el estar all¡, gastando tan largo rato en contemplar una insulsa fotograf¡a, cuando era esperado para el remate de inaplazables y gloriosas tareas? Fue pues y se sent¢ en su silla frente al escritorio, como un ni¤o rega¤ado por su maestro. Lleg¢ a aprenderse de memoria las facciones de todos y cada uno de los componentes del grupo fotogr fico. Se topaba con ellos en el sue¤o o en la simple evocaci¢n, en una atm¢sfera lunar --distorsionados y casi diferentes, distantes, solitarios--haciendo distra¡das gesticulaciones, mientras erraban por plazas, colinas y senderos que no hab¡a visto nunca. Terminaron, como el asunto del Lura, por convertirse en criaturas de su memoria. Por ejemplo aquella flaca mujer, forrada por superpuestos tri ngulos de seda negra, exactamente como se forra el bast¢n de un paraguas. Lo miraba con una ternura cargada de insaciable amenaza, taladr ndolo. Daba la impresi¢n de haber sido frustrada en el curso de una innominable ambici¢n, un parricidio tal vez. Parec¡a, asimismo, una mujer que, despu‚s de un largo y paciente trabajo de convicci¢n, hubiera devorado a su esposo, fragment ndolo (con su total anuencia y cooperaci¢n y todav¡a vivo y l£cido) en suculentas chuletas. Y hab¡a un toro, con bigotes agudos como pitones, que acumulaba un bramido en su traje de corte abacial. Le inflamaba las narices y le endurec¡a las quijadas una ira que se deb¡a, intr¡nsecamente, a la potencia de sus ijares, al ¡mpetu destructivo de que hab¡an sido dotados sus ri¤ones. Ten¡a un alfiler con una perla incrustado en su corbata como un estoque. Y un joven, devorado por una abst‚nica lubricidad, que hac¡a descansar su mano, fina, vol til, sobre sus bronquios de enfermo. Tambi‚n una mujer, de senos protuberantes, que ergu¡a su rostro, de pedagoga o de tr¡bada (el ‚nfasis y los resultados eran los mismos) sobre un cuello de alzador de pesas. Y un doncel, barbudo y sensible, de ser ficas pupilas, que manten¡a su sombrero hongo reposando con precauci¢n en el antebrazo, como si fuera una bomba. Y un sacerdote maduro, con la sonrisa de un estafador y la apostura de un esgrimista. Y tres borregos, de gestos y facciones uniformes, que parec¡an suspendidos en un mismo balido. Y un grupo, entre azorado y festivo, compuesto por una mujer oto¤al, de sonrisa desafiante bajo el sombrero atestado de plumas, sentada en una silla con las piernas cruzadas; una de su manos se hund¡a en la cadera, empujando hacia adelante el torso encorsetado, y la otra se apoyaba, con arrogante decisi¢n, en una sombrilla con punta de alfiler. A su espalda, en galante actitud, haci‚ndola part¡cipe de un chisme, de un secreto de estado o de un sical¡ptico desliz, se inclinaba un caballero de pomposa melena y atuzado bigote, un muchacho, retra¡do, de huesos livianos, con una ind¢mita peluca tap ndole las orejas, dejaba descansar una mano sobre el hombro lleno de encajes de la altiva mujer. Segu¡an mostachos y m s mostachos y patillas colosales y cejas contra¡das y narices dilatadas y m s j¢venes y ancianos de pie y cabezas que se ladeaban con hambriento perfil, transidas por un silbo o inmovilizadas por alg£n llamado que alguien emit¡a a sus espaldas. Aquel mismo daguerrotipo, seg£n pudo averiguar, era el £nico testimonio de la primera emisi¢n de empleados p£blicos que el gran general Tom s Cipriano de Mosquera o el simple general Rafael Reyes, cualquiera de los dos en la plenitud de su trig‚simocuarta dictadura, hab¡a enviado a tecnificarse a los Estados Unidos. ¨Qui‚nes eran aquellos aparecidos, estar¡an vivos algunos de ellos (hay fantasmas que persisten en otros cuerpos, en otras formas de la aflicci¢n), c¢mo lucir¡an ahora, de ser ello posible, caducos y de seguro pobres y olvidados? Y por £ltimo, ya en la pura desorientaci¢n inquisitiva y empujado por su viejo y candoroso terror, ¨qu‚ se hab¡an hecho aquellos vestidos de pa¤o (sinti¢ de nuevo --en toda su veloz pero insufrible dimensi¢n-- las brutales, pacientes, inaudibles quijadas del tiempo, engullendo paredes, rostros, telas de pa¤o, torres, primaveras y papeles, devor ndole su misma desolada inquisici¢n, arras ndolo con todo el peso, y todo el siniestro fragor, de su insondable vacuidad) aquellas sortijas, aquellos encajes y cuellos almidonados, aquellas ondulantes enaguas ? Entonces volv¡a a recorrer la oficina con ojos angustiados, apacibles; a sentir el volumen, la vibraci¢n y hasta los tapiados gritos, retumbando, sin posible comunicaci¢n, entre cada pecho de las m£ltiples soledades que lo rodeaban. O¡a el tecleo de las m quinas, el susurro de las plumillas sobre el papel, la brisa agitando los polvorientos (los penitentes) cortinajes. Descubr¡a entonces, con sus puros o¡dos, el zumbido del tiempo; pod¡a ver, incluso, su fina lanza hundi‚ndose, cada vez m s duramente, en las entra¤as de la oficina, empap ndolos y deshaci‚ndolos a todos con la sangre del tedio. Y aquello segu¡a all¡--transparente, indescifrable y ubicuo--entre los labios, las arrugas y los bisbiseos, entre las zapatillas y las solapas, entre los vagos corredores hediondos a tulipanes orinados, en las cabelleras, en las miradas que, a hurtadillas, casi avergonzados, se dirig¡an los oficinistas entre s¡, mientras alzaban (parapetaban) sus rostros para aguantar, para resistir y atreverse a durar mientras cruzaban aquello. Porque al general Bestierra la loquera le dio en grande. Por hacer fortaleza nada menos, imag¡nese. Hay mucha piedra desperdiciada en este pajonal, hab¡a dicho. Se ve¡a tan qu‚ remacizo y voluntarioso en el caballo, no se lo niego. Todo pecho y voz de mando. No m s paredes de mierda de vaca ni techos de paja, la cosa debe ser con piedras. Esa como la consigna del arranque, como quien dice con solidez y fuerza de eternidad. Y puso a sus ochocientos hombres a arrear piedra a lo bravo. De descanso ni hablar, m s bien r‚stelo de la cuenta. De d¡a o de noche, lloviendo o con sol, se escuchaba la pujadera entre los matojos. Los dividi¢ de cuarenta en cuarenta. Cada grupo comandado no por un oficial sino por un capataz. Pues aqu¡, para que sepan, la cuesti¢n no fue de grado sino de eficiencia. Si un soldado raso probaba ser mejor que un cabo, pues el que mandaba era el soldado. Y caso se vio, en muchas cuadrillas, en que sargentos y hasta alg£n teniente se aculillaban o mamaban ante el br¡o de sus capataces. Y el Bestierra, infatigable en el caballo. Mire qu‚ burros estos indios, se deslenguaba (a los negros, a los blancos y a los indios arreadores los llamaba lo mismo) cargando de un solo lado, a pique de buscarse una joroba o que se les desatornillen los cojones. Miren, les gritaba parado en los estribos, se les va a resbalar esa vaina y despu‚s se me vienen, lloricones y rengueando por cualquier tropez¢n; ­sepan cargar carajo! Y la cosa no se quedaba en bravata, era que daba el ejemplo. De un envi¢n alzaba una piedrota hasta la cintura; mov¡a no m s el esqueleto, la dejaba en buen acomodo sobre el lomo, se la llevaba, con un trotecito columpiero, entre la yerba. Se encaramaba despu‚s sobre la montura y a puras maldiciones y rebencazos los obligaba. En principio, como siempre ocurre en estos casos, la tropa amag¢ soliviante. Pero venirle con retrecheces al general. A uno, que se las tir¢ de cabecilla, se le fue de frente, apech ndolo con el caballo. El hombre, todo cuajaroso de sudor con tierra y enredado en tantos cintarajos y pertrechos que llevaba encima, se vio de pronto pateando y manoteando en el suelo, buscando equilibrio. Todav¡a a breve galope, sin apuntar antes del frenazo, el herido se le fue encima. Lo remat¢ con un tiro en el o¡do. El otro, el aliado del subleve, gritaba a la puerta de la casita, frente al anuncio de letras gruesotas del guarapo, armado de escopeta con dos huecos. V‚ngase no m s, le grit¢ al general. Y el Bestierra hizo bloque pensativo con el caballo. Le humeaba el rev¢lver al costado, sobre estornudo de bestia. No quiero bajarte como a pato cucharo, dijo al fin. ¨Y entonces a c¢mo vamos? Te prefiero a rula, se oy¢. Y baj ndose con mucho y cavilativo despacio desenfund¢ el machete largo, tan delgado y brillante que parec¡a una vara de plata. El otro se encarajin¢ con tal furia y rapidez que alcanz¢ a entrar y salir de la casita sin cambiar de postura, como si no se hubiese movido y las solas ganas de combatir le hubiesen agenciado el arma. Brillaron los cuatro: los dos machetes entre y sobre los dos hombres, bajo las hojas de pl tano. Y la tropa, esperando. De aquel duelo terminaba la loquera del general, con arreo de piedras y todo, o la cosa segu¡a en nada. Casi lo tientan. Pero era fino pa el esguince el maldito loco. Y valiente, d¡ganlo. Sostuvo en firme, con las piernas abiertas, el manducazo, que son¢ mismito que espuela que se rastrilla en hueso pelado. Se buscaron y se encontraron ah¡ mismo, sin salirse de terreno. Tambi‚n el rebelado era gambeteador y malama¤oso con el fierro. No daba respiro. Se met¡a y se sal¡a de los toques como deletreando. Por eso te desafi‚ con rula, cruj¡a el general, todo venas saltonas en la frente y los ojos sangrosos y pepudos, con las mand¡bulas a quebrarse de puro apretadas y el gallardete de pelo arriscado entre las cejas, pa que nadie me acuse de ventajero, pa pelear en lo tuyo, en lo que sabes de veras. De pronto, susurr¢ un turpialito en la rama de un gu simo. Y el viento pas¢ como nube cuando el otro, casi sombra, cay¢ de rodillas, d ndole duro al polvo con lo filoso del arma. No lo remat¢ all¡ mismo. Dur¢ dos d¡as quej ndose en un solo mugido (pa que aprenda, lo sentenci¢ Bestierra, a no levantar la mano contra su padre) mientras la tropa, oyendo el mugido, segu¡a en su procesi¢n de piedras. Pero el loco ya hab¡a hecho su plan, que todos juzgaron como a bien tuvieron, pues ya estaba pensando en arpilleras entre los muros y hasta en garitas y atalayas. Pod¡a patentar y lanzar al mercado una nueva porquer¡a --v¢mito y diarrea de ni¤o en talco de aserr¡n, por ejemplo, con leche de papaya y hormigas trituradas, esto £ltimo para darle el imprescindible toque de fascinaci¢n er¢tica-- lujosamente envasada. De seguro que, a poco buscarlo, se topar¡a con alguien, m s da¤ado de la cabeza que ‚l, que se prestar¡a, gustos¡simo, a servirle de socio capitalista. Materia prima regalada y capital ajeno, un negocio redondo. Superior a todos los que hab¡a visto enumerados en ®Las novecientas setenta y dos maneras de hacerse millonario en cuatro semanas¯, de Arnold J. Stevenson, de Ontario, quien muri¢ como vagabundo profesional (sosten¡a a quien quisiera o¡rlo, seg£n posteriores infidencias de sus bi¢grafos, que ninguna sociedad de ninguna ‚poca hab¡a merecido que un solo esp¡ritu de selecci¢n se hubiese dignado alcanzar, dentro de ella, una posici¢n de comando. El hombre no solamente est  mal hecho, era otra de sus deducciones, sino que ni siquiera ha sido terminado. Se encuentra en un estadio, bastante primitivo por cierto, de su fabricaci¢n. Es cuesti¢n, aseguraba, de puro y estricto acabado, de eficiencia industrial de sus facultades, de que pueda, al fin, ponerse en circulaci¢n y alcanzar a rendir el servicio para que se presume fue concebido. Pero en esto hay que ayudar a Dios, ayudarlo a completar su obra, dec¡a, muchas veces a grandes voces, en plena v¡a p£blica. Y la mejor manera de hacerlo, aseveraba con su picard¡a de buf¢n utopista, es abandonando a su bestia predilecta a su destino comunitario. O sea, no ayud ndolo en absoluto. Que el hombre se las arregle solo para renacer, si de veras lo merece, de la destrucci¢n a que, irremisiblemente, lo condena su propia estupidez. Se tomaba alg£n descanso, siempre seg£n sus bi¢grafos, para hacer piruetas o recoger algunas monedas, y concluir con algo parecido a ¨Qu‚ se puede hacer con un animal en esas condiciones de forzosa peligrosidad y que, adem s, sufre conturbaciones de razas y credos, que se complican a su vez con su insaciable glotoner¡a de todo tipo de poder y depravaci¢n? D¡ganme, se¤ores, qu‚ se puede hacer, a ver, ¨qu‚ puede hacerse?) en una calle de Santa M¢nica o de Dallas (sus historiadores no se han puesto de acuerdo en esto ni en muchas otras cosas) dej ndole a su viuda los originales de aquel muestrario de sandeces (o de recetas) para hacerse millonario que, al ser editado y convertirse en un ‚xito aplastante, por efecto de una espl‚ndida publicitaci¢n, la convirtieron de verdad en millonaria. El buen ‚xito, seg£n eso, radicaba en el calibre de la propaganda. Lo mismo si se trataba de una marca de gaseosas, de un charlat n pol¡tico, de una casa de modas o de una obra literaria. Le har¡a, pues, una vigorosa promoci¢n a sus pomos de belleza. Las mujeres son capaces de embarrarse y hasta heder a diablo si as¡ se los ordena la sant¡sima propaganda disfrazada de moda. As¡ de grueso ser¡a el chorro de dinero que le entrar¡a diaria y nochemente. Tan grueso como un tubo de oleoducto. Hasta el nombre lo ten¡a. Se fue entusiasmado progresivamente. Se ve¡a transformado en supremo dispensador industrial de la belleza, en c‚sar del esti‚rcol aromado. Los m s famosos sinvergenzas del pincel adquir¡an prestigio con solo retratarlo. Otorgaba empr‚stitos a los gobiernos. Lograba al fin que un sumo pont¡fice--despu‚s de agitados debates en el seno de un concilio, exclusivamente convocado para aceptar o rechazar aquella oferta--cambiara los latinajos claves de la misa por la sacrat¡sima sigla de sus tarros para embadurnar menop usicas. Ya, a estas alturas, empez¢ a sonre¡r de su fastuosa ingenuidad. As¡ era y as¡ seguir¡a siendo. No ten¡a remedio. Bastaba que alguien le hablase de un negocio o le relatara los triunfos profesionales de un antiguo condisc¡pulo o le plantease las f ciles ganancias que eran posibles con un determinado tipo de contrabando para que resolviese, all¡ mismo, imprimirle un cambio radical a su vida. Soy un pendejo, el £nico aut‚ntico pendejo que queda sobre la tierra y debo cambiar, cambiar enteramente, en alguna forma, pero cambiar de una vez por todas. Alcanz¢ a sentir un amago de zozobra por comprometerse tan a fondo con su futuro. ­Qu‚ buen ox¡geno!, respir¢ de nuevo. A estas alturas, a dos mil seiscientos y tantos metros, se da como puro, como silvestre, como si nada le costara al gobierno o a los bancos de pr‚stamo internacionales. Respiren, muchachos, respiren profunda y alegremente que este aire de Bogot  alimenta, dec¡a el doctor Sarante Renals, con los brazos abiertos--entusiasta, respiratorio y espectacular, con los mismos ojos del hombre que ha mirado a Dios, ardiendo en su propia zarza como si fuera en su propia salsa--parado en la esquina de La cigarra. Le dio enteramente la raz¢n al doctor Sarante y, despu‚s de avanzar un buen trecho aspir¢, con todo el poder¡o de sus pulmones, en homenaje a su pablismo ecol¢gico. Disoci¢ esta vez, en lo aspirado, iguales dosis de pecueca, gasolina y viejos y tozudos excrementos y orines de hombres y perros en las aceras. Esto va bien, as¡ como vamos, vamos bien. Ir donde el m‚dico (ten¡a la papeleta del seguro social en el bolsillo) a ver en qu‚ paraba aquella cosa en el diafragma o en el duodeno. No sab¡a ni ten¡a por qu‚ saber ni le interesaba saberlo--como tampoco lo supo en el £ltimo examen que le hicieron, un examen completamente rutinario, para efectos de simple chequeo oficinesco--en d¢nde radicaba el asunto que hab¡a empezado a molestarlo. A lo que hay que someterse, hab¡a pensado en aquel momento con amargura, para poder comer, para seguir devengando cualquier miseria de sueldo. El m‚dico le orden¢: desn£dese. Qued¢ en ropa interior. Hab¡a una urgencia desvelativa, rencorosa, de cliente de lupanar, en el rostro y en la voz del otro. Todo, qu¡tese todo, hasta las medias y los zapatos. Se acerc¢, le tent¢ el vientre, los brazos, le hundi¢ en las axilas unos dedos comprobadores, procaces. Camine, le orden¢. Se sinti¢ agredido, saqueado, con una rotunda y ya insufrible sensaci¢n de ultraje, cuando el otro, oblig ndolo a mantener la cabeza en alto, le frot¢ las tetillas. Bien, oy¢, ahora la boca. Se sinti¢ mostrando los dientes, sus grutas de saliva. El m‚dico lo exploraba con un foco que parec¡a un l piz. Dirig¡a la luz por las paredes bucales, casi sinti¢ la tibieza de aquella luz. Vio los ojos, escrutadores, helados, la fam‚lica ansiedad detr s de esos lentes, la nariz fruncida, aspirando y expirando con cercan¡a, con hedionda paciencia. Oy¢ las larvas del otro olfateando sus propias larvas; sinti¢ el asco de una cercan¡a sin intimidad; vio los poros en un tramo de aquel rostro, las dos espinillas en la nariz; lo reckilz¢ con todo su ser, aguantando sin embargo. Descubri¢ un orgullo de buitre, una complacida enemistad en esos ojos, los labios casi relami‚ndose con la promesa de una m¡nima esperanzadora carro¤a, la decepci¢n. Por un momento cre¡, oy¢, mientras miraba pendular el admin¡culo de pl stico y caucho sobre aquella bata. Despu‚s, el ruido de la silla rechazada por las corvas. Ahora el m‚dico lo miraba, satisfecha, golosamente, como si estuviera armado y fuera a rematarlo. El repar¢ en su manos, colgando a ambos lados de la bata. Una de esas manos avanz¢, tent ndole (acarici ndole) una regi¢n glandulosa y nervuda debajo de la ingle. Ahora estaba detr s. Lo sinti¢ ajustarse el guante. Se volvi¢ y le vio untarse de grasa el ¡ndice encauchado. Sinti¢ la mano izquierda apoy ndose en su hombro. Abra las piernas, oy¢. Sin intermitencia, sin alertarlo, apenas con un tanteo de nalgas y comentando qu‚ hermosa regi¢n perianal, le introdujo el dedo por el recto Sinti¢ el pavor, el asombro doloroso (y hasta la convulsiva y reveladora humillaci¢n) de un desfloramiento. Esto est  bien, oy¢. Y mientras el dedo avanzaba, pudendo y arrollador, rasg ndolo, escuch¢ el elogio espasm¢dico, la afrentosa comprobaci¢n del poseedor que resopla sobre la nuca del pose¡do: Incre¡ble, esta pr¢stata parece la de un muchacho. Afortunadamente la vejez no llega sola Atraca con todas sus £lceras internas y externas. Al fin sabemos d¢nde quedan los ri¤ones o el es¢fago y sabemos de p ncreas y cosas as¡, con nombres escalofriantes, para entonces posiblemente malignos. A la fuerza, pero sabemos. El tripollaje se impone bravamente, cobra su silencio y su inapreciado trabajo de muchos a¤os, quiere jubilarse. Y la pr¢stata ¨c¢mo se porta ahora, despu‚s de aquel examen? Pues, para que lo sepa, se porta de lo m s bien para ser de un ciudadano de su edad, pues no debe olvidar en ning£n momento que por donde m s f cil se rinde un hombre es por ah¡ por ah¡ precisamente. Por eso debe seguir comprando todas las semanas su libra de uchuvita, recomendada por aquel horoscopista alem n de la carrera quinta, que les extend¡a las mismas recetas y les endilgaba las mismas soluciones zodiacales a todos sus clientes. El horoscopista--un orangut n rubio, con una gestualidad meticulosa, de verdugo cient¡fico, que hab¡a quedado como saldo del naufragio nazista--alzaba su enorme mano en el recuerdo, lo rega¤aba paternalmente por la desidia que demostraba ante su salud; lo acusaba socarronamente, balance ndose un poco, en silencio, los ojos brillantes, apunt ndole con el ¡ndice, previni‚ndole al rechinar sus dientes con cierto did ctico escalofr¡o (como si su mirada, alegre y azul, siguiera hechizada por un fondo de calabozos y campos de exterminio) terminando por sonre¡r con amplitud, cobrando apaciblemente sus veinte pesos. De lo contrario, la pr¢stata sabe m s que t£ ­Si sabr  la condenada! Pr¢stata, llam¢ a lista. Y la gl ndula, secreta, lejan¡sima, respondi¢ presente, con voz opaca, de t¡mido animalito que aparta nervios y venas y sanguaza para hacerse o¡r. Tuvo un leve susto. Como un trino en un follaje evocado, as¡ de leve. Por alg£n lado la muerte (sab¡a que la cosa quedaba, por ejemplo, muy cerca del bazo o un poco a la izquierda de cualquier colon o tal vez una esquinita m s all  del h¡gado, s¡ se¤or, por ah¡ pod¡a ser) y que con ella no valen trucos ni pendejadas. Mejor tema el cine o la novela de detectives que estaba leyendo, mucho mejor As¡ juegas a distraerte mientras la muerte sigue entrando o saliendo de ti (para el caso es lo mismo) por muchas hendijas al mismo tiempo. ¨Por d¢nde la novela? P gina ciento ocho. Su costumbre, se jactaba de ella, saber el n£mero y hasta la l¡nea de la p gina por donde iba en su lectura de turno. Tambi‚n, qu‚ memoriaza para los n£meros telef¢nicos. Excelente este relato de ahora, pero ¨qu‚ pasa con el inspector Scarlett? Est  en una trampa. El y nadie m s es el asesino. Pero ‚l, que a lo mejor sufre de sonambulismo siendo el £nico encargado de investigar el crimen, no lo sabe l¢gicamente. Como en Edipo, la m s venerable novela polic¡aca del mundo, seg£n le hab¡a le¡do a un cr¡tico muy erudito, que a su vez citaba a otros cr¡ticos y a otros eruditos, en una revista al servicio de la cultura europea que comet¡an y editaban a mansalva unos intelectuales chibchas. La representaci¢n de un Edipo, en el atrio del capitolio nacional, le lleg¢ en un lancetazo de fr¡o. El hombre--de cabellera alborotada y barbas ra¡das, descalzo y vestido con un sayal de anacoreta, hirviendo entre la luz de los reflectores--se arrancaba los ojos a la vista de todos. Mostraba despu‚s, con el desconcierto (y hasta el cansancio) del ilusionista que ha fracasado en su truco, una uva aplastada en el cuenco de cada mano. La plaza ol¡a a incienso, no sab¡a por qu‚ y pitaban, irreales, veloces autom¢viles. El coro, erizando sus alas como un p jaro monstruoso, lanz¢ un chillido de auxilio. Llegaron muchos polic¡as y, a grandes voces, exigieron sus documentos de identificaci¢n a algunos espectadores. Edipo detuvo su errabundaje por el proscenio. Mientras segu¡a destripando sus falsos ojos entre los dedos, miraba a los polic¡as con sus ojos inquietos girando entre unas ¢rbitas sucias de anilina. El coro, amenazador, suspiraba aleteando. Otro ciego (ya eran dos en escena pero no alcanzaba a fijar en qu‚ momento del drama) alzaba el pu¤o sobre una testa de barbas y cabellos flam¡geros. Hablaba con el desenfreno y la col‚rica alegr¡a de una sibila. Una especie de inoficioso monarca, que estaba sentado en un escabel, entre las dos columnas del frontispicio, escrutaba de reojo al grit¢n, ajust ndose la corona. Un oficial de polic¡a miraba estupefacto--ya al rey, ya al autodestripador ocular, ya al energ£meno profeta--sin saber qu‚ determinaci¢n asumir. El drama, ignorando por entero la perplejidad del oficial, continu¢ con mayor pujanza. Se oyeron toses y horribles aullidos y alguien grit¢: ®­Retiren a la polic¡a, no m s vergenza, hay que respetar la cultura!¯. Edipo, perseguido por inexplicables pero ensa¤adas palomas, hu¡a entre las columnas. Un espectador se desga¤it¢ con un: ­Abajo el gobierno!¯. Ahora ‚l pensaba ingenuamente, a muchos a¤os de su recuerdo, que todo aquello era demasiado. No existe ning£n crimen, ni siquiera el de vender por gramos los ri¤ones de la madre en el mercado, que merezca semejante expiaci¢n. Otra vez su cantaleta de que el hombre, haga lo que haga, es total y hasta aburridoramente inocente, ­qu‚ le vamos a hacer! De todos modos, esos barbones griegos eran unos libretistas de miedo. La cosa les quedaba s¢lida y neta, sin sombras ni fisura ninguna. En su ni¤ez, no pod¡a distinguirlos en un tomo de la historia universal de C‚sar Cant£, que hab¡a pertenecido a su abuelo. Todos le parec¡an iguales: fil¢sofos, poetas, matem ticos, dramaturgos, guerreros, escultores o fabulistas. Todos con aquellos l¢bulos salientes, sin pupilas y con la cabeza llena de ricitos. Hab¡a llegado a la convicci¢n de que Grecia era un pueblo de ciegos. Le sorprendi¢ saber, a la altura de sus once a¤os y por la fortuita aclaraci¢n de un periodista borracho, que Homero, tambi‚n con su par de lisas bolas entre las ¢rbitas, fue el £nico ciego de todos ellos. Qued¢ confuso y nunca se explic¢ bien aquello, consider ndolo como una terrible injusticia. Criminal, demasiado criminal consigo mismo el tal Edipo. Edipo en Londres, con compa¤eros coloniales de investigaci¢n, de la India. Pero la India no existe. Fue un invento de los escritores victorianos, seguro. Hay que leer y releer y volver a leer a Kipling, esa era la orden--tozuda, mani tica, de quien parec¡a aferrado a la salvaci¢n de su alma como a una presa de cerdo, como a un objeto grasosamente f¡sico--de su profesor de literatura. Un hombre peque¤o, gru¤idor y redondo como un lechoncito, con una dulzura rosada, que cre¡a firmemente en la literatura. Y en especial, por aquello de Kipling, en la literatura colonial inglesa. En todo era dulce, componedor y concesivo, menos en eso. Se volv¡a una fiera (entonces no era un cochinito, sino un verdadero jabal¡ en celo: se le erizaba el pelo, sacaba colmillos, gru¤¡a peligrosamente) si alguien pon¡a en duda, as¡ fuera en m¡nima parte, la excelsitud de los escritores victorianos o de los victorianos a secas, ya sin zarandajas coloniales. Le hab¡an cogido el bajo en las cantinas y le fomentaban el tema para gozarle la furia. Era su momento de echar pestes, como cualquier escritor suramericano, contra el idioma espa¤ol y de sostener que todos los males de nuestra mulater¡a tropical ven¡an de don Blas de Lezo. Que por su culpa, por su £nica y exclusiva culpa, al no rendir los bastiones de Cartagena a la escuadra del almirante Vernon, est bamos condenados a una literatura sin matices, a una envaradora falta de humor y a un completo e irrebasable salvajismo en nuestras costumbres pol¡ticas. Hab¡a que calmarlo. Le sobaban el pecho y los brazos, le apechugaban un trago doble y le volv¡an a colocar el sombrero de escamitas de paja, que se le hab¡a ca¡do por efecto de su alegativa violencia. Hablaba, como era apenas l¢gico, un ingl‚s con acento aborigen aprendido en los muelles, en su confusa juventud de chequeador de estibadores o gu¡a tur¡stico. Y toda su vida sufri¢ la condena, que sobrellev¢ con estoicismo, es de justicia reconocerlo, de no tener un solo amigo, ni siquiera epistolar, de su lejana y admirad¡sima Albi¢n. Muri¢ en un parque (£ltimamente hab¡a enflaquecido mucho; la bebida, t£ sabes, aquellos tr‚mulos soliloquios frente a una botella de p‚simo an¡s --una noche, en pleno delirio et¡lico, le grit¢, llorando, a la estatua de don Blas de Lezo: ®­Malparido, por tu culpa no hablamos ingl‚s!¯--la aguda hepatitis, qui‚n puede calcular en estos enredos, hablaba con las estatuas y los ramajes, en fin) con la cabeza perlada por excrementos de p jaro. El moh n es la pesadumbre del agua. Quiero explicarme. ¨Has visto una laguna al mediod¡a? El agua est  prisionera y quiere liberarse y todo en ella es de una angustiosa quietud. Nada se mueve. Pero t£ sientes que el agua est  viva y que sufre y que t£ eres parte de ese sufrimiento. Eso es el moh n. La tristeza del agua lo ha inventado para liberarse Para ser hoja y hocico y nube narcisa y hedor de su propia orilla; para errar entre los  rboles y saberse inconsolable y comunicar su sin fondo a quien la mira y la huele. Yo he visto al moh n. Su cuerpo, a pesar de sus l¡quidos nervios y su esqueleto de fango, est  hecho con la misma sustancia del d¡a y su mirada con el sopor de las corolas. Y camina sin pies pero t£ oyes sus pezu¤as (oyes, miras y hueles con tu estupor) mientras aparta las ramas. Apenas se te ha revelado, se deshace y nunca m s volver s a verlo porque ya ha entrado en el agua de tu recuerdo y desde all¡ ha de reinar. Y el murmullo de su sollozo ( tan dulce y tan leve que tendr s que acostumbrarte a distinguirlo de tus otros murmullos) lo oir s en soledad y lo oir n y lo seguir n oyendo aquellos a quienes t£ mires con amor. Y ya nunca conocer s sosiego. Y el pesar habitar  por siempre tu coraz¢n. --­Pero miren, si es el coronel! --descubre Celia en voz alta, protegiendo con la palma de la mano sus ojos arrugados por la luz. Viene por entre las yerbitas de ese rinc¢n de la plaza que parece un patio. ®Pero es carne sinvergenza, no le pasan los a¤os¯. Brota a cada paso de sus boticas blancas, las que ‚l mismo confecciona rodeado por sus insaciables pollitos. ®Parece mentira. El novecientos ten¡a m s, s¡, mucho m s de cincuenta a¤os y m¡renlo, parece un turpial. Celia sigue mirando al sobreviviente de la guerra civil (regocij ndose al verlo acercarse) con un poco de tristeza. Conoce su terquedad. Cuando algo se le mete en la cabeza, no se lo sacan ni a palos. Lo que le cost¢ a Uribe convencerlo de que levantara el sitio de Palma Jipata. Tuvo que enfrent rsele: Es una orden, coronel. Y ‚l mir¢ fijamente a Uribe, mientras se guardaba los lentes en el bolsillo del saco. No transmiti¢ ninguna orden Mont¢ en el caballo y se fue solo, sin tropa, sin decir esta boca es m¡a. Sus hombres lo alcanzaron m s tarde, a las volandas, a la altura de Guayabal. Y convencerlo, despu‚s, de su ascenso a general. Ni a palos. Era coronel, eso le gustaba y de coronel se quedaba. Ni una palabra m s sobre el asunto. Pero, ¨qu‚ le pasa a este hombre, es loco? Pues claro que es loco, ¨qu‚ otra cosa puede ser? --el compa¤ero de jornadas, con lumbre de envidia en los ojos, tambi‚n de esperanza, manote ndose el bigote ante las dos autoridades castrenses, explicativo, sol¡cito, anhelando qui‚n sabe-- ¨O cree usted que un hombre en sus cabales va a dejar, as¡ no m s, un pr¢spero negocio de rancho como el que ten¡a en Bogot , uno de los mejores de la capital en aquellos d¡as--pormeniza algunas marcas de brandy franc‚s o vinos alemanes de viejas cosechas y aquellos suculentos bloques de jam¢n serrano y qu‚ cigarros--para venir a meterse en estos infiernos a perseguir o a sacarle el cuerpo a los godos, cree usted? Pues ten¡a que ser loco; s¡, se¤ores generales, loco desvirolado. Y le gusta m s el calor que el fr¡o, a ‚l, indio de p ramo, ¨qu‚ opina?, h game el favor. Detr s de ‚l est  la cinta de casas blancas de la otra orilla de la plaza. Sale de la luz, entra en la sombra del pretil y saluda, con su estricto resoplido y su acento inconfundiblemente interiorano (creyendo ingenuamente, como lo ha cre¡do durante veintitantos a¤os, que se le ha borrado, que ya est  maduro para ser confundido con un coste¤o) el saco corto, estrecho, con unas tiritas de dril a manera de presillas sobre los hombros. Envarado, tieso, ceremonioso, como si su esqueleto no estuviera hecho de huesos sino de madera, sin cart¡lagos ni goznes. Y los mostachos enteramente blancos sobre el rostro moreno, casi negro, de ojos abotagados. Carraspea, puliendo las palabras antes de usarlas. Y un gesto de la mano, siempre tornando al cinto, como Si acariciara o palpara en su sitio un sable invisible. Tan correcto y anacr¢nico el coronel. Tan en contra de todo lo que huela a renovaci¢n, a chiste; tan convencido de sus escasas lecturas, de sus r¡gidas ideas, tan enteramente dispuesto a dejarse matar por ellas. Habla, largo y pausado, de sus enfermedades. Son sus amigas, las compa¤eras de su soledad. Y de las contras; hojas de guan bana hervidas para los malestares de ri¤¢n y vejiga, jarabe de totumo para las tosederas de invierno, velitas de sebo de Cuba para el atosigo de pecho. Celia lo anima. Es una delicia o¡rlo garlar sobre reumatismo y malos bronquios. Y de aquella malaria que cogi¢ en San Antero, a finales del noventa y nueve. Casi me cuesta la campa¤a, as¡ memora. Muy serio, como si se tratara de la peste en San Juan de Acre, como Napole¢n. Es su h‚roe. Del emperador tiene muchas litograf¡as (casi siempre es ese mismo doncel, ligeramente barrigudo, con cara de marquesa del setecientos arrobada por los compases de un minuet y que, en vez de estar enfundada en una crinolina, se hubiera disfrazado, para una enigm tica representaci¢n, con bicornio y botas de campa¤a del ochocientos ) clavadas en varios sitios de su cuarto o depositadas cuidadosamente, verdaderos primores miniaturescos algunas de ellas, en la libreta que porta, sujeta con una tira de caucho, en el bolsillo interior de su saco. AL salir del penal, un esbelto edificio de hormig¢n, de muros grises, el alcaide le da la mano a Luis Godarro. Esto de salir y despedirlo en la puerta lo hago con muy pocas personas, le explica; usted es una de ellas, usted se lo merece. Y ‚l, sin decir nada, pues nada tiene que responder a ese inesperado cumplido, lo mira y piensa. Ahora me llamo Rub‚n Atencio, tengo cuarenta y cinco a¤os y he cumplido ocho de condena, por complicidad en asesinato y robo a mano armada. El resto me lo rebajaron por buena conducta. Pero yo fui quien de veras mat¢ al polic¡a con unos alicates. El polic¡a continuaba amarrado, indefenso, en el s¢tano de aquella finca abandonada. Me suplicaba, llorando, que lo dejara vivir, que por Diosito lindo no le hiciera m s da¤o. Temblaba y se quejaba como un ni¤o. Durante muchas noches se quej¢ como un ni¤o. Me complac¡a cuando lo pellizcaba con los alicates, verlo tartamudear como si tuviera fiebre. Esto me lo cuento a m¡ mismo sin el menor cinismo Simplemente porque me ocurri¢, porque lo hice sin violentarme ni buscarlo, porque nac¡ destinado para hacerlo. No soy, pues (ni me siento ni me he sentido en ning£n momento ) inocente ni culpable. Ni tampoco he pretendido eludir, aprovechar o jactarme de ninguna de las dos cosas. Ni siquiera durante mi juicio. Me daba l stima, sinceramente me daba l stima, el esfuerzo de mi abogado defensor. El buen hombre quer¡a salvarme. Enronqueci¢, en una defensa iracunda y descaminada, ante un jurado indeciso, aprovechado al m ximo por un fiscal astuto. El fiscal conoc¡a su oficio. Era un leguleyo excelente y un actor de primer orden. Ten¡a rostro y sentimientos de criminal. Hubiera sido un magn¡fico compa¤ero de celda. Hubiera aprendido mucho de ‚l, estoy seguro. Argument¢ con solidez y minti¢ con suficiencia. A su manera, y desconociendo o tergiversando ma¤osamente los m¢viles de mi caso, era un hombre leal. Defend¡a al Estado con la misma energ¡a y la misma recursiva ferocidad con que un malhechor defiende su parte del bot¡n en una ri¤a de atracadores. Hubiera querido, repito, tenerlo de consejero o de c¢mplice. Hubi‚ramos gozado como frailes en una bodega repleta. Mi abogado, el pobre, estaba at¢nito. En ning£n momento comprendi¢ mi visible simpat¡a (inclusive la forma en que cooper‚, enmudeciendo en los momentos decisivos y siguiendo sus disertaciones con ojos estimulantes) por aquel hombre, huesudo y calculador, que trabajaba mi perdici¢n. Los dos luchadores se miran con gula, ansiosos de acariciarse. El indio parece el m s hambriento. Bajo la verde luz del reflector central, semejan dos grandes lagartos parados en sus colas, girando despacio, con los brazos en escuadra, tensos, con las manos crispadas en abanico. El indio se engalla con resoplante orgullo, entrando al cuerpo a cuerpo. Caen de rodillas, fundidos en una enconosa respiraci¢n, resbalando el uno en el otro con apasionadas ondulaciones. El dulce romano, con los maceteros engarfiados pero insistiendo en su amaneramiento, acaballa al indio, oblig ndolo a doblar el torso hacia arriba, haci‚ndole temblar sus senos de doncella. Avanzan lentamente, siempre el romano jineteando a su contendor. Con s dico descaro, haciendo femeniles aspavientos pero manteni‚ndolo firmemente agarrado por el cabello, le golpea el rostro con su pu¤o libre. El indio, sollozante, echando los brazos hacia atr s y alzando cuanto puede la parte superior del pecho, busca en el aire alguna porci¢n del cuerpo de su verdugo. Haciendo un esfuerzo imprevisible, que pone al descubierto la parte m s p lida y rolliza de su vientre, logra cambiar la situaci¢n. Ahora es ‚l el torturador. Golpea, con aparente impiedad y regulado placer, las costillas de su enemigo. Se oye un rudo manotazo. El indio se empina y estornuda. Mira lejos, con ojos vidriosos. Empieza a toser, pendulante la cabeza y fruncida la boca por el asco, como si estuviera conteniendo un v¢mito. El gerente golfista, cogi‚ndolo del antebrazo, lo conduce, con deferente solicitud, a una esquina del encordado para confiarle un secreto. El indio lo escucha, alelado y, sin embargo, aprobatorio. El rostro del  rbitro est  casi tan descompuesto por el esfuerzo como el de cada uno de los luchadores. Logra mantenerlos separados algunos instantes y luego se retira.